Mostrando entradas con la etiqueta Patrick Modiano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Patrick Modiano. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de diciembre de 2023

Las lecturas de un otoño lleno de claroscuros


Finalizado a últimos de septiembre el ciclo no-correspondencia, no-diarios de lecturas de Kafka la imposibilidad de abandonar siquiera sea rescoldos de su mundo me llevó a las Cartas a Milena. Y así, junto a la Basílica de las Angustias de Granada lei las primeras misivas dirigidas a su traductora.

Quería Kafka comunicarse con el mundo? Quería hacerlo en el momento de escribir y luego se arrepintió? Qué significaba realmente esa lucha contra / con la escritura?

Creía estar dando cumplimiento a un destino? O era absolutamente al contrario: creía luchar sin fuerzas al borde de la enfermedad y la muerte contra un destino que lo condenaba al silencio?

No son todos los miedos uno solo? O dicho de otro modo: no se expresa un miedo de múltiples formas? Quizá el miedo sea algo en sí mismo que busca constantemente la forma de expresarse.

K y yo estamos agobiados, sumidos en la angustia, peleando contra nada —imposible vencer.

K y yo escribimos página tras página sin saber a dónde irá a parar lo que escribimos: será parte de una carta, de un diario, fragmentos de novela, textos que acabarán considerados ficción, fantasía transformada en realidad?

Las cartas de K... las inquietudes de K tal y como las expresa en esas cartas a un ser especial para él... me remueven, me inquietan, me libersan por momentos, me consuelan, me hacen sentir que puedo viajar hasta Praga, Viena, Gmünd... esos lugares en los que aún palpita un rastro suyo.



Si leer a Kafka es una experiencia intensa, leer las cartas que escribió a Milena supone una vuelta de tuerca de enorme intensidad por una razón clave: la personalidad de Milena. Nadie parece haber comprendido a Kafka como ella, nadie lo liberó —momentáneamente, por supuesto— de sus miedos y sufrimientos, y nadie le concedió como ella la posibilidad de confesarse, de abrirse, de expresarse, de retirar sus barreras de protección.

Acabadas esas tremendas cartas, no podía dejar de leer el libro de Margarete Buber-Neumann titulado en su edición original Milena la amiga de Kafka y aquí en traducción de Tusquets simplemente Milena. Pero mientras las inefables agencias de transporte transportaban el libro se me cruzó otro: El último proceso de Kafka, de Benjamin Balint, que resultó ser una apasionante narración del destino de los manuscritos de K, tan retorcido como el de sus alter ego de ficción.

Y la conclusión es que a pesar de todo, no tenemos la certeza de localización de los manuscritos. Cuántos papeles, cuadernos, cartas, andan por ahí en lugares desconocidos llenos de palabras esculpidas por K?



15 de marzo: las tropas alemanas entran en Praga. Recorren la calle principal de la Praga vieja mientras en las aceras la gente mira hacia abajo. Estamos al borde de otra tragedia inminente comparable con aquella?

Si las cartas a Milena son una desgarradora novela de amor, Milena es un testimonio sencillo y brutal de lo que significó la II Guerra Mundial pera millones, pero especialmente para personas sensibles, creativas y solidarias de las que Milena constituye un ejemplo sobrecogedor.



Y en esas llegó el Dia de los Muertos, en este caso no solo de la mano del calendarios sino de primerísima mano en los relatos de mi hijo Olmo que pasó esos días en México en 2021 y recorrió la ruta del Cónsul leyendo Bajo el Volcán.

Y ahora, dos años después casi viajamos con él a beber mezcal en los tugurios de Lowry. 



Eso sí, inevitable pensar en Antonio y en todo lo que nos une como escritores, como lectores y como amigos durante más de cincuenta años.

Pensar en eso es como pulsar un conmutador que dispara imágenes y las veo como en aquellos pequeños juguetes en los que metíamos una diapositiva de plástico y lo mirábamos a contraluz. Son imágenes reales y al mismo tiempo falsas. Reales poirque corresponden a personas y objetos que existen de verdad (o eso creo), y son falsas en el sentido de que están ahí, entre la luz y tu ojo, como flotando en un mar de tiempo irreal que hoy te inunda de alguna forma pero que mañana ya no estará. 

Son imágenes o son memoria? Son recuerdos o imágenes de recuerdos? Todo está ahí. Son al mismo tiempo una cosa y la otra: se unen en el contraluz para cobrar existencia.



Día de los Muertos, dia de Malcolm Lowry, día del Cónsul, día de Bajo el Volcán para siempre.

Una búsqueda que es la nuestra —la de todos los lectores— un viaje que es el nuestro, un recorrido hacia el infierno que repetimos una y otra vez.

Caminamos con Lowry en la noche mágica de Cuahunauac, subimos con el Cónsul a la rueda de la vida, tomamos mezcal en las incontables tabernas bajo el Popo y recorremos el camino iniciático que nos arroja al barranco para comenzar de nuevo al amanecer rogando a la Virgen que nos devuelva el amor perdido.

Y el 3 de noviembre, con la resaca de los muertos una fotografía mostrando una novela recién sacada del horno por Anagrama me lanzó de nuevo a la calle y a mi recorrido habitual de tiendas de libros con un resultado jugoso.



He entrado en el mundo de Benjamin Labatut: solo unos pocos párrafos que me han conducido al abismo. 

