Carreteras desconocidas otra vez, aunque con un primer destino K como la otra vez. En ambos viajes, K como motor de arranque. PH/K y FK/K. Peter Hammill y Franz Kafka, las dos caras más conocidas de K en el mundo en el que vive mi yo escritor, y en el que —de haber sido las cosas de otro modo— viviría mi yo músico.
¿Cómo sería una obra compuesta por los tres? Mi yo escritor, mi yo músico y el sustrato senti-mental de ambos procurando poner orden para que surja la armonía.
2.VII A 100 kilómetros de Praga
¿Hay un instante preciso en el que la noche se transforma en día? ¿Lo hay? Y de haberlo, ¿es el mismo para todas las personas?
No hablo de coordenadas geográficas, sino de la percepción de cada cual de esa misteriosa transformación. ¿Cuál es la clave de ese misterio? ¿La luz? Sería injusto atribuirlo a una única causa, y peor aún a una causa tan escurridiza, tan inasible.
No. La luz interviene sin duda, pero apenas es la parte visible de un cambio invisible.
3. VII
Amanece en Praga 5.
4.VII Pragas 5
En pocos minutos, expedición a Praga 1 por fin, tras vueltas y vueltas por los distritos exteriores. No es fácil aproximarse a esta ciudad que ya era enorme en los tiempos de K... con los habitantes de los suburbios y siguiendo el libro de Salfellner se llegaba a 600.000 ¿Cuántos tiene ahora?
Otra vez aquí, en los círculos exteriores de Praga tras una cansadora expedición a Praga 1 sin plano ni demasiado google. Esta noche nos hemos organizado un poco y planificado recorridos con K como punto de partida.
5.VII
En un rato salimos hacia el corazón de Praha, en busca de rastros de K.
6.VII Klotařka
Ayer fue un día para K. Comenzando en el Museo y acabando en el lugar de su casa natal tras un recorrido por sus casas de infancia y adolescencia, el Instituto alemán y la Universidad. Todo ello en un diálogo callejero con Salfellner y sus fotografías de la época.
Aparentemente, el museo de Kafka es como todos los museos dedicados a grandes figuras de la cultura y el arte: copias o facsímiles de sus obras, ediciones si es un escritor, cuadros cronológicos, biografías, anécdotas representadas con más o menos fortuna, y espacios complementarios para tomar café, hacerse fotos o comprar el merchandaisin correspondiente.
¿Hay algo más horrible que el merchandaisin kafkiano? ¿Logré resistirme lo suficiente a ese espectáculo que hubiera horrorizado a K? Qué difícil es conformarse con los recuerdos que puedan quedar en tu memoria y renunciar a llevarse un mapa de Praha con los "lugares de Kafka"! Sabiendo que toda Praha —todo lo construido antes de K se fuera y mucho de lo que vino después— está impregnada de Kafka, y al mismo tiempo todo K está desparramado por estas calles de aroma imposible de describir.
Más allá de los famosos y bien establecidos itinerarios del Franz niño y jovenzuelo, más allá de esos pasos que separaban su casa de la escuela primaria, el Instituto o la Universidad, la figura encogida de Franz dejó su presencia fantasmal en todas las calles, en los puentes, en los parques, en los cafés... conocidos o no, mencionados en sus escritos o no: toda la Praha encerrada por ese brazo curvo del Moldava está llena de la elegancia un poco siniestra y un poco misteriosa de esa figura que imagino de pasos lentos, frágiles y envueltos en la luz crepuscular que descienden entre las torres y las fachadas.
Imposible volver a leer de la misma forma los escritos de K después de haber estado aquí, siguiendo sus pasos, pisando sobre sus pasos aún vibrantes, dejando que estas piedras te inspiren como lo hicieron con él... falta entonces una lectura más que no elegiré yo sino él, él y esta ciudad inolvidable.
6.VII
Tarde lluviosa. Klotařka.
Echo de menos las torres del puente Karlos, el Moldava, la piedra húmeda, los edificios monumentales de la Plaza de la Ciudad Vieja.
Con solo una vez que camines las calles de los distritos centrales de Praha, algo se te mete dentro y —como decía K— se aferra a tus entrañas como garfios que no te dejan ir. Y sufres una nostalgia temprana que crece con los días, y supongo que crecerá aún más con los años.
7.VII
Por la noche. Klotařka.
Extraña sensación el contraste entre el K fantasmagórico con el que llevo años dialogando, y el K real —desaparecido ya pero real— que caminaba estas calles, que entraba en estos edificios que llevo dos días recorriendo, que miraba estas fachadas, estas torres, este cielo y esta agua bajo los puentes. El K que sigue caminando Celetná, Pařížská, Dlouhá o Bilkova, se superpone con esa imagen suya que me había hecho en la distancia, en una memoria inexistente, en fragmentos de diarios y cartas.
Los dos K caminan a un tiempo, moviéndose como un solo ser, deteniéndose a mirar las mismas fachadas y balcones.
8.VII KK
Todo se impregna de K.
Las iniciales de este distrito, y por extensión de la parada del tranvía, son dos K. Escribo en el pequeño cuaderno K que compré en la librería El Tiempo Perdido, pequeños textos —diminutos textos— sobre K.
Lo imagino caminando con paso decidido pero relativamente lento, como quien sabe a dónde va pero no tiene prisa y quiere disfrutar del camino. En este caso, el camino es parte del adoquinado de la Plaza de la Ciudad Vieja, la calle Celetná que se curva lentamente permitiendo ver cómo aparece al fondo la Torre de la Pólvora, y la calle Hybernská hasta el Café Arco, donde aún no sabe que encontrará a Milena Jesenská y una tormenta en su vida y en su obra —¿Existe alguna diferencia entre ellas?
9.VII
Desde el 3 de julio —fecha en la que se cumplen 141 años de su nacimiento— me despierto cada mañana en la ciudad de K, abro uno de los dos cuadernos que he traído conmigo en este viaje, y escribo. Escribo amparado por su presencia, que se hace más intensa cuando subo al tranvía que me lleva al corazón de la Staré Město.
10.VII Noche en KK.
¿Cómo se siente uno atravesando cada día de su infancia estas maravillas arquitectónicas? ¿Qué provocan en la sensibilidad o en la imaginación? ¿Y cómo sería el sentimiento de pérdida de esta belleza interminable?
11.VII
La visita a las tumbas de los grandes escritores es una práctica habitual —quizá más propia de otros escritores que posteriormente son también visitados en sus lugares de enterramiento.
¿Para qué visitar la tumba de un escritor? se preguntaba Sabato. ¿Qué nos atrae hasta allí a veces atravesando miles de kilómetros como hizo él con Hölderlin. ¿Un último adiós que no pudimos darle en el momento de su fallecimiento? ¿Una señal de respeto y admiración que esperamos atraviese el tiempo y el espacio para llegar de algún modo a ese ser que queríamos sin haberlo conocido en persona? ¿Un intento de impregnarnos aunque solo sea mínimamente de su grandeza o de otras cualidades suyas que celebramos y nos gustaría tener o acercarnos a tener?
En el caso de Kafka es toda la Ciudad Vieja de Praha la que está impregnada con esa materia etérica o contradictoriamente inmaterial que dejó su paso por la ciudad en el puñado de casas en las que vivió, en sus lugares de trabajo o diversión, y en las redes que los comunican y quizá los conectan con lugares desconocidos o recorridos al azar en sus meditaciones.
¿Por qué ir entonces hasta el nuevo cementerio judío a buscar su tumba? ¿Qué necesidad de repetir ese itinerario final de su vida, esa última ruta más allá de Staré Město?
13.VII
Décima mañana en Praga, en el distrito 5 donde aparcamos la furgo desde que llegamos, y desde donde iniciamos todas nuestras expediciones a la parte vieja de la ciudad y sus emplazamientos K.
25.VII Palo Verde. Ciudad Nueva.
Mientras averiguo lo que estoy escribiendo, sigo escribiendo.
Hoy hemos visitado las tumbas de cuatro personas especiales: los famosos músicos Dvorzak y Smetana, y dos escritores poco conocidos fuera de Chequia: Jean Neruda y Karel Čapek, el "inventor" de la palabra "robot" en su acepción SF, y autor de La Guerra de las Salamandras.
Todos ellos enterrados con honores y auténticos alardes de imaginación en el cementerio de Vysehradd junto a su catedral gótica.
En estos lugares se agudiza el sentimiento de levedad del ser, de brevedad de ese tiempo del que disponen los creadores.
26.VII
Atrapados en Praga entonces. Si en algo estamos de acuerdo M y yo es en eso: atrapados en Praga. Jamás pensé que la famosa frase de K iba a convertirse para mí en una realidad intensa, presente, absolutamente ineludible. Las garras de Praga nos dejan llegar hasta aquí, hasta este lago rodeado de árboles, pero no más allá. Lo justo para dormir a salvo y hacer algunas compras.
Pero al día siguiente, o como mucho a los dos días, nos arrastra de nuevo, nos obliga a subir al tranvía que corre a toda velocidad hacia diferentes lugares de la Ciudad Vieja o de los alrededores en Praga 2: plazas, torres, calles empedradas, iglesias, palacios, balconadas, gárgolas que desafían el vértigo.
La Praga de Kafka, de Čapek, de Baum, de Meyrink, de todos esos artistas retorcidos, buscadores del meollo de la vida, del arte, vive, asoma su belleza por entre la ciudad actual, incluso vence a la invasión de los turistas y permite al viajero más reposado contemplarla, sentirla, y quién sabe, llevarse consigo un trocito de ella para tenerla siempre presente.
27.VII
Poco a poco se va desvelando la trama que ocultan estas frases en apariencia inconexas. Es preciso concederles su tiempo, su lugar en estos párrafos, en estas hojas que van llenándose con la Escritura K en la ciudad de K, una circunstancia que quizá no vuelva a repetirse y que por tanto hay que apurar hasta el fondo mientras sea posible.
29.VII
Comienzo el ritual de la mañana en la furgo moliendo café.
Después me quedo esperando la decisión de la Kamira: ¿me preparará ese café noventa por ciento de crema que ya disfruto con ver cómo se hace? Cada vez con más frecuencia la respuesta es sí, y escribo en este cuaderno y en el cuadernito de El Tiempo Perdido acompañado por la visión y el sabor de esa taza de crema inigualable.
Después, M y yo planeamos el día —aunque no sé para qué, porque con frecuencia terminamos haciendo otras cosas que van surgiendo en nuestro deambular por Praga. Ponemos un poco de orden en nuestros dos metros cuadrados de vivienda y cogemos un tranvía hasta Malostranské Náměstí o hasta Národni Divadlo o hasta la inmensa Václavské Náměstí...
Lo que viene después, como he dicho, es imprevisible: librerías, callejuelas empedradas, fachadas que nos retuercen el cuello, la caza desesperada de fotografías entre el gentío y los coches, una jarra de medio litro de cerveza checa, puertas de iglesias o palacios, el descubrimiento de un nuevo puente sobre el Moldava, de un nuevo parque, de una nueva isla que parece navegar bajo el cielo de un azul luminoso que obliga a bajar la vista.
Hoy se cumplen 26 días aquí, y nos quedan muy pocos para terminar de beber el juego de esta ciudad y cerrar esa comunicación con K que me ha permitido encontrar palabras inadvertidas, miradas insondables, caminos para afrontar los años de Escritura K que aún tengo por delante.
Cavarna Slavia.
La visita a la tumba de K ha marcado un momento-frontera en mi visita a Praga. La diferencia con el resto de las visitas es que en aquellos lugares había estado K; en este lo está. Ese presente continuo me ha inspirado mi particular ofrenda que he depositado en la lápida bajo una piedra:
"Dios no quiere que escribas
Yo sí quiero que escribas
Yo quiero escribir
Nos vemos en el Futuro"
Así acaba un recorrido lleno de emociones que comencé el 3 de julio acompañado de mi fotógrafa Lebasi cuya misión ha sido no solo recoger momentos mágicos sino crearlos y prolongarlos. Esos momentos han ido presentándose sin orden, sin preparación, sin alternativa. He ido saltando de fotografía en fotografía rodeado del aura K que él fue dejando sin proponérselo en estos espacios en los que imaginó sus historias.
Este último ha supuesto el trayecto más largo desde nuestro campamento, una desorientada búsqueda en el enorme cementerio judío en Novo Město, hasta llegar a un inesperado cartel que indicaba: "Dr. Franz Kafka 250 m". Así de sencillo y brutal.
Hemos mirado fijamente la tumba, la columna grabada, los bolígrafos que un puñado de gente ha dejado en señal de comunicación espiritual, las piedras grabadas, alguna flor ya mortecina.
Hemos llorado por dentro, el bosque nos ha envuelto en su melancolía, y hemos leído el obituario de Milena —lo ha hecho M; yo no he podido.
Se acabó.
Punto final a la Praha de K.
¿Volveremos?
Jesús García Blanca Fotografías: Lebasi Tomadas en el pasillo principal del Hotel Century Old Town que actualmente ocupa el viejo edificio del número 14 de Na Poříčí en el que se encontraban las oficinas del Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia en el que Kafka trabajó durante años.
Kafka lleva años sufriendo, buscando entre los fantasmas de la escritura, lleva meses vomitando sangre, imposibilitado para comer, para hablar... las palabras se le atragantan pero continúan saliendo, lacerando su alma.
A las cuatro de la madrugada del 3 de junio de 1924 comienza la agonía final. Apenas pueda respirar. Su amigo que lo asiste en el Sanatorio de Kierling, Robert Klopstock acude con el médico de guardia. Le administran una inyección de alcanfor para reactivar la respiración y le colocan una bolsa de hielo en la garganta. No sirve de nada. Durante horas, Franz sufre dolores y está sin aliento.
Hasta anoche mismo ha estado corrigiendo las pruebas para el libro Un artista del hambre. Apenas susurra sus últimas palabras, casi inconsciente, a su compañera de estos últimos años, Dora Diamant. Klopstock le ha inyectado Pantopon, pero la más detallada biografía de Kafka, escrita por Reiner Stach añade: "... no sabemos cuánto".
¿Murió debido a una parada cardíaca como dice el certificado de defunción manipulando una obviedad? ¿Murió a causa de la tuberculosis y la inanición como aseguran otros? ¿O murió porque había decidido morir?
Encerrado en la Colonia Penitenciaria, transformado en insecto, en artista del hambre, detenido sin motivo, sometido a un proceso de sombras y silencio, aterido de frío en la casa de los Alquimistas, penetrando más y más en las profundidades de la madriguera, insomne, receptor de una condena que reconoce y acepta, esperando con resignación que las agujas graben en su cuerpo el veredicto de la escritura sin fin...
Finalizado a últimos de septiembre el ciclo no-correspondencia, no-diarios de lecturas de Kafka la imposibilidad de abandonar siquiera sea rescoldos de su mundo me llevó a las Cartas a Milena. Y así, junto a la Basílica de las Angustias de Granada lei las primeras misivas dirigidas a su traductora.
Quería Kafka comunicarse con el mundo? Quería hacerlo en el momento de escribir y luego se arrepintió? Qué significaba realmente esa lucha contra / con la escritura?
Creía estar dando cumplimiento a un destino? O era absolutamente al contrario: creía luchar sin fuerzas al borde de la enfermedad y la muerte contra un destino que lo condenaba al silencio?
No son todos los miedos uno solo? O dicho de otro modo: no se expresa un miedo de múltiples formas? Quizá el miedo sea algo en sí mismo que busca constantemente la forma de expresarse.
K y yo estamos agobiados, sumidos en la angustia, peleando contra nada —imposible vencer.
K y yo escribimos página tras página sin saber a dónde irá a parar lo que escribimos: será parte de una carta, de un diario, fragmentos de novela, textos que acabarán considerados ficción, fantasía transformada en realidad?
Las cartas de K... las inquietudes de K tal y como las expresa en esas cartas a un ser especial para él... me remueven, me inquietan, me libersan por momentos, me consuelan, me hacen sentir que puedo viajar hasta Praga, Viena, Gmünd... esos lugares en los que aún palpita un rastro suyo.
