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martes, 11 de julio de 2017

Una casa en la oscuridad

Entre finales de mayo y principios de julio, apaleado por las vicisitudes emocionales y físicas de una nueva mudanza, he podido degustar un puñado de libros breves que me han deparado buenos y mejores ratos ante el café.



Me topé, así a golpe de estantería en el rastrillo de la Asociación de Mujeres de Órgiva con el atractivo ejemplar de Las voces bajas, de Manuel Rivas. Una obra "menor" que recuerda con mucha fuerza la capacidad poética (no tanto en el lenguaje como en la mirada) de El lápiz del Carpintero y la atmósfera de un pasado a la vez virado en sepia y a la vuelta de la esquina que trasmitía Los libros arden mal.

Sí, todo lo lamía y recogía la luz del faro. Las sombras, los sueños, los secretos. Tal vez todavía los guarda. Debajo del faro, en un osario de la luz... La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. el mar infinito y las habitaciones angostas.

No recuerdo como llegué al nombre de Daniel Guebel. Pero recuerdo que pensé en la magia interminable de los libros; digo interminable porque por mucho que uno crea conocer la literatura de un país, por mucho que uno haya agotado los clásicos, los antiguos y los modernos o al menos tenga noticia de ellos, siempre puedes encontrarte con otro nombre enteramente nuevo, nuevo para ti, claro, porque Guebel no empezó a escribir ayer sino que goza de una nutrida obra de la que, a pesar de la tentación que ofrecía El Absoluto, me decidí por El caso Voynich, por razones obvias (quiero decir, obvias para quien sabe que el dichoso manuscrito de persigue desde que hace treinta años leí aquel librito de Jacques Bergier que dejaba un poso de misterio en cada breve capítulo sobre libros condenados).

Magnífica edición de Eterna Cadencia, una editorial que conocí persiguiendo a Kobo Abe, que incluye además preciosas reproducciones de páginas del Voynich con esas imágenes inquietantes, tiernas, inefables, incalificables, pero sobre todo hipnóticas. Tanto como, sobre todo, la segunda mitad del libro, en la que Guebel se deja llevar tras la admirable contención informativa de la primera parte.

Cautiva. Incluso para aquellos que por inexplicables razones no hayan oído hablar hasta ahora del manuscrito Voynich.

Y el Babelia dedicado a la Feria del Libro de Madrid dedicada a Portugal me trajo de la mano a dos autores lusos que no pienso dejar pasar: José Luís Peixoto y Gonçalo Tavares. La suerte quiso que empezara por el primero: personado en la librería Ubu y hecha la correspondiente petición, hete aquí que su administradora me pone en la mano sin dilación una edición de 2008 de El aleph Editores de título irresistible: Una casa en la oscuridad.


Con diferencia, es el mejor libro de los comentados en esta entrada y una de las mejores novelas que leído en mucho tiempo que me ha puesto a la busca y captura del resto de la obra traducida de Peixoto, autor especial en el sentido estricto del término al que, de no estar ya totalmente desgastado por el marketin, no dudaría en calificar de deslumbrante.

Peixoto hace que el mundo comience de nuevo. Y que sea otra cosa, una materia poética de filos cortantes que transporta el dolor y la luz y la oscuridad y una casa donosiana en la que las palabras se escriben por primera vez y atraviesan el alma hasta dejarla exhausta:

Brotó un sonido o algo verdadero. Nacía, crecía, vivía. Algo verdadero e infinitamente bello se agitaba en el aire del salón. Un lamento. Una angustia que se transformaba de repente en una gran alegría. Que caminaba, corría, bailaba. Un sueño bueno que se transformaba en una alegría mansa. Gloria y sorpresa. Un sonido que existía mucho. El aire del salón lleno de un milagro invisible. Un profundo secreto que nos atravesaba. Una emoción que seguía hacia donde no se imagina. La vida condensada y repetida. Un momento al que no teníamos la seguridad de poder sobrevivir. Recuerdos y la explicación sencilla de la vida. El misterio más imposible y la revelación más clara. Colores: blanco, azul, verde, blanco, luz, negro, azul, cielo, blanco, Ningún color. Agua. Silencio que hablaba la lengua de la claridad con una voz de mañanas. Un sonido o algo verdadero. Todo esto y nada de esto era la música.

