martes, 6 de febrero de 2018

Bajo el volcán: relectura sincronizada

A raíz de mi última publicación en este blog recordando el día de Lowry, Antonio, mi compañero de navegaciones librescas y amigo desde que pueda recordar, me propuso otra lectura sincronizada, en la senda de nuestra experiencia con El obsceno pájaro de la noche.

Ni que decir tiene que acepté frotándome las manos. Pero esta vez añadí un pequeño detalle adicional: llevar a cabo la relectura en una edición que tuviera algo de especial. De modo que, tras la correspondiente búsqueda en el océano virtual me hice con dos ejemplares editados en México y comenzamos la nueva experiencia conjunta de lectura trufada de mensajes que transcribo a continuación respetando fechas y pormenores.




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El 25 de noviembre de 2017, 16:23, Jesus Garcia escribió:

Salgo...
En unos minutos, primer café bajo el volcán...

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El 25 de noviembre de 2017, 21:41, Antonio Ñeco Brioso escribió:

PREFACIO

Si vamos a volver a viajar juntos por entre las páginas de este México desgarrado pero conciliador, ebrio pero místico, delirante y a la vez poseedor de verdades ecuménicas, se me hace del todo necesario, no solo zozobrar entre las entrañas de Bajo el volcán, sino también articular  en pocas palabras algunas de las sensaciones que me abordan ya desde el inicio, desde antes siquiera de arremeter contra la primera página. El paso  inexorable del tiempo, de todo ese tiempo  que se nos han ido metiendo casi sin que nos hayamos dado cuenta por entre los resquicios de la vida y que de pronto son treinta años, le confiere a esta aventura una especie de estado de gracia que quisiera reconocer como algo realmente extraordinario. No por el paso del tiempo en sí, que azota a todo hijo de vecino, sino por la capacidad de seguir sorprendiéndonos constantemente, por la persistencia de esa pasión que nos muerde las tripas y que insiste en no abandonarnos en el otoño de nuestros días.

Como en esa rueda del parque de atracciones del primer capítulo, una de sus vueltas me pilla sentado escribiéndote dispuesto a recomenzar una lectura que tuvo lugar en otro tiempo, 1985 y otro lugar,  la calle San Antón y aunque aparentemente utilizo las mismas armas, Gone with the wind, de Art Tatum y Ben Webster y un puñados de páginas cosidas unas a otras, el formato ya ha cambiado  por efecto del paso de ese cangrejo patas arribas que es el tiempo. La música la estoy escuchando desde Spotify, te escribo desde un portátil, no desde mi vieja Underwood  y esas páginas que voy a acometer en breve, son otras, traídas desde México, un México donde todo comienza con esa rueda en el parque de atracciones.

Y es agradable esta sensación de comenzar la ascensión al volcán, acompañado, pisando donde tu pisas, donde Mari va a pisar, silente, pero con su presencia y su aliento jadeante durante este su primer camino por esta tierra dura pero maravillosa.

Ahí vamos los tres de nuevo saltando al vacío muchos años después, esta vez sin el Suzuki.


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El 30 de noviembre de 2017, 20:56, Jesus Garcia escribió:

Biblioteca casi organizada. Voy copiando de mi cuaderno...

5.XI

No recuerdo cómo surgió la idea de releer juntos El obsceno pájaro de la noche.
Lo que sí recuerdo es que fue una idea magnífica que dio pie a una experiencia única --la recuperación de una obra de esas que se cuentan con los dedos de las manos a dúo y en contacto permanente de jugosos comentarios.

Y ahora viene A. con una propuesta similar para el Volcán, otra experiencia peculiar, otra lectura compartida, otra relectura --recuperación de otra obra especial y con especial significado en nuestras vidas, sobre todo en nuestras vidas de escritor...

Se me ha ocurrido que la mejor forma de llevarla a cabo es pertrecharnos de ejemplares similares de la edición mexicana del Volcán para añadir un elemento extra de experiencia paranormal, para volver sobre la edición que quizá nos hubiera gustado tener en aquellos años --¿cuáles?

11.XI

Leyendo a Lowry escribir sobre su Volcán siento un oscuro estremecimiento al recordar --¡qué palabra tan fría!-- mi propio proceso de escritura, de reescritura, de zonas --¿zonas?-- perdidas y no siempre recuperadas.
Algunos acordes de esa carta a Cape podrían ser perfectos para mi relato de la escritura de El Segundo Río.

14.XI

Ha llegado el segundo ejemplar del Volcán mexicano. Mañana saldrá rumbo a Mataelpino.
¿Cuándo leí el Volcán por primera vez? La única fecha fiable es el regalo de A. el 15 de septiembre de 1986. Para entonces yo lo había leído en la edición de Seix Barral --quizá durante el curso 85-86 en Jerez o quizá un poco antes en La Línea.

¿Y por qué? ¿Quién cómo cuándo exactamente me condujo al Volcán?

Tras el regalo de A. volví a leerlo cotejando con el original la traducción de Raúl Ruíz y descubrí --descubrimos-- que era un desastre. Hice numerosas anotaciones en el amarillento ejemplar de SBarral.
Al menos hubo una tercera lectura: tras comprar en Gadir El laberinto privado de ML. No está fechado --¡dita sea! Hay un marcapáginas de Sue Grafton con un calendario de 1990. Estoy seguro de que fue una revelación que comenté inmediatamente con A. Y eso nos llevó a una nueva lectura --cabalística-- del Volcán.

15.XI

Volcán Era enviado.

En pocos días comenzamos la lectura sincronizada.
Mientras tanto, voy agotando los prolegómenos: relectura del librito con las dos cartas de Lowry, relectura a saltos del Laberinto /Cábala, repaso de la revista comprada en Mignon, Gadir...

23.XI

Ocho días y el Volcán no ha llegado.

Paciencia: esperemos al sábado.

Leo a Morey: expone una teoría del Volcán en clave de buen samaritano --le da juego; es sugerente... una más entre tantas.

Curiosamente firma su artículo en 1985, el mismo año que probablemente leí --¿leímos?-- el Volcán por primera vez. Otra conexión más tras la "falsa conexión" de ayer. A. creía que yo le había enviado el afiche de Las manos de Orlác justo después de haberlo imprimido y colgado en la pared de su baño. Pero el correo no era mío, sino suyo. No por ello deja de ser una conexión invisible puesto que él no recordaba habérselo enviado. Lo que importa es que estamos predispuestos a lo mágico con Lowry y las cosas suceden o las hacemos suceder... incluso sin saberlo.

Y ahora Javier Aparicio y su magnífico Lecturas de ficción contemporánea que ya he consultado cientos de veces me recuerda que hay una edición de la correspondencia de Lowry publicada en 2000 por Tusquets y lo que es mejor --peor-- me dice que Oscuro como la tumba... es "pura literatura" --¿y ahora qué?

25.XI

Y ahora ya sí.

Quería decir que ya sí, que ya sí voy a empezar a escribir. Pero tras la llamada de A. se ha convertido en ya sí comienzo a leer el Volcán.

Y aquí estoy, con el café de la tarde, mirando el libro de cubierta morada. Un libro especial sin duda, frágil --y más aún después de los años que han pasado por un ejemplar impreso en 1970 en México --Era editorial-- y firmado en Madrid en mayo de 1971.

Sobrio: dibujo en negro sobre el morado con unas pocas manchas blancas a modo de liberación de la angustia que provoca ese dibujo tormentoso en el que se distingue sin dudar la rueda, el indio a caballo, figuras furtivas que caminan mientras otra las observa oculto tras lo que remeda un tronco de árbol, el tiovivo, y por encima de todo la alucinación, el viaje del revés y quizá la intuición de las cumbres del Popo.

Un lomo de plástico desprendido, una contra con palabras quizá demasiado solemnes: "libro de una belleza y una emoción incomparables"...

Lo sostengo con reverencia entre las manos, atrapado por las sombras de la cubierta. Lo abro con el cuidado ostentoso de un ritual: esa hoja morada con la divisa de la editorial da paso a una pantalla blanca sobre la que escribí la dedicatoria uniendo los dos libros; en el mío, la parrafada --la media parrafada-- ha quedado bocabajo.


Volteo las letras truncadas y otra doble página morada impone respeto, esta vez con la información principal sobre el título, el autor y el traductor. Los créditos a vuelta de página me recuerdan que la novela se editó en inglés en 1947, que hubo una primera edición en Era en el 64 y que esta, esta que sostengo, es de 1970... "A Margerie, mi esposa..."

26.XI / p24

El correo de A. me ha pillado con la guardia baja --ha sido un golpe de esos que te hacen doblarte como si un resorte se disparase --con dolor-- y te agarras a ti mismo para sentir que estás entero no más.

Sí, A. Estamos en el otoño de nuestras vidas --escrito así, tan rotundamente pero con tanta naturalidad, me ha llegado como una revelación: el otoño --suena bien, suena muy bien... sabiendo que el otoño puede prolongarse, que incluye los últimos pero intensos calores del verano y también la promesa, la sobriedad, el refugio sagrado del invierno; y ¿por qué no? el recuerdo vivo de la primavera... ¡y todo esto a cuenta del Volcán!

Por la tarde

Primeras páginas.

He recuperado enseguida esa cadencia, ese ritmo especial de esta novela multiforme: el ritmo de los pasos del Cónsul que por momentos dudan y por momentos se lanzan a una caminata sincopada, el ritmo que solo puede conseguirse "bebiendo hasta la sobriedad".

Lástima que en esas pocas páginas ya hiere de vez en cuando el trabajo tan celebrado como rocambolesco de Raúl Ruíz. Hay que corregir sus defectos sobre la marcha, en la fracción de segundos necesaria para coger dos puntos de sutura y solucionar el desaguisado.

Sigo mañana que vamos a cenar...

Abrazote.


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El 1 de diciembre de 2017, 21:07, Antonio Ñeco Brioso escribió:

Hay mucho de fetichismo en nuestra forma común de proceder con los libros. Esa primera mirada que nos lleva hasta ellos en la estantería de cualquier librería de viejo. Ese temblor de manos sinuosas que se adelantan presintiendo el rumor del papel entre los dedos,  la inefable emoción que proporciona acariciar su portada y tras unos instantes de eternidad  relativa  e intangible, abrirlo como se abre algo poderoso, aspirar su aroma unas veces vetusto, otras, a tinta fresca y páginas recientes.

De esta manera y no de otra llegó a a mis manos la edición del Volcán de Era. Frágil pero vigorosa. Esa primera página morada, que atrapa la vista,  tus palabras en un juego cómplice, descifrable pero misterioso del que supuse una explicación posterior. Una explicación que llegó más tarde por whatsapp en  inesperada forma de libros Géminis, unidos por una lectura sincronizada, como una imagen  gráfica de ese otro cordón umbilical invisible que nos ha mantenido ligados desde que teníamos diez años.

