Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Vila-Matas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Enrique Vila-Matas. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de mayo de 2025

¿Sueñan los androides-K con ser personajes de Vila-Matas?



Escribo el segundo día de Apagón a sabiendas de que no es necesario porque nuestras mentes están conectadas.

Escribo aquí, en el cuaderno que compré durante mi última visita al Chiado de la Ciudad Blanca, aquí en la Carrera de la Virgen de las Angustias, en Granada, aquí, en las primeras páginas de Canon de Cámara Oscura.

Hay que dividirse al menos en dos para poder leer la novela de Vila-Matas, y uno de esos dos debería conocer a fondo el mundo virtual de los androides al que constantemente Vidal hace referencias cruzadas y del que extrae más y más narradores que se entreveran con los de este mundo, con los de su gabinete heredado y con los que va encontrando en su deambular kafkiano por los subterráneos de la Cámara Oscura.

Hay que vivir dos vidas para perderse y encontrarse en los libros de Enrique Vila-Matas.

Leídas todas sus novelas y no-novelas, el lector obsesivo se propone una tarea: escribir los libros falsos de Vila-Matas, todos esos libros que aparecen en sus novelas inclasificables y que en realidad no existen sino que constituyen un canon invisible, ni siquiera desviado, sino decididamente ficticio.

El lector obsesivo sabe desde el principio que esa tarea es ingente, casi inabarcable, pero aún así su determinación se mantiene.

El método empleado para detectar los falsos libros no puede ser más falto de originalidad aunque sobradamente eficaz: todo título desconocido es introducido en el buscador de la Red, acompañado o por separado del nombre del autor. Las probabilidades de que un libro exista en el mundo real y no haya rastro suyo en el virtual son tan extraordinariamente escasas que el lector obsesivo calcula que como máximo podría colarse un título de la lista definitiva de los falsos libros que piensa escribir, un libro que constituiría el único ejemplo de título realmente existente dado por falso y escrito en este caso por segunda vez.

El problema es que para cuando el lector obsesivo termina de escribir los falsos libros —que de alguna manera podrían calificarse ya de “verdaderos” puesto que existen en la realidad aunque su contenido pueda variar más o menos del que Vila-Matas imaginó cuando fue desgranando sus títulos y autores— se anuncia la publicación de otra novela —o quizá no-novela— del prolífico autor barcelonés en la que por supuesto se podrá rastrear una cierta cantidad de nuevos falsos libros.

Al lector obsesivo le resulta cada vez más difícil mantener el ritmo de Vila-Matas y acabar de escribir todos los libros falsos contenidos en cada libro antes de que el Caballero de la Orden del Finnegans publique el siguiente. Así que un día, tras un intenso trabajo con la herramienta en línea de exploración y búsqueda mediante satélite y partiendo de ciertos detalles encontrados en las entrevistas concedidas con motivo de su última publicación, el lector obsesivo logra la localización exacta de la cafetería en la que Vila-Matas toma su café mañanero a solas y se presenta para proponerle un trato, un plan de jubilación literaria que además le permitirá escapar definitivamente a la brigada caza androides pero continuar disfrutando del subidón de adrenalina que acompaña el espectáculo de tus libros llenando los escaparates de las librerías.

A partir de ahora, el lector obsesivo escribirá los libros que firmará Enrique Vila-Matas y que incluirán su correspondiente ración de libros falsos que Vila-Matas le regalará con la condición de que no los escriba jamás puesto que la verdadera esencia de su escritura son esos libros no escritos, esos libros inexistentes que marcan una ruta aún por descifrar y que el lector obsesivo estaba destruyendo, haciéndola desaparecer.

A partir de ahora nunca sabremos si los libros de Vila-Matas son falsos porque los escribe el lector obsesivo o son falsos porque el propio lector obsesivo es parte de su escritura. En cualquiera de los dos casos, los falsos libros serán los más verdaderos.