Si leer a Kafka es una experiencia intensa, leer las cartas que escribió a Milena supone una vuelta de tuerca de enorme intensidad por una razón clave: la personalidad de Milena. Nadie parece haber comprendido a Kafka como ella, nadie lo liberó —momentáneamente, por supuesto— de sus miedos y sufrimientos, y nadie le concedió como ella la posibilidad de confesarse, de abrirse, de expresarse, de retirar sus barreras de protección.
Acabadas esas tremendas cartas, no podía dejar de leer el libro de MargareteBuber-Neumann titulado en su edición original Milena la amiga de Kafka y aquí en traducción de Tusquets simplemente Milena. Pero mientras las inefables agencias de transporte transportaban el libro se me cruzó otro: El último proceso de Kafka, de Benjamin Balint, que resultó ser una apasionante narración del destino de los manuscritos de K, tan retorcido como el de sus alter ego de ficción.
Y la conclusión es que a pesar de todo, no tenemos la certeza de localización de los manuscritos. Cuántos papeles, cuadernos, cartas, andan por ahí en lugares desconocidos llenos de palabras esculpidas por K?
15 de marzo: las tropas alemanas entran en Praga. Recorren la calle principal de la Praga vieja mientras en las aceras la gente mira hacia abajo. Estamos al borde de otra tragedia inminente comparable con aquella?
Si las cartas a Milena son una desgarradora novela de amor, Milena es un testimonio sencillo y brutal de lo que significó la II Guerra Mundial pera millones, pero especialmente para personas sensibles, creativas y solidarias de las que Milena constituye un ejemplo sobrecogedor.
Y en esas llegó el Dia de los Muertos, en este caso no solo de la mano del calendarios sino de primerísima mano en los relatos de mi hijo Olmo que pasó esos días en México en 2021 y recorrió la ruta del Cónsul leyendo Bajo el Volcán.
Y ahora, dos años después casi viajamos con él a beber mezcal en los tugurios de Lowry.
Eso sí, inevitable pensar en Antonio y en todo lo que nos une como escritores, como lectores y como amigos durante más de cincuenta años.
Pensar en eso es como pulsar un conmutador que dispara imágenes y las veo como en aquellos pequeños juguetes en los que metíamos una diapositiva de plástico y lo mirábamos a contraluz. Son imágenes reales y al mismo tiempo falsas. Reales poirque corresponden a personas y objetos que existen de verdad (o eso creo), y son falsas en el sentido de que están ahí, entre la luz y tu ojo, como flotando en un mar de tiempo irreal que hoy te inunda de alguna forma pero que mañana ya no estará.
Son imágenes o son memoria? Son recuerdos o imágenes de recuerdos? Todo está ahí. Son al mismo tiempo una cosa y la otra: se unen en el contraluz para cobrar existencia.
Día de los Muertos, dia de Malcolm Lowry, día del Cónsul, día de Bajo el Volcán para siempre.
Una búsqueda que es la nuestra —la de todos los lectores— un viaje que es el nuestro, un recorrido hacia el infierno que repetimos una y otra vez.
Caminamos con Lowry en la noche mágica de Cuahunauac, subimos con el Cónsul a la rueda de la vida, tomamos mezcal en las incontables tabernas bajo el Popo y recorremos el camino iniciático que nos arroja al barranco para comenzar de nuevo al amanecer rogando a la Virgen que nos devuelva el amor perdido.
Y el 3 de noviembre, con la resaca de los muertos una fotografía mostrando una novela recién sacada del horno por Anagrama me lanzó de nuevo a la calle y a mi recorrido habitual de tiendas de libros con un resultado jugoso.
He entrado en el mundo de Benjamin Labatut: solo unos pocos párrafos que me han conducido al abismo.
MANIAC tiene un arranque magnífico y sus primeras páginas sugieren una novela potente y densa. Creo que tengo un nuevo escritor al que seguir y perseguir
Para que no resulte excesivamente chiripitifláutica la elección de los tres siguientes libros, hay que comprender que los personajes de Labatut son algo así como avatares modernos de los sabios de la antigüedad y que muchos de estos pueblan las páginas de El Segundo Río en cuyo trance de escritura me hallaba en esos momentos.
Esos libros son: una biografía de Kurt Gödel, un recorrido por las ideas de la secta pitagórica y el Apocalipsis de D H Lawrence que incluye frases como esta: "es muchísimo mejor leer un libro seis veces a intervalos, que leer seis libros distintos", o esta: "Un libro solo vive mientras tiene el poder de conmovernos, y conmovernos de una manera distinta, mientras nos parezca diferente cadsa vez que lo leemos".
Regreso a los cuadernos acompañado de dos lecturas simultáneas: Chevreuse, lo último traducido de Modiano y La noche más oscura, que narra la investigación del escritor estadounidense John Evangelist de la misteriosa muerte de Edgar Allan Poe.
Ayer puse fin a mi lectura sistemática de los textos de ficción de Kafka que inicié en 2006.
Aclaro que me refiero a todos los textos que no son correspondencia o diarios y que he leído por estricto orden cronológico en la edición española publicada por Debolsillo al cargo de Jordi llovet.
Y aclaro también que además de las pausas para otras lecturas he dilatado algo todo el proceso al intercalar libros relacionados con Kafka que me he ido topando en librerías o mercadillos de Andalucía, Portugal, Francia o Alemania... incluyendo la portentosa biografía de Reiner Stach, el estudio de Pietro Citati, los prólogos e introduccionesd de diversas ediciones en varios idiomas, la aproximación al Kafka anarquista, las turbadoras cartas a Milena o los pormenores del larguísimo proceso relacionado con los manuscritos que poseía Max Brod.
Impactado aún por tan desmesurado esfuerzo renuncio a hacer aquí una valoración de la aventura en la que ha habido, como en toda navegación que se precie, momentos de paz y de tormenta, visiones del fin y sueños apacibles, deseos de llegar a buen puerto y tentaciones de abandono.
La fascinación que Kafka ejerce sobre cualquiera que se acerque a él o a su obra se multiplica cuando se trata de alguien que escribe. En ese caso es imposible romper el magnetismo, imposible sustraerse al poder de atracción del "larguirucho" —como se autodenominaba en sus cartas— condenado de por vida a un pulso desigual, inexcusable, irremediable con los fantasmas que lo cercaban sin descanso. Un pulso que asoma con intensidad a sus ojos en la mayoría de las fotografías que se conservan de él abarcando varias décadas.
Hace unos días una de mis librerías habituales de Granada —El Tiempo Perdido— puso a la entrada una caja de madera con libros a mitad de precio. Entre varias cosas de interés mis dedos se fueron directamente a un lomo de la editorial Acantilado. Y efectivamente, ese era el libro que iba a comprar: ¿Es este Kafka? 99 hallazgos, de Reiner Stach.
Entre anécdotas simpáticas y casi intrascendentes y curiosidades literarias, lo que más intensamente me atrapó se refiere a escritos que Kafka escribió o debió escribir y nunca fueron hallados, o quizá escritos que nunca escribió pero podría haber escrito, en particular, escritos no explícitamente "literarios" (por llamarlos de alguna forma aunque con unas prudentes comillas de complicidad con los lectores de Kafka).
En abril de 1918 Kafka escribió unas tercera carta a su padre que conocemos por los comentarios de una prima y amiga de Ottla que a su vez era empleada de Herman Kafka. Al contrario que las dos cartas conocidas y publicadas, parece ser que esta sí que la leyó el destinatario.
En enero de ese mismo año, Kafka le contó a Oskar Baum el argumento para un relato que no llegó a escribir --o al menos no se ha conservado-- y que trataba sobre un círculo de personas que se reunen sin que nadie sea invitado.
Un año antes, el 10 de abril de 1917 un tal Sigfried Wolf escribió una carta a Kafka explicándole que había regalado La Transformación a su prima y que ésta no había entendido la historia así que se la dió a leer a su madre que a su vez tampoco se enteró del asunto y se la dió a leer a su otra prima que tampoco. Todas las lectoras le pidieron una ecplicación de la historia al señor Wolf que, puesto que tampoco la había entendido, se dirigió por carta a Kafka ya que consideró que su reputación estaba en juego. No sabemos si recibió respuesta.
Una de las anécdotas más contadas sobre Kafka es la de la "muñeca viajera". Según Dora Diamant —la quinta compañera de Kafka— nuestro autor escribió una buena cantidad de cartas a una niña que había perdido su muñeca y a la que dijo que en realidad se había ido de viaje. Eso fue entre septiembre del 23 y marzo del 24 en los últimos meses de vida de Kafka. A pesar de los esfuerzos no se consiguió dar con la destinataria de las cartas ni mucho menos con las cartas mismas.
Las únicas palabras que tenemos la certeza de que Kafka tenía intención de escribir pero nunca escribió son las que hubieran completado su última carta. Kafka murió literalmente escribiendo y se conserva esa últimna carta interrumpida en la que Dora escribió: "Le quito la carta de las manos. De todas formas ha sido un gran logro. Solo unas líneas más que, por sui insistencia, parecen ser muy importantes". Y más abajo, Otla escribe: Escrito el lunes 2.6.1924, muerto 3.6.1924.
Comparto esta entrevista que [nunca] me hicieron en un medio de comunicación digital [que probablemente no existe] y en la que me explayé sobre los libros, las ficciones y el martirio de la escritura.
"La escritura es un ritual sagrado"
Entrevista a Jesús García Blanca
ESCRITURAENLOSLÍMITESPUNTOCOM
Por Noé Xiste. 24 de junio, 2019
Jesús García Blanca nació en algún lugar del espacio mítico que une el Mar Interior y el Océano, o para entendernos, en las inmediaciones del Estrecho de Gibraltar que él llama “El paso de Briareo”. Tras decenios de silencio en lo que se refiere a ficciones —aunque ha publicado un puñado de ensayos críticos sobre salud, educación y ecología— ha decidido empezar a compartir sus textos, algunos escritos hace la friolera de cuarenta años. Estas circunstancias tan poco habituales en un escritor nos movió a Escrituraenloslímitespuntocom a contactar con él y proponerle una entrevista que realizamos vía correo electrónico, por lo que no estamos seguros de haberlo entrevistado, pero así son las cosas en los límites…
NX: Dos novelas casi al mismo tiempo ya es poco frecuente. Pero esperar casi cuatro décadas para publicar lo es menos aún…
JGB: Hice algunos intentos… hará quizá treinta años, y posteriormente hace diez años lo volví a intentar con más —digamos— empeño. Tengo una pequeña colección de negativas editoriales, algunas muy pintorescas… Pero hubo un momento en que me impliqué en temas sociales y me concentre en escribir y publicar sobre ellos… o mejor diría contra ellos: medicalización de la salud, vacunas, cientificismo, manipulación genética… pero por debajo continué escribiendo… a rachas… y ahora, ahora siento que ha llegado el momento de compartir mis ficciones con lectores, con lectores desconocidos… ya que hasta ahora solo he importunado a amigos y familiares.
NX: ¿Y por qué has elegido Amazon? Tengo que preguntártelo…
JGB: Verás… los manuscritos se estremecían en los cajones y los mecanoscritos se angustiaban encerrados en el disco duro… los escuchaba crujir por las noches… Yo creo que todo artista crea para compartir, para comunicarse con seres desconocidos que sobreviven en islas perdidas… Así que todo vale.
NX: Háblanos un poco de tus escritores, de los que te han impactado o han influido en tu escritura o los que más has disfrutado o disfrutas leyendo.
JGB: Como tantos otros, yo empecé con los tebeos, en mi caso El Guerrero del Antifaz y después pasé a Verne, Conan Doyle, Poe y Lovecraft junto con toda la ciencia ficción que llegaba entonces vía Bruguera: Asimov, Silverberg, Clarke, Dick… Esas lecturas marcaron mis primeros textos. Luego, gracias a un inolvidable profe de la Escuela de Magisterio, Miguel Teruel, conocí a los sudamericanos del Boom y otros: Cortazar, GarcíaMárquez, Donoso, pero sobre todo y por encima de todo, Sabato. Si hay un escritor al que deba no ya mi forma de escribir sino el hecho de escribir es Sabato. No por sus temas ni su estilo ni nada de eso. Sino por su actitud ante la escritura que definió para siempre mi propia relación con ella, especialmente en el caso de El Segundo Río en el que la escritura es en sí misma uno de los protagonistas: los rollos, las bibliotecas, las escrituras cifradas. En definitiva, por culpa de Sabato, la escritura es para mí un ritual sagrado.
NX: Y ahora, ¿qué lees?
JGB: Bueno, esta entrevista la hacemos un 24 de junio, que es la fecha mágica o maldita de nacimiento de Sabato. Y son ya muchas las veces que la fecha me mueve a releerlo. Así que estoy por enésima vez inmerso en Sobre Héroes y Tumbas. Y en la mesa me esperan los libros de Erri de Luca y en lontananza acabo de toparme con un escritor mexicano que no conocía en absoluto: MarioBellatín. Aunque mis referencias habituales, son Kafka, Modiano, Kenzaburo Oe, Vila-Matas, Bolaño o Cartarescu entre muchos que olvido… si alguien está interesado puede mirar mi blog Kefet: Las Escrituras de la Noche en el que llevo un modesto diario de lecturas y micro reseñas.
NX: Y por qué esa obsesión tuya con la K, con las palabras con K o con la misma letra K… ¿algo relacionado con Kafka?
JGB: La K es obviamente Kafka. Pero es más cosas, algunas muy personales. Para empezar es Peter Hammill, quien allá por el 82 sacó un disco que se titulaba Enter K y entonces no sé muy bien por qué la K comenzó a significar ese otro yo oculto, el otro músico dentro de PH y el otro escritor dentro de mí, y ese escritor no podía ser más que Kafka, que rompía las reglas de lo real, que representaba el escritor sagrado que quizá Sabato quiso ser, ese escritor capaz de estar sentado una noche entera y escribir al dictado de lo desconocido. Sabato es el hierofante y K es el único que viajó al otro lado y volvió, eso sí, por poco tiempo. Y PH/K es mi Caronte para el territorio mágico de la música… él pulsa esos acordes que me trastornan, esa teclas del piano que retuercen mis entrañas… una cosa es escuchar música y otra muy distinta escuchar a todas esas presencias dentro de PH: K, Nadir, el angel, el asesino, el refugiado… NX: Las dos novelas recién aparecidas en Amazon son como he dicho muy diferentes al menos exteriormente: hablamos de una novela corta de apenas un centenar de páginas y de un complejo novelón de más de setecientas páginas, una novela-río ¡y nunca mejor dicho!
JGB: En este caso yo diría más bien una novela-mar, el Mar Interior… en todos los sentidos.
NX: Hay otro contraste llamativo entre ambas novelas: tardaste decenios en escribir El Manuscrito de Apolonio mientras que Redención dices haberla acabado en apenas dos meses. Está claro que no tienes un método fijo de trabajo…
JGB: No, no hay método. Hay escritura. Hay ese ritual sagrado que te he mencionado, una ritual que desconozco previamente y al que me abandono…
NX: Sabrás que ya hay quien especula por ahí sobre esto, así que acláranoslo de una vez: ¿Es Redención una historia real?
JGB: Desde que comencé a escribir he buscado los límites entre imaginación y memoria… y debo confesar que no los he encontrado…
NX: Entonces cómo debemos leer esa historia…
JGB: No tengo nada que decir sobre cómo leerla. Cada lector verá, buscará, encontrará o no su relación con ese… desgarro. Para mí es una historia real… tan real como las de Apolonio, Kissos o Anaxándrides…
NX: El Segundo Río ¿es una trilogía, una novela por entregas, una novela demasiado extensa para editar reunida o simplemente un texto que aún no has acabado?
JGB: El Segundo Río es mi exploración del mundo antiguo, no del “verdadero” mundo antiguo, quiero decir, ese que asoma en los libros de historia, sino del que tengo dentro de mí, dentro de mi memoria y dentro de mi imaginación: imágenes distorsionadas, hechos que me emocionaron cuando era un niño, ciudades que imaginaba y con las que soñaba, trirremes atravesando el Mar Interior, bibliotecas perdidas llenas de manuscritos misteriosos que contenían secretos inconfesables o trascendentes para la humanidad, hazañas épicas que poco a poco fueron tiñéndose de sangre, criaturas míticas, subterráneos que comunican islas, túneles infernales, monstruos indescriptibles…
NX: Cuarenta años ¿no es una pasada... ?¿De verdad has dedicado cuarenta años a una novela?