Y todo esto, sí,  a cuenta del volcán, porque lo realmente maravilloso de volver a leerlo, no queda solo en eso, sino todo lo que remueve en nuestro interior el hecho en sí de esta relectura. Quizás yo pueda refrescarte como fue tu encuentro con el volcán. En el año 85 algo después de mi vuelta de Londres, leí una entrevista a García Márquez, donde Gabo proclamaba su devoción por el libro y donde dejaba aquella cita que nunca olvidaré sobre que era un libro del que decía, no había podido dejar de leer a lo largo de su vida.  De aquellos barros estos lodos. Yo te lo comenté y al poco ambos estábamos dejándonos llevar por el suave rumor de “la tequila”. Recuerdo también como si fuera ayer que hubo quid procuo. Una tarde no mucho después de empezar nuestra aventura mexicana, en tu piso de Blas Infante, me diste a conocer Blue Valentine lo que vino a depositarnos si  recuerdas, en una especie de paraíso dipsómano en el que nuestras vidas estuvo sellada durante un tiempo, por el binomio Lowry/Waits.

PD. El libro de Perle Epstein lo tengo fechado en agosto de 1985. Con un precio de 500 o 590 pts. -no se ve claro- y con un sellito de: Luis Porcel importador nº 544/76.


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El 5 de diciembre de 2017, 19:24, Jesus Garcia escribió:

Sigo transcribiendo partes del cuaderno:

27.XI / p54

Visto desde la distancia y con la experiencia de treinta años de escritura, el Capítulo I se desvela como una estrategia, no solo de presentación --evidente-- de escenario y personajes, sino de penetración que permite tocar sentimientos y incitar a esa conexión con el Cónsul que es, al fin y al cabo, la clave de la experiencia de lectura del Volcán.

¿Cómo conseguir que el lector conecte con un personaje que se pasa la práctica totalidad de la novela inmerso en toda clase de alcoholes? Trascendiendo el acto de beber, llevándolo mucho más allá de sus límites, convirtiéndolo en una experiencia mística que se confunde con la experiencia de lectura infernal.

28.XI / p80

Estremecedora escena para arrancar la historia: el encuentro, el retorno de Yvonne, la mirada del Cónsul que trasluce magistralmente ese torrente de emociones contenidas tras su verborrea. Solo ha bebido la indispensable dosis terapéutica, lo justo para calmar la temblorina... y los juegos de palabras con el tabaco --"alas"-- con el Cabo de Cuernos y las calderas --ese horrible episodio que no sabemos si ocurrió ni cómo.

Solo un bebedor como Lowry podía sacar ese partido literario a la belleza de las cantinas o de una vieja que juega al dominó; solo él podía convertir unos minutos de vida, un breve encuentro, en una escena desgarradora gracias a la minuciosa descripción de las pequeñas reacciones del Cónsul a quien ya definitivamente --a la altura de la página 59-- le hemos rendido incondicionalmente, no ya nuestra simpatía, sino nuestra profunda complicidad.

Por la tarde

¿Cómo pudo atreverse Raúl Ruíz a corregir a Lowry? Y para colmo lo hizo en nombre de la fidelidad histórica: patético y asombroso. Este solo detalle debería haber movido ya a alguna editorial a emprender una traducción decente del Volcán.

No me podía creer, la primera vez que leí esa nota al pie de la página 58, que este tipo fuese capaz de tamaño atropello! Y me pregunto por qué unas páginas antes no cambió también la estatua de Huerta por una "real", "histórica" o "verdadera". Y ya puesto, ignoro si investigó el rigor histórico del nombre que de verdad tenía el Cónsul británico en Cuernavaca en febrero de 1938. Y así...

29.XI / p81

En lecturas anteriores no aprecié suficientemente la sutilidad con la que Lowry introduce el discurso interior, la mezcla con voces de personajes secundarios --que nunca se sabe muy bien si existen solo en la imaginación del Cónsul-- o incluso con parlamentos que se introducen de modo confuso: algo así como "decían sus pensamientos, decía su amor en la penumbra del bar"; y después: "parecía contestarle el Cónsul".

Así que ¿hablan o no hablan? ¿Es una conversación real, imaginada, o tal vez deseada por Yvonne puesto que estamos en su perspectiva, o meramente una sugerencia de Lowry fruto de su deriva mental más intensa que la de sus propios personajes?

Sea lo que sea, el resultado es prodigioso. "He resistido la tentación cuando menos dos minutos y medio: mi redención es segura".

Por la tarde

Llueve.

El cielo gris parece un fondo perfecto para leer, para leer el Volcán o cualquier otra novela emotiva, interior, escabrosa a su manera, infernal en definitiva, un género poco reconocido --pero sobre todo, el Volcán.

He forrado de plástico el ejemplar calamitoso que me reservé: el lomo presenta un aspecto decididamente penoso, el plástico de origen se desprende quebradizo y los bordes, los débiles bordes del fino cartón, se abren y se retuercen con el más mínimo roce.

Ahora, protegido por el forro de plástico parece mucho más tranquilo mientras reposa sobre la mesa junto a la taza con círculos concéntricos de café.

Leer en ese viejo ejemplar proveniente de México, concretamente de la calle Arena en el DF, está resultando una experiencia no exenta de pequeños sentimientos colaterales a la lectura.

30.XI / p106 / Graná

El Volcán es más simple y más complejo de lo que recordaba. Y eso es porque recordaba mi segunda lectura --la que hice después del libro de Pearl sobre las claves cabalísticas, una lectura que desvió en gran parte mi atención marcando un camino: una lectura excesivamente escorada.

Ahora leo de otro modo, con otros ojos.

Y eso: más simple pero más compleja.

He buscado la estricnina en la wikipedia: Alcaloide de la Nux Vómica altamente tóxica y muy peligrosa. Se utiliza como pesticida contra pequeños roedores. En altas dosis produce estimulación del sistema nervioso central, dificultades respiratorias, convulsiones y muerte cerebral. En pequeñas dosis muerte por asfixia.

1. XII

Copyright Ediciones Era S. A.
Impreso y hecho en México
Imprenta Madero S. A.
Avena 102, México 13, DF
12-XI-1970
Nº 3965
Edición de 4.000 ejemplares
más restos para reposición

Digo más: Reg. nº 2109
(Importador de Publicaciones Extrajeras. Siglo XXI de España editores SA Apartado postal 29033 Madrid)

La misteriosa formulación impresa de ritos editoriales que traspasa las cortinas del tiempo, el fetichismo de los libros, dejando un rastro de pequeñas operaciones comerciales, formales, clasificatorias, registrales, procedimentales, administrativas... operaciones que sin pretenderlo añaden personalidad a los libros: "Literatura USA... cubierta ilustrada... firma"

2.XII

Como era de prever, esto es mucho más que una relectura. Lo de Donoso fue una nueva visita mucho más intensa al mundo de la novela, con todo lo que ello significa, pero limitada a los pormenores literarios (o casi).

Pero esto es diferente.

Estamos reconstruyendo el pasado: girones de un pasado que quizá se nos fue demasiado rápido. El tiempo no da marcha atrás, pero releer un libro como este --no digo el libro en sí que también y por eso-- sino un libro que significó tanto, un libro que marcó nuestras vidas --y esa es otra clave: nuestras-- leer un libro así --que se imbricó en nuestras entrañas-- leerlo de nuevo, es parecido a una segunda vida. No se puede vivir dos veces, pero si se puede --ya nos hemos atrevido-- leer dos veces. Y eso tiene consecuencias como mínimo imprevisibles, rocambolescas, estupefacientes.

"Absolutamente necesario" que diría esa voz fantasmal que flota en la cantina.

(Después de varios mezcalitos casi reales)

Vale. Así que así fue. 1985 entonces.

Un año-frontera en ciertos aspectos, un año resbaladizo, un año peculiar al hilo de ciertas vivencias: el año que abandoné el almacén, el año que aprobé las oposiciones tras unas decenas de madrugadas leyendo al azar libros de arte, literatura, historia y no sé qué más en el Barciela antes de comenzar a cargar cajas, el año de Jerez, y sobre todo el año en que vino a mis manos un díptico en el que se convocaba cierto concurso literario.

Por la tarde

Más reposado: la tarde cae sobre las terrazas poniendo una nota de placidez que atempera los fuegos de la mañana. Silencio. La cafetería está --como todos los sábados a esta hora-- solitaria, silenciosa, ni siquiera se oye la tele.

En los balcones más altos del otro lado de la calle se atisba un pequeño fragmento de sol --calor lejano que casi intensifica el frío aquí, bajo el techo falso de la terraza entre palmeras.

Claro: a mí no me cuadraba el calendario de una fecha tan tardía. Borrosamente, recuerdo que compré el libro mientras vivía en Jerez, en una visita a Gadir en un puestecillo de restos de serie de la Calle Ancha. Y efectivamente: mismo sellito: "Luis Porcel Importador nº 544/76"

Crono:
Curso 1985-86: Jerez / Generalísimo Franco
Curso 1986-87: La Línea
87: El año del dolor, el año de Portugal, el año de la ruptura total
Curso 1987-88: ???

3.XII

Café. Olor a café; sabor a café.

Recuerdo del café recién bebido entre las palabras de Lowry, de la carta de Lowry a Aiken, de la carta desolada de Lowry a Juan Fernando Márquez.

Repaso la vieja revista Quimera que encontré anoche entre los montones de libros y revistas que todavía pueblan el suelo de la biblioteca.

Pero no es LA revista Quimera, sino otra revista Quimera, un número anterior --38-- correspondiente a 1984 y que de haber llegado a mis --a nuestras-- manos en su momento, habría sido sin duda el motivo por el que hubiésemos buscado desesperadamente --con la desesperación peculiar de los bibliófagos-- el Volcán, el infierno que allí asoma entre fotografías de tabernas, cuadros del Palacio de Cortés y demás parafernalia bañada en el alcohol, en 1708 grs exactos de alcohol.

Por la tarde

¡Qué poder tan tremendo el de la escritura!

¿De qué otro modo se puede volver atrás en el tiempo, en el tiempo cumplido, en el tiempo de palabras pronunciadas y cosas ocurridas, en el tiempo vivido?

Ahora comprendo --leo, pienso, releo, repienso-- que el Cónsul no es Fausto --que también-- sino el lector del Volcán, o sea: yo.

El maldito Lowry lo pensó cuidadosamente --tuvo tiempo mientras miraba el horizonte día tras día y noche tras noche durante aquella travesía de 1927 que ahora considero determinante para la historia de la literatura. Así que lo pensó minuciosamente --absolutamente necesario-- y se dio a la tarea de crear un personaje que es al mismo tiempo el escritor, el protagonista y el lector --una santa trinidad consagrada por el mescal.

4.XII / Quimera 38

Un díptico vino a mis manos, decía.

"I Concurso anual de narrativa APEL Bahía de Cádiz 1986-87".

Un díptico también morado que data de abril de 1986 --en pleno curso jerezano 85-86 en aquella casona que fue del dictador --o eso me dijeron-- y en la que instalé mi primer estudio para escribir de verdad. APEL --informa un sello circular en el reverso del díptico-- es Agrupación Profesional de Empresarios de Librerías de Cádiz Provincia. Y ofrecían 500.000 pesetas y diploma acreditativo a la obra ganadora única que cumpliera entre otras las siguientes condiciones: un mínimo de 100 folios a doble espacio y tema libre con una salvedad: (que se convirtió en crucial para El Segundo Río): "valorándose positivamente que la obra tenga alguna referencia a la Bahía de Cádiz, los pueblos de su entorno, sus gentes y su forma de vida".

La estructura cambió.

Quiero decir que el plan de trabajo que tenía medio elaborado cambió para incluir ese pequeño detalle: la bahía de Cádiz.