Todos esos libros se perderán... como lágrimas en la lluvia.


Jesús García Blanca
https://kefet.blogspot.com/

viernes, 15 de septiembre de 2023

La pereza del lector


No sé cuanto tiempo lleva esta entrada en la categoría de "borrador".

Ni cuantas veces la he abierto para añadir títulos y actualizar una lista sin comentario alguno.

Ahora que he llegado a un límite, a un autor que no me deja seguir esta dinámica porque le debo demasiado como para pasar sobre él de puntillas consignando solo un título, me propongo cerrar definitivamente tanta pereza y publicar la entrada.

Tras mi relectura del boom recogida en una entrada del 5 de enero de 2021 fui alternando mis lecturas de batalla con las novelas que paso a consignar:


Cegador 2

La Línea del horizonte

El tiempo envejece deprisa

Nocturno hindú

Viaje a Oriente 

Cegador 2

Las puertas de la percepción

Una casa para siempre

Mac y su contratiempo

Kassel no invita a la lógica

El reino: Un hombre, Klaus Klump

El reino: La máquina de Joseph Walser

El reino: Jerusalén

Un crimen japonés

La más recóndita memoria de los hombres

Grafomaquia

El quincornio

Montevideo



Dejando aparte las decepciones: los libros de Palol y el crimen japonés de Guebel, todas han sido lecturas suculentas, en particular Montevideo, una de las mejores novelas de Vila-Matas a la que he dedicado otra entrada reciente.

Quede la lista como constancia de lecturas. Cierro aquí y abro nueva entrada para Kafka.


domingo, 13 de agosto de 2023

Montevideo no invita a la lógica


Junto al café, el último libro de Vila-Matas: Montevideo. ¿Por qué hay ciudades que suenan a Vila-Matas? ¿Por qué siento ese abismo que provoca el universo Vila-Matas y que me atrapa desde sus imposturas, fingimientos, metaverdades, ficciones reales y falsas realidades? Una vez abres un libro suyo quedas fascinado por esos personajes que pueden ser y no ser el propio Vila-Matas, o por esos otros que pueden estar o no estar en la Wikipedia pero que cruzan sus novelas con aire de realidad, o al menos con un qué más da si existen o no y dónde y cuándo…




Imposible saber si uno ha leído ya o no el libro de Vila-Matas que tiene entre sus manos. El juego fenomenal de confusión en el que uno se adentra cuando decide leer a Vila-Matas hace empresa imposible distinguir una novela de otra, una impostura de otra, un laberinto de otro —o diferentes zonas dentro del mismo laberinto. Así que da igual si uno compra dos veces el mismo libro o se trata de dos libros diferentes. A esto añaden cierta inquietud las diferentes ediciones de un mismo libro, por no hablar de las entrevistas en las que Vila-Matas mezcla realidad y ficción hasta dejar estas palabras colgando del abismo del significado vacío.


Llevo cuatro días leyendo Montevideo con la extraña sensación de haberlo leído ya, cosa totalmente imposible por varias razones, entre ellas, que no había comprado este libro hasta el 20 de mayo, hace cuatro días. Pero entonces… y teniendo en cuenta que el asunto no se menciona en la contraportada del libro, ¿cómo he establecido la relación entre este libro, Cortázar, su cuento en el hotel y la habitación…?


Vuelvo atrás en las pocas decenas de páginas leídas y no hay ninguna mención del asunto. He pensado que quizá había leído una entrevista con Vila-Matas en la que explicaba la anécdota de Cortázar y su cuento La puerta condenada, del libro Final de juego. Pero tras mucho buscar en la red no he dado con esa entrevista, si es que existe.


He pensado que Vila-Matas podía haber contado la anécdota en su prólogo a los cuentos de Sergio Pitol publicados por Anagrama y que yo había adquirido en una de las pocas librerías de viejo que van quedando en Granada y leído muy recientemente: negativo; allí no hay nada que aluda a Montevideo, a los hoteles misteriosos ni al cuento de Cortazar. Y eso que era un lugar enormemente apropiado para ello.