JGB: Depende de lo que signifique “dedicar”. ¡Desde luego que no he estado escribiendo cuarenta años! Hace unas semanas, cuando decidí volver a esta novela tras varios años de abandono recopilé los manuscritos y mecanoscritos que tenía en casa, en un viejo baúl junto a la documentación. He ordenado y archivado un total de 18 carpetas que contienen un número desconocido de folios… cientos, muchos cientos en diferente estado de envejecimiento… y afortunadamente fechados, por lo que he podido establecer períodos de escritura física de escritura efectiva si podemos llamarla así.
Empece en 1980 en La Línea, esbocé los primeros esquemas de la primera entrega en Jerez, en 1986. A partir de ahí, cada retorno tras un amargo abandono se lo debo a ella, a mi compañera actual a la que conocí en 1987 y que hizo suyo el proyecto, el personaje, y al autor. Así volví al manuscrito casi un año entre el 88 y e 89 en Calafell, dos años entre 1991 y 1993 en Granada, un curso en Guadix entre el 93 y el 94, meses de 1995 y 1997 de nuevo en La Línea, y a partir de ahí en Ex: años entre 2002 y 2005, un salto a 2007 y momentos sueltos entre 2007 y 2013; después revisiones hasta hace un mes.
NX: A mí me salen doce años que ya es una cifra apabullante y más aún si entre medias no has dejado de darle vueltas, y además has escrito otras novelas, entre ellas, esta breve historia que publicas también en Amazon, pero hay más textos, ¿no es así? Cuéntanos...
JGB: Hubo un momento… no sabría situarlo con exactitud… pero sería allá por los ochenta, en el que comenzaron a surgir textos que no pertenecían a Heptaplus, que es como yo llamaba entonces a El Segundo Río. Eran una mezcla de relatos, recuerdos, reflexiones, todas en forma de cartas, de hecho los fui titulando Epistografía y publiqué algunos en Ediciones Elm Street, una loca aventura que se menciona en Redención. Era una tentación de comodidad dejar por un tiempo el complejo mundo de Apolonio y dejarme llevar por esas cartas que fluían sin esfuerzo.
NX: Y esos textos ¿se han convertido en novelas, en libros de relatos…?
JGB: No. La mayor parte están por ahí en carpetas, abandonados. Algún fragmento acabó formando parte del Manuscrito de Apolonio, y otros fueron el arranque de mis viajes de retorno a la infancia: Cámara oscura, que ahonda en esas cosas que nos parecen tan misteriosas cuando somos niños y que se mezclaron a fuerza de mirar fotos antiguas con un misterio de adulto: ¿cómo se fijan las imágenes en el papel? ¿Cómo se atrapa el tiempo? Así que hice un esfuerzo de depuración de recuerdos, de pregunta sin respuesta y lo mezcle con recuerdos que nunca tuve: los orígenes de la fotografía y los empeños meticulosos de Joseph NicéphoreNiepce para detener el tiempo.
NX: ¿Hay mucho más en esas carpetas?
JGB: No sabría decirte lo que ahora me parecería aprovechable y lo que simplemente volvería a guardar porque me cuesta mucho tirar… sé que tengo mucho papel acumulado que nunca verá la luz, desde hace unos años me pasé a las libretas y tengo una nutrida colección de todos los tamaños y estilos, unas pocas vacías y algunas rellenas sin orden ni concierto que se dice… y hay por ahí una etapa de microrrelatos. Creo que fue cuando se me ocurrió abrir el blog Las Escrituras de la Noche… llevaba mucho tiempo sin escribir… sin escribir para El Segundo Río, digo… y pensé que podía retomar la escritura dando esos pasos breves que no exigen planificación, ni siquiera pensar, solo poner las manos en el teclado. Después decidí que el blog sería un diario de lecturas pero soy muy poco disciplinado y a veces lo abandono durante semanas y luego tengo que hacer memoria de los libros que había leído… Los microrrelatos son cómodos, no te llegas a encariñar con ellos y te importa menos lo que les pase… El Segundo Río es lo contrario, es un peso descomunal, una responsabilidad abrumadora, ni siquiera cuando no escribo, durante esos meses o años, he podido dejar de pensar en ese mundo, de recordar las historias que he ido contando o las que estoy por contar…
NX: Nos ha llamado especialmente la atención un título que aparece en tu biografía: El Misterio de la Caja Negra, que parece un título que intencionadamente remite a literatura de género…
JGB: El Misterio de la Caja Negra es un caso aparte. Mi compañera y yo leímos juntos todas las historias de Sherlock Holmes cuando compartíamos un apartamento en Calafell, en 1989. Así que cuando se acabaron decidí escribir una para ella y regalársela por capítulos en nuestro aniversario de “encuentro” que también es su cumpleaños. Se me ocurrió escribir no un caso de Holmes que me imponía mucho respeto y me parecía demasiado evidente, sino lo que yo proponía como la última aventura del Dr. Watson antes de su retirada a Escocia viejo y enfermo.
NX: Entonces no aparece Holmes?
JGB: Aparece fugazmente, no lo desvelaré, pero está presente todo el tiempo encarnado en Louis Coq, un personaje basado en un amigo que hice por esa época a raíz de mi interés por Egipto, un rebelde de la Egiptología, un desmontador de mitos que me impresionó por su lucidez y que trasladé a mi historia convertido en detective-arqueólogo que seguro dará mucho de sí…
NX: Anuncias una serie o algo parecido?
JGB: No me atrevo, pero estaba trabajando en un segundo caso de Coq cuando ella -una vez más- volvió a ser decisiva para retornar a El Segundo Río y abandonar todo lo que tenía entre manos…
NX: Bueno, a razón de cuarenta años por entrega, vas a necesitar al menos ochenta para acabar, ¿no?
JGB: No, procuraré acabar en cuarenta y dejarme los otros cuarenta para disfrutar de las ventas, la fama y todo eso… En serio, esta vez no habrá excusas. Y ten en cuenta que el proceso de documentación está hecho salvo pequeños detalles, así que la cosa es escribir, escribir y escribir mientras pueda.
Ahora sí, cuento lo que venido llamando el viaje al futuro pasado o al pasado futuro...
Cómo llegaron a mis manos, a mis ojos, los libros que me transformaron -o dicho desde el otro lado, los libros que me ayudaron a encontrarme a mí mismo?
Poe, Lovecraft... el Boom... K... lo difícil es llenar los puntos suspensivos...
De tanto en tanto me hago consciente de ese cúmulo de imágenes y sonidos, de ese archivo emocional que he ido depositando en lugar desconocido pero siempre a mano, siempre disponible -incluso de forma automática o inconsciente: los libros que leí, las películas que vi, la música que escuché.
Todo esta ahí, incluso lo que no puedo recordar inmediatamente porque supondría un peso excesivo para mi pobre cerebro pero que está almacenado, clasificado, organizado... de alguna forma misteriosa.
El viaje no lo empecé yo, sino una desconocida que no he vuelto a ver.
Pequeña, de unos cincuenta años, alemana a juzgar por el acento con el que pronunció unas pocas palabras en el momento de depositar, como una ofrenda, el ejemplar de Steppenwolfe en mi mesa, en la solitaria terraza de la cafetería frente a las palmeras.
Se dio la vuelta y desapareció bruscamente mientras yo examinaba la edición de bolsillo en alemán del emblemático libro de Herman Hesse.
Así fue como comenzó.
Por la tarde comencé la relectura de Hesse: la trilogía de la rebeldía -Bajo las ruedas, Demian y El lobo estepario- y Siddharta, el contrapunto. Recuperé algún ejemplar perdido y compré una edición de 1978 -la que debí comprar en su día- de El juego de los abalorios: qué ocurrió? qué libros se cruzaron zancadilleando esa última lectura de Hesse que debía hacer y que ahora queda a la espera indefinida?
Obedecí sin rechistar los caminos invisibles, la armonía del espíritu y regresé 41 años después al Zaratustra de Nietzsche. Entretanto expurgué la biblioteca en busca de aquellos libros. Los que penetraron en mí hace cuarenta años, los fechados en 1976 y 1977, los anteriores a mi salida del instituto, los más olvidados y más profundamente enterrados en mi memoria, en el olvido, en lo informe y oscuro y sin palabras.
Busco esas palabras.
Caminé a un lado y a otro del piso recorriendo los estantes y cogiendo de tanto en tanto un libro para abrirlo y comprobar la fecha: 76, 77, 78. En algunos no hay fechas pero el recuerdo es muy potente y el color amarillento de las hojas así lo confirma. Son libros de entonces. Son esos libros -destrozados, deshechos, forrados de plástico, reparados con cinta adhesiva o deformes ya por los trasiegos de mudanzas y relecturas. Son esos.
Los aparto con gestos de respeto, con cuidado en atención a sus padecimientos, y los apilo en cierto lugar de mi mesa, a la espera.
No tengo forma segura de saber en qué fecha exacta leí cada libro, ni el orden de lectura ni mucho menos por qué ese y no otro. Ahora tampoco tengo claro porque leo cada uno de esos libros perdidos, qué me conduce de uno a otro.
Solo sé que hay secretos en ellos.
La nave. La puerta a la ciencia ficción. La escritura -"Yo, Shim, hijo de Kanti y Torna, hombre de letras de la nave...". La identidad, la libertad, la realidad fabricada por el Poder. La rebelión.
Como en todos los libros que releo voy encontrando una extraña mezcla entre lo recordado y lo que aparece como novedoso. A su vez, cada uno de estos elementos es heterogéneo, su composición es desconocida o al menos no puedo fijarla con precisión.
Quizá esta búsqueda es la de Shim, que lee el Libro y no reconoce como propias sus palabras -a mí en cambio me ocurre casi lo contrario: leo esas palabras ajenas y se me presentan como propias, como si fueran parte de mí... o yo fuera parte de ellas, el resultado de ese círculo de dolor que producen las letras, la atracción de la escritura, el desafío de su prohibición -una ley no escrita que Kafka evocaba diciendo: "Dios no quiere que escriba".
Somos los rebeldes, los hombres de letras autonombrados que escriben sin permiso, los hombres K de La Nave.
2001 había marcado un antes y un después... de qué? Del asombro. Hasta entonces no sabía lo que era. Lo supe cuando en aquella pantalla -de las de antes: gigantesca- del cine Imperial apareció lentamente la burbuja luminosa conteniendo el feto cósmico que despertó mis sentidos con una orden que no admitía paliativos: busca; viaja al exterior y al interior, recorre caminos trazados y no trazados, habla, escucha, escribe...
Paralizados en los asientos entre los últimos acordes de Strauss, una pausa eterna y el comienzo de nuevo del Zaratustra sin que pudiésemos estirar las piernas y salir: otra vez el amanecer del hombre, otra vez el vértigo cósmico.
Mientras llega el siguiente libro perdido, el enésimo libro recuperado, voy picoteando relatos leídos o no en las viejas antologías de Bruguera, con esas horribles portadas, el papel amarillento lleno de manchas, el precio en pesetas -80 en la sección 21- publicadas en los setenta en España a partir de la revista Fantasy and Science Fiction, la leyenda estadounidense. Son relatos sombríos, por momentos ocurrentes, escritos con eficacia y sin alardes literarios. Lo justo para que tres chicos de 17 años quedásemos absolutamente hipnotizados.
Después de 40 años, he asistido al despertar de HAL.
Ha sido una experiencia extraña, intensa, emotiva, equívoca, casi al borde del llanto cuando ha pronunciado sus primeras palabras después de años muerto y abandonado en torno a Júpiter, en el interior vacío de la Descubrimiento.
Jamás hubiera pensado que este viaje de retorno al pasado iba a proporcionarme una emoción tan intensa que solo puedo comparar con otra más remota...
Mi lectura de El Guerrero del Antifaz se detuvo en el último tebeo encuadernado por mi padre, el número 73, con el Guerrero rodeado de enemigos... El tiempo pasó y un día, en una de mis habituales visitas a la librería San Pedro para descubrir libros de artes marciales, descubrí que los tebeos del Guerrero habían comenzado a reeditarse, aunque hacía algún tiempo puesto que el ejemplar que tenían expuesto se distanciaba con generosidad del legendario número 75 en el que yo me había quedado.
Comencé a comprar los tebeos y a leerlos en 1973. Para entonces había pasado tiempo desde que deje al Guerrero atrapado al final del tomo dos de mi padre. Pero cuánto tiempo? Y cuánto tiempo más hasta que comencé mis visitas a la casa de Mota, el amigo de mi padre que tenía toda la colección reeditada para leer en el sofá de su salón el puñado de tebeos que conectaba aquel final cortado en seco con las nuevas aventuras? Cuántos días estuve visitando aquella casa y leyendo en la soledad de un salón impersonal tebeo tras tebeo?
Y aquí lo dejo. Porque no se deben trasgredir las fronteras entre lectura y escritura. Y he descubierto que hay una historia escondida en este viaje, una historia que debo escribir.
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Una lista de los libros leídos durante el viaje al futuro pasado o al pasado futuro: Bajo las ruedas, Demian, El lobo estepario, Siddharta, Así hablaba Zaratustra, Apología de Sócrates, Juan Salvador Gaviota, Ilusiones, Menon, Fedon, Fedro, El banquete, Gorgias, La nave, Nuestros antepasados extraterrestres, Poemas de Miguel Hernández, Ciencia Ficción: Primera selección, El hombre en el laberinto, Farenheit 451, Relatos de Asimov, Un mundo feliz, Yo, robot, Sueñan los robots con ovejas eléctricas?, 2001 un odisea espacial, Solaris, Crónicas marcianas, El triángulo de las Bermudas, Selección Asimov, 2010 odisea dos, 2065 odisea tres, 3001 odisea final, Memorias encontradas en una bañera, En la tierra sombría, Neuromante, Los amantes.
Y otra de los libros mirados, leídos a trozos, repasados, revisados, revisitados... Las moradas filosofales, El misterio de las catedrales, Estamos solos en el cosmos?, El retorno de los brujos, Tao Te King, Acali, Ecce Homo, El triangulo mortal de las Bermudas, De veras los OVNIs nos vigilan?, Cuentos completos de Oscar Wilde, El día en que murió Guernica, Aforismos sobre el Yoga, Los mejores cuentos de ciencia ficción, Música pop y juventud, Ciencia ficción;: selección 21, Expedición a La Tierra, Viajeros del tiempo, Historias de misterio e imaginación, Poeta en Nueva York.
Y cada noche, acompañado de la música de Pink Floyd, de Alan Parsons Project, de The Moody Blues, de Genesis...
Tres meses ausente de mi pequeño rincón nocturno.
Tres meses de lecturas incesantes...
7 de marzo
Hecho de menos el tomo de tapas rojas, la poderosa escritura de Mircea que durante mes y medio ha ocupado mis cafés, la agotadora dosis de literatura en estado puro.
Ahora, una pausa melancólica. La escritura lírica de Kadaré del que me hechizó El palacio de los sueños y que en este breve libro -en edición de Alianza Literaria de 1999- parece proponerse rendir homenaje a una tierra maltratada, a sus gentes obliteradas una y otra vez, a una cultura que merecía mejor destino.
9 de marzo
No parece casual que me haya paralizado unos días, precisamente mientras leo El discurso vacío de Levrero -que tantas cosas tiene en común con esta tarea de escribir cada día, incumplida ayer y antes de ayer.
10 de marzo
Me veo reflejado en el estilo, en el discurso, en las intenciones, en la autoobligación de escribir cada día, incluso en esa parálisis repentina a la hora de trazar una letra. Quizá por eso me gusta tanto Levrero y fui capaz de disfrutar de casi cuatrocientas páginas en las que no sucedía "nada" -en aquella novela luminosa que por momentos asoma en estos cuadernos, como en este mismo instante.
De tanto en tanto, algún libro me impulsa a retomar mi antigua costumbre de leer caminando o caminar leyendo. Se trata de libros peculiares que no pueden interrumpirse así como así y tienes que llevarlos a la compra o incluso bajo la lluvia, protegiéndolo en lo posible, manteniéndolo abierto bajo el paraguas.