Un folio amarillento mecanografiado con la Underwood --que casi estrenaba-- recoge la nueva

"Estructura:
CRÓNICA
PRIMERA PARTE
(Asedio de Rodas y huida)
CRÓNICA
SEGUNDA PARTE
(Recorrido huida por el Egeo)
CRÓNICA
TERCERA PARTE
(Alejandría: partida al medit occ)
CRÓNICA
CUARTA PARTE
(Medit y Cádiz. Muerte)
CRÓNICA

¿En qué consistiría esa "crónica" a modo de estribillo? Nunca lo sabré.

Nunca se escribió. al igual que esa segunda parte con un "recorrido huida por el Egeo" que se convirtió en una gigantesca elipsis de cincuenta años. Y por supuesto en esa época no sospechaba el papel que tendría Karkedón...

5.XII / p140

Debo reconocerle --lo siento Malcolm!-- algo de razón al lector de Cape: el capítulo IV resulta pesado.
No digo innecesario. Pero más allá de permitirnos ver la relación que hay --lo que queda-- entre Yvonne y Hugh, y quizá trasladar la sensación que producen los planes que mientras se hacen ya se sabe que no se cumplirán, que ni siquiera se tiene intención... esa sensación que nos asalta a veces pensando que somos libres, que seríamos libres, pero que también somos cobardes...
Más allá de eso, ¿qué aporta este capítulo que no sea el mantener el número 12 a toda costa?

A veces, unas pocas páginas te acompañan tanto tiempo --por descuido o por lo que sea-- que les coges cariño y no sabes deshacerte de ellas.
¿He leído El Segundo Río con esa mirada?
--Muchas veces.
¿Las suficientes?
--¿Quién lo sabe?

Por la tarde

Y a pesar de todo Lowry considera que el paseo es una de las mejores partes de la novela. Sinceramente, creo que esto lo dijo únicamente de cara al lector de Cape.

La cuestión general: una relectura muy diferente del Obsceno Pájaro: aquella se reveló como una gran novela, más grande que la que yo recordaba.

En este caso no es así --hay cosas que evidentemente no percibí, pero en general, el texto no está superándose como el de Donoso, simplemente hay una mayor complicidad con Lowry desde el punto de vista del escritor que antes no era (yo) y el escritor que antes reverenciaba (él). Vaya lío!

Punto y aparte y lo diré sin rodeos: El Obsceno Pájaro de la Noche es mejor novela que el Volcán, pero los efectos colaterales mitológicos de Lowry superan a los de Donoso.

Ahora sí?

Hasta mañana.


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El 9 de diciembre de 2017, 12:39, Antonio Ñeco Brioso escribió:
                                                                                                                                                                    6  de diciembre.

Son las 8:25 de la mañana y  es difícil de creer pero es mi primer café con Lowry desde  que hemos iniciado esta relectura del volcán. El café no es bueno, pero las cafeterías tienen ese algo especial  que hacen que en la lectura los libros desprendan los mejor de ellos.

Es tiempo de reencuentros, con Lowry,  con vosotros en unas horas…

Empiezo el capítulo II.

6 de diciembre
                                                                   
Camino a Granada.  12:22H.. Cap. II

“¿Qué belleza puede compararse con la de una cantina en las primeras horas de la mañana?” Qué entrada en situación la del cónsul que declaración vital, que gozo celestial y desesperanzado.
El discurso del perdedor visionario, del genio con capacidad ilimitada para autodestruirse, de un perseguidor.

Y no puedo evitar recordar a Johnny Carter, su relación con Dédée, su pareja, sus amigos, con el mundo; viviendo una vida paralela como líneas paralelas que nunca llegan a tocarse, a tocarlo. Y una vorágine extraña de nombres y de personajes, me embiste de repente, Lowry-Parker, Firmin-Carter en una sorprendente mezcolanza de realidad y ficción paralelas.

Me da por pensar entonces que tanto Johnny como Geoffry son capaces de percibir elementos que si no de corte esotérico, sí ajenos a la realidad que envuelve al común de los mortales. Y solo ellos están en condiciones de reconocer tales universos. En el caso del primero, el paso de tiempo comprimido en un vagón de metro. En el del segundo advertir, cuando nadie más lo había hecho, la presencia una anciana de Tarasco que juega al dominó en un rincón de la cantina.

¿Iniciados ambos personajes en otro plano de la existencia?


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El 10 de diciembre de 2017, 12:11, Antonio Ñeco Brioso escribió:

8 de diciembre
                                                                                                                                                                 
Acabo de dejar a Jesús en la estación de autobuses, al despedirnos nos hemos mirado el uno al otro y he podido sentir la complicidad, la sintonía que hace que todo esto continúe. Ha sido estimulante pasar un par de días juntos. Estimulante intelectual y afectivamente. Absolutamente necesario.

Continúo leyendo el capítulo II y ya aparecen varios elementos  premonitorios de la tragedia que irá teniendo lugar a lo largo de la novela. Comienza con un cadáver al que se hace alusión  una y otra vez en el capítulo y a pesar de que el asunto es tratado como si el tema de la muerte careciera de importancia, no deja de subrayar su contenido ominoso. A continuación, otra mención directa a la parca. El cónsul e Ivonne se cruzan con una comitiva del entierro de un niño. ¿Referencia funesta y velada a ese otro niño, hijo de Ivonne que muriera años antes? El capítulo termina con un perro repugnante que los sigue hasta su puerta. ¿Acaso el mismo perro muerto que acompañará finalmente al cadáver del cónsul en la barranca?

Con que maestría maneja Lowry  la atmosfera de tensión entre el cónsul e Ivonne. Durante el paseo de ambos por las calles de Cuernavaca, Geoffry se queda mirando un escaparate en el que hay una fotografía de una roca reventada, dividida en dos mitades. Esa roca es él y es Ivonne. ¿Podrán las fuerzas geológicas, telúricas volver a unir esas dos mitades?       

Durante este paseo, hasta en cuatro ocasiones aparecen carteles de boxeo del Arena Box en Tomalín, símbolo de la lucha que está teniendo lugar en el interior de los dos personajes. Lo hace en distintos momentos jugando con la intensidad de la situación. En las ocasiones en las que la tensión o el desasosiego, brotan con ímpetu,  introduce la imagen del volcán, como una olla a presión, aguardando el momento para erupcionar.


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El 10 de diciembre de 2017, 16:52, Antonio Ñeco Brioso escribió:
                                                                                                                                                               
9 de diciembre

La belleza del comienzo del capítulo III es pura poesía encriptada, semejante a aquellas que a veces Cohen nos dejaba en algunas de sus canciones.

…Mira ese nicho en el muro, allí, en la casa donde Cristo sigue inmóvil, sufriendo, y te ayudaría si se lo pidieras: no puedes pedírselo. Considera la agonía de las rosas…

Ya habla Lowry explícitamente de tragedia proclamada. La estricnina, que aunque aquí la toma el cónsul de manera ¿terapéutica?, no podemos olvidar que en dosis más altas es letal. Y su uso se recrudece desde este momento. Comienza el ascenso al volcán, ese ascenso que a su vez en un descenso a los infiernos. Ambos lugares de una u otra forma llevan al fuego. Ese fuego que Geoffrey Firmin anhela para purificarse para redimirse. Un fuego que durante toda la novela busca en el ardor del alcohol. Nunca estará tan cerca del paraíso como cuando esta borracho. Perfectamente borracho.

El uso del monólogo interior mezclado con la tercera persona del narrador y con los diálogos de los distintos personajes, unidos a ciertos fragmentos de los que no estamos seguros si están ocurriendo en realidad o en la cabeza del cónsul, puede imprimir a la lectura un cierto aire de borrachera lectora que de alguna manera nos acerca a Firmin y hasta hace que nos identifiquemos con su estado de ebriedad. ¿Será este un ardid literario que usa Lowry para simular la borrachera perfecta o el estado en el que éste se encontraba mientras escribía?


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El 12 de diciembre de 2017, 19:16, Antonio Ñeco Brioso escribió:

11  de diciembre

Después de la intensidad del capítulo III, el IV,  tiene algo de nave al garete, donde aparte de la presentación un tanto insípida de Hugh, (la verdad es que es un personaje al que nunca tuve gran aprecio, si bien es necesario como conector), y de situarlo entre Ivonne y el cónsul, la narración no posee un rumbo definido, derivando hacia la descripción del exuberante  paisaje, que acaba eso sí con amenaza de tormenta sobre el Popo.

Un detalle no me ha convencido: Lowry consigue calzar en la narración un tanto truculentamente el personaje de Judas, para que a continuación Hugh pueda relacionar la traición a Jesús con la de él hacia su hermano. ¿Algo forzado?

Lo más destacable del capítulo para mi gusto, el personaje de Juan Cerillo. Rico en matices, te encariñas rápidamente con él. No recuerdo si aparece más tarde en la novela. Ojalá que sí.


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El 16 de diciembre de 2017, 18:17, Jesus Garcia escribió:

10.XII

Una pausa en el Volcán para esperar a A.

15.XII / p140

Vuelvo al Volcán: Capítulo V

Otra vez la voz del Cónsul y otra vez esas expresiones de Lowry que te hacen temblar: temblor de literatura que casi escribiría K, temblor de escritura, temblor de novela pergueñada entre sufrimiento y plenitud, entre Chesed y Binah, entre el cielo y el infierno, entre copa y copa al fin y al cabo.

"Corazones ansiosos de cielo"... la mejor descripción de los protagonistas del Volcán, la mejor descripción de sus lectores, de los de verdad, de los que estamos empeñados en apurar hasta el final el brebaje que destilan esas páginas empapadas en alcohol...

"Promesa de ingravidez" y al mismo tiempo, paradójicamente pero absolutamente necesario: "certidumbre de claridad".

Tres expresiones gloriosas/infernales que resumen la novela.

Magistral Malcolm.

Capaz de tenernos horas y horas leyendo a partir de cuatro gestos, de unas pocas palabras pronunciadas mientras todo lo demás sucede en el mundo interior del Cónsul y en la parte que compartimos.

16.XII / p166

Un capítulo hipnotizante.

La mirada del Cónsul, claro. Es la verdadera hazaña de esta novela: la mirada del Cónsul, su distorsión absoluta perfectamente asumida -que no descrita- increíblemente metida en nuestras mentes mientras leemos.

Conversaciones fantasmales una vez más, personajes que aparecen y desaparecen a su lado porque el tiempo no transcurre al ritmo del reloj y los recuerdos se mezclan con diálogos mas o menos reales, con anticipaciones o con fantasías y temores que lo asedian: todo girando confusamente, empapado en tequila y -esta vez- en cerveza. Con esos nombres simbólicos resonando constantemente: Guanajuato, Tomalín, Parián, El Farolito... nombres que se deslizan ominosamente sin que sepamos exactamente por qué pero intuyendo el infierno.

La culminación de este capítulo es el asedio de los insectos que ya prepara unas páginas antes cuando el Cónsul comienza a percibir la vida del jardín amplificada, multiplicada, con cercanía de macro, con esa especial penetración lynchiana que tanta zozobra produce o cómo aquel personaje de un cuento de ciencia-ficción de cuyo título y autor no me acuerdo y que tomaba una especie de droga sintética que lo hacía ralentizar de tal modo que todo el mundo a su alrededor se distorsionaba.