Los frustrados planes de un viaje a La Toscana encaminaron mis pasos unos días antes a la librería Sostiene Pereira, junto al Arco de Elvira, donde encontré sin problema, como ya sabía de antemano, El juego del revés, de Antonio Tabucchi, un libro de relatos muy bien considerado por la crítica, muy alejado de la más popular novela del toscano de la que tomaba su nombre la librería granaina, pero que me dejó un cierto sabor amargo: no cabe duda que el cuento que da título al libro es lo que se suele decir grande, fundador de estilo, de mirada, de método, y no cabe duda de que en los que siguen hay ingenio, sensibilidad, esa astucia de Tabucchi para sacar el jugo a la realidad y a la otra realidad. Pero no, no es la obra maestra que algunos afirman que es. Me quedo con Pereira, qué quieres que te diga: mucho más simple, mucho menos pretenciosa, pero mucho más entrañable.

Si hay una experiencia triste para un lector es que a una decepción le siga otra, aunque sean medias decepciones, aunque sean cuartos de decepciones: qué importa la matemática. Y la verdad, no me lo esperaba de Bolaño. O sería la mudanza? Los dolores de la partida quizá funcionaron a modo de coraza contra cierto ingenio metaliterario de este librito escrito a la sombra de Poe. Pero insisto: la peripecia no termina de cuajar. Las modestas sorpresas que reserva la trama apenas sorprenden. Bolaño no abandona su lenguaje pero parece que quiere hacer un texto de época, y le sale un mixto que no mueve a la emoción. Y eso que contaba con un decorado de lo más atractivo y que la inmersión en los bajos fondos del mesmerismo prometía desde la contraportada...

En el suelo del mercadillo de Órgiva estaba esperándome Sam Shepard. A pesar del título: Crónicas de Motel, la mirada no narra desde los moteles, sino desde las carreteras y las autopistas: fragmentos de memoria que pone ante nuestros ojos pedazos de esa América enorme, cruzada por caminos interminables, poblada de habitantes taciturnos que parece personajes secundarios de películas que trascurren sobre ruedas de camionetas. Retazos de enorme intensidad contados con ejemplar sobriedad y que, en efecto, parece el gérmen de esa emblemática película protagonizada por Harry Dean Stanton que nos hizo llorar de emoción entre los sones de la canción mixteca.


La gente de aquí / se ha convertido / en la gente / que finge ser. Casi sin pretenderlo, Shepard nos sirve una cena cruda, imagino que sonriendo mientras pulsa teclas en una máquina de escribir portátil que lo acompaña en su Austin Healey mientras corre entre el polvo hacia Napa o Homestead Valley recordando la colección de vinilos de su padre y el día que su madre volvió a abrir los ojos al mundo tras aquella terrible operación en el interior de su cabeza.

Qué más da si Juan Rulfo está en García Márquez o García Márquez está en Juan Rulfo. La pregunta que yo me hice leyendo hace pocos días Pedro Páramo (sí, hace pocos días, qué pasa!) fue la siguiente: qué hubiera pasado si no hubiésemos tenido (Antonio y yo quiere decir el plural) la impagable suerte de tener entre nuestros profesores de magisterio a Miguel Teruel? Qué hubiera pasado si por lo tanto no hubiésemos conocido los tesoros que nos plantó así, encima de la mesa de aquel cuarto abarrotado de libros? Leonard Cohen, Mike Oldfield... pero sobre todo, el Boom: José Donoso, Carlos Fuentes, García Márquez...? Qué hubiera pasado si, muchos años después, nos hubiésemos topado con uno de estos monstruos en una librería cualquiera y hubiésemos comprado, pongamos, el coronel no tiene quien le escriba en una edición de kiosko de pasta dura por tres euros?

Pues eso. Eso es lo que me ha pasado con Rulfo.


Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes y el valle de Comala seguía anegándose en lluvia.



lunes, 21 de abril de 2014

Los libros de los que no he podido hablar

He interrumpido la lectura de La senda del Chamán, de mi amigo Raúl de la Rosa, para rendir un homenaje a Gabo releyendo 35 años después de la primera vez Cien años de soledad: ¡qué menos!

Volver por aquí, por las escrituras de la noche, me ha hecho recordar que llevaba un tiempo sin dejar constancia de mis lecturas a los conocidos y desconocidos visitantes que según el contador que instalé superan las 7000 visitas: o tengo muchos huéspedes o unos pocos fieles y persistentes.

Antes de toparme con el Chamán, acaba de salir de las manos maestras de Salter y su tremenda capacidad de trasmisión descarnada: Juego y distracción, Años luz y Todo lo que hay -ejercicios de contención donde los haya.

Y antes, Los 47 ronin, también de Raúl de la Rosa, pero atentos, muy alejado de la peli que por estos meses protagoniza Keanu Reeves, porque Raúl no quiere entretenernos, sino más bien lo contrario, lo que lleva muchos años haciendo: explorar los caminos interiores.

Y antes, El mar de las Sirtes: ese Julien Gracq más allá de los premios y más acá de lo posible, de un texto que pueda sostenerse en el tiempo -definitivamente difícil, pero no por complejo, sino por distante.

Y antes, las 1500 páginas de El libro de los susurros. Sí, es cierto que el libro magníficamente editado por Pre-Textos tiene 750 páginas, pero esta herida de Varujan Bosganian se ha convertido en el primer libro que comienzo inmediatamente después de acabar, sin pausa, sin posibilidad de abrir otro, de salir de ese mundo terrible y hermoso que penetra como el aliento de duduk, como el aroma del café molido interminablemente, como la perseverancia épica de Misak Torlakian, como el horror de los círculos del infierno o la ternura del abuelo Garabet.

Y antes, entreveradas con otros libros mayores y menores, una novela negra de tanto en tanto: Misterioso (una decepción) de Arne Dahl; El secreto de Christine y El otro nombre de Laura, las dos primeras esquirlas de Bejamin Black (nada decepcionantes sino todo lo contrario); Una noche no (pretencioso sin más jugo) de Goran Tocilovac; Los años perdido de Sherlock Holmes de un tal Jamyang Norbu (que no, que no hay manera de llegar a la altura de Sir Arthur); La (aburrida) sombra de Poe, de Matthew Pearl; la meticulosa reconstrucción de un caso de Conan Doyle (que no de Holmes) realizada por Julian Barnes en Arthur y George; un soplo de aire fresco de Fred Vargas (a quien seguiré la pista): La tercera virgen; y el regreso al origen: la maravillosa investigación de Daniel Stashower sobre Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera (absolutamente recomendable).

Y antes o después o al mismo tiempo, cerrando y abriendo las páginas de uno u otro: El momento de la sensación verdadera (una obra menor de Peter Handke); El viajero de Agartha, peculiar contraaventura de Abel Possé (que vino a mis manos y no pude dejar de mirar); la a ratos entretenida, misteriosa y más prometedora que cumplidora Yagudín, de Phillip Segur; el impacto de las historias pequeñas y redondas que luego gusta contar a otros: Novela de ajedrez, de Stephan Zweig; dos navegaciones de Alvaro Mutis: La nieve del almirante y Ilona llega con la lluvia; La leyenda del santo bebedor de un alucinado Joseph Roth; una sobrevalorada penúltima novela de Vila-Matas: Aire de Dylan y la pequeña joya del minimalista Echenoz: 14.

Y vuelta atrás, me refiero a los autores que veneré y que no puedo evitar en los cruces de caminos: Antes del fin (otra vez) de Sabato y la sorprendente Corrección de pruebas en la alta Provenza, de Cortázar encerrado en su legendaria Volkswagen.

Y entretanto, lectura y relectura de Modiano: Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Perro de primavera, Un circo pasa. La dosis necesaria para volver a pisar el territorio vedado de un pasado entre desconocido, inquietante y lleno de la amargura de la pérdida o el extravío.

¿Más? Quizá... algo habré olvidado entre tanta página vibrante.
Pero ahora camino hacia otro lado...