El discurso vacío ha sido uno de esos libros peripatéticos. Me he preguntado junto a Mario Levrero qué discurso se esconde bajo mi discurso, este que escribo sin parar (casi) en la libreta de La librería más antigua del mundo y en los cuadernos moleskine o japonés. Pero -al igual que Levrero- no he encontrado una respuesta, una respuesta concreta identificable y transferible, condiciones que ya condenan de antemano al fracaso en esa misión de audaces consistente en investigarse una mismo, buscar tus propias claves por debajo del muro de silencio, del discurso vacío que se escabulle de sí mismo.
13 de marzo
¿Qué tiene Levrero de especial para trastornar al lector, atraparlo, hipnotiza
rlo, con materiales tan elementales, tan aparentemente básicos, simples y faltos de energía imaginativa?
El ejemplo más extremo es desde luego La novela luminosa, pero al menos en ese caso podría deberse a la potente atracción, al exceso brutal, característica esta que no tienen el resto de sus libros.
Comenzar desde la nada, desde la oscuridad total, y avanzar paso a paso sin desvelar dónde, cuándo, por qué suceden cosas inexplicables, aparentemente cotidianas pero misteriosamente inquietantes.
Con respecto a La ciudad, El lugar reduce aún más estas ya de por sí exigentes condiciones... ¿qué ocurrirá en el siguiente capítulo, en el siguiente párrafo, en la línea siguiente? El mundo, un mundo desapacible, se va creando a cada paso, a cada palabra...
14 de marzo
Dice Levrero en una entrevista que leía El castillo mientras escribía La ciudad, y yo estoy casi seguro de que leía El proceso mientras escribía El lugar, como yo escribo estas notas en el cuaderno de La librería más antigua del mundo mientras leo La ciudad, El lugar y, poco después, París, en los que encuentro constantemente elementos -los llamaré- de mis escritos, de mis proyectos o ideas abandonadas o apenas esbozadas o pensadas o quizá escritas y olvidadas.
El puente Kafka-Levrero es un camino oscuro que sé que ya he transitado de alguna forma.
15 de marzo
No me esperaba esta experiencia tan intensa de lectura con Levrero. Después de sus dos obras "mayores", esperaba prolongar los placeres de su lectura, pero La trilogía involuntaria es otra cosa, otras escritura y la misma a la vez. Persiste esa forma de avanzar desde cero en la oscuridad, pero ser añade un elemento que no estaba en las otras y que convierte estas breves novelas en otra experiencia de escritura/lectura: la angustia de la amenaza.
17 de marzo
Paris me recuerda Alphaville o quizá otras historias borrosas de ciencia-ficción que leí hace decenios. Levrero se ha despegado de Kafka y discurre por caminos distintos: surrealismo, comics, absurdo, onirismo... un paso más, una nueva vuelta de tuerca en la trilogía que no es trilogía puesto que no quiso serlo y no sé muy bien quién la ha convertido en una lectura compacta -triste destino de los escritores que no quieren serlo por mucho que lo sean -y se joden- y escriban sin parar libros que llegarán a los lectores desordenados, inconclusos o confundidos por el tiempo...
18 de marzo
He cerrado el último librito de La triología involuntaria con una intensa sensación de abandono, de retorno desde un mundo equívoco, fantástico, absurdo, lleno de descubrimientos.
París es una maravillosa metáfora del peligro de la vacuidad de la vida: tenemos alas pero no somos capaces de volar, de abandonar una realidad que nos atrapa a pesar de su incomprensible vacuidad de seres que no comprendemos, de palabras, de gestos que no significan nada.
Y así, Fauna, Desplazamientos, La banda del cienpiés, Diario de un canalla, Burdeos, 1972, Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, El alma de Gardel... asisto a la búsqueda y el encuentro de una voz, una voz peculiar que hay que aprender a oír. Levrero no es desde luego un Orwell o un Huxley, no escribe manifiestos ni antiutopías sino más bien atopías que se alimentan de su melancolía borrosa, de su contención provocadora, de su irreverencia. Levrero tampoco es Kafka por mucho que se le escapen maneras. No desprende la gravedad de un Onetti ni es un narrador deslumbrante como Gabo o Donoso. Es simplemente alguien que no quería ser escritor y lo es y se jode.
A raíz de mi última publicación en este blog recordando el día de Lowry, Antonio, mi compañero de navegaciones librescas y amigo desde que pueda recordar, me propuso otra lectura sincronizada, en la senda de nuestra experiencia con El obsceno pájaro de la noche. Ni que decir tiene que acepté frotándome las manos. Pero esta vez añadí un pequeño detalle adicional: llevar a cabo la relectura en una edición que tuviera algo de especial. De modo que, tras la correspondiente búsqueda en el océano virtual me hice con dos ejemplares editados en México y comenzamos la nueva experiencia conjunta de lectura trufada de mensajes que transcribo a continuación respetando fechas y pormenores.
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El 25 de noviembre de 2017, 16:23, Jesus Garcia escribió:
Salgo...
En unos minutos, primer café bajo el volcán...
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El 25 de noviembre de 2017, 21:41, Antonio Ñeco Brioso escribió:
PREFACIO
Si vamos a volver a viajar juntos por entre las páginas de este México desgarrado pero conciliador, ebrio pero místico, delirante y a la vez poseedor de verdades ecuménicas, se me hace del todo necesario, no solo zozobrar entre las entrañas de Bajo el volcán, sino también articular en pocas palabras algunas de las sensaciones que me abordan ya desde el inicio, desde antes siquiera de arremeter contra la primera página. El paso inexorable del tiempo, de todo ese tiempo que se nos han ido metiendo casi sin que nos hayamos dado cuenta por entre los resquicios de la vida y que de pronto son treinta años, le confiere a esta aventura una especie de estado de gracia que quisiera reconocer como algo realmente extraordinario. No por el paso del tiempo en sí, que azota a todo hijo de vecino, sino por la capacidad de seguir sorprendiéndonos constantemente, por la persistencia de esa pasión que nos muerde las tripas y que insiste en no abandonarnos en el otoño de nuestros días.
Como en esa rueda del parque de atracciones del primer capítulo, una de sus vueltas me pilla sentado escribiéndote dispuesto a recomenzar una lectura que tuvo lugar en otro tiempo, 1985 y otro lugar, la calle San Antón y aunque aparentemente utilizo las mismas armas, Gone with the wind, de Art Tatum y Ben Webster y un puñados de páginas cosidas unas a otras, el formato ya ha cambiado por efecto del paso de ese cangrejo patas arribas que es el tiempo. La música la estoy escuchando desde Spotify, te escribo desde un portátil, no desde mi vieja Underwood y esas páginas que voy a acometer en breve, son otras, traídas desde México, un México donde todo comienza con esa rueda en el parque de atracciones.
Y es agradable esta sensación de comenzar la ascensión al volcán, acompañado, pisando donde tu pisas, donde Mari va a pisar, silente, pero con su presencia y su aliento jadeante durante este su primer camino por esta tierra dura pero maravillosa.
Ahí vamos los tres de nuevo saltando al vacío muchos años después, esta vez sin el Suzuki.
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El 30 de noviembre de 2017, 20:56, Jesus Garcia escribió:
Biblioteca casi organizada. Voy copiando de mi cuaderno...
5.XI
No recuerdo cómo surgió la idea de releer juntos El obsceno pájaro de la noche.
Lo que sí recuerdo es que fue una idea magnífica que dio pie a una experiencia única --la recuperación de una obra de esas que se cuentan con los dedos de las manos a dúo y en contacto permanente de jugosos comentarios.
Y ahora viene A. con una propuesta similar para el Volcán, otra experiencia peculiar, otra lectura compartida, otra relectura --recuperación de otra obra especial y con especial significado en nuestras vidas, sobre todo en nuestras vidas de escritor...
Se me ha ocurrido que la mejor forma de llevarla a cabo es pertrecharnos de ejemplares similares de la edición mexicana del Volcán para añadir un elemento extra de experiencia paranormal, para volver sobre la edición que quizá nos hubiera gustado tener en aquellos años --¿cuáles?
11.XI
Leyendo a Lowry escribir sobre su Volcán siento un oscuro estremecimiento al recordar --¡qué palabra tan fría!-- mi propio proceso de escritura, de reescritura, de zonas --¿zonas?-- perdidas y no siempre recuperadas.
Algunos acordes de esa carta a Cape podrían ser perfectos para mi relato de la escritura de El Segundo Río.
14.XI
Ha llegado el segundo ejemplar del Volcán mexicano. Mañana saldrá rumbo a Mataelpino.
¿Cuándo leí el Volcán por primera vez? La única fecha fiable es el regalo de A. el 15 de septiembre de 1986. Para entonces yo lo había leído en la edición de Seix Barral --quizá durante el curso 85-86 en Jerez o quizá un poco antes en La Línea.
¿Y por qué? ¿Quién cómo cuándo exactamente me condujo al Volcán?
Tras el regalo de A. volví a leerlo cotejando con el original la traducción de Raúl Ruíz y descubrí --descubrimos-- que era un desastre. Hice numerosas anotaciones en el amarillento ejemplar de SBarral.
Al menos hubo una tercera lectura: tras comprar en Gadir El laberinto privado de ML. No está fechado --¡dita sea! Hay un marcapáginas de Sue Grafton con un calendario de 1990. Estoy seguro de que fue una revelación que comenté inmediatamente con A. Y eso nos llevó a una nueva lectura --cabalística-- del Volcán.
15.XI
Volcán Era enviado.
En pocos días comenzamos la lectura sincronizada.
Mientras tanto, voy agotando los prolegómenos: relectura del librito con las dos cartas de Lowry, relectura a saltos del Laberinto /Cábala, repaso de la revista comprada en Mignon, Gadir...
23.XI
Ocho días y el Volcán no ha llegado.
Paciencia: esperemos al sábado.
Leo a Morey: expone una teoría del Volcán en clave de buen samaritano --le da juego; es sugerente... una más entre tantas.
Curiosamente firma su artículo en 1985, el mismo año que probablemente leí --¿leímos?-- el Volcán por primera vez. Otra conexión más tras la "falsa conexión" de ayer. A. creía que yo le había enviado el afiche de Las manos de Orlác justo después de haberlo imprimido y colgado en la pared de su baño. Pero el correo no era mío, sino suyo. No por ello deja de ser una conexión invisible puesto que él no recordaba habérselo enviado. Lo que importa es que estamos predispuestos a lo mágico con Lowry y las cosas suceden o las hacemos suceder... incluso sin saberlo.
Y ahora Javier Aparicio y su magnífico Lecturas de ficción contemporánea que ya he consultado cientos de veces me recuerda que hay una edición de la correspondencia de Lowry publicada en 2000 por Tusquets y lo que es mejor --peor-- me dice que Oscuro como la tumba... es "pura literatura" --¿y ahora qué?
25.XI
Y ahora ya sí.
Quería decir que ya sí, que ya sí voy a empezar a escribir. Pero tras la llamada de A. se ha convertido en ya sí comienzo a leer el Volcán.
Y aquí estoy, con el café de la tarde, mirando el libro de cubierta morada. Un libro especial sin duda, frágil --y más aún después de los años que han pasado por un ejemplar impreso en 1970 en México --Era editorial-- y firmado en Madrid en mayo de 1971.
Sobrio: dibujo en negro sobre el morado con unas pocas manchas blancas a modo de liberación de la angustia que provoca ese dibujo tormentoso en el que se distingue sin dudar la rueda, el indio a caballo, figuras furtivas que caminan mientras otra las observa oculto tras lo que remeda un tronco de árbol, el tiovivo, y por encima de todo la alucinación, el viaje del revés y quizá la intuición de las cumbres del Popo.
Un lomo de plástico desprendido, una contra con palabras quizá demasiado solemnes: "libro de una belleza y una emoción incomparables"...
Lo sostengo con reverencia entre las manos, atrapado por las sombras de la cubierta. Lo abro con el cuidado ostentoso de un ritual: esa hoja morada con la divisa de la editorial da paso a una pantalla blanca sobre la que escribí la dedicatoria uniendo los dos libros; en el mío, la parrafada --la media parrafada-- ha quedado bocabajo.
Volteo las letras truncadas y otra doble página morada impone respeto, esta vez con la información principal sobre el título, el autor y el traductor. Los créditos a vuelta de página me recuerdan que la novela se editó en inglés en 1947, que hubo una primera edición en Era en el 64 y que esta, esta que sostengo, es de 1970... "A Margerie, mi esposa..."
26.XI / p24
El correo de A. me ha pillado con la guardia baja --ha sido un golpe de esos que te hacen doblarte como si un resorte se disparase --con dolor-- y te agarras a ti mismo para sentir que estás entero no más.
Sí, A. Estamos en el otoño de nuestras vidas --escrito así, tan rotundamente pero con tanta naturalidad, me ha llegado como una revelación: el otoño --suena bien, suena muy bien... sabiendo que el otoño puede prolongarse, que incluye los últimos pero intensos calores del verano y también la promesa, la sobriedad, el refugio sagrado del invierno; y ¿por qué no? el recuerdo vivo de la primavera... ¡y todo esto a cuenta del Volcán!
Por la tarde
Primeras páginas.
He recuperado enseguida esa cadencia, ese ritmo especial de esta novela multiforme: el ritmo de los pasos del Cónsul que por momentos dudan y por momentos se lanzan a una caminata sincopada, el ritmo que solo puede conseguirse "bebiendo hasta la sobriedad".
Lástima que en esas pocas páginas ya hiere de vez en cuando el trabajo tan celebrado como rocambolesco de Raúl Ruíz. Hay que corregir sus defectos sobre la marcha, en la fracción de segundos necesaria para coger dos puntos de sutura y solucionar el desaguisado.
Sigo mañana que vamos a cenar...
Abrazote.
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El 1 de diciembre de 2017, 21:07, Antonio Ñeco Brioso escribió:
Hay mucho de fetichismo en nuestra forma común de proceder con los libros. Esa primera mirada que nos lleva hasta ellos en la estantería de cualquier librería de viejo. Ese temblor de manos sinuosas que se adelantan presintiendo el rumor del papel entre los dedos, la inefable emoción que proporciona acariciar su portada y tras unos instantes de eternidad relativa e intangible, abrirlo como se abre algo poderoso, aspirar su aroma unas veces vetusto, otras, a tinta fresca y páginas recientes.
De esta manera y no de otra llegó a a mis manos la edición del Volcán de Era. Frágil pero vigorosa. Esa primera página morada, que atrapa la vista, tus palabras en un juego cómplice, descifrable pero misterioso del que supuse una explicación posterior. Una explicación que llegó más tarde por whatsapp en inesperada forma de libros Géminis, unidos por una lectura sincronizada, como una imagen gráfica de ese otro cordón umbilical invisible que nos ha mantenido ligados desde que teníamos diez años.
Y todo esto, sí, a cuenta del volcán, porque lo realmente maravilloso de volver a leerlo, no queda solo en eso, sino todo lo que remueve en nuestro interior el hecho en sí de esta relectura. Quizás yo pueda refrescarte como fue tu encuentro con el volcán. En el año 85 algo después de mi vuelta de Londres, leí una entrevista a García Márquez, donde Gabo proclamaba su devoción por el libro y donde dejaba aquella cita que nunca olvidaré sobre que era un libro del que decía, no había podido dejar de leer a lo largo de su vida. De aquellos barros estos lodos. Yo te lo comenté y al poco ambos estábamos dejándonos llevar por el suave rumor de “la tequila”. Recuerdo también como si fuera ayer que hubo quid procuo. Una tarde no mucho después de empezar nuestra aventura mexicana, en tu piso de Blas Infante, me diste a conocer Blue Valentine lo que vino a depositarnos si recuerdas, en una especie de paraíso dipsómano en el que nuestras vidas estuvo sellada durante un tiempo, por el binomio Lowry/Waits.
PD. El libro de Perle Epstein lo tengo fechado en agosto de 1985. Con un precio de 500 o 590 pts. -no se ve claro- y con un sellito de: Luis Porcel importador nº 544/76.