Teniendo en cuenta que desde hace casi un año mi biblioteca está guardada en cajas de cartón almacenadas en un trastero, sigo leyendo Montevideo tratando de precisar si el texto me suena, si he leído antes la novela de Vila-Matas y la he comprado por segunda vez sin recordarlo…


Vuelvo al dejavú  con Vila-Matas: hoy es Macedonio Fernández y su Museo de la Novela de la Antigua. ¿Me lo había topado antes en otro lugar? ¿En otro libro de Vila-Matas? ¿O verdaderamente estoy leyendo Montevideo por segunda vez sin saberlo, sin recordarlo, o recordando retazos, detalles, sobre todo autores?


Atrapado en la sexta tendencia narrativa, esa que Vila-Matas confiesa no acertar a encontrar: la de los escritores que quieren abarcar no un todo, sino el todo, y se ven impelidos a luchar día tras día con la angustia que supone hacerlo sabiendo o sospechando que no se puede hacer pero tampoco se puede dejar de hacer.


Nada. No paro de buscar una solución al enigma y no hay forma: tendré que ir al trastero.


Sigo sin saber si ya había leído Montevideo y eso que he avanzado otro buen puñado de decenas de páginas. Creo que las alusiones que me resultan repetitivas podrían estar en otro libro de Vila-Matas. En alguno de los tres últimos que he leído: Mac y su contratiempo, Kessel no invita a la lógica y Esta bruma insensata. Así que decido hacer un listado sistemático que pueda facilitarme la búsqueda: Herzog, Calvino, Tabuchi, Hardwick y sus noches insomnes, Melville, Junger, Margaret Moore, Pla, Macedonio Fernández, Walter, Kafka, Joyce, Sterne, Bolaño… casi todos, como se ve, habituales de Vila-Matas. Pero Cortázar y su cuento no aparecen por ningún lado.


Ayer fui por fin al trastero y después de mucho esfuerzo, logré localizar la caja que ostenta la etiqueta Lit Esp V-M escrita con rotulador grueso azul. Estaba cerca del suelo con una pila de cajas por encima. Finalmente, con fuertes dolores de espalda logré extraerla y abrirla. Fui sacando apresuradamente los libros de Vila-Matas entremezclados con otros autores de la V pero también de la T, como Torrente Ballester. Allí parecía estar todo lo que recuerdo que tengo de Vila-Matas y no apareció por ninguna parte Montevideo, de modo que la opción de haberlo comprado dos veces era ya un callejón sin salida así que decidí llevarme los últimos libros que había leído de Vila-Matas para explorar otra de las posibilidades: que la anécdota de Cortazar —y quizá otras menciones que me sonaban repetidas— estuviese ya anunciada en alguno de esos libros. Así que puse en mi mochila el Kessel, el Mac y la bruma insensata. Y ya de paso decidí llevarme para releer Perder teorías —que parecía conectado de modo aún desconocido con lo que estaba sucediendo— y mi primer libro de Vila-Matas, El viaje vertical por el puro gusto de retornar.


Resulta que Raymond Roussel aparece mencionado en la bruma, motivo suficiente para que yo lo buscara en google y apareciera su libro Locus Solus. Esto deja zanjado uno de los dejavus de Montevideo y abre la puerta al resto…


Hoy he leído un párrafo clarificador y misterioso al mismo tiempo en la página 105 de Montevideo. Escribe Vila-Matas: “Pensé: de volver un día a escribir, mi libro trataría de un asunto invisible. El lector notaría que el asunto yo jamás lo perdía de vista, pero no me extendía sobre él, más bien lo daría por sobreentendido y por indescriptible, y ni lo nombraría, dejando que planeara sobre los lectores, que sobrevolara el núcleo duro del asunto, tan invisible, pero tan presente todo el rato, precisamente por indescriptible”.