Quizá sea ese el mensaje: el tequila o el alcohol, en dosis adecuadas, distorsionan el mundo -eso ya lo averiguamos hace muchos años: que el alcohol -y en nuestro caso, la música- retuercen el mundo hasta colocarlo en un orden más verdadero, más insoportable, más intenso... así nos fue.


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El 17 de diciembre de 2017, 20:41, Antonio Ñeco Brioso escribió:

Pensaba enviártelo el sábado pero a final me quedé en Madrid y no pude hacerlo.

15 de diciembre

Capitulo V.

Ahora sí, Lowry se deja llevar y golpea con todo lo que tiene a mano. El discurso interior prevalece de forma brillante sobre la acción que ocurre fuera de la cabeza del cónsul, en una vorágine en la que es complejo distinguir el uno, de la otra.

Comienza el capítulo situando al cónsul en su jardín.  Un jardín que hace clara referencia al Edén y en el que van a reproducirse simbólicamente los acontecimientos que allí tuvieron lugar. Un maniqueísmo primigenio impregna la escena. El cónsul como Adán indefenso, se debate entre el bien y el mal, beber o no beber.  Y en este estado de duda existencial, es tentando por la serpiente que corre a esconderse en la copa de un peral que hace las veces de árbol de la ciencia. El cónsul sucumbe, como no podía ser de otra manera, a la tentación y bebe del fruto prohibido.

La aparición de un perro, real o imaginario, eso no tiene importancia, confiere a la escena ese carácter ominoso que ya se va adivinando en la obra.

El cónsul sale del jardín y camina hacia el parque público donde verá el cartel que hace referencia a la expulsión del paraíso.

¿Le gusta este jardín?
Expulsaremos a quienes lo destruyan.

Ahí comienza el destierro del cónsul. Habiendo quebrantado la ley del paraíso, es castigado con la locura, penado con la falta de la razón, con el Delirium Tremens fruto del fruto del árbol prohibido.

El universo dentro de una botella de mezcal. La paranoia y el miedo cerval se apoderan entonces de Geoffrey, quien percibe su alma como una ciudad arrasada y siente que las fuerzas del universo lo despedazan.

Grandísimo Malcom, conocedor como pocos escritores de mundos interiores en constante desgarro.
Después del siniestra y perturbadora epopeya con los insectos, el bellísimo final deja un resquicio para la redención de este nuevo Sísifo penitente.

Toda una muestra de poderío narrativo.


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El 19 de diciembre de 2017, 19:24, Antonio Ñeco Brioso escribió:

19 de diciembre   

Capítulo VI.

¿Cabe remontar un clímax como el alcanzado en ese final maravilloso del capítulo anterior? Una vez que Lowry se ha abierto las tripas en canal y nos ha mostrado el infierno del cónsul, su propio infierno de autor dipsómano, donde los fantasmas propios del escritor se mezclan con los propios del alcohol; una vez hecho esto, y sacudido de forma brutal el ánimo del lector, se ve en la necesidad de respirar y hacernos tomar aire con un comienzo narrativo aparentemente relajado. Ciertas notas sobre la vida de Hugh, que en un principio pudo parecer un tipo carente de interés, van haciendo que su figura, siempre en segundo plano, vaya tomando repentinamente cuerpo y alma desde el momento en que Lowry, con el espíritu de sus mayores, Melville, Conrad, London, se marca una suerte de historia de marinería en la que deja entrever que Hugh también ha aprendido algo sobre el sufrimiento; y que aquello que una vez  torturaba su conciencia, lo hizo mejor persona. Esa inseguridad que lo atormentaba, esas preguntas existenciales que surgían de lo más hondo de las profundidades marinas, esa nueva mirada reflexiva a lo que lo rodea, lo exoneran de una existencia disoluta. El mar como redentor de la estupidez humana.

Vuelvo a retomar con ganas este personaje.


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El 19 de diciembre de 2017, 19:33, Jesus Garcia escribió:

19.XII / p214

Mitad del libro.

Como todos los capítulos "de Hugh", leo el VI con la expectativa de volver de nuevo al Cónsul, lo que añade cierta dosis de impaciencia que en este caso suavizan dos breves episodios: el fugaz pero jugoso repaso a la biblioteca cabalística del Cónsul y el retorno de la postal perdida: otro mensaje que solo por caminos azarosos llega a su lugar -esta vez dando prácticamente la vuelta al mundo y pasando incluso por Algeciras.

El comportamiento rebelde de los mensajes es una seña de identidad del Volcán: creo que no hay ninguna excepción -todos van en la dirección equivocada y se toman meses para cumplir con su cometido; eso en el mejor de los casos.

Hagamos una lista...


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El 21 de diciembre de 2017, 15:51, Antonio Ñeco Brioso escribió:
                                                                                                                                                                    21 de diciembre

Capítulo VII.

Ah, el rencor, qué poder cegador, que muro de piedra y miedo, helador, destructivo incapaz de perdón,
qué imperfecto y áspero, qué estéril e inútil. ¿Y el cónsul? y ¿Ivonne?

La ponzoña de los celos, clavados como cristales rotos en un vínculo roto...

La entrada en el zacuali de M. Laruelle, esa torre mágica y perturbadora, que se hace Torre de Babel por momentos y los personajes una vez en sus entrañas, se ofuscan, se confunden se dispersan y se aíslan.
Desconfían unos de otros como si proyectaran  extrañeza. Y luego Orozco, el de la mirada apocalíptica y rostro enajenado. El horror a a carboncillo cercándolos como paredes infernales.

El infierno mitigado por la idea de una escapada a El Farolito.
El faro que llama a la tempestad y la alumbra.
Vuelta a la soledad del borracho. a la risa del escarabajo.

Temblores, de nuevo los temblores.

Temblar de miedo, por la falta de alcohol en las venas, y al fondo el volcán que parece lanzar fuego de artificio.Y tras el volcán, infausto, el alcohol otra vez: Absolutamente necesario.

Y quién mejor que Baudelaire para recordarle al cónsul que los dioses existen, que son los demonios.

Esos mismos demonios que lo consumen y que dispersarán el hasta ahora único rapto de ternura de Geoff hacia Ivonne, convirtiéndolo en desprecio, arrastrándolo de nuevo a las oscuras regiones de la muerte, al tequila.

¿A la luz?


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El 21 de diciembre de 2017, 20:29, Jesus Garcia escribió:

20.XII / p221

Apenas comenzado el VII.

Ahora que estoy en un capítulo consular quiero disfrutarlo y eso significa leer despacio, lo que supone una aparente paradoja: los capítulos de Hugh -que me resultan menos jugosos- los leo rápidamente, mientras que los consulares -que me fascinan- los leo con lentitud.

Las primeras páginas del VII son brutales -y más aún cuando se leen con esa fotografía añeja del zacuali que me mandas.

No digamos si añadimos el hecho de que Malcolm estaba escribiendo la carta a Cape defendiendo cada uno de los capítulos del Volcán en ese mismo torreón: capítulo VII, 7 de enero, 7 de junio, un 7 grabado por un desconocido en un tronco quemado de la cabaña de Lowry.

Y de nuevo -como en cada capítulo consular y quizá fuera de ellos (tengo que fijarme)- esa narración equívoca: "le pareció oír que decía". Y a continuación esa escena con Yvonne en la que se hablan pero no se hablan o se dicen apenas unas pocas palabras sin orden ni sentido asomando desde las profundidades de un discurso interior de emociones turbadoras que llegan al lector mientras ellos solo pueden intuir o adivinar o suponer -y ella parece rendirse a la imposibilidad de comunicación, culpando al alcohol en parte con razón; y él se divide en "dos mitades equilibradas de un puente levadizo que se uniesen para permitir el paso de estos ruidosos pensamientos".

Imposible no empatizar con el sufrimiento de este hombre complejo, enternecedor y lleno de contradicciones y sentimientos que lo sacuden sin piedad; qué misterioso es el camino del mezcal: tanto se comporta como un escudo que permite sobrevivir al abandono y la desolación, como se transforma en un caldo de cultivo que permite e incluso multiplica el sufrimiento.

21.XII / p215

He decidido volver atrás.

Había embocado la p223 -novena del capítulo VII- y la cabeza me daba vueltas, en primer lugar por un sordo dolor que me persigue desde que me he levantado, y en segundo lugar -y con más peso literario- por los vericuetos por los que Lowry arrastra al lector en este capítulo prodigioso, inquietante, magistralmente planificado -reescrito por lo que confiesa varias veces con años de por medio (sé muy bien lo que eso supone): un laberinto (ahora sí, aquí sí) por el que comienza a sentirse ominosa la presencia del monstruo en la oscuridad.

Ha sido tal la confusión -en el mejor sentido de la palabra cuando de una novela mítica se trata- tan tremenda la sensación de estar perdiendo lecturas superpuestas, capas de significados, cruces de caminos... que he decidido comenzar de nuevo el capítulo.

Así que aquí estoy de nuevo: p215.


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El 21 de diciembre de 2017, 22:03, Antonio Ñeco Brioso escribió:

He de reconocer, que este capítulo me ha fascinado, no solo ya por esa torre maravillosa, que nos habría hecho más que felices a tí o a mí. Esa descripción interior del espacio, los ventanales con vistas al volcán, los libros, siempre los libros, que lo ocupan todo, la escalera de caracol, la azotea con vistas a la barranca, sino porque la humanidad que exuda el cónsul desde un principio ha conseguido traspasarme como una saeta agridulce que ha diseminado por todo mi cuerpo pedazos de ternura como de animal herido, de fuerza contenida no aplicada sobre el punto de fractura, de dolor enmudecido como de toro bravo, en el ruedo, que cornea el aire consciente de que todo está perdido.

Sí, hay algo en el cónsul, de bestia noble, de gigante indefenso, de niño extraviado.

Conmueve.

Conmueve.

Página 215, te acompaño en el paseo.


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El 24 de diciembre de 2017, 12:05, Antonio Ñeco Brioso escribió:

24 de diciembre

¿El Farolito, el infierno privado de Lowry/Firmin?

¿Por qué Los Borrachones?, ¿Por qué no los borrachos?¿Quiere Lowry dar a entender que hay dos tipos de bebedores? Los que merecen el infierno y los que buscan la luz? La pintura obviamente es una advertencia moralizante que refleja de manera despiadada, su  relación con Yvonne.

Los borrachones, seres egoístas y mefíticos, reciben el castigo, son arrojados sin piedad al infierno, mientras que sus mujeres, libes ya de ellos, son conducidas por los ángeles al paraíso. ¿Será Yvonne una de aquellas mujeres?

Los sobrios, en cambio, de manera hiriente para el cónsul, entran en el paraíso acompañados por sus parejas.

Si tiene que elegir…

Una vez alcanzado su infierno personal en el zacualí de M. Laruelle, Geoffry decide quedarse en él durante un tiempo. Y escapa de la torre durante unos instantes, penetrando como una ensoñación en El Farolito, Lowry utiliza el recurso cinematográfico de la cámara en mano, para que el lector vea lo que él cónsul ve. Y hace una descripción tan deplorable de la cantina, que sus recovecos y estancias comunicadas unas con otras, lugares, donde se tortura, se urden diabólicas conspiraciones y se perpetran atroces crímenes, no pueden por menos que recordarme al infierno de Dante y a los nueve círculos que lo conformaban. “Aquí…” dice el cónsul refiriéndose a El Farolito, “…la vida descendía hasta el fondo, como cuando Saturno se encontraba en Capricornio”.