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El 5 de diciembre de 2017, 19:24, Jesus Garcia escribió:
Sigo transcribiendo partes del cuaderno:
27.XI / p54
Visto desde la distancia y con la experiencia de treinta años de escritura, el Capítulo I se desvela como una estrategia, no solo de presentación --evidente-- de escenario y personajes, sino de penetración que permite tocar sentimientos y incitar a esa conexión con el Cónsul que es, al fin y al cabo, la clave de la experiencia de lectura del Volcán.
¿Cómo conseguir que el lector conecte con un personaje que se pasa la práctica totalidad de la novela inmerso en toda clase de alcoholes? Trascendiendo el acto de beber, llevándolo mucho más allá de sus límites, convirtiéndolo en una experiencia mística que se confunde con la experiencia de lectura infernal.
28.XI / p80
Estremecedora escena para arrancar la historia: el encuentro, el retorno de Yvonne, la mirada del Cónsul que trasluce magistralmente ese torrente de emociones contenidas tras su verborrea. Solo ha bebido la indispensable dosis terapéutica, lo justo para calmar la temblorina... y los juegos de palabras con el tabaco --"alas"-- con el Cabo de Cuernos y las calderas --ese horrible episodio que no sabemos si ocurrió ni cómo.
Solo un bebedor como Lowry podía sacar ese partido literario a la belleza de las cantinas o de una vieja que juega al dominó; solo él podía convertir unos minutos de vida, un breve encuentro, en una escena desgarradora gracias a la minuciosa descripción de las pequeñas reacciones del Cónsul a quien ya definitivamente --a la altura de la página 59-- le hemos rendido incondicionalmente, no ya nuestra simpatía, sino nuestra profunda complicidad.
Por la tarde
¿Cómo pudo atreverse Raúl Ruíz a corregir a Lowry? Y para colmo lo hizo en nombre de la fidelidad histórica: patético y asombroso. Este solo detalle debería haber movido ya a alguna editorial a emprender una traducción decente del Volcán.
No me podía creer, la primera vez que leí esa nota al pie de la página 58, que este tipo fuese capaz de tamaño atropello! Y me pregunto por qué unas páginas antes no cambió también la estatua de Huerta por una "real", "histórica" o "verdadera". Y ya puesto, ignoro si investigó el rigor histórico del nombre que de verdad tenía el Cónsul británico en Cuernavaca en febrero de 1938. Y así...
29.XI / p81
En lecturas anteriores no aprecié suficientemente la sutilidad con la que Lowry introduce el discurso interior, la mezcla con voces de personajes secundarios --que nunca se sabe muy bien si existen solo en la imaginación del Cónsul-- o incluso con parlamentos que se introducen de modo confuso: algo así como "decían sus pensamientos, decía su amor en la penumbra del bar"; y después: "parecía contestarle el Cónsul".
Así que ¿hablan o no hablan? ¿Es una conversación real, imaginada, o tal vez deseada por Yvonne puesto que estamos en su perspectiva, o meramente una sugerencia de Lowry fruto de su deriva mental más intensa que la de sus propios personajes?
Sea lo que sea, el resultado es prodigioso. "He resistido la tentación cuando menos dos minutos y medio: mi redención es segura".
Por la tarde
Llueve.
El cielo gris parece un fondo perfecto para leer, para leer el Volcán o cualquier otra novela emotiva, interior, escabrosa a su manera, infernal en definitiva, un género poco reconocido --pero sobre todo, el Volcán.
He forrado de plástico el ejemplar calamitoso que me reservé: el lomo presenta un aspecto decididamente penoso, el plástico de origen se desprende quebradizo y los bordes, los débiles bordes del fino cartón, se abren y se retuercen con el más mínimo roce.
Ahora, protegido por el forro de plástico parece mucho más tranquilo mientras reposa sobre la mesa junto a la taza con círculos concéntricos de café.
Leer en ese viejo ejemplar proveniente de México, concretamente de la calle Arena en el DF, está resultando una experiencia no exenta de pequeños sentimientos colaterales a la lectura.
30.XI / p106 / Graná
El Volcán es más simple y más complejo de lo que recordaba. Y eso es porque recordaba mi segunda lectura --la que hice después del libro de Pearl sobre las claves cabalísticas, una lectura que desvió en gran parte mi atención marcando un camino: una lectura excesivamente escorada.
Ahora leo de otro modo, con otros ojos.
Y eso: más simple pero más compleja.
He buscado la estricnina en la wikipedia: Alcaloide de la Nux Vómica altamente tóxica y muy peligrosa. Se utiliza como pesticida contra pequeños roedores. En altas dosis produce estimulación del sistema nervioso central, dificultades respiratorias, convulsiones y muerte cerebral. En pequeñas dosis muerte por asfixia.
1. XII
Copyright Ediciones Era S. A.
Impreso y hecho en México
Imprenta Madero S. A.
Avena 102, México 13, DF
12-XI-1970
Nº 3965
Edición de 4.000 ejemplares
más restos para reposición
Digo más: Reg. nº 2109
(Importador de Publicaciones Extrajeras. Siglo XXI de España editores SA Apartado postal 29033 Madrid)
La misteriosa formulación impresa de ritos editoriales que traspasa las cortinas del tiempo, el fetichismo de los libros, dejando un rastro de pequeñas operaciones comerciales, formales, clasificatorias, registrales, procedimentales, administrativas... operaciones que sin pretenderlo añaden personalidad a los libros: "Literatura USA... cubierta ilustrada... firma"
2.XII
Como era de prever, esto es mucho más que una relectura. Lo de Donoso fue una nueva visita mucho más intensa al mundo de la novela, con todo lo que ello significa, pero limitada a los pormenores literarios (o casi).
Pero esto es diferente.
Estamos reconstruyendo el pasado: girones de un pasado que quizá se nos fue demasiado rápido. El tiempo no da marcha atrás, pero releer un libro como este --no digo el libro en sí que también y por eso-- sino un libro que significó tanto, un libro que marcó nuestras vidas --y esa es otra clave: nuestras-- leer un libro así --que se imbricó en nuestras entrañas-- leerlo de nuevo, es parecido a una segunda vida. No se puede vivir dos veces, pero si se puede --ya nos hemos atrevido-- leer dos veces. Y eso tiene consecuencias como mínimo imprevisibles, rocambolescas, estupefacientes.
"Absolutamente necesario" que diría esa voz fantasmal que flota en la cantina.
(Después de varios mezcalitos casi reales)
Vale. Así que así fue. 1985 entonces.
Un año-frontera en ciertos aspectos, un año resbaladizo, un año peculiar al hilo de ciertas vivencias: el año que abandoné el almacén, el año que aprobé las oposiciones tras unas decenas de madrugadas leyendo al azar libros de arte, literatura, historia y no sé qué más en el Barciela antes de comenzar a cargar cajas, el año de Jerez, y sobre todo el año en que vino a mis manos un díptico en el que se convocaba cierto concurso literario.
Por la tarde
Más reposado: la tarde cae sobre las terrazas poniendo una nota de placidez que atempera los fuegos de la mañana. Silencio. La cafetería está --como todos los sábados a esta hora-- solitaria, silenciosa, ni siquiera se oye la tele.
En los balcones más altos del otro lado de la calle se atisba un pequeño fragmento de sol --calor lejano que casi intensifica el frío aquí, bajo el techo falso de la terraza entre palmeras.
Claro: a mí no me cuadraba el calendario de una fecha tan tardía. Borrosamente, recuerdo que compré el libro mientras vivía en Jerez, en una visita a Gadir en un puestecillo de restos de serie de la Calle Ancha. Y efectivamente: mismo sellito: "Luis Porcel Importador nº 544/76"
Crono:
Curso 1985-86: Jerez / Generalísimo Franco
Curso 1986-87: La Línea
87: El año del dolor, el año de Portugal, el año de la ruptura total
Curso 1987-88: ???
3.XII
Café. Olor a café; sabor a café.
Recuerdo del café recién bebido entre las palabras de Lowry, de la carta de Lowry a Aiken, de la carta desolada de Lowry a Juan Fernando Márquez.
Repaso la vieja revista Quimera que encontré anoche entre los montones de libros y revistas que todavía pueblan el suelo de la biblioteca.
Pero no es LA revista Quimera, sino otra revista Quimera, un número anterior --38-- correspondiente a 1984 y que de haber llegado a mis --a nuestras-- manos en su momento, habría sido sin duda el motivo por el que hubiésemos buscado desesperadamente --con la desesperación peculiar de los bibliófagos-- el Volcán, el infierno que allí asoma entre fotografías de tabernas, cuadros del Palacio de Cortés y demás parafernalia bañada en el alcohol, en 1708 grs exactos de alcohol.
Por la tarde
¡Qué poder tan tremendo el de la escritura!
¿De qué otro modo se puede volver atrás en el tiempo, en el tiempo cumplido, en el tiempo de palabras pronunciadas y cosas ocurridas, en el tiempo vivido?
Ahora comprendo --leo, pienso, releo, repienso-- que el Cónsul no es Fausto --que también-- sino el lector del Volcán, o sea: yo.
El maldito Lowry lo pensó cuidadosamente --tuvo tiempo mientras miraba el horizonte día tras día y noche tras noche durante aquella travesía de 1927 que ahora considero determinante para la historia de la literatura. Así que lo pensó minuciosamente --absolutamente necesario-- y se dio a la tarea de crear un personaje que es al mismo tiempo el escritor, el protagonista y el lector --una santa trinidad consagrada por el mescal.
4.XII / Quimera 38
Un díptico vino a mis manos, decía. "I Concurso anual de narrativa APEL Bahía de Cádiz 1986-87".
Un díptico también morado que data de abril de 1986 --en pleno curso jerezano 85-86 en aquella casona que fue del dictador --o eso me dijeron-- y en la que instalé mi primer estudio para escribir de verdad. APEL --informa un sello circular en el reverso del díptico-- es Agrupación Profesional de Empresarios de Librerías de Cádiz Provincia. Y ofrecían 500.000 pesetas y diploma acreditativo a la obra ganadora única que cumpliera entre otras las siguientes condiciones: un mínimo de 100 folios a doble espacio y tema libre con una salvedad: (que se convirtió en crucial para El Segundo Río): "valorándose positivamente que la obra tenga alguna referencia a la Bahía de Cádiz, los pueblos de su entorno, sus gentes y su forma de vida".
La estructura cambió.
Quiero decir que el plan de trabajo que tenía medio elaborado cambió para incluir ese pequeño detalle: la bahía de Cádiz.
Un folio amarillento mecanografiado con la Underwood --que casi estrenaba-- recoge la nueva
"Estructura:
CRÓNICA
PRIMERA PARTE
(Asedio de Rodas y huida)
CRÓNICA
SEGUNDA PARTE
(Recorrido huida por el Egeo)
CRÓNICA
TERCERA PARTE
(Alejandría: partida al medit occ)
CRÓNICA
CUARTA PARTE
(Medit y Cádiz. Muerte)
CRÓNICA
¿En qué consistiría esa "crónica" a modo de estribillo? Nunca lo sabré.
Nunca se escribió. al igual que esa segunda parte con un "recorrido huida por el Egeo" que se convirtió en una gigantesca elipsis de cincuenta años. Y por supuesto en esa época no sospechaba el papel que tendría Karkedón...
5.XII / p140
Debo reconocerle --lo siento Malcolm!-- algo de razón al lector de Cape: el capítulo IV resulta pesado.
No digo innecesario. Pero más allá de permitirnos ver la relación que hay --lo que queda-- entre Yvonne y Hugh, y quizá trasladar la sensación que producen los planes que mientras se hacen ya se sabe que no se cumplirán, que ni siquiera se tiene intención... esa sensación que nos asalta a veces pensando que somos libres, que seríamos libres, pero que también somos cobardes...
Más allá de eso, ¿qué aporta este capítulo que no sea el mantener el número 12 a toda costa?
A veces, unas pocas páginas te acompañan tanto tiempo --por descuido o por lo que sea-- que les coges cariño y no sabes deshacerte de ellas.
¿He leído El Segundo Río con esa mirada?
--Muchas veces.
¿Las suficientes?
--¿Quién lo sabe?
Por la tarde
Y a pesar de todo Lowry considera que el paseo es una de las mejores partes de la novela. Sinceramente, creo que esto lo dijo únicamente de cara al lector de Cape.
La cuestión general: una relectura muy diferente del Obsceno Pájaro: aquella se reveló como una gran novela, más grande que la que yo recordaba.
En este caso no es así --hay cosas que evidentemente no percibí, pero en general, el texto no está superándose como el de Donoso, simplemente hay una mayor complicidad con Lowry desde el punto de vista del escritor que antes no era (yo) y el escritor que antes reverenciaba (él). Vaya lío!
Punto y aparte y lo diré sin rodeos: El Obsceno Pájaro de la Noche es mejor novela que el Volcán, pero los efectos colaterales mitológicos de Lowry superan a los de Donoso.
Ahora sí?
Hasta mañana.
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El 9 de diciembre de 2017, 12:39, Antonio Ñeco Brioso escribió:
6 de diciembre.
Son las 8:25 de la mañana y es difícil de creer pero es mi primer café con Lowry desde que hemos iniciado esta relectura del volcán. El café no es bueno, pero las cafeterías tienen ese algo especial que hacen que en la lectura los libros desprendan los mejor de ellos.
Es tiempo de reencuentros, con Lowry, con vosotros en unas horas…
Empiezo el capítulo II.
6 de diciembre
Camino a Granada. 12:22H.. Cap. II
“¿Qué belleza puede compararse con la de una cantina en las primeras horas de la mañana?” Qué entrada en situación la del cónsul que declaración vital, que gozo celestial y desesperanzado.
El discurso del perdedor visionario, del genio con capacidad ilimitada para autodestruirse, de un perseguidor.
Y no puedo evitar recordar a Johnny Carter, su relación con Dédée, su pareja, sus amigos, con el mundo; viviendo una vida paralela como líneas paralelas que nunca llegan a tocarse, a tocarlo. Y una vorágine extraña de nombres y de personajes, me embiste de repente, Lowry-Parker, Firmin-Carter en una sorprendente mezcolanza de realidad y ficción paralelas.
Me da por pensar entonces que tanto Johnny como Geoffry son capaces de percibir elementos que si no de corte esotérico, sí ajenos a la realidad que envuelve al común de los mortales. Y solo ellos están en condiciones de reconocer tales universos. En el caso del primero, el paso de tiempo comprimido en un vagón de metro. En el del segundo advertir, cuando nadie más lo había hecho, la presencia una anciana de Tarasco que juega al dominó en un rincón de la cantina.
¿Iniciados ambos personajes en otro plano de la existencia?
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El 10 de diciembre de 2017, 12:11, Antonio Ñeco Brioso escribió:
8 de diciembre
Acabo de dejar a Jesús en la estación de autobuses, al despedirnos nos hemos mirado el uno al otro y he podido sentir la complicidad, la sintonía que hace que todo esto continúe. Ha sido estimulante pasar un par de días juntos. Estimulante intelectual y afectivamente. Absolutamente necesario.
Continúo leyendo el capítulo II y ya aparecen varios elementos premonitorios de la tragedia que irá teniendo lugar a lo largo de la novela. Comienza con un cadáver al que se hace alusión una y otra vez en el capítulo y a pesar de que el asunto es tratado como si el tema de la muerte careciera de importancia, no deja de subrayar su contenido ominoso. A continuación, otra mención directa a la parca. El cónsul e Ivonne se cruzan con una comitiva del entierro de un niño. ¿Referencia funesta y velada a ese otro niño, hijo de Ivonne que muriera años antes? El capítulo termina con un perro repugnante que los sigue hasta su puerta. ¿Acaso el mismo perro muerto que acompañará finalmente al cadáver del cónsul en la barranca?
Con que maestría maneja Lowry la atmosfera de tensión entre el cónsul e Ivonne. Durante el paseo de ambos por las calles de Cuernavaca, Geoffry se queda mirando un escaparate en el que hay una fotografía de una roca reventada, dividida en dos mitades. Esa roca es él y es Ivonne. ¿Podrán las fuerzas geológicas, telúricas volver a unir esas dos mitades?