Conforme avanzaba en estas palabras me hacía más consciente de que Vila-Matas las había escrito para quienes como yo se habían visto tan atrapados por la lectura de su última novela que parecían —parecíamos— haber perdido completamente el norte. Y esas palabras, por decirlo así, nos devolvían la cordura, un clavo al que agarrarnos: había un asunto invisible del que trataría su libro, invisible por indescriptible… y cuatro páginas después coloca en cursiva nada menos que estas palabras clarificadoramente cortazarianas: “tomó mi habitación”. Que la anécdota de Cortázar y la habitación inexistente tras la puerta condenada eran la clave de este nuevo libro de Vila-Matas ya no ofrecía dudas, pero todo ello no solucionaba el problema de partida: ¿dónde había leído yo esa anécdota de la mano de Vila-Matas? ¿Y dónde el resto de anécdotas que resonaban en mi cabeza: la novela de Macedonio Fernández o el libro Noches insomnes de Hardwick, dando por resuelta la última y menos significativa: Raymond Roussell y su libro Locus Solus, y descartando un puñado de autores tan recurrentes en los escritos de Vila-Matas que no cabía incluirlos en la liste misteriosa de Montevideo: Kafka, Tabuchi, Joyce, Walter. Bolaño, Stern…


Me sirven el café y abro el libro de Vila-Matas para leer estupefacto estas palabras: “Hay un cuento formidable de Julio Cortázar en el que el cuarto de al lado de una habitación de hotel juerga un papel fundamental. Es “La puerta condenada”, pertenece tanto al mundo de la ficción como al mundo real, y tiene como escenario la ciudad de Montevideo, en Uruguay”.


Estoy en la página 115, en el arranque de la tercera parte titulada precisamente Montevideo. Cierro el libro y miro por la ventana para comprobar que no estoy en un sueño deslucido y vuelvo a abrirlo para encontrarme con las mismas palabras. Para empezar queda claro por qué no encontraba la mención de Cortázar y su cuento: aún no había llegado a ella. Pero eso supone abandonarme sin protección al mundo cortazariano de la mano de Vila-Matas.


Llevo varios días buscando en Montevideo algo que aún no había leído pero que estaba convencido de haber leído… por segunda vez. Segunda lectura que no podía remitirme a una primera puesto que aún no se había producido. De los otros dejavus textuales —Macedonio Fernández, Raymond Roussel y Elizabeth Hardwick— ya tenía resuelto uno y probablemente podría resolver los otros dos si perseveraba en la búsqueda que me había propuesto revisando hoja por hoja las tres últimas novelas recuperadas del trastero. Pero el asunto Cortázar es radicalmente diferente: para empezar porque esa anécdota es central en la novela, pero además, y a diferencia de los otros tres casos, no he localizado la segunda aparición en las páginas que ya había leído, sino que, con evidente desafío de la lógica me lo acababa de encontrar en la página 115.




Avanzo por Montevideo, la tercera parte de la novela Montevideo mientras Vila-Matas va desgranando su investigación sobre ese cuarto quizá inexistente tras la puerta condenada del cuento de Cortázar y yo continúo investigando cómo me encontré con esa historia por primera vez y cómo sucedió que me convencí de haberla encontrado por segunda vez en una página aún no leída de su novela. Lo que parece fuera de toda duda —si es que efectivamente puede existir algo así— es que tanto Vila-Matas como yo estamos atrapados en un cuarto tomado, es decir, un cuarto aledaño a lo real en el que no me sorprendería encontrar también a Cortázar y, por qué no, a Bioy Casares.


Se cuenta, y lo cuenta el propio Bioy Casares que Cortázar y él escribieron casi casi el mismo cuento. Eran personalidades opuestas, lo que no impidió que a decir de ambos mantuvieran una intensa relación de amistad. Pero la amistad por sí misma no puede explicar que los dos escribieran el mismo cuento, o mejor dicho, que los dos se propusieran dar cuenta del fenómeno de las habitaciones situadas en los límites de la realidad, y lo hicieran mediante historias casi idénticas.


