Ayer recibí la noticia de la muerte de Sabato.
De alguna forma era algo que esperaba y temía.
Sabato lleva años desafiando su pesimismo, su tentación autodestructiva, su lado nocturno; todo eso que se ha confundido con debilidad.
Parecía que su vida se acabaría al perder a Matilde, pero es evidente que su espíritu atormentado había encontrado otras razones para resistir.
Y entre ellas quizá ocupaba un lugar fundamental la obligación autoimpuesta de trasladar un mensaje de esperanza a pesar de todo: inmensa paradoja que siempre había dominado su vida y su obra, la de infundir esperanza siendo él mismo un alma a la deriva.

Debo a Sabato la fuerza necesaria para escribir.
Y ahora me enfrento al desafío de estar a la altura de esa responsabilidad.
Hasta siempre, maestro.