Durante este paseo, hasta en cuatro ocasiones aparecen carteles de boxeo del Arena Box en Tomalín, símbolo de la lucha que está teniendo lugar en el interior de los dos personajes. Lo hace en distintos momentos jugando con la intensidad de la situación. En las ocasiones en las que la tensión o el desasosiego, brotan con ímpetu, introduce la imagen del volcán, como una olla a presión, aguardando el momento para erupcionar.
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El 10 de diciembre de 2017, 16:52, Antonio Ñeco Brioso escribió:
9 de diciembre
La belleza del comienzo del capítulo III es pura poesía encriptada, semejante a aquellas que a veces Cohen nos dejaba en algunas de sus canciones.
…Mira ese nicho en el muro, allí, en la casa donde Cristo sigue inmóvil, sufriendo, y te ayudaría si se lo pidieras: no puedes pedírselo. Considera la agonía de las rosas…
Ya habla Lowry explícitamente de tragedia proclamada. La estricnina, que aunque aquí la toma el cónsul de manera ¿terapéutica?, no podemos olvidar que en dosis más altas es letal. Y su uso se recrudece desde este momento. Comienza el ascenso al volcán, ese ascenso que a su vez en un descenso a los infiernos. Ambos lugares de una u otra forma llevan al fuego. Ese fuego que Geoffrey Firmin anhela para purificarse para redimirse. Un fuego que durante toda la novela busca en el ardor del alcohol. Nunca estará tan cerca del paraíso como cuando esta borracho. Perfectamente borracho.
El uso del monólogo interior mezclado con la tercera persona del narrador y con los diálogos de los distintos personajes, unidos a ciertos fragmentos de los que no estamos seguros si están ocurriendo en realidad o en la cabeza del cónsul, puede imprimir a la lectura un cierto aire de borrachera lectora que de alguna manera nos acerca a Firmin y hasta hace que nos identifiquemos con su estado de ebriedad. ¿Será este un ardid literario que usa Lowry para simular la borrachera perfecta o el estado en el que éste se encontraba mientras escribía?
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El 12 de diciembre de 2017, 19:16, Antonio Ñeco Brioso escribió:
11 de diciembre
Después de la intensidad del capítulo III, el IV, tiene algo de nave al garete, donde aparte de la presentación un tanto insípida de Hugh, (la verdad es que es un personaje al que nunca tuve gran aprecio, si bien es necesario como conector), y de situarlo entre Ivonne y el cónsul, la narración no posee un rumbo definido, derivando hacia la descripción del exuberante paisaje, que acaba eso sí con amenaza de tormenta sobre el Popo.
Un detalle no me ha convencido: Lowry consigue calzar en la narración un tanto truculentamente el personaje de Judas, para que a continuación Hugh pueda relacionar la traición a Jesús con la de él hacia su hermano. ¿Algo forzado?
Lo más destacable del capítulo para mi gusto, el personaje de Juan Cerillo. Rico en matices, te encariñas rápidamente con él. No recuerdo si aparece más tarde en la novela. Ojalá que sí.
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El 16 de diciembre de 2017, 18:17, Jesus Garcia escribió:
10.XII
Una pausa en el Volcán para esperar a A.
15.XII / p140
Vuelvo al Volcán: Capítulo V
Otra vez la voz del Cónsul y otra vez esas expresiones de Lowry que te hacen temblar: temblor de literatura que casi escribiría K, temblor de escritura, temblor de novela pergueñada entre sufrimiento y plenitud, entre Chesed y Binah, entre el cielo y el infierno, entre copa y copa al fin y al cabo. "Corazones ansiosos de cielo"... la mejor descripción de los protagonistas del Volcán, la mejor descripción de sus lectores, de los de verdad, de los que estamos empeñados en apurar hasta el final el brebaje que destilan esas páginas empapadas en alcohol...
"Promesa de ingravidez" y al mismo tiempo, paradójicamente pero absolutamente necesario: "certidumbre de claridad".
Tres expresiones gloriosas/infernales que resumen la novela.
Magistral Malcolm.
Capaz de tenernos horas y horas leyendo a partir de cuatro gestos, de unas pocas palabras pronunciadas mientras todo lo demás sucede en el mundo interior del Cónsul y en la parte que compartimos.
16.XII / p166
Un capítulo hipnotizante.
La mirada del Cónsul, claro. Es la verdadera hazaña de esta novela: la mirada del Cónsul, su distorsión absoluta perfectamente asumida -que no descrita- increíblemente metida en nuestras mentes mientras leemos.
Conversaciones fantasmales una vez más, personajes que aparecen y desaparecen a su lado porque el tiempo no transcurre al ritmo del reloj y los recuerdos se mezclan con diálogos mas o menos reales, con anticipaciones o con fantasías y temores que lo asedian: todo girando confusamente, empapado en tequila y -esta vez- en cerveza. Con esos nombres simbólicos resonando constantemente: Guanajuato, Tomalín, Parián, El Farolito... nombres que se deslizan ominosamente sin que sepamos exactamente por qué pero intuyendo el infierno.
La culminación de este capítulo es el asedio de los insectos que ya prepara unas páginas antes cuando el Cónsul comienza a percibir la vida del jardín amplificada, multiplicada, con cercanía de macro, con esa especial penetración lynchiana que tanta zozobra produce o cómo aquel personaje de un cuento de ciencia-ficción de cuyo título y autor no me acuerdo y que tomaba una especie de droga sintética que lo hacía ralentizar de tal modo que todo el mundo a su alrededor se distorsionaba.
Quizá sea ese el mensaje: el tequila o el alcohol, en dosis adecuadas, distorsionan el mundo -eso ya lo averiguamos hace muchos años: que el alcohol -y en nuestro caso, la música- retuercen el mundo hasta colocarlo en un orden más verdadero, más insoportable, más intenso... así nos fue.
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El 17 de diciembre de 2017, 20:41, Antonio Ñeco Brioso escribió:
Pensaba enviártelo el sábado pero a final me quedé en Madrid y no pude hacerlo.
15 de diciembre
Capitulo V.
Ahora sí, Lowry se deja llevar y golpea con todo lo que tiene a mano. El discurso interior prevalece de forma brillante sobre la acción que ocurre fuera de la cabeza del cónsul, en una vorágine en la que es complejo distinguir el uno, de la otra.
Comienza el capítulo situando al cónsul en su jardín. Un jardín que hace clara referencia al Edén y en el que van a reproducirse simbólicamente los acontecimientos que allí tuvieron lugar. Un maniqueísmo primigenio impregna la escena. El cónsul como Adán indefenso, se debate entre el bien y el mal, beber o no beber. Y en este estado de duda existencial, es tentando por la serpiente que corre a esconderse en la copa de un peral que hace las veces de árbol de la ciencia. El cónsul sucumbe, como no podía ser de otra manera, a la tentación y bebe del fruto prohibido.
La aparición de un perro, real o imaginario, eso no tiene importancia, confiere a la escena ese carácter ominoso que ya se va adivinando en la obra.
El cónsul sale del jardín y camina hacia el parque público donde verá el cartel que hace referencia a la expulsión del paraíso.
¿Le gusta este jardín?
Expulsaremos a quienes lo destruyan.
Ahí comienza el destierro del cónsul. Habiendo quebrantado la ley del paraíso, es castigado con la locura, penado con la falta de la razón, con el Delirium Tremens fruto del fruto del árbol prohibido.
El universo dentro de una botella de mezcal. La paranoia y el miedo cerval se apoderan entonces de Geoffrey, quien percibe su alma como una ciudad arrasada y siente que las fuerzas del universo lo despedazan.
Grandísimo Malcom, conocedor como pocos escritores de mundos interiores en constante desgarro.
Después del siniestra y perturbadora epopeya con los insectos, el bellísimo final deja un resquicio para la redención de este nuevo Sísifo penitente.
Toda una muestra de poderío narrativo.
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El 19 de diciembre de 2017, 19:24, Antonio Ñeco Brioso escribió:
19 de diciembre
Capítulo VI.
¿Cabe remontar un clímax como el alcanzado en ese final maravilloso del capítulo anterior? Una vez que Lowry se ha abierto las tripas en canal y nos ha mostrado el infierno del cónsul, su propio infierno de autor dipsómano, donde los fantasmas propios del escritor se mezclan con los propios del alcohol; una vez hecho esto, y sacudido de forma brutal el ánimo del lector, se ve en la necesidad de respirar y hacernos tomar aire con un comienzo narrativo aparentemente relajado. Ciertas notas sobre la vida de Hugh, que en un principio pudo parecer un tipo carente de interés, van haciendo que su figura, siempre en segundo plano, vaya tomando repentinamente cuerpo y alma desde el momento en que Lowry, con el espíritu de sus mayores, Melville, Conrad, London, se marca una suerte de historia de marinería en la que deja entrever que Hugh también ha aprendido algo sobre el sufrimiento; y que aquello que una vez torturaba su conciencia, lo hizo mejor persona. Esa inseguridad que lo atormentaba, esas preguntas existenciales que surgían de lo más hondo de las profundidades marinas, esa nueva mirada reflexiva a lo que lo rodea, lo exoneran de una existencia disoluta. El mar como redentor de la estupidez humana.
Vuelvo a retomar con ganas este personaje.
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El 19 de diciembre de 2017, 19:33, Jesus Garcia escribió:
19.XII / p214
Mitad del libro.
Como todos los capítulos "de Hugh", leo el VI con la expectativa de volver de nuevo al Cónsul, lo que añade cierta dosis de impaciencia que en este caso suavizan dos breves episodios: el fugaz pero jugoso repaso a la biblioteca cabalística del Cónsul y el retorno de la postal perdida: otro mensaje que solo por caminos azarosos llega a su lugar -esta vez dando prácticamente la vuelta al mundo y pasando incluso por Algeciras.
El comportamiento rebelde de los mensajes es una seña de identidad del Volcán: creo que no hay ninguna excepción -todos van en la dirección equivocada y se toman meses para cumplir con su cometido; eso en el mejor de los casos.
Hagamos una lista...
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El 21 de diciembre de 2017, 15:51, Antonio Ñeco Brioso escribió:
21 de diciembre
Capítulo VII.
Ah, el rencor, qué poder cegador, que muro de piedra y miedo, helador, destructivo incapaz de perdón,
qué imperfecto y áspero, qué estéril e inútil. ¿Y el cónsul? y ¿Ivonne?
La ponzoña de los celos, clavados como cristales rotos en un vínculo roto...
La entrada en el zacuali de M. Laruelle, esa torre mágica y perturbadora, que se hace Torre de Babel por momentos y los personajes una vez en sus entrañas, se ofuscan, se confunden se dispersan y se aíslan.
Desconfían unos de otros como si proyectaran extrañeza. Y luego Orozco, el de la mirada apocalíptica y rostro enajenado. El horror a a carboncillo cercándolos como paredes infernales.
El infierno mitigado por la idea de una escapada a El Farolito.
El faro que llama a la tempestad y la alumbra.
Vuelta a la soledad del borracho. a la risa del escarabajo.
Temblores, de nuevo los temblores.
Temblar de miedo, por la falta de alcohol en las venas, y al fondo el volcán que parece lanzar fuego de artificio.Y tras el volcán, infausto, el alcohol otra vez: Absolutamente necesario.
Y quién mejor que Baudelaire para recordarle al cónsul que los dioses existen, que son los demonios.
Esos mismos demonios que lo consumen y que dispersarán el hasta ahora único rapto de ternura de Geoff hacia Ivonne, convirtiéndolo en desprecio, arrastrándolo de nuevo a las oscuras regiones de la muerte, al tequila.
¿A la luz?
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El 21 de diciembre de 2017, 20:29, Jesus Garcia escribió:
20.XII / p221
Apenas comenzado el VII.
Ahora que estoy en un capítulo consular quiero disfrutarlo y eso significa leer despacio, lo que supone una aparente paradoja: los capítulos de Hugh -que me resultan menos jugosos- los leo rápidamente, mientras que los consulares -que me fascinan- los leo con lentitud.
Las primeras páginas del VII son brutales -y más aún cuando se leen con esa fotografía añeja del zacuali que me mandas.
No digamos si añadimos el hecho de que Malcolm estaba escribiendo la carta a Cape defendiendo cada uno de los capítulos del Volcán en ese mismo torreón: capítulo VII, 7 de enero, 7 de junio, un 7 grabado por un desconocido en un tronco quemado de la cabaña de Lowry.
Y de nuevo -como en cada capítulo consular y quizá fuera de ellos (tengo que fijarme)- esa narración equívoca: "le pareció oír que decía". Y a continuación esa escena con Yvonne en la que se hablan pero no se hablan o se dicen apenas unas pocas palabras sin orden ni sentido asomando desde las profundidades de un discurso interior de emociones turbadoras que llegan al lector mientras ellos solo pueden intuir o adivinar o suponer -y ella parece rendirse a la imposibilidad de comunicación, culpando al alcohol en parte con razón; y él se divide en "dos mitades equilibradas de un puente levadizo que se uniesen para permitir el paso de estos ruidosos pensamientos".
Imposible no empatizar con el sufrimiento de este hombre complejo, enternecedor y lleno de contradicciones y sentimientos que lo sacuden sin piedad; qué misterioso es el camino del mezcal: tanto se comporta como un escudo que permite sobrevivir al abandono y la desolación, como se transforma en un caldo de cultivo que permite e incluso multiplica el sufrimiento.
21.XII / p215
He decidido volver atrás.
Había embocado la p223 -novena del capítulo VII- y la cabeza me daba vueltas, en primer lugar por un sordo dolor que me persigue desde que me he levantado, y en segundo lugar -y con más peso literario- por los vericuetos por los que Lowry arrastra al lector en este capítulo prodigioso, inquietante, magistralmente planificado -reescrito por lo que confiesa varias veces con años de por medio (sé muy bien lo que eso supone): un laberinto (ahora sí, aquí sí) por el que comienza a sentirse ominosa la presencia del monstruo en la oscuridad.
Ha sido tal la confusión -en el mejor sentido de la palabra cuando de una novela mítica se trata- tan tremenda la sensación de estar perdiendo lecturas superpuestas, capas de significados, cruces de caminos... que he decidido comenzar de nuevo el capítulo.
Así que aquí estoy de nuevo: p215.
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El 21 de diciembre de 2017, 22:03, Antonio Ñeco Brioso escribió:
He de reconocer, que este capítulo me ha fascinado, no solo ya por esa torre maravillosa, que nos habría hecho más que felices a tí o a mí. Esa descripción interior del espacio, los ventanales con vistas al volcán, los libros, siempre los libros, que lo ocupan todo, la escalera de caracol, la azotea con vistas a la barranca, sino porque la humanidad que exuda el cónsul desde un principio ha conseguido traspasarme como una saeta agridulce que ha diseminado por todo mi cuerpo pedazos de ternura como de animal herido, de fuerza contenida no aplicada sobre el punto de fractura, de dolor enmudecido como de toro bravo, en el ruedo, que cornea el aire consciente de que todo está perdido.
Sí, hay algo en el cónsul, de bestia noble, de gigante indefenso, de niño extraviado.
Conmueve.
Conmueve.
Página 215, te acompaño en el paseo.
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El 24 de diciembre de 2017, 12:05, Antonio Ñeco Brioso escribió:
24 de diciembre
¿El Farolito, el infierno privado de Lowry/Firmin?
¿Por qué Los Borrachones?, ¿Por qué no los borrachos?¿Quiere Lowry dar a entender que hay dos tipos de bebedores? Los que merecen el infierno y los que buscan la luz? La pintura obviamente es una advertencia moralizante que refleja de manera despiadada, su relación con Yvonne.
Los borrachones, seres egoístas y mefíticos, reciben el castigo, son arrojados sin piedad al infierno, mientras que sus mujeres, libes ya de ellos, son conducidas por los ángeles al paraíso. ¿Será Yvonne una de aquellas mujeres?
Los sobrios, en cambio, de manera hiriente para el cónsul, entran en el paraíso acompañados por sus parejas.
Si tiene que elegir…
Una vez alcanzado su infierno personal en el zacualí de M. Laruelle, Geoffry decide quedarse en él durante un tiempo. Y escapa de la torre durante unos instantes, penetrando como una ensoñación en El Farolito, Lowry utiliza el recurso cinematográfico de la cámara en mano, para que el lector vea lo que él cónsul ve. Y hace una descripción tan deplorable de la cantina, que sus recovecos y estancias comunicadas unas con otras, lugares, donde se tortura, se urden diabólicas conspiraciones y se perpetran atroces crímenes, no pueden por menos que recordarme al infierno de Dante y a los nueve círculos que lo conformaban. “Aquí…” dice el cónsul refiriéndose a El Farolito, “…la vida descendía hasta el fondo, como cuando Saturno se encontraba en Capricornio”.