Anoche, mi búsqueda sistemática dio resultado otra vez: Raymond Roussel y su libro Locus Solus aparecen en el Kassel no invita a la lógica, y Macedonio Fernández en el Mac y su contratiempo.


Acompaño a Vila-Matas en su visita a los subterráneos del antiguo Hotel Cervantes, ahora llamado El Resplandor, como la película de Kubrick que transcurre en un hotel con una habitación misteriosa y terrorífica. La idea en principio es averiguar algo más sobre la habitación 104 aunque de momento lo único que el gerente nos dice es que no recuerda el paso de Cortázar por el hotel aunque sí el de otros huéspedes famosos que por cierto también se quejaron de ruidos inexplicables en habitaciones contiguas a las que ocupaban sin poder precisar si esta última era o no la 104.


Ayer, mi investigación en la red sobre los dos cuentos coincidentes y misteriosamente idénticos de Cortázar y Bioy, obtuvo como resultado una explicación bastante prosaica ya que lejos de haber sido escritos al mismo tiempo —que es la impresión que daban algunos al contarlo incluyendo al propio Bioy Casares— se escribieron con mucho tiempo entre ambos. Bioy escribió el suyo años después, de modo que la sombra del plagio planea sobre él.


Mientras Vilas-Matas se dejaba arrastrar por la fascinación de lo invisible, de lo inexistente quién sabe dónde y luchaba valientemente contra los Presuntos que querían a todas luces enloquecerlo o al menos confundirlo en torno a las andanzas de Cortázar en Montevideo, yo continué buscando entre líneas la explicación a tanto dislate intertextual temiendo acabar como el protagonista de la novelista de Melville mirando siempre una pared vacía. “Preferiría no acabar así”, me dije a mi mismo o a Vila-Matas que al fin y al cabo era quien decidía los destinos en las inmediaciones de este territorio cortazariano.


En la novela —concretamente al final de la tercera parte— Vila-Matas consigue adentrarse en la habitación 206 —de sus pesquisas en la gerencia pudo deducir que la habitación correcta no era la 104 sino la 205, de modo que la habitación condenada, sellada, olvidada o inexistente debía ser la 206. Tras desafiar la oscuridad, no puede evitar retroceder para tomar distancia siguiendo un consejo de su amiga Margaret Moore cuando, situado en el centro de la habitación se topa con una “robusta, inmensa, repugnante” araña de unos 15 centímetros con sus cuatro pares de patas.


Me estremezco en esa página 165 con el libro entre las manos y la tentación de cerrarlo de golpe y soltarlo en la mesa por miedo a que el “artrópodo repugnante” salte de entre sus páginas a mis manos.


Mi araña había hecho su repugnante aparición unos días antes de comprar Montevideo. Me había levantado de madrugada y caminado en medio de la oscuridad hasta el baño muy levemente iluminado por la lucecita blanca que pusimos en el único enchufe junto al lavabo. Mirando sin gafas en la semioscuridad abrí la tapa del water y enseguida, como afectada por m i gesto o por la levísima luz, apareció la araña, negra, de unos 15 centímetros con cuatro pares de patas negras que chapoteaban en el agua y en seguida, nerviosamente, volvió a sumergirse mientras yo daba un paso atrás, no tanto para tomar distancia, sino empujado por la monstruosidad.


Durante los días que siguieron, me pregunté una y otra vez si aquello había sido un sueño, una alucinación o un puro ejercicio de imaginación perturbadora que desde muy pequeños me hacía ver toda clase de criaturas extrañas en la oscuridad. Esperaba con tensión incontenible volver a ver la araña cada vez que iba al baño, pero al leer Montevideo comprendí que eso no sucedería, que la araña negra no volvería porque tras recorrer incontables alcantarillas y oscuras tuberías  subterráneas, había quedado encerrada por dentro en una habitación única perdida en un cuento de Cortázar.