No deja de llamarme la atención la similitud entre esta cantina donde acabará sus día el cónsul y el octavo circulo, donde se encuentra la cuarta fosa, lugar donde se castiga a los magos.

Así mismo en la Divina Comedia se reseña cómo para acceder al infierno hay que cruzar primero una selva. En este capítulo, el cónsul comenta: “…mas allá de Tomalín, por la selva, hasta El Farolito…”
Podrían ser coincidencias o elucubraciones mías, pero conociendo la querencia de Lowry  por lo simbólico, me ha parecido interesante mencionarlo.

PS.
Otra coincidencia. El día 20 de diciembre, Saturno entró en Capricornio, para quedarse allí hasta el 2020.


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El 28 de diciembre de 2017, 19:56, Jesus Garcia escribió:

24.XII / p234

El Capítulo VII es una anticipación del infierno: sin que el lector (que lea por primera vez) lo sepa, aquí están las claves de lo que resta de novela: la culpa, la traición, el dolor, la separación, la caída... está todo, incluso la mención explícita de El Farolito en toda su compleja simbología bifronte: es la luz que guía pero es también la antesala del infierno que remite a la posada que en El Castillo de Kafka es al mismo tiempo la antesala del Poder y el lugar en el que todo agoniza, una antesala que nunca conduce al Castillo en sí, un lugar de espera eterna, de ahogo de la esperanza -para quienes cometieron el error de tenerla alguna vez.

La culpa devora las almas. El rencor contenido pudre los últimos restos de creencia en la salvación. La traición oscurece la última posibilidad de un futuro compartido. La luz -la luz del faro es al mismo tiempo la oscuridad que precede a la caída. El alcohol es una metáfora del Tártaro que condena a navegar sin rumbo para siempre entre fantasmas de un pasado gris y los disfraces de un presente sumido en la fatalidad: la fatalidad del destino individual encarnado en los pasos dubitativos del Cónsul hacia la barranca, y la fatalidad del destino colectivo en la Guerra Civil española, en la Guerra Mundial, en millones de muertos que dan cuenta del fracaso como especie.

Puede uno -el Cónsul por ejemplo, o Lowry mismo, o tú o yo- hacer como que nada sucedió y continuar bebiendo sin cesar?

No, el alcohol no es un bálsamo para aceptar la tragedia ni un veneno que nos borre la memoria -individual y colectiva. Es el brebaje ritual que convoca los monstruos y nos prepara para encararlos, para escuchar lo que tengan que decir y poder llorar en paz.

Un llanto por los caídos en la noche más larga.

25.XII

El Cónsul se ríe de sí mismo, no: se castiga a sí mismo aprovechando los camarones, los cabrones, delante del propio Laruelle: está tan confuso -o quiere estarlo o no renuncia a estarlo- que confunde sus sentimientos hacia Yvonne con los de meses atrás: sigue instalado en el abandono, como si ella no hubiera vuelto, como si él no quisiera -una parte de él al menos- que hubiese vuelto para no estropearle su papel de víctima, su destino de abandonado que camina tambaleante hacia la barranca.

Por qué estropear un destino trágico tan perfectamente elaborado, tan "absolutamente necesario", con una llegada sorpresa, con un retorno que no debía estar en el guión?

... y Orlac...

Por la tarde / p254

La sensación es agridulce al finalizar ese capítulo retorcido, extenso, errabundo, desequilibrado -como el propio Cónsul en su esencia. You can never drink of it! Una letanía que empieza por la culpa -que incluso se sobrepone a la posibilidad de un final feliz- continúa con el perdón -es más difícil pedirlo que concederlo- y desemboca en la máquina infernal que espolea el mundo y nos pone a girar a su alrededor mientras se nos caen las señas de identidad y sentimos la nausea eterna de la existencia sin sentido: you can never drink of it -magistral Lowry en el manejo de los juegos de palabras que tienen especial retorcimiento en México, en el modo de contemplar la vida de los habitantes de ese territorio mágico.

27.XII / p264

Tras la visita a la torre del zacualí, el Cónsul, Yvonne y Hugh corren cuesta abajo hacia sus destinos, dando saltos en el camión que atraviesa paisajes lúgubres al pie de los volcanes.

Una ominosa amenaza se cierne sobre ellos.

El camión se detiene junto al hombre tumbado en la carretera junto al que pace un caballo solitario.

A pesar de la sencillez con la que Lowry introduce esta escena -en contraste con las barrocas descripciones que acaba de hacer mientras el camión salía de Quaunahuac y atravesaba el paisaje lunar hacia Tomalín- este momento es crucial en una novela llena de significados ocultos, aparentes rodeos sin sentido, duplicidad en el lenguaje, capas de suelo excavadas a golpe de metáforas que te tienen en alerta permanente: qué querrá decirnos ahora el bueno, el borracho de Malcolm con esta nueva insignificancia? te preguntas a cada paso... pero esta no es una escena insignificante ni mucho menos!

Por la tarde / p277

La última palabra del VIII es "muerte", como si Lowry quisiera dejar claro lo que quería decir con este capítulo -que no considero como él que sea de los mejores, pero que sin duda tiene una importante carga simbólica remachada sin rubor en esa última palabra que remata un texto poco Hughiano para ser de Hugh.

Aunque pensándolo bien, quizá sí; quizá es esa contemplación de la muerte como resultado de oscuras maniobras que se dejan adivinar entre líneas, favorecida la sensación por la misma presencia -siempre en primerísimos planos- del pelado que roba el dinero ensangrentado del moribundo y desafía a todos con una torva mirada que parece decir: "cuidado conmigo porque yo formo parte de alguna forma de esa oscuridad inquietante que ha dejado su huella en este camino". Cómplice de quien quiera que perpetrara ese crimen -gente borrosa que sentimos merodear por el libro y que parecen tener su centro de operaciones inicuas en alguno de esos lugares de nombre malsonante: Tomalín, Parián, El Farolito.

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Se entromete un mail de La voz de Galicia con esta noticia:

En las últimas horas el volcán Sinabung, en la isla indonesia de Sumatra, ha escupido llamas y una espesa columna de cenizas ardientes en la atmósfera, en la que supone su mayor erupción del año. Situado en el cinturón de fuego del Pacífico, había permanecido 400 años inactivo hasta que tuvo una larga erupción en el 2013. La erupción ha dejado una impresionante imagen que puedes ver aquí.


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El 29 de diciembre de 2017, 19:59, Jesus Garcia escribió:

28.XII

A las puertas del IX.

Lowry reconoce en la carta a Cape que Ultramarina es una "obra maestra subjetiva de nivel inferior". El contexto es el debate (con el lector de Cape) sobre la capacidad de creación de personajes y dotarlos de "carácter" propio y aludiendo a los flash-backs, como los del Cónsul al comienzo de la novela, los de Hugh más adelante o los de Yvonne en este IX.

Lowry le suelta a Cape una de sus frases geniales: "hay mil escritores  que pueden crear personajes convincentes hasta la perfección por cada uno que pueda decir algo nuevo sobre el fuego del infierno". No queda claro si está citando al tal Sean O´Faolaian, un autor de Cape, o son de su cosecha -en cualquier caso reflejan perfectamente lo que pretende el Volcán y no está mal recordarlo a las puertas de un capítulo del que Lowry dice que el tema es la Esperanza -"con mayúscula" añade- eso sí, inmediatamente aclara que se trata de una nota cuyo propósito es "acentuar el derrumbe posterior", como esos momentos de calma que preceden a la tempestad, como si quisiera elevar a sus personajes para que la caída sea luego más estrepitosa.

Tiene gracia que escriba esto en la cafetería "La Nube".

29.XII / p306

Sorprendente el Capítulo IX.

No recordaba ese final tan denso, con un manejo del collage que tensa definitivamente la relación del trío protagonista y mantiene en vilo a pesar de conocer el final de la historia.

Para empezar está el caballo que irrumpe en medio del flash back de Yvonne no se sabe muy bien si surgido de una película real proyectada en un cine francés o de su propia imaginación o de vagos recuerdos de ese pasado amargo que viene a redondear el retrato de una Yvonne hasta ahora un poco desdibujada  -perfecta elección de Houston para su película.

El caballo que en el cine hace años y en la novela unas horas antes nos revela sin que lo sepamos el destino de Yvonne da pie a una visión idílica de ese hogar ansiado en el que por fin ella y el Cónsul serán plenamente felices. Llega uno a pensar que Lowry se regodea yuxtaponiendo el pasado, el presente y el futuro en un potente vaivén de esperanza-desesperanza que pone a prueba la capacidad receptora de quien lee absorto en esas descripciones marinas: el faro, el mar, el bote saltando entre las olas, una tempestad que amenaza con arrasar un sueño que sabemos condenado a fracasar -y no solo porque leamos por tercera o cuarta vez, sino porque Lowry se encarga de hacérnoslo sentir a la primera: demasiado bonito para ser cierto.

Uno escucha al Cónsul decir que la quiere, que sí, que se irán a millones de kilómetros... y sabe que eso no ocurrirá, esa es la fuerza brutal de esta escena dominada una vez más por la rueda del tiempo, encarnada en esa rueda de bicicleta que gira torcida.


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El 29 de diciembre de 2017, 11:07, Antonio Ñeco Brioso escribió:

26 de diciembre

Capítulo VIII

La muerte en este día de los muertos, una vez más presente  de manera tangible.

Un autobús como un coche fúnebre, como una mortaja,  como la barca de Caronte, conduce a Yvonne y al cónsul hacia lo irremisible.

El caballo marcado con el número siete, y que ha ido acechando instintivamente a Yvonne a lo largo de toda la novela, va cerrando su cerco.

El indio malherido al borde de la carretera que sufre la agonía del cónsul, su final en la barranca.

Volando en círculo, ya esperan los buitres al final del capítulo.


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El 29 de diciembre de 2017, 20:48, Antonio Ñeco Brioso escribió:

28 diciembre

Capítulo IX

Llueve, el aroma del café es aún más intenso junto al de la tierra mojada, al gris de la mar que alcanzo a ver desde aquí. Y me atrevería a decir que a pesar del ruido propio del garito, me encuentro “Perfectamente”. Tengo que admitir  que este adverbio evocador, será de ahora en delante de alguna manera una referencia velada al volcán. Llueve sobre Yvonne Constable, sobre su vida, sobre esa otra Yvonne Griffaton alter ego de cine de barrio que proyectará la imagen del caballo que nos recuerda el final de Yvonne. Llueve como lágrimas que expiaran los pecados de sus antepasados, que no son otra cosa que los pecados del mundo, a través de una sucesión de tragedias que convierten sus vidas en parcelas del infierno.

Parece ser que los protagonistas del volcán están condenados a padecer y que su única forma de salvación es la esperanza, mantener la fe en algo. En unos ideales, en alcanzar la verdad, en vivir en paz en una cabaña junto al mar...     

Pero no dejan de ser sueños rotos.


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El 31 de diciembre de 2017, 18:27, Antonio Ñeco Brioso escribió:

30 de diciembre

Capítulo X

El café es tan flojo, que no tiene fuerza para defenderse del azúcar, que lo atraviesa sin piedad con una dulce cuchillada. Hoy no ha habido suerte con el garito, pero no puedo evitar una sonrisa de satisfacción al acomodarme en el asiento y abrir el libro por el capítulo X.