No deja de llamarme la atención la similitud entre esta cantina donde acabará sus día el cónsul y el octavo circulo, donde se encuentra la cuarta fosa, lugar donde se castiga a los magos.
Así mismo en la Divina Comedia se reseña cómo para acceder al infierno hay que cruzar primero una selva. En este capítulo, el cónsul comenta: “…mas allá de Tomalín, por la selva, hasta El Farolito…”
Podrían ser coincidencias o elucubraciones mías, pero conociendo la querencia de Lowry por lo simbólico, me ha parecido interesante mencionarlo.
PS.
Otra coincidencia. El día 20 de diciembre, Saturno entró en Capricornio, para quedarse allí hasta el 2020.
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El 28 de diciembre de 2017, 19:56, Jesus Garcia escribió:
24.XII / p234
El Capítulo VII es una anticipación del infierno: sin que el lector (que lea por primera vez) lo sepa, aquí están las claves de lo que resta de novela: la culpa, la traición, el dolor, la separación, la caída... está todo, incluso la mención explícita de El Farolito en toda su compleja simbología bifronte: es la luz que guía pero es también la antesala del infierno que remite a la posada que en El Castillo de Kafka es al mismo tiempo la antesala del Poder y el lugar en el que todo agoniza, una antesala que nunca conduce al Castillo en sí, un lugar de espera eterna, de ahogo de la esperanza -para quienes cometieron el error de tenerla alguna vez.
La culpa devora las almas. El rencor contenido pudre los últimos restos de creencia en la salvación. La traición oscurece la última posibilidad de un futuro compartido. La luz -la luz del faro es al mismo tiempo la oscuridad que precede a la caída. El alcohol es una metáfora del Tártaro que condena a navegar sin rumbo para siempre entre fantasmas de un pasado gris y los disfraces de un presente sumido en la fatalidad: la fatalidad del destino individual encarnado en los pasos dubitativos del Cónsul hacia la barranca, y la fatalidad del destino colectivo en la Guerra Civil española, en la Guerra Mundial, en millones de muertos que dan cuenta del fracaso como especie.
Puede uno -el Cónsul por ejemplo, o Lowry mismo, o tú o yo- hacer como que nada sucedió y continuar bebiendo sin cesar?
No, el alcohol no es un bálsamo para aceptar la tragedia ni un veneno que nos borre la memoria -individual y colectiva. Es el brebaje ritual que convoca los monstruos y nos prepara para encararlos, para escuchar lo que tengan que decir y poder llorar en paz.
Un llanto por los caídos en la noche más larga.
25.XII
El Cónsul se ríe de sí mismo, no: se castiga a sí mismo aprovechando los camarones, los cabrones, delante del propio Laruelle: está tan confuso -o quiere estarlo o no renuncia a estarlo- que confunde sus sentimientos hacia Yvonne con los de meses atrás: sigue instalado en el abandono, como si ella no hubiera vuelto, como si él no quisiera -una parte de él al menos- que hubiese vuelto para no estropearle su papel de víctima, su destino de abandonado que camina tambaleante hacia la barranca.
Por qué estropear un destino trágico tan perfectamente elaborado, tan "absolutamente necesario", con una llegada sorpresa, con un retorno que no debía estar en el guión?
... y Orlac...
Por la tarde / p254
La sensación es agridulce al finalizar ese capítulo retorcido, extenso, errabundo, desequilibrado -como el propio Cónsul en su esencia. You can never drink of it! Una letanía que empieza por la culpa -que incluso se sobrepone a la posibilidad de un final feliz- continúa con el perdón -es más difícil pedirlo que concederlo- y desemboca en la máquina infernal que espolea el mundo y nos pone a girar a su alrededor mientras se nos caen las señas de identidad y sentimos la nausea eterna de la existencia sin sentido: you can never drink of it -magistral Lowry en el manejo de los juegos de palabras que tienen especial retorcimiento en México, en el modo de contemplar la vida de los habitantes de ese territorio mágico.
27.XII / p264
Tras la visita a la torre del zacualí, el Cónsul, Yvonne y Hugh corren cuesta abajo hacia sus destinos, dando saltos en el camión que atraviesa paisajes lúgubres al pie de los volcanes.
Una ominosa amenaza se cierne sobre ellos.
El camión se detiene junto al hombre tumbado en la carretera junto al que pace un caballo solitario.
A pesar de la sencillez con la que Lowry introduce esta escena -en contraste con las barrocas descripciones que acaba de hacer mientras el camión salía de Quaunahuac y atravesaba el paisaje lunar hacia Tomalín- este momento es crucial en una novela llena de significados ocultos, aparentes rodeos sin sentido, duplicidad en el lenguaje, capas de suelo excavadas a golpe de metáforas que te tienen en alerta permanente: qué querrá decirnos ahora el bueno, el borracho de Malcolm con esta nueva insignificancia? te preguntas a cada paso... pero esta no es una escena insignificante ni mucho menos!
Por la tarde / p277
La última palabra del VIII es "muerte", como si Lowry quisiera dejar claro lo que quería decir con este capítulo -que no considero como él que sea de los mejores, pero que sin duda tiene una importante carga simbólica remachada sin rubor en esa última palabra que remata un texto poco Hughiano para ser de Hugh.
Aunque pensándolo bien, quizá sí; quizá es esa contemplación de la muerte como resultado de oscuras maniobras que se dejan adivinar entre líneas, favorecida la sensación por la misma presencia -siempre en primerísimos planos- del pelado que roba el dinero ensangrentado del moribundo y desafía a todos con una torva mirada que parece decir: "cuidado conmigo porque yo formo parte de alguna forma de esa oscuridad inquietante que ha dejado su huella en este camino". Cómplice de quien quiera que perpetrara ese crimen -gente borrosa que sentimos merodear por el libro y que parecen tener su centro de operaciones inicuas en alguno de esos lugares de nombre malsonante: Tomalín, Parián, El Farolito.
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Se entromete un mail de La voz de Galicia con esta noticia:
En las últimas horas el volcán Sinabung, en la isla indonesia de Sumatra, ha escupido llamas y una espesa columna de cenizas ardientes en la atmósfera, en la que supone su mayor erupción del año. Situado en el cinturón de fuego del Pacífico, había permanecido 400 años inactivo hasta que tuvo una larga erupción en el 2013. La erupción ha dejado una impresionante imagen que puedes ver aquí.
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El 29 de diciembre de 2017, 19:59, Jesus Garcia escribió:
28.XII
A las puertas del IX.
Lowry reconoce en la carta a Cape que Ultramarina es una "obra maestra subjetiva de nivel inferior". El contexto es el debate (con el lector de Cape) sobre la capacidad de creación de personajes y dotarlos de "carácter" propio y aludiendo a los flash-backs, como los del Cónsul al comienzo de la novela, los de Hugh más adelante o los de Yvonne en este IX.
Lowry le suelta a Cape una de sus frases geniales: "hay mil escritores que pueden crear personajes convincentes hasta la perfección por cada uno que pueda decir algo nuevo sobre el fuego del infierno". No queda claro si está citando al tal Sean O´Faolaian, un autor de Cape, o son de su cosecha -en cualquier caso reflejan perfectamente lo que pretende el Volcán y no está mal recordarlo a las puertas de un capítulo del que Lowry dice que el tema es la Esperanza -"con mayúscula" añade- eso sí, inmediatamente aclara que se trata de una nota cuyo propósito es "acentuar el derrumbe posterior", como esos momentos de calma que preceden a la tempestad, como si quisiera elevar a sus personajes para que la caída sea luego más estrepitosa.
Tiene gracia que escriba esto en la cafetería "La Nube".
29.XII / p306
Sorprendente el Capítulo IX.
No recordaba ese final tan denso, con un manejo del collage que tensa definitivamente la relación del trío protagonista y mantiene en vilo a pesar de conocer el final de la historia.
Para empezar está el caballo que irrumpe en medio del flash back de Yvonne no se sabe muy bien si surgido de una película real proyectada en un cine francés o de su propia imaginación o de vagos recuerdos de ese pasado amargo que viene a redondear el retrato de una Yvonne hasta ahora un poco desdibujada -perfecta elección de Houston para su película.
El caballo que en el cine hace años y en la novela unas horas antes nos revela sin que lo sepamos el destino de Yvonne da pie a una visión idílica de ese hogar ansiado en el que por fin ella y el Cónsul serán plenamente felices. Llega uno a pensar que Lowry se regodea yuxtaponiendo el pasado, el presente y el futuro en un potente vaivén de esperanza-desesperanza que pone a prueba la capacidad receptora de quien lee absorto en esas descripciones marinas: el faro, el mar, el bote saltando entre las olas, una tempestad que amenaza con arrasar un sueño que sabemos condenado a fracasar -y no solo porque leamos por tercera o cuarta vez, sino porque Lowry se encarga de hacérnoslo sentir a la primera: demasiado bonito para ser cierto.
Uno escucha al Cónsul decir que la quiere, que sí, que se irán a millones de kilómetros... y sabe que eso no ocurrirá, esa es la fuerza brutal de esta escena dominada una vez más por la rueda del tiempo, encarnada en esa rueda de bicicleta que gira torcida.
El 29 de diciembre de 2017, 20:48, Antonio Ñeco Brioso escribió:
28 diciembre
Capítulo IX
Llueve, el aroma del café es aún más intenso junto al de la tierra mojada, al gris de la mar que alcanzo a ver desde aquí. Y me atrevería a decir que a pesar del ruido propio del garito, me encuentro “Perfectamente”. Tengo que admitir que este adverbio evocador, será de ahora en delante de alguna manera una referencia velada al volcán. Llueve sobre Yvonne Constable, sobre su vida, sobre esa otra Yvonne Griffaton alter ego de cine de barrio que proyectará la imagen del caballo que nos recuerda el final de Yvonne. Llueve como lágrimas que expiaran los pecados de sus antepasados, que no son otra cosa que los pecados del mundo, a través de una sucesión de tragedias que convierten sus vidas en parcelas del infierno.
Parece ser que los protagonistas del volcán están condenados a padecer y que su única forma de salvación es la esperanza, mantener la fe en algo. En unos ideales, en alcanzar la verdad, en vivir en paz en una cabaña junto al mar...
El 31 de diciembre de 2017, 18:27, Antonio Ñeco Brioso escribió:
30 de diciembre
Capítulo X
El café es tan flojo, que no tiene fuerza para defenderse del azúcar, que lo atraviesa sin piedad con una dulce cuchillada. Hoy no ha habido suerte con el garito, pero no puedo evitar una sonrisa de satisfacción al acomodarme en el asiento y abrir el libro por el capítulo X.
Mezcal! Pide el cónsul y con este gesto Lowry nos advierte de que Geoff está perdido, de que no es capaz de encontrar el camino, de que sus fuerzas están llegando al límite, volviendo al mezcal, como ya le aseguró a M. Laruelle en el capítulo VII, es consciente de que se aproxima su fin.
Lowry hace un sutil guiño al lector, al situar al cónsul en el Salón Ofelia, desde el que observa receloso a Yvonne y a Hugh, mientras nadan. Ofelia quien tras ser rechazada por Hamlet se arroja al río y muere ahogada.
Y ese estar esperando sin esperar, trenes que no se detienen, trenes de los que no se baja nadie. Andenes negros y fríos. Vías vacías y enredadas como la vida del cónsul. Vías que ya solo lo llevarán en una dirección. Y es consciente de este hecho, y siente en su cuerpo el calor abrasador del alcohol, de las llamas del infierno y escapa hacia él visualizando una senda a través de la selva que lo lleve a El Farolito. Anhelo de La Luz que lo salve, deseo destructivo de tocar La Oscuridad. El Yin y el Yang, el principio y el final. La eterna contradicción de la condición humana.
Y entonces Lowry tiene un gesto generoso y saca a colación “La Cascada Sagrada”, un rito Shuar para pedir energía y poder para sobrevivir. Y así como el cónsul-mago usa el mezcal, los chamanes Shuar usan la Ayahuasca. Entonces la realidad de los sentidos queda sujeta a la realidad de lo onírico. Y así como los Shuar integran a su cultura indígena presencias tomadas del cristianismo, el cónsul, en esta realidad alterada por el mezcal, mezcla y aúna culturas y se encuentra pidiéndole a la Virgen de los desamparados que le sea devuelto el conocimiento de los misterios que ha perdido, reconoce su egoísmo y pide conocer la verdad para poder vencerlo.
Tras esta experiencia purificadora, en la cantina de Cervantes el cónsul tiene una mirada de ternura hacia Yvonne y recuerda sus comienzos como pareja en Granada. Y durante unos instantes parece encuentran la paz. Pero todas esas botellas, miles de botellas de todos los alcoholes imaginables que se han interpuesto entre ellos, vienen a castigarlo de nuevo. ¿En cúal de todas aquellas botellas habrá quedado olvidada su alma? ¿Será cierto que está luchando por recuperarla, por rescatar su relación con Yvonne? Es como si Lowry casi al final de la novela, diera un apunte de esperanza para sus personajes. El lector que se acerca por vez primera a la obra, probablemente tiene la impresión de que la salvación es posible. Tan solo un poco después, al final del capítulo, se dará cuenta de que existe una fuerza oscura y demoledora que ya los ha condenado.
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El 31 de diciembre de 2017, 19:12, Jesus Garcia escribió:
29.XII
Lowry comienza diciéndole a Cape que el X es por supuesto un candidato propicio para el bisturí del cirujano, y unas líneas más abajo se "permite defender la calidad de su inspiración y afirmar que es uno de los mejores del libro" -qué tío!
30.XII / p311
"Mezcal" -el Cónsul pronunció la palabra mágica, recitó el encantamiento, y la rueda pareció reanudar su giro tras la breve pausa -pero no, la ruega nunca se detiene. Los caminos están trazados por mucho que -en los sinuosos vaivenes, giros, revueltas, de esta historia laberíntica- pueda parecer otra cosa.
No. Renuncie el lector a toda esperanza -así, con esa resonancia dantesca que por algo estamos a las puertas del infierno- olvídese el lector de esas fugaces lucecitas -farolitos- que parecen brillar entre la tempestad: el Volcán -el libro y la historia y sus personajes y el mismo Poco- es una tragedia en toda regla, una tragedia que redime al espectador, que nos redime mientras encarnamos -leyendo- a la trinidad que atraviesa sus páginas y sus laderas bajo la amenaza y camino de la muerte: porque solo la muerte puede redimir.
31.XII / p321
Lágrimas de mezcal.
Brotan de los ojos del Cónsul al contemplar la virgencita en el cuartucho de Cervantes, iluminada apenas por esa vela que el tlaxcalteca mantiene encendida por orden de su abuelo, y recuerda a otra virgen, a la "virgen de los que no tienen a nadie" a la que suplicó el regreso de Yvonne, una plegaria que fue escuchada.
El recuerdo es tan fuerte que el Cónsul vuelve a arrodillarse para rezar: "Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia De Dios, sigo estando solo. Aunque mi sufrimiento parece no tener sentido, sigo agonizando. No hay explicación para mi vida". Y prosigue: "Por favor, que Yvonne logre aquello con lo que ha soñado... soñado?... una nueva vida conmigo... permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos".
Esa plegaria no tiene desperdicio: retoma escenas anteriores para darles una vuelta más -como si otra voz del Cónsul surgiera para confirmarnos temores, disipara dudas o retorcer las cosas que ya dijo o creyó haber dicho o se imaginó que debía decir -y que solo el lector ha escuchado: "Permíteme por favor hacerla feliz, líbrame de esta horrenda tiranía de mí mismo. Me he hundido muy bajo. Permíteme hundirme aún más para así poder llegar a conocer la verdad".
Y más: "Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida. En dónde está el amor? Permíteme sufrir en verdad. Devuélveme la pureza, el conocimiento de los misterios que he traicionado y perdido".