Próximo al final de la novela, las palabras de Vila-Matas me han transportado a dos recuerdos de esos que dejan la estela tanto tiempo que puedes revisitarlos durante años. Y los dos están relacionados aunque de formas bien diferentes con Rimbaud a quien leí cuando yo tenía la misma edad que el poeta maldito cuando escribió sus versos llenos de pasión.


El más antiguo es el Pont des Arts donde Vila-Matas vio al propio Rimbaud cuando estaba en pleno ataque del Síndrome de los Virtuosos de la Suspensión, y yo vi una pareja de enamorados que se tapaba con un paraguas no por esconder sus besos sino por la lluvia que caía aquella noche sobre París, cuando recorrí parte de la orilla izquierda del Sena en pleno Síndrome de los afectados por la Sexta Casilla de Vila-Matas.


Es posible —lo pienso ahora con la ventaja de los años y de haber leído a Vila-Matas— que aquel joven tras el paraguas fuese Rimbaud buscando inspiración. O quizá no, quizá era una de las incontables parejas de amantes parisinos que buscaba refugio por miedo a quedarse encerrados en una habitación oscura del París de Cortázar.


El otro recuerdo es en realidad un fotomontaje que reúne dos imágenes, dos portadas de libro en realidad: la de Bartleby el escribiente en edición de Bruguera que encontré en Jerez en 1985, y la de Bartleby y compañía que compré años después, cuando ya me había dejado atrapar por el shandy barcelonés gracias al viaje vertical que me regaló mi mujer —que tenía por costumbre para mi solaz regalar no libros sino escritores.



Todo se conecta. Como si Cortázar lo hubiera planeado así. O mejor dicho, como si lo hubiese improvisado en clave Be bop. Qué horror: entrar en la escritura y comprobar que ya no puedes regresar. Escribir es entonces —como hubiera podido decir Kafka, o Cortázar hablando de Kafka, o Vila-Matas hablando de Cortázar hablando de Kafka, o Bartleby sin hablar de ninguno de ellos— la suma de los intentos de retorno… desde un punto del que no se puede regresar. De ahí que Rimbaud dejara de escribir tan joven y envejeciera solo en la imaginación de Le Clezio, o de Vila-Matas hablando de Le Clezio. 


Lo adictivo de sus libros —de Vila-Matas, no de Le Clezio— al menos desde Virtuosos de la Suspensión, es que puesto que nunca estás seguro de si lo que cuenta es realidad o ficción, por mucho que consultes la Wiki, termina creando una telaraña de personajes y sucesos ambiguos que pueblan la imaginación del que lee y relee y relee sin librarse de la sensación de atravesar una puerta, otra puerta, otra puerta… hasta cuándo… o hasta dónde…


Jesús García Blanca
Contacto: keffet@gmail.com


lunes, 2 de enero de 2017

De K a K

Los últimos libros antes de K comienzan también, de algún modo, por K.

Hacía tiempo que cogía polvo en mi biblioteca, hasta que algo me llevó a cogerlo, sacudirle el polvo y abrirlo. Y sí, debo reconocer que Kafka en la orilla es una estupenda novela, aceptando las claves del mundo narrativo de Murakami, claro, pero estupenda a pesar de todo: se avanza por ella como por un mar espeso, braceando suavemente, lentamente, pero disfrutando de cada nuevo paso, de cada giro de la historia, incluso de los mas anunciados y de los menos justificados, que los hay.

Bufalino en cambio, me decepcionó. Es uno de esos textos recargados, pretenciosos y prescindibles que solo se acaban gracias a su brevedad, un puntito de ingenio y cierto toque añejo que, en fin, te ayuda a cerrarlo con ganas de abrir otro.
 