Mezcal! Pide el cónsul y con este gesto Lowry nos advierte de que Geoff está perdido, de que no es capaz de encontrar el camino, de que sus fuerzas están llegando al límite, volviendo al mezcal, como ya le aseguró a M. Laruelle en el capítulo VII, es consciente de que se aproxima su fin.

Lowry hace un sutil guiño al lector, al situar al cónsul en el Salón Ofelia, desde el que observa receloso a Yvonne y a Hugh, mientras nadan. Ofelia quien tras ser rechazada por Hamlet se arroja al río y muere ahogada.

Y ese estar esperando sin esperar, trenes que no se detienen, trenes de los que no se baja nadie. Andenes negros y fríos. Vías vacías y enredadas como la vida del cónsul. Vías que ya solo lo llevarán en una dirección. Y es consciente de este hecho, y siente en su cuerpo el calor abrasador del alcohol, de las llamas del infierno y escapa hacia él   visualizando una senda a través de la selva que lo lleve a  El Farolito. Anhelo de La Luz que lo salve, deseo destructivo de tocar La Oscuridad.  El Yin y el Yang, el principio y el final. La eterna contradicción de la condición humana.

Y entonces Lowry tiene un gesto generoso y saca a colación “La Cascada Sagrada”, un rito Shuar para pedir energía y poder para sobrevivir. Y así como el cónsul-mago usa el mezcal, los chamanes Shuar usan la Ayahuasca. Entonces la realidad de los sentidos queda sujeta a la realidad de lo onírico. Y así como los Shuar integran a su cultura indígena presencias tomadas del cristianismo, el cónsul, en esta realidad alterada por el mezcal, mezcla y aúna culturas y se encuentra pidiéndole a la Virgen de los desamparados que le sea devuelto el conocimiento de los misterios que ha perdido, reconoce su egoísmo y pide conocer la verdad para poder vencerlo.

Tras esta experiencia purificadora, en la cantina de Cervantes el cónsul tiene una mirada de ternura hacia Yvonne y recuerda sus comienzos como pareja en Granada. Y durante unos instantes parece encuentran la paz. Pero todas esas botellas, miles de botellas de todos los alcoholes imaginables que se han interpuesto entre ellos, vienen a castigarlo de nuevo. ¿En cúal de todas aquellas botellas habrá quedado olvidada su alma? ¿Será cierto que está luchando por recuperarla, por rescatar su relación con Yvonne?  Es como si Lowry casi al final de la novela, diera un apunte de esperanza para sus personajes. El lector que se acerca por vez primera a la obra, probablemente tiene la impresión de que la salvación es posible. Tan solo un poco después, al final del capítulo, se dará cuenta de que  existe una fuerza oscura y demoledora que ya los ha condenado.


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El 31 de diciembre de 2017, 19:12, Jesus Garcia escribió:

29.XII

Lowry comienza diciéndole a Cape que el X es por supuesto un candidato propicio para el bisturí del cirujano, y unas líneas más abajo se "permite defender la calidad de su inspiración y afirmar que es uno de los mejores del libro" -qué tío!

30.XII / p311

"Mezcal" -el Cónsul pronunció la palabra mágica, recitó el encantamiento, y la rueda pareció reanudar su giro tras la breve pausa -pero no, la ruega nunca se detiene. Los caminos están trazados por mucho que -en los sinuosos vaivenes, giros, revueltas, de esta historia laberíntica- pueda parecer otra cosa.

No. Renuncie el lector a toda esperanza -así, con esa resonancia dantesca que por algo estamos a las puertas del infierno- olvídese el lector de esas fugaces lucecitas -farolitos- que parecen brillar entre la tempestad: el Volcán -el libro y la historia y sus personajes y el mismo Poco- es una tragedia en toda regla, una tragedia que redime al espectador, que nos redime mientras encarnamos -leyendo- a la trinidad que atraviesa sus páginas y sus laderas bajo la amenaza y camino de la muerte: porque solo la muerte puede redimir.

31.XII / p321

Lágrimas de mezcal.

Brotan de los ojos del Cónsul al contemplar la virgencita en el cuartucho de Cervantes, iluminada apenas por esa vela que el tlaxcalteca mantiene encendida por orden de su abuelo, y recuerda a otra virgen, a la "virgen de los que no tienen a nadie" a la que suplicó el regreso de Yvonne, una plegaria que fue escuchada.

El recuerdo es tan fuerte que el Cónsul vuelve a arrodillarse para rezar: "Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia De Dios, sigo estando solo. Aunque mi sufrimiento parece no tener sentido, sigo agonizando. No hay explicación para mi vida". Y prosigue: "Por favor, que Yvonne logre aquello con lo que ha soñado... soñado?... una nueva vida conmigo... permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos".

Esa plegaria no tiene desperdicio: retoma escenas anteriores para darles una vuelta más -como si otra voz del Cónsul surgiera para confirmarnos temores, disipara dudas o retorcer las cosas que ya dijo o creyó haber dicho o se imaginó que debía decir -y que solo el lector ha escuchado: "Permíteme por favor hacerla feliz, líbrame de esta horrenda tiranía de mí mismo. Me he hundido muy bajo. Permíteme hundirme aún más para así poder llegar a conocer la verdad".

Y más: "Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida. En dónde está el amor? Permíteme sufrir en verdad. Devuélveme la pureza, el conocimiento de los misterios que he traicionado y perdido".

Quién no suplicaría de este modo, en estos términos ante una virgen de los que no tienen a nadie, o de los que están en alta mar o de los que navegamos en el océano de la vida? Esta especie de segunda oportunidad que se le concede al Cónsul de recuperar sus poderes, de olvidarlo todo -"Destruye el mundo!"- y pensar en Yvonne, en una futura vida juntos... es quizá la penúltima crueldad de Lowry.

(Tiene tu ejemplar una errata en la página 319: dos veces "cruda" por "curda"?)


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El 1 de enero de 2018, 12:57, Jesus Garcia escribió:

1.I.2018

Una mañana templada de calles desiertas y pequeños grupos de gente refugiada en las pocas cafeterías abiertas.

Acabo el X con sentimientos encontrados: el libro ya os ha poseído de lleno -se transpira en nuestras palabras lanzadas al océano que nos separa y navegando bajo la incierta luz del Farolito hasta las manos del otro.

Hemos sucumbido -no lo sabíamos desde el principio?- a la magia consular, a la amenaza irresistible de la barranca, a los efectos de tantas copas sin haberlas bebido.

Y derramamos lágrimas de mezcal.

Por unos días -que acabarán muy pronto!- hemos vivido en otro mundo, que tanto podría hallarse en 1938, en 2018, o en 2666... un planeta arrasado.

... donde resuena lejano el eco de una canción...




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El 1 de enero de 2018, 14:17, Antonio Ñeco Brioso escribió:

Y estamos llegando al final de este camino en el que hemos acompañado al cónsul en esta suerte Vía Crucis donde lo vemos caer y levantarse en su inevitable subida hacia el Golgotatépetl.

Él será el crucificado al madero al que alude Yvonne en el cruce de caminos en la selva, mientras va en su busca en el capítulo XI.

Sí, junto al cónsul hemos derramado lágrimas de mezcal, lágrimas negras, como el alma de todas aquellas botellas de alcohol que lo han ido destruyendo lentamente, negras como las desoladas
entrañas de la barranca.




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El 2 de enero de 2018, 18:40, Jesus Garcia escribió:

Entre flores y lágrimas negras...

2.I / p346

El Volcán se ha convertido -o lo ha sido siempre- en una fuente de desafíos, de misterios por resolver, de claves que descifrar.

Eso sí, sabiendo que el mensaje central, el criptograma principal, el resultado final de este juego terrible y caleidoscópico, es la muerte. Pero no cualquier muerte -quiero decir, no cualquier visión de la muerte. La muerte en México, que no es poco decir.

Así que doce horas entre dos días de los muertos -uno en 1939 y otro en 1938- para descifrar lo inefable, para comprender lo incognoscible, para expresar lo inexpresable.

No estamos inmersos en una mera novela. Desde que abrimos sus páginas y la rueda comenzó a girar quedamos atrapados en ese artefacto infernal que en nuestra infancia nos imbuía resoplos de vértigo, cierta impaciencia cuando se detenía y giraba en sentido contrario, la maravillosa sensación de contemplar toda la ciudad desde esa atalaya con el estómago encogido por la indefensión y la altura...
Los múltiples ritornellos del Volcán provocan ese mismo vértigo de suspiros contradictorios: la cascada, el caballo marcado con el 7, los alemanes fritos, el cadáver por expreso, la barranca, los misteriosos poderes del Cónsul, los inútiles sueños de Yvonne, la pose revolucionaria de Hugh, las cantinas en penumbra, los zopilotes antediluvianos, los indios silenciosos que deambulan bajo el sol, la virgen de los que no tienen a nadie, los carteles publicitarios o cinematográficos, Orlac desde el fondo desconocido de la historia del cine, las botellas -las miles de botellas que golpean el corazón desde esa imagen sobrecogedora sobre mares y océanos-, las lágrimas de mezcal... todo ello absolutamente necesario en una historia tan desasosegaste como inspiradora que no te deja seguir ni detenerte -como la rueda de la infancia- que es capaz de paralizarte mientras el alcohol te sacude o de empujarte entre la selva mientras escuchas el eco de las palabras consulares: "Me encanta el infierno. Se me hace tarde para regresar a él. De hecho voy corriendo, ya casi estoy de vuelta en él"... una versión grotesca y oscura del conejo de Alicia que se zambulle en las entrañas de la tierra obligándonos a seguirlo.

Por la tarde / p364

"Mezcal -dijo el Cónsul".

Y me he parado ahí: a las puertas del XII.

El XI resulta ser uno de los capítulos más intensos y concentrados. Malcolm se empleó a fondo para meter tanta cosa especial en tan pocas páginas. Sobre todo, la naturaleza: la selva y las estrellas como un todo compacto a través del que Yvonne -sobre todo ella, porque Hugh parece arrastrado en segundo plano solo para poner unos acordes tristemente ajenos- se mueve impulsada por el mezcal.

En una segunda o tercera o cuarta lectura, sabemos muy bien que al mismo tiempo el destino del Cónsul se está cumpliendo a poca distancia pero en otro mundo, en el mundo de las habitaciones repetidas, de las instancias del infierno alumbrados por Lucifer.

Y por último -un final en este lado que sucede al mismo tiempo que el otro final en el otro lado- el caballo, el remate del caballo número 7 y la inquietante belleza de la ascensión hasta las estrellas entre la vida y la muerte, entre los rayos y la lluvia, entre los acordes descarriados de Hugh olvidado ya por la narración y los lectores, entre sus sueños condenados a la perdición y la figura idealizada del Cónsul que no podía vivir sin amar.


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El 2 de enero de 2018, 18:40, Antonio Ñeco Brioso escribió:

2 de enero del nuevo año

Capitulo XI

Lowry elige continuar la narración con descripciones detalladas de la naturaleza. Está preparando concienzudamente el marco en el que se va a ir consumando la tragedia. Los volcanes en primer término, como tótems  omnipresentes a lo largo de toda la novela, arrastran hasta aquí su cada vez más latente  amenaza. El vocabulario que elige: Nubes oscuras, Tempestad, tinieblas, mancillar, inmundicia, la calle púrpura y triste, ave infernal de Prometeo, nieve color sangre, coagulados nubarrones, acentúan los tintes de tragedia que el lector va respirando.