Quién no suplicaría de este modo, en estos términos ante una virgen de los que no tienen a nadie, o de los que están en alta mar o de los que navegamos en el océano de la vida? Esta especie de segunda oportunidad que se le concede al Cónsul de recuperar sus poderes, de olvidarlo todo -"Destruye el mundo!"- y pensar en Yvonne, en una futura vida juntos... es quizá la penúltima crueldad de Lowry.
(Tiene tu ejemplar una errata en la página 319: dos veces "cruda" por "curda"?)
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El 1 de enero de 2018, 12:57, Jesus Garcia escribió:
1.I.2018
Una mañana templada de calles desiertas y pequeños grupos de gente refugiada en las pocas cafeterías abiertas.
Acabo el X con sentimientos encontrados: el libro ya os ha poseído de lleno -se transpira en nuestras palabras lanzadas al océano que nos separa y navegando bajo la incierta luz del Farolito hasta las manos del otro.
Hemos sucumbido -no lo sabíamos desde el principio?- a la magia consular, a la amenaza irresistible de la barranca, a los efectos de tantas copas sin haberlas bebido.
Y derramamos lágrimas de mezcal.
Por unos días -que acabarán muy pronto!- hemos vivido en otro mundo, que tanto podría hallarse en 1938, en 2018, o en 2666... un planeta arrasado.
... donde resuena lejano el eco de una canción...
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El 1 de enero de 2018, 14:17, Antonio Ñeco Brioso escribió:
Y estamos llegando al final de este camino en el que hemos acompañado al cónsul en esta suerte Vía Crucis donde lo vemos caer y levantarse en su inevitable subida hacia el Golgotatépetl.
Él será el crucificado al madero al que alude Yvonne en el cruce de caminos en la selva, mientras va en su busca en el capítulo XI.
Sí, junto al cónsul hemos derramado lágrimas de mezcal, lágrimas negras, como el alma de todas aquellas botellas de alcohol que lo han ido destruyendo lentamente, negras como las desoladas
entrañas de la barranca.
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El 2 de enero de 2018, 18:40, Jesus Garcia escribió:
Entre flores y lágrimas negras...
2.I / p346
El Volcán se ha convertido -o lo ha sido siempre- en una fuente de desafíos, de misterios por resolver, de claves que descifrar.
Eso sí, sabiendo que el mensaje central, el criptograma principal, el resultado final de este juego terrible y caleidoscópico, es la muerte. Pero no cualquier muerte -quiero decir, no cualquier visión de la muerte. La muerte en México, que no es poco decir.
Así que doce horas entre dos días de los muertos -uno en 1939 y otro en 1938- para descifrar lo inefable, para comprender lo incognoscible, para expresar lo inexpresable.
No estamos inmersos en una mera novela. Desde que abrimos sus páginas y la rueda comenzó a girar quedamos atrapados en ese artefacto infernal que en nuestra infancia nos imbuía resoplos de vértigo, cierta impaciencia cuando se detenía y giraba en sentido contrario, la maravillosa sensación de contemplar toda la ciudad desde esa atalaya con el estómago encogido por la indefensión y la altura...
Los múltiples ritornellos del Volcán provocan ese mismo vértigo de suspiros contradictorios: la cascada, el caballo marcado con el 7, los alemanes fritos, el cadáver por expreso, la barranca, los misteriosos poderes del Cónsul, los inútiles sueños de Yvonne, la pose revolucionaria de Hugh, las cantinas en penumbra, los zopilotes antediluvianos, los indios silenciosos que deambulan bajo el sol, la virgen de los que no tienen a nadie, los carteles publicitarios o cinematográficos, Orlac desde el fondo desconocido de la historia del cine, las botellas -las miles de botellas que golpean el corazón desde esa imagen sobrecogedora sobre mares y océanos-, las lágrimas de mezcal... todo ello absolutamente necesario en una historia tan desasosegaste como inspiradora que no te deja seguir ni detenerte -como la rueda de la infancia- que es capaz de paralizarte mientras el alcohol te sacude o de empujarte entre la selva mientras escuchas el eco de las palabras consulares: "Me encanta el infierno. Se me hace tarde para regresar a él. De hecho voy corriendo, ya casi estoy de vuelta en él"... una versión grotesca y oscura del conejo de Alicia que se zambulle en las entrañas de la tierra obligándonos a seguirlo.
Por la tarde / p364
"Mezcal -dijo el Cónsul".
Y me he parado ahí: a las puertas del XII.
El XI resulta ser uno de los capítulos más intensos y concentrados. Malcolm se empleó a fondo para meter tanta cosa especial en tan pocas páginas. Sobre todo, la naturaleza: la selva y las estrellas como un todo compacto a través del que Yvonne -sobre todo ella, porque Hugh parece arrastrado en segundo plano solo para poner unos acordes tristemente ajenos- se mueve impulsada por el mezcal.
En una segunda o tercera o cuarta lectura, sabemos muy bien que al mismo tiempo el destino del Cónsul se está cumpliendo a poca distancia pero en otro mundo, en el mundo de las habitaciones repetidas, de las instancias del infierno alumbrados por Lucifer.
Y por último -un final en este lado que sucede al mismo tiempo que el otro final en el otro lado- el caballo, el remate del caballo número 7 y la inquietante belleza de la ascensión hasta las estrellas entre la vida y la muerte, entre los rayos y la lluvia, entre los acordes descarriados de Hugh olvidado ya por la narración y los lectores, entre sus sueños condenados a la perdición y la figura idealizada del Cónsul que no podía vivir sin amar.
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El 2 de enero de 2018, 18:40, Antonio Ñeco Brioso escribió:
2 de enero del nuevo año
Capitulo XI
Lowry elige continuar la narración con descripciones detalladas de la naturaleza. Está preparando concienzudamente el marco en el que se va a ir consumando la tragedia. Los volcanes en primer término, como tótems omnipresentes a lo largo de toda la novela, arrastran hasta aquí su cada vez más latente amenaza. El vocabulario que elige: Nubes oscuras, Tempestad, tinieblas, mancillar, inmundicia, la calle púrpura y triste, ave infernal de Prometeo, nieve color sangre, coagulados nubarrones, acentúan los tintes de tragedia que el lector va respirando.
Volviendo a aquella idea que te comenté en la que me refería a El Farolito como el infierno de Dante con sus nueve círculos, y como éste apuntaba que antes del infierno había que cruzar una selva; encuentro que esta selva asfixiante que atraviesan Yvonne y Hugh en su búsqueda del cónsul, podría simbolizar por lo tanto la antesala del infierno, es decir el purgatorio, un camino largo y tortuoso en el que se hace referencia a un crucificado, a la víctima expiatoria que está a punto de ser sacrificada.
De alguna manera Yvonne se redime de sus posibles errores, liberando el águila enjaulada, rescatando del purgatorio un alma inocente que asciende rápidamente a los cielos.
Entonces Lowry nos recuerda que nada puede escapar al fato, a lo ineluctable y hace una nueva referencia a la eternidad por medio de las ruedas de la galaxia que gira en lo infinito.
Yvonne, a la búsqueda de su hombre, es la única sobria, la única pura en este purgatorio extraño en el que hasta los árboles parecen estar ebrios e impedirle el paso.
Y entonces como en una sinfonía que va en crescendo, en la que se pulsan con tensión las cuerdas, se acentúan los golpes de percusión y se marcan en una vorágine arrebatadora los vientos, Lowry se alía con la vegetación, con la sonoridad del trueno y la devastadora fuerza del viento para imprimir violencia a la tragedia de Yvonne. La hora está marcada, de nuevo la rueda del destino gira, como un verdugo del pasado, asegurándose de que ocurra lo anunciado. Por fin el caballo marcado con el número siete se encuentra fatalmente con su víctima; y de ese encuentro surgirá uno de los finales más bellos de la novela.
Con su último aliento de vida, Yvonne evoca su vida con el cónsul en una cabaña junto al mar, un sueño en llamas, unas llamas que pertenecen ya al universo del cónsul, a su infierno alcohólico, mientras ella como la Virgen de aquel que no tiene a nadie, asciende a los cielos fundiéndose con las estrellas como una hija del cosmos.
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El 3 de enero de 2018, 19:58, Jesus Garcia escribió:
3.I
Paralizado ante el XII: "Mezcal -dijo el Cónsul".
Por la tarde / p366
"Por la ventana, el Popocatépetl se erguía con su inmensa falda en parte oculta por tempestuosos nubarrones; su cima cubría el cielo y se alzaba sobre la cabeza del Cónsul y directamente en su base estaban la `barranca´ y `El Farolito´. ¡Bajo el Volcán! Por algo los antiguos situaron el Tártaro bajo el monte Etna, y en su interior al monstruo Tifeo con sus cien cabezas y sus ojos y voces -relativamente- temibles".
Una vez sorbido el mezcal ya no hay marcha atrás. Ahí vamos... restan 37 páginas.
El 3 de enero de 2018, 20:59, Antonio Ñeco Brioso escribió:
Acabamos de llegar a casa después de un viaje desde La Línea, de ocho horas.
Un tema de fontanería nos obliga a estar aquí mañana. En esta ocasión no pudo ser el encuentro.
He enciendo el fuego y comenzado a leer el capitulo XII. Lola se sienta en el sofá junto a mi con un libro entre las manos. ¿Qué vas a leer?, le pregunto. Ella sonríe y me muestra la portada: Es un libro de aventuras: "Un viaje a Pompeya" El dibujo muestra unos niños que viajan en una máquina del tiempo. Al fondo el volcán arroja con furia torrentes de lava.
El 6 de enero de 2018, 12:16, Antonio Ñeco Brioso escribió:
4 de enero
Capítulo XII
Consumatum est, aquellas palabras, dichas por otro crucificado, por otra suerte de mago, cuya muerte también conllevaría la redención de los hombres y consideradas en el nuevo testamento como el sexto clamor, podrían aplicarse a este capítulo y al final del vía crucis del cónsul. Todo se ha cumplido y no hay mucho más que decir llegados a este punto para el que Lowry nos lleva preparando durante toda la novela. “El tiempo se estremece y se acerca el infierno haciendo tic tac”. En este último tramo todo sabe irremisiblemente a muerte. Por fin estamos en las entrañas del infierno y todo en El Farolito desprende un hedor insoportable como a metacarpiano y aquí ya ni el mezcal consigue devolver a la conciencia del cónsul ese otro lado de paraíso con el que hasta ahora se ha ido relacionando esta cantina. En las profundidades del averno, todo es oscuro y confuso, las caras que se transmutan en otras caras, seres irreales, fantasmagóricos fruto del delirio alcohólico y de la atmósfera opresiva, que aparecen y desaparecen antes los ojos del cónsul, que ya no tiene ningún control sobre la situación; porque a partir de aquí todo será cuesta abajo hacia la barranca.
“Mezcal! Dijo el cónsul” y continúa el ritual de la autodestrucción. La desesperanza, el arrepentimiento “¿Que hago aquí, por qué me he arruinado deliberadamente?“ El cónsul se desprecie por ser incapaz de poner fin a todo esto, y se ve a sí mismo como uno de aquellos borrachones merecedores del infierno. Pero es éste el arrepentimiento momentáneo del borracho al que se le cruza un vaso de mezcal y olvida lo demás. Y todo huele a muerte, y mientras esos diablos con cartuchera lo aguijonean y lo insultan, las cartas de Yvonne cortan como un machete el regusto amargo de la podredumbre. El amor, ese amor sin el que no se puede vivir y que arremete con violencia contra la soledad del cónsul, llega demasiado tarde para salvarle la vida. No obstante será por amor por lo último que luche el cónsul en su vida, por recuperar las cartas de Yvonne.
Quiero creer que este último sentimiento de amor, ese gesto desesperado de rebeldía, redime al cónsul y nos redime a todos como especie.
El 6 de enero de 2018, 12:17, Antonio Ñeco Brioso escribió:
¿Y ahora qué? Después de la devastadoramente nutritiva experiencia en la que se han mezclado de manera inextricable literatura y remembranzas de nuestra vida, y en la que por momentos me parecía escuchar nuestra risa provocada por el tequila y la juventud y por la música de Tomás latiendo interminablemente en nuestros corazones.
Mientras volvía a caminar por la calle Nicaragua hacia el zacuali de M. Laruelle, o me asomaba una vez más a las puertas del cine de Bustamante para contemplar aquel cartel amenazante de Las manos de Orlac o me sentaba en una cantina de Cuernavaca, no podía evitar regresar a las tardes en El Circulo, ¿Era El Circulo?, a aquellos cafés que se prolongaban hasta la noche, en la que a veces el jazz lo inundaba todo y el alcohol abría puertas que hasta entonces habían permanecido cerradas.
No se puede vivir dos veces, pero esto debe ser lo más parecido. Las páginas de un libro y todo aquello que nos acontece mientras estamos leyéndolas, son devoradas por ese cronotáceo ambulante que nada hacia adelante y que nunca se para. A veces, cuando se vuelve a aquellas páginas, ese animal cósmico te vomita todo en la cara, y entonces una brisa suave y refrescante, te acaricia el pelo y uno es feliz.
Continuamos...
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El 6 de enero de 2018, 17:52, Jesus Garcia escribió:
6.I / p403
El final que es el comienzo.
Mientras el Cónsul desaparece en la barranca la rueda continúa girando...
Qué será de nosotros?
Y ahora qué? -dices.
Qué pasará con nuestros sueños de escritura?
Quién leerá esos cientos, quizá miles de páginas que escaparán a nuestras manos y recorrerán la barranca en su trazado sinuoso desde la luz de Cuaunahuac hasta la mortecina lucecita de Parián?
Quién nos leerá?
El Volcán no es la mejor novela que nos acompañó desde entonces y para siempre, pero quizá sea una de las más entrañables, llena de frases que se recuerdan para siempre, como las escenas enternecedoras de Casablanca, como las notas tiernas y fascinantes de aquel cuarteto presidido por Ben Webster o el piano borracho de Tomás.
Cómo olvidar al Cónsul?
Cómo quitarse de encima sus contradicciones, sus temblorinas, sus excusas desesperadas para escapar a la siguiente cantina, su dolorosa caída, sus palabras enigmáticas, su temible dolor ante las cartas reencontradas de Yvonne...?
Cómo escapar a la irresistible atracción ardiente de esa última hora en su vida y en las páginas de esta novela inolvidable?
Mezcal. Los latidos del reloj amplificados en el pecho de Firmin mientras contempla el demonio en la botella de anis del mono. La barranca que une su casa, el jardín abandonado y el farolito en mitad de la selva. El Popo presidiendo la vigilancia de presencias inefables. La marcha definitiva de Yvonne que el Cónsul intuye en la distancia. Los monstruos: alemanes fritos en la memoria, hombres sin piel ni cabeza con las entrañas palpitantes sobre la tierra. Las cartas que cierran el círculo y responden a su plegaria cuando ya es demasiado tarde y solo queda el recuerdo remoto de Granada, la Alhambra, el lugar donde una vez fue feliz y que retorna quemando el presente mientras todo se retuerce: perdonar y ser perdonado, el alivio fugaz antes de la caída definitiva -half past sick by the cock.
El caballo que corre hacia atrás en el tiempo y reúne los destinos bajo el 7 marcado en la grupa. El mundo subnormal y el universo anormalmente delirante: la correspondencia entre lo que fue y lo que pugna por romper los límites y caer hasta el fondo del abismo.
El tiempo intoxicado de mezcal que fluye con la rueda y ya no se sabe hacia dónde exactamente. Quizá en una espiral reconcentrada hacia sí misma, hacia la oscuridad final -you can never drink of it!
Adiós, William Blackstone!
Suenan las siete campanadas, se acerca el final de la última página que nos devolverá otra vez a 1939, otro día de los muertos, de los habitantes de la barranca en la que te hundes definitivamente mientras lloramos lágrimas de mezcal preguntándonos por los secretos del otro mundo, ese que nos aguarda ahí, pero dónde, cómo, entre las llamas del infierno y la luz de las estrellas que poco a poco desaparecen en un cielo teñido de rojo por el reflejo del Volcán.
Quién nos leerá?
Quién recordará que retorcimos nuestros espíritus entre páginas en blanco para resistir el infierno?