Y ese otro fue La soledad de los números primos, una adquisición de última hora en el mercadillo de Ex que resultó más entretenido e incluso emotivo de lo que pensaba. Recomendable para los que degustaron Los amantes del círculo polar.

Después, mi viaje a Donosti me procuró dos lecturas de autobús nocturno a cual más gustosa: El quimérico inquilino, una historia de equívocos muy bien hilada y mejor condimentada, y una obra maestra del género negro: La rubia de ojos azules, una historia del mister Hide de Banville resucitando a Chandler, un retorcimiento que a pesar de lo truculento consigue su propósito con maestría y ahí estamos, de vuelta en los cincuenta disfrutando de un Marlowe en plena forma cínica, con trama para pasar páginas a toda velocidad.
 
El libro de Coetze lo compré en Donosti. Ya tenía ganas de algo más, después de que Antonio me regalara Esperando a los bárbaros. Esto es otra cosa, muy otra cosa, pero igualmente compacta, con ese aire de obra menor que uno escribe entre novelón y novelón, sin perder la compostura y sin permitir que tus lectores te abandonen: una reflexión profunda sobre la dignidad.

El folletín o folletón de Gombrowicz no era lo que necesitaba en aquel momento, pero a pesar de ello le metí mano con resultados desiguales: en algunos capítulos ganaba él y en otros me imponía yo; al final no reniego de la lectura pero tampoco lo recomiendo así, con fervor desmesurado.
 
Y lo mismo cabe decir de El contrabajo. Suskind es un autor como muy europeo, muy depurado, muy intimista y con ideas y cosas que decir. Pero aquí, le pudo la sobriedad; lo siento. Gusta, se lee con fruición, uno piensa, joder que bien escribe sobre música, sobre músicos, sobre instrumentos... pero no, no es El perfume ni mucho menos; se parece más a La Paloma, formalmente hablando, aunque no llega tan hondo, no cava tan hondo, no te arrastra tan hondo.


Lo desorden sin embargo es harina de otro costal. Es un peazo libro. Una tras otra, las historias te golpean con fuerza, especialmente la de Antonio Soler, La mano del mundo, que -sin que sirva de precedente- en este caso supera al maestro Vila-Matas metiéndonos por vericuetos emocionales totalmente empapados en creatividad, mundos ocultos, realidades nuevas y mirada retorcida.

Elegí El caso Kurilov para empezar a leer a Némirovsky y quizá elegí mal. Es una buena historia, casi rozando el estilo de un Zweig decadente pero con un punto más negro de amargura vital. Veremos.

Y el auténtico Zweig para terminar. No podía dejar de comprar, ni ya puestos, dejar de leer un librito más sobre libros. Mendel, otro ser llevado a la perdición por los libros, otra historia agridulce del maestro en cuatro hojas y media.

Y de aquí a la relectura de El Proceso y el retorno a los mundos de K, como se verá...

jueves, 29 de marzo de 2012

Contra el día (primer retorno)


La mitad del Dietario Voluble de Vila Matas me devuelve a Pynchon.
¿Por qué? Imposible no saberlo. Imposible explicarlo.
Así que aquí estoy en la página 519 a punto de terminar la segunda parte y adentrarme en Bilocaciones.
¿Qué me tiene reservado el Espato de Islandía? 
¿Cuánto tiempo seré capaz de aguantar esta vez?

lunes, 11 de abril de 2011

Vila-Matas piensa en su arte

Escribir.
Escribir y leer.
Escribir, leer y escribir.
Escribir sobre la escritura y escribir sobre las lecturas y leer sobre escritura y escribir sobre lecturas que tratan sobre la escritura.
Escribir sobre escritores que leen sobre escritores.
Escribir sobre lectores que escriben sobre lectores.
Escribir.
Escribir y escribir y no dormir y leer y escribir.
Transformarse en escritor que se transforma en escritor que escribe sobre escritores que se transforman en lectores que se transforman en libros que se transforman...

En dos palabras: Vila-Matas.