Volviendo a aquella idea que te comenté en la que me refería a El Farolito como el infierno de Dante con sus nueve círculos, y como éste apuntaba que antes del infierno había que cruzar una selva; encuentro que esta selva asfixiante que atraviesan Yvonne y Hugh en su búsqueda del cónsul, podría simbolizar por lo tanto la antesala del infierno, es decir el purgatorio, un camino largo y tortuoso en el que se hace referencia a un crucificado, a  la víctima expiatoria que está a punto de ser sacrificada.

De alguna manera Yvonne se redime de sus posibles errores, liberando el águila enjaulada,  rescatando  del purgatorio un alma inocente que asciende rápidamente a los cielos.

Entonces Lowry nos recuerda que nada puede escapar al fato, a lo ineluctable y hace una nueva referencia a la eternidad por medio de las ruedas de la galaxia que gira en lo infinito.

Yvonne, a la búsqueda de su hombre, es la única sobria, la única pura en este purgatorio extraño en el que hasta los árboles parecen estar ebrios e impedirle el paso.

Y entonces como en una sinfonía que va en crescendo, en la que se pulsan con tensión las cuerdas, se acentúan los golpes de percusión y se marcan en una vorágine arrebatadora los vientos, Lowry se alía con la vegetación, con la sonoridad del trueno y la devastadora fuerza del viento para imprimir violencia a la tragedia de Yvonne. La hora está marcada, de nuevo la rueda del destino gira, como un verdugo del pasado,  asegurándose de que ocurra lo anunciado. Por fin el caballo marcado con el número siete se  encuentra fatalmente con su víctima; y de ese encuentro surgirá uno de los finales más bellos de la novela.

Con su último aliento de vida, Yvonne evoca su vida con el cónsul en una cabaña junto al mar, un sueño en llamas, unas llamas que pertenecen ya al universo del cónsul, a su infierno alcohólico, mientras ella como la Virgen de aquel que no tiene a nadie, asciende a los cielos fundiéndose con las estrellas como una hija del cosmos.


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El 3 de enero de 2018, 19:58, Jesus Garcia escribió:

3.I

Paralizado ante el XII: "Mezcal -dijo el Cónsul".

Por la tarde / p366

"Por la ventana, el Popocatépetl se erguía con su inmensa falda en parte oculta por tempestuosos nubarrones; su cima cubría el cielo y se alzaba sobre la cabeza del Cónsul y directamente en su base estaban la `barranca´ y `El Farolito´. ¡Bajo el Volcán! Por algo los antiguos situaron el Tártaro bajo el monte Etna, y en su interior al monstruo Tifeo con sus cien cabezas y sus ojos y voces -relativamente- temibles".

Una vez sorbido el mezcal ya no hay marcha atrás. Ahí vamos... restan 37 páginas.


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El 3 de enero de 2018, 20:59, Antonio Ñeco Brioso escribió:

Acabamos de llegar a casa después de un viaje desde La Línea, de ocho horas.

Un tema de fontanería nos obliga a estar aquí mañana. En esta ocasión no pudo ser el encuentro.
He enciendo el fuego y comenzado a leer el capitulo XII. Lola se sienta en el sofá junto a mi con un libro entre las manos. ¿Qué vas a leer?, le pregunto. Ella sonríe y me muestra la portada: Es un libro de aventuras: "Un  viaje a Pompeya" El dibujo muestra unos niños que viajan en una máquina del tiempo. Al fondo el volcán arroja con furia torrentes de lava.

Mezcal! Dijo el cónsul.

Allá vamos.


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El 4 de enero de 2018, 17:12, Jesus Garcia escribió:

4.I

restan 37 páginas...
366 + 37 = 403 = 4 + 0 + 3 = 7
fecha de hoy: 4.01.2018
4 + 0 + 1 + 2 + 0 + 1 + 8 = 16 = 1 + 6 = 7


El 4 de enero de 2018, 17:15, Antonio Ñeco Brioso escribió:

A Lowry le hubiese encantado!


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El 5 de enero de 2018, 21:59, Antonio Ñeco Brioso escribió:

Algo así debió ser la estampa después de la ascención de Yvonne a los cielos.
Pintura de Stephen Morath.



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El 6 de enero de 2018, 12:16, Antonio Ñeco Brioso escribió:

4 de enero                                                                                                                                       

Capítulo XII

Consumatum est, aquellas palabras, dichas por otro crucificado, por otra suerte de mago, cuya muerte también conllevaría la redención de los hombres y  consideradas en el nuevo testamento como el sexto clamor, podrían aplicarse a este capítulo y al final del vía crucis del cónsul. Todo se ha cumplido y no hay mucho más que decir llegados a este punto para el que Lowry nos lleva preparando durante toda la novela. “El tiempo se estremece y se acerca el infierno haciendo tic tac”. En este último tramo todo sabe irremisiblemente a muerte. Por fin estamos en las entrañas del infierno y todo en El Farolito desprende un hedor insoportable como a metacarpiano y aquí ya ni el mezcal consigue devolver a la conciencia del cónsul ese otro lado de paraíso con el que hasta ahora se ha ido relacionando esta cantina. En las profundidades del averno, todo es oscuro y confuso, las caras que se transmutan en otras caras, seres irreales, fantasmagóricos fruto del delirio alcohólico y de la atmósfera opresiva, que aparecen y desaparecen antes los ojos del cónsul, que ya no tiene ningún control sobre la situación; porque a partir de aquí todo será cuesta abajo hacia la barranca.

“Mezcal! Dijo el cónsul” y continúa el ritual de la autodestrucción. La desesperanza, el arrepentimiento “¿Que hago aquí, por qué me he arruinado deliberadamente?“ El cónsul se desprecie por ser incapaz de poner fin a todo esto, y se ve a sí mismo como uno de aquellos borrachones merecedores del infierno. Pero es éste el arrepentimiento momentáneo del borracho al que se le cruza un vaso de mezcal y olvida lo demás. Y todo huele a muerte, y mientras esos diablos con cartuchera lo aguijonean y lo insultan, las cartas de Yvonne cortan como un machete el regusto amargo de la podredumbre. El amor, ese amor sin el que no se puede vivir y que arremete  con violencia contra la soledad del cónsul, llega demasiado tarde para salvarle la vida. No obstante será por amor por lo último que luche el cónsul en su vida, por recuperar las cartas de Yvonne.

Quiero creer que este último sentimiento de amor, ese gesto desesperado de rebeldía,  redime al cónsul y nos redime a todos como especie.



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El 6 de enero de 2018, 12:17, Antonio Ñeco Brioso escribió:

¿Y ahora qué? Después de la devastadoramente nutritiva experiencia en la que se han mezclado de manera inextricable literatura y remembranzas de nuestra vida,  y en la que por momentos me parecía escuchar nuestra risa provocada por el tequila y la juventud y por la música de Tomás latiendo interminablemente en nuestros corazones.

Mientras volvía a caminar por la calle Nicaragua hacia el zacuali  de M. Laruelle, o me asomaba una vez más a las puertas del cine de Bustamante para contemplar aquel cartel amenazante de Las manos de Orlac o me sentaba en  una cantina de Cuernavaca, no podía evitar regresar a las tardes en El Circulo, ¿Era El Circulo?, a aquellos  cafés que se prolongaban hasta la noche, en la que a veces el jazz lo inundaba todo y el alcohol abría puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas.

No se puede vivir dos veces, pero esto debe ser  lo más parecido. Las páginas de un libro y todo aquello que nos acontece mientras estamos leyéndolas, son devoradas por ese cronotáceo ambulante que nada hacia adelante y que nunca se para. A veces, cuando se vuelve a aquellas páginas, ese animal cósmico te vomita todo en la cara, y entonces una brisa suave y refrescante, te acaricia el pelo y uno es feliz.

Continuamos...


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El 6 de enero de 2018, 17:52, Jesus Garcia escribió:

6.I / p403

El final que es el comienzo.

Mientras el Cónsul desaparece en la barranca la rueda continúa girando...

Qué será de nosotros?

Y ahora qué? -dices.

Qué pasará con nuestros sueños de escritura?

Quién leerá esos cientos, quizá miles de páginas que escaparán a nuestras manos y recorrerán la barranca en su trazado sinuoso desde la luz de Cuaunahuac hasta la mortecina lucecita de Parián?

Quién nos leerá?

El Volcán no es la mejor novela que nos acompañó desde entonces y para siempre, pero quizá sea una de las más entrañables, llena de frases que se recuerdan para siempre, como las escenas enternecedoras de Casablanca, como las notas tiernas y fascinantes de aquel cuarteto presidido por Ben Webster o el piano borracho de Tomás.

Cómo olvidar al Cónsul?

Cómo quitarse de encima sus contradicciones, sus temblorinas, sus excusas desesperadas para escapar a la siguiente cantina, su dolorosa caída, sus palabras enigmáticas, su temible dolor ante las cartas reencontradas de Yvonne...?

Cómo escapar a la irresistible atracción ardiente de esa última hora en su vida y en las páginas de esta novela inolvidable?

Mezcal. Los latidos del reloj amplificados en el pecho de Firmin mientras contempla el demonio en la botella de anis del mono. La barranca que une su casa, el jardín abandonado y el farolito en mitad de la selva. El Popo presidiendo la vigilancia de presencias inefables. La marcha definitiva de Yvonne que el Cónsul intuye en la distancia. Los monstruos: alemanes fritos en la memoria, hombres sin piel ni cabeza con las entrañas palpitantes sobre la tierra. Las cartas que cierran el círculo y responden a su plegaria cuando ya es demasiado tarde y solo queda el recuerdo remoto de Granada, la Alhambra, el lugar donde una vez fue feliz y que retorna quemando el presente mientras todo se retuerce: perdonar y ser perdonado, el alivio fugaz antes de la caída definitiva -half past sick by the cock.

El caballo que corre hacia atrás en el tiempo y reúne los destinos bajo el 7 marcado en la grupa. El mundo subnormal y el universo anormalmente delirante: la correspondencia entre lo que fue y lo que pugna por romper los límites y caer hasta el fondo del abismo.

El tiempo intoxicado de mezcal que fluye con la rueda y ya no se sabe hacia dónde exactamente. Quizá en una espiral reconcentrada hacia sí misma, hacia la oscuridad final -you can never drink of it!

Adiós, William Blackstone!

Suenan las siete campanadas, se acerca el final de la última página que nos devolverá otra vez a 1939, otro día de los muertos, de los habitantes de la barranca en la que te hundes definitivamente mientras lloramos lágrimas de mezcal preguntándonos por los secretos del otro mundo, ese que nos aguarda ahí, pero dónde, cómo, entre las llamas del infierno y la luz de las estrellas que poco a poco desaparecen en un cielo teñido de rojo por el reflejo del Volcán.

Quién nos leerá?

Quién recordará que retorcimos nuestros espíritus entre páginas en blanco para resistir el infierno?

lunes, 29 de enero de 2018

Santuario Synamodec


Bajas la estrecha escalera retorcida y ahí está: un sótano amplio cuyas formas y dimensión exactas quedan borrosas por la enorme cantidad de objetos desconocidos y misteriosos.

