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lunes, 2 de enero de 2017

De K a K

Los últimos libros antes de K comienzan también, de algún modo, por K.

Hacía tiempo que cogía polvo en mi biblioteca, hasta que algo me llevó a cogerlo, sacudirle el polvo y abrirlo. Y sí, debo reconocer que Kafka en la orilla es una estupenda novela, aceptando las claves del mundo narrativo de Murakami, claro, pero estupenda a pesar de todo: se avanza por ella como por un mar espeso, braceando suavemente, lentamente, pero disfrutando de cada nuevo paso, de cada giro de la historia, incluso de los mas anunciados y de los menos justificados, que los hay.

Bufalino en cambio, me decepcionó. Es uno de esos textos recargados, pretenciosos y prescindibles que solo se acaban gracias a su brevedad, un puntito de ingenio y cierto toque añejo que, en fin, te ayuda a cerrarlo con ganas de abrir otro.
 
Y ese otro fue La soledad de los números primos, una adquisición de última hora en el mercadillo de Ex que resultó más entretenido e incluso emotivo de lo que pensaba. Recomendable para los que degustaron Los amantes del círculo polar.

Después, mi viaje a Donosti me procuró dos lecturas de autobús nocturno a cual más gustosa: El quimérico inquilino, una historia de equívocos muy bien hilada y mejor condimentada, y una obra maestra del género negro: La rubia de ojos azules, una historia del mister Hide de Banville resucitando a Chandler, un retorcimiento que a pesar de lo truculento consigue su propósito con maestría y ahí estamos, de vuelta en los cincuenta disfrutando de un Marlowe en plena forma cínica, con trama para pasar páginas a toda velocidad.
 
El libro de Coetze lo compré en Donosti. Ya tenía ganas de algo más, después de que Antonio me regalara Esperando a los bárbaros. Esto es otra cosa, muy otra cosa, pero igualmente compacta, con ese aire de obra menor que uno escribe entre novelón y novelón, sin perder la compostura y sin permitir que tus lectores te abandonen: una reflexión profunda sobre la dignidad.

El folletín o folletón de Gombrowicz no era lo que necesitaba en aquel momento, pero a pesar de ello le metí mano con resultados desiguales: en algunos capítulos ganaba él y en otros me imponía yo; al final no reniego de la lectura pero tampoco lo recomiendo así, con fervor desmesurado.
 
Y lo mismo cabe decir de El contrabajo. Suskind es un autor como muy europeo, muy depurado, muy intimista y con ideas y cosas que decir. Pero aquí, le pudo la sobriedad; lo siento. Gusta, se lee con fruición, uno piensa, joder que bien escribe sobre música, sobre músicos, sobre instrumentos... pero no, no es El perfume ni mucho menos; se parece más a La Paloma, formalmente hablando, aunque no llega tan hondo, no cava tan hondo, no te arrastra tan hondo.


Lo desorden sin embargo es harina de otro costal. Es un peazo libro. Una tras otra, las historias te golpean con fuerza, especialmente la de Antonio Soler, La mano del mundo, que -sin que sirva de precedente- en este caso supera al maestro Vila-Matas metiéndonos por vericuetos emocionales totalmente empapados en creatividad, mundos ocultos, realidades nuevas y mirada retorcida.

Elegí El caso Kurilov para empezar a leer a Némirovsky y quizá elegí mal. Es una buena historia, casi rozando el estilo de un Zweig decadente pero con un punto más negro de amargura vital. Veremos.

Y el auténtico Zweig para terminar. No podía dejar de comprar, ni ya puestos, dejar de leer un librito más sobre libros. Mendel, otro ser llevado a la perdición por los libros, otra historia agridulce del maestro en cuatro hojas y media.

Y de aquí a la relectura de El Proceso y el retorno a los mundos de K, como se verá...

lunes, 11 de abril de 2016

¿Se puede vivir sin leer?


[20 de marzo]

Acabo de ver que mi última visita a este blog fue el 7 de diciembre.
Casi cuatro meses de ausencia pues.
En ese tiempo ha ocurrido algo inaudito en mi vida de lector.
No podía leer.
Lo he dicho del modo más sintético y claro posible.
Pero sí, era eso: no podía leer. Pasaban los días y no lograba empezar un nuevo libro.
No es casualidad que eso ocurriera mientras estaba redactando la novela que me propuse escribir en el cuaderno de piel de cocodrilo y que me ha llevado dos meses -desde el 2 de enero al 9 de marzo- de intensa experiencia de lucha con el cálamo y las hojas.
Antes, nunca había dejado de leer mientras escribía.
Tendré que reflexionar sobre ello.

Entretanto, consigno las lecturas de estos tres meses (con el paréntesis de esos pocos días mencionados en los que tan solo inicié las primeras frases de varios libros o quise reconducir alguno de los que había ido dejando a medias en el camino, todo ello sin éxito):


La lucecita, de Antonio Moresco: un aperitivo de un escritor que promete un mundo literario. Habrá que estar atentos a la traducción de sus monumentales obras. vértigo de paginas!

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, otra de las pequeñas joyas de Zweig que este caso ha sido un puente magnífico para volver a la lectura.

[11 de abril]

Y ya despegando otra vez, arranco con Juan José Saer y su Pesquisa, y ya se me apilan en la mesa dos suculentas propuestas del inquietante Kobo Abe y la ultima traducción anagramesca de Modiano. Veremos...