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jueves, 14 de junio de 2018

De Buenos Aires a Brujas



6 de abril

He conseguido un tránsito sin roturas.

Desde luego que la escritura de Tomás Eloy Martínez no tiene nada que ver con la de Levrero -en cuyos libros he estado inmerso durante semanas- pero quizá por eso todo ha fluido con armonía; por eso y porque sigo en el hemisferio sur y porque Gardel continúa revoloteando mientras leo y me siento acompañado por la brutal melancolía de los tantos que tanto han significado en mis momentos más oscuros.

Y luego están esos nombres que de tanto en tanto despiertan mis fantasmas sabatianos por entre el laberinto de Borges en el que se empeña Eloy.


Respiro de nuevo aquella atmósfera mágica que trasmitían los cuentos de Borges leídos uno tras otro sin cesar en los libros de Alianza Editorial que tomaba prestados, uno tras otro, sábado tras sábado, en las librerías de los pueblos cercanos... y que olvidé devolver, que tengo pendiente de devolver... si recuerdo cuál es de quién, claro.

Relectura de El Aleph: constatación de que la magia es del pasado, de los 17 años, de otro mundo que ahora solo existe como una referencia lejana, como recuerdos fragmentarios de palabras perdidas.

11 de abril

He comenzado o recomenzado la lectura tantos años pospuesta de Matadero Cinco, un salto verdaderamente peligroso tras la delicia melancólica de Eloy cuyo protagonista no es tanto ese cantor prodigioso que resucita los incomprensibles tangos antiguos sino la ciudad de Buenos Aires y sobre todo El Aleph.


12 de abril

La lluvia de ayer es solo un recuerdo.

Hoy vuelve a ser primavera. Brujas la muerta: un título romántico, gótico y tétrico, apropiado para una ciudad que me produce sentimientos de oscuridad en la distancia, solo por su nombre -que significa puentes- solo por esas fotografías de edificios que parecen conservados en formol, intactos, como respondiendo por un pasado arrebatado y expuestos a los viajeros sin permiso.

La forma y el tono del libro de George Rodenbach augura una lectura filosófica llena de pesimismo, simbolismo y sentimientos de pérdida. Eso por no hablar de la preciosa edición que ha parido la editorial hasta ahora desconocida para mí Vaso Roto.





martes, 24 de marzo de 2015

Modiano a pesar del Nobel

Podría haberme negado a leer a Modiano desde el momento en que le dieron el Nobel. Es la tercera vez que me pasa: a uno de mis escritores le colocan esa etiqueta imposible de ignorar y todo el mundo se lanza a comprarlo.



García Márquez, Kenzaburo Oé, y ahora Modiano, el que más desprevenido me ha cogido, hasta el punto de que ni él mismo entiende por qué ese galardón que lo ha llevado al atril de una sala rococó.

¿Qué tendría que hacer a partir de ahora? ¿Esconder la portada de los libros en las cafeterías? ¿Darme un tiempo hasta que la moda pase? Pues no. Más bien hice lo contrario: aprovechar el tirón de traducciones y reediciones y hacerme con todo lo que no tenía.

Pero respetando un poco, el orden -caótico- de lectura desde mi última entrada, tendría que consignar primero Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez, en cuyas páginas me topé esta maravillosa declaración que me estremece como lector y como escritor: "Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió".

Dos novelitas poderosamente cautivadoras encontradas mediante ese azar que no sé por qué seguimos denominando azar: El palacio de los sueños El monstruo, me han servido para hacer un aperitivo de Ismaíl Kadaré, a quien llevaba rondando hace tiempo.

Y en esto se me cruzó un envío de mi amigo Raúl de la Rosa, que acababa de editar La sombra del samuraí. 47 Ronin, donde vuelve a incidir en su retorno a oriente y a sencillas y profundas enseñanzas tradicionales que viene difundiendo hace años.

Mi obligado respiro de género negro, en esta ocasión muy espartano: Huesos en el jardín, un brevísimo apunte de Mankell que se resiste a despedirse de Wallander, y uno de esos caprichillos que uno se da no se sabe muy bien por qué, uno de esos libritos intrascendentes que algo te impulsa a leer y que incluso acabado sigues sin saber a qué venía tanta insistencia inefable: La miel de los ángeles, de un tal Vanghelis Hadziyannidis.


Y ahora sí, el retorno de ModianoLa hierba de las noches, lo ultimísimo con Patrick en plena forma: sugerente, magistral en la aparente simplicidad de meandros sin término, intenso, con ese dominio total del narrar como si fuera lo más fácil del mundo. Y después, en las semanas que siguieron, un repaso a lo ya leído y nuevas exploraciones de la noche, nuevas caminatas por París, nuevos encuentros y desencuentros con ese aliento de pasado que no puede olvidarse aunque no sea tuyo: Dora Bruder, El Horizonte, El libro de familia, El café de la juventud perdida, Un pedigreé, Accidente nocturno, Más allá del olvido.


Acabado Modiano, era díficil -me ocurre siempre que vuelvo a él- leer literatura. Así que me abandoné a mis lecturas de trabajo. Me hizo regresar, Muerte por agua, otra exploración del pasado familiar que obsesiona hace milenios a Kenzaburo Oé, que no supera a M/T, pero sí a los últimos libros suyos traducidos en España.

Y ahora... ahora... La novela luminosa.