Las paredes están cubiertas por dibujos jeroglíficos y lo que parecen planos de objetos imposibles de identificar. Varias mesas pegadas a las paredes o dividiendo espacios se ofrecen llenas de instrumentos y herramientas cuyo propósito escapa a la comprensión.

Parte del suelo está cubierto por alfombras o esterillas y hay una o dos estanterías repletas de libros cuyos títulos y autores se antojan desconocidos o reservados a un puñado de iniciados.

Otras partes de la pared, la más cercana a las mesas, están cubiertas de paneles de los que cuelgan más herramientas desconocidas de formas caprichosas.

Aquí y allá, puñados de cables de colores vivos rematados por brillantes piezas de metal dorado: algunos parecen trenzas de cabellos, otros, racimos de vegetales, otros, haces de luz que brillan en la semioscuridad del Santuario.

Cuando tu vista -tu cerebro- es capaz de librarse de este inquietante bombardeo visual reparas por fin en ellos.




Artefactos de sólida geometría parecen convivir en caprichosos panales artificiales llenos de agujeros, sombras, piezas de colores vivos, letras que trasmiten claves desconocidas a los guardianes del secreto.

Unas manos agarran una de esas pequeñas serpientes amarillas y clava su aguijón en alguna parte del panal mientras agarran sus piezas trasmitiendo quién sabe qué sabiduría gestual de la que brota un suspiro metalizado que comienza a recorrer el sótano y penetrar en los poros de tu piel.

Las manos acarician más serpientes de color y las introducen en los agujeros por la cabeza y la cola conectando así los mundos interiores del panal que se retuerce abriendo en canal los suspiros, los quejidos, los latidos de un corazón que parecen contener el sótano entero y penetrar todo tu cuerpo, desgajarse, desplegarse entre la vibración de tus huesos, derramar tus lágrimas y hacer que tus manos tiemblen de alegría, de inquietud, de una tristeza suave que a pesar de todo anhelas más allá de este lugar en las entrañas de la tierra.

Solo entonces comprendes a los exploradores de este laberinto de túneles inasibles persiguiendo la energía invisible que los libera del dolor de la oscuridad y el silencio.

http://synamodec.com/

jueves, 2 de noviembre de 2017

El día de Malcolm Lowry



"Dos cordilleras atraviesan la República, casi de norte a sur, formando en medio varios valles y planicies. Ante uno de esos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar la ciudad de Quauhnáuac".


¿Cuántos años hace que me adentré en ese valle?
¿Cuántos años que recorrí esos caminos bajo la lluvia, persiguiendo al cónsul de cantina en cantina para preguntarle por los últimos secretos del mezcal, por los últimos secretos de la escritura, por los últimos secretos -olvidados- del amor desesperado?



2.XI.2017

Sí: dos de noviembre. día de los muertos.

El día de Lowry, el día del volcán, el día del mezcal, el día de la escritura desesperada, de los caminos desconocidos que unen unas cantinas con otras antes del amanecer.

Caminos que Lowry recorre cruzándose con el destino, con las cartas de amor perdidas, con el fantasma de Ivonne que lo mira sin piedad, con las vísceras de un México podrido de magia.

Dos de noviembre. Un día enterrado en palabras que se retuercen entre la desesperación. el día de la escritura, de los fantasmas, de la pócima mágica que recoge a los perdidos y los arroja una y otra vez a las cunetas del camino entre los muertos.

Los muertos son los escritores sin voz.






martes, 11 de julio de 2017

Una casa en la oscuridad

Entre finales de mayo y principios de julio, apaleado por las vicisitudes emocionales y físicas de una nueva mudanza, he podido degustar un puñado de libros breves que me han deparado buenos y mejores ratos ante el café.



Me topé, así a golpe de estantería en el rastrillo de la Asociación de Mujeres de Órgiva con el atractivo ejemplar de Las voces bajas, de Manuel Rivas. Una obra "menor" que recuerda con mucha fuerza la capacidad poética (no tanto en el lenguaje como en la mirada) de El lápiz del Carpintero y la atmósfera de un pasado a la vez virado en sepia y a la vuelta de la esquina que trasmitía Los libros arden mal.

Sí, todo lo lamía y recogía la luz del faro. Las sombras, los sueños, los secretos. Tal vez todavía los guarda. Debajo del faro, en un osario de la luz... La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. el mar infinito y las habitaciones angostas.

No recuerdo como llegué al nombre de Daniel Guebel. Pero recuerdo que pensé en la magia interminable de los libros; digo interminable porque por mucho que uno crea conocer la literatura de un país, por mucho que uno haya agotado los clásicos, los antiguos y los modernos o al menos tenga noticia de ellos, siempre puedes encontrarte con otro nombre enteramente nuevo, nuevo para ti, claro, porque Guebel no empezó a escribir ayer sino que goza de una nutrida obra de la que, a pesar de la tentación que ofrecía El Absoluto, me decidí por El caso Voynich, por razones obvias (quiero decir, obvias para quien sabe que el dichoso manuscrito de persigue desde que hace treinta años leí aquel librito de Jacques Bergier que dejaba un poso de misterio en cada breve capítulo sobre libros condenados).

Magnífica edición de Eterna Cadencia, una editorial que conocí persiguiendo a Kobo Abe, que incluye además preciosas reproducciones de páginas del Voynich con esas imágenes inquietantes, tiernas, inefables, incalificables, pero sobre todo hipnóticas. Tanto como, sobre todo, la segunda mitad del libro, en la que Guebel se deja llevar tras la admirable contención informativa de la primera parte.

Cautiva. Incluso para aquellos que por inexplicables razones no hayan oído hablar hasta ahora del manuscrito Voynich.

Y el Babelia dedicado a la Feria del Libro de Madrid dedicada a Portugal me trajo de la mano a dos autores lusos que no pienso dejar pasar: José Luís Peixoto y Gonçalo Tavares. La suerte quiso que empezara por el primero: personado en la librería Ubu y hecha la correspondiente petición, hete aquí que su administradora me pone en la mano sin dilación una edición de 2008 de El aleph Editores de título irresistible: Una casa en la oscuridad.


Con diferencia, es el mejor libro de los comentados en esta entrada y una de las mejores novelas que leído en mucho tiempo que me ha puesto a la busca y captura del resto de la obra traducida de Peixoto, autor especial en el sentido estricto del término al que, de no estar ya totalmente desgastado por el marketin, no dudaría en calificar de deslumbrante.

Peixoto hace que el mundo comience de nuevo. Y que sea otra cosa, una materia poética de filos cortantes que transporta el dolor y la luz y la oscuridad y una casa donosiana en la que las palabras se escriben por primera vez y atraviesan el alma hasta dejarla exhausta:

Brotó un sonido o algo verdadero. Nacía, crecía, vivía. Algo verdadero e infinitamente bello se agitaba en el aire del salón. Un lamento. Una angustia que se transformaba de repente en una gran alegría. Que caminaba, corría, bailaba. Un sueño bueno que se transformaba en una alegría mansa. Gloria y sorpresa. Un sonido que existía mucho. El aire del salón lleno de un milagro invisible. Un profundo secreto que nos atravesaba. Una emoción que seguía hacia donde no se imagina. La vida condensada y repetida. Un momento al que no teníamos la seguridad de poder sobrevivir. Recuerdos y la explicación sencilla de la vida. El misterio más imposible y la revelación más clara. Colores: blanco, azul, verde, blanco, luz, negro, azul, cielo, blanco, Ningún color. Agua. Silencio que hablaba la lengua de la claridad con una voz de mañanas. Un sonido o algo verdadero. Todo esto y nada de esto era la música.

Los frustrados planes de un viaje a La Toscana encaminaron mis pasos unos días antes a la librería Sostiene Pereira, junto al Arco de Elvira, donde encontré sin problema, como ya sabía de antemano, El juego del revés, de Antonio Tabucchi, un libro de relatos muy bien considerado por la crítica, muy alejado de la más popular novela del toscano de la que tomaba su nombre la librería granaina, pero que me dejó un cierto sabor amargo: no cabe duda que el cuento que da título al libro es lo que se suele decir grande, fundador de estilo, de mirada, de método, y no cabe duda de que en los que siguen hay ingenio, sensibilidad, esa astucia de Tabucchi para sacar el jugo a la realidad y a la otra realidad. Pero no, no es la obra maestra que algunos afirman que es. Me quedo con Pereira, qué quieres que te diga: mucho más simple, mucho menos pretenciosa, pero mucho más entrañable.

Si hay una experiencia triste para un lector es que a una decepción le siga otra, aunque sean medias decepciones, aunque sean cuartos de decepciones: qué importa la matemática. Y la verdad, no me lo esperaba de Bolaño. O sería la mudanza? Los dolores de la partida quizá funcionaron a modo de coraza contra cierto ingenio metaliterario de este librito escrito a la sombra de Poe. Pero insisto: la peripecia no termina de cuajar. Las modestas sorpresas que reserva la trama apenas sorprenden. Bolaño no abandona su lenguaje pero parece que quiere hacer un texto de época, y le sale un mixto que no mueve a la emoción. Y eso que contaba con un decorado de lo más atractivo y que la inmersión en los bajos fondos del mesmerismo prometía desde la contraportada...

En el suelo del mercadillo de Órgiva estaba esperándome Sam Shepard. A pesar del título: Crónicas de Motel, la mirada no narra desde los moteles, sino desde las carreteras y las autopistas: fragmentos de memoria que pone ante nuestros ojos pedazos de esa América enorme, cruzada por caminos interminables, poblada de habitantes taciturnos que parece personajes secundarios de películas que trascurren sobre ruedas de camionetas. Retazos de enorme intensidad contados con ejemplar sobriedad y que, en efecto, parece el gérmen de esa emblemática película protagonizada por Harry Dean Stanton que nos hizo llorar de emoción entre los sones de la canción mixteca.


La gente de aquí / se ha convertido / en la gente / que finge ser. Casi sin pretenderlo, Shepard nos sirve una cena cruda, imagino que sonriendo mientras pulsa teclas en una máquina de escribir portátil que lo acompaña en su Austin Healey mientras corre entre el polvo hacia Napa o Homestead Valley recordando la colección de vinilos de su padre y el día que su madre volvió a abrir los ojos al mundo tras aquella terrible operación en el interior de su cabeza.

Qué más da si Juan Rulfo está en García Márquez o García Márquez está en Juan Rulfo. La pregunta que yo me hice leyendo hace pocos días Pedro Páramo (sí, hace pocos días, qué pasa!) fue la siguiente: qué hubiera pasado si no hubiésemos tenido (Antonio y yo quiere decir el plural) la impagable suerte de tener entre nuestros profesores de magisterio a Miguel Teruel? Qué hubiera pasado si por lo tanto no hubiésemos conocido los tesoros que nos plantó así, encima de la mesa de aquel cuarto abarrotado de libros? Leonard Cohen, Mike Oldfield... pero sobre todo, el Boom: José Donoso, Carlos Fuentes, García Márquez...? Qué hubiera pasado si, muchos años después, nos hubiésemos topado con uno de estos monstruos en una librería cualquiera y hubiésemos comprado, pongamos, el coronel no tiene quien le escriba en una edición de kiosko de pasta dura por tres euros?

Pues eso. Eso es lo que me ha pasado con Rulfo.


Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes y el valle de Comala seguía anegándose en lluvia.