Sí: Quignard es excesivo. Es barroco. Su prosa resulta afectada, a veces parece una pose innecesaria; a veces labrada por la ingenuidad del sabio.
En este caso, a pesar de todo eso -o además de todo eso- nos regala algunas de las más penetrantes reflexiones jamás escritas sobre la lectura:
El libro es la ausencia del mundo. A la ausencia del mundo que es el libro se suma esa ausencia del mundo que es la soledad. El lector está dos veces sólo.
Quien lee a libro abierto, lee a mundo cerrado.
Una vez en la gruta el ojo único del lector lo más cerca posible del volumen, el ojo único se aniquila. El nombre del lector es Nadie.