MANIAC tiene un arranque magnífico y sus primeras páginas sugieren una novela potente y densa. Creo que tengo un nuevo escritor al que seguir y perseguir

Para que no resulte excesivamente chiripitifláutica la elección de los tres siguientes libros, hay que comprender que los personajes de Labatut son algo así como avatares modernos de los sabios de la antigüedad y que muchos de estos pueblan las páginas de El Segundo Río en cuyo trance de escritura me hallaba en esos momentos.

Esos libros son: una biografía de Kurt Gödel, un recorrido por las ideas de la secta pitagórica y el Apocalipsis de D H Lawrence que incluye frases como esta: "es muchísimo mejor leer un libro seis veces a intervalos, que leer seis libros distintos", o esta: "Un libro solo vive mientras tiene el poder de conmovernos, y conmovernos de una manera distinta, mientras nos parezca diferente cadsa vez que lo leemos".


Regreso a los cuadernos acompañado de dos lecturas simultáneas: Chevreuse, lo último traducido de Modiano y La noche más oscura, que narra la investigación del escritor estadounidense John Evangelist de la misteriosa muerte de Edgar Allan Poe.




sábado, 27 de agosto de 2016

Se acumulan los libros

Se me acumulan las lecturas sin venir aquí a dar cuenta.
Nueve libros entre mayo y agosto: solo tres libros por mes... eso ya dice mucho.
No es mi ritmo; no es el ritmo que yo querría.


A mediados de mayo, La invención de Morel me acompañó por la vieja ruta de los tangos en mi viaje a Jerez. No puedo contar aquí lo que significa eso de la ruta de los tangos y mira que lo siento, pero eso quedará entre mis lectores y yo un día de estos, o un año de estos... o quizá nunca.

Lo que sí que puedo decir es que Bioy Casares me dejó frío.
Una novelita "inteligente"; lo pongo entre comillas para suavizar el efecto, para que parezca que no digo lo que digo, porque de hecho no quiero decirlo.
La leí a destiempo; esa es la explicación.
Quizá hace cuarenta años me hubiera fascinado. No, quizá no, seguro que me hubiera fascinado.
Y ahora tendría el recuerdo de la fascinación en vez de la experiencia de una lectura fallida.
En fin.

Pocos días después me tragué de un tirón esa pequeña joya que había comprado en la Fería del Libro de Gadir mientras llevaba a Morel bajo el brazo y paseaba solitario entre montañas de libros apilados con un descuento del cinco por ciento entre los sólidos muros del Baluarte de la Candelaria.

Los de Olañeta, tan dados a lo meticuloso, han reunido en un librito de poco más de cien páginas tamaño cassette de los de antes, dos narraciones gemelas: Bibliomanía, de Gustave Flaubert y La leyenda del librero asesino de Barcelona, de Miquel i Planas. No sé quién copió a quién, da igual: ambas historias son irresistibles para los que leemos libros incluso mientras dormimos y por tanto entendemos perfectamente eso de que se mate por ellos.


Don DeLillo es otra cosa.

¿Puede uno -quiero decir uno que envidia a Kafka, que no puede sacarse del estómago la obsesión por un músico que firma K, que durante años ha elegido esa letra para quedar atrapado en otros mundos- puedo uno dejar de sentirse atraído por un título como Cero K?

Pues eso: el 23 de mayo, plaf. Lo compro y comienza una experiencia de desasosiego que casi echaba de menos, una inquietud en esos pasillos lisos, vacíos, luminosos. DeLillo te obliga a sentir cosas que quieres apartar de tu vida, que sabes que están ahí, pero a las que no quieres prestarle atención, cosas que quieres postergar... la muerte, el olvido, la permanencia, las relaciones con esas pocas personas cercanas que no quieres perder nunca, sabiendo que "nunca" es una palabra excesiva.

No sé muy bien por qué cogí ese libro de Menéndez Salmón, un escritor que no había leído, que no me proponía leer, así, a corto plazo, que no me atraía nada, que no me tocaba ninguna fibra de esas que te tocan cuando miras los estantes de las librerías, en fin, que eso, que no sé por qué lo cogí, quizá porque hacía calor en el mercadillo y aquel libro solo costaba un euro y total.

O quizá por el brutal impacto de la fotografía de portada con ese soldado tapándose la cara para no mirar el destino reflejado en el rostro de cada lector cuando lee un título como La ofensa.

No, de momento no voy a buscar más libros de Menéndez Salmón; y sí, esta breve narración llenó mis espectativas, estaba a la altura de la mirada del fotógrafo, lo cual es mucho decir.

Una prosa llena de sobriedad y contención que llega a tocar fondo por momentos.


Pocos días después repetí la experiencia de comprar libros al peso en La Palabrería, en el mercado de la Plaza de la Corredera de Córdoba. Esta vez la pequeña joya fue La paloma.

No había vuelto a toparme con Süskind desde que -años ha- leí su perfume y me dejé atrapar por esa prosa barroca que se degusta como esos platos que se tarda veinte veces más en cocinarlos que en comerlos. La paloma es otra cosa. Osea, es Süskind, pero en un ritmo diferente, un ritmo más romántico que barroco, más de clave interna, más psicológico que dicen algunos. No por ello menos recomendable. Todo lo contrario: ideal para esos momentos entre libraco y libraco en los que uno busca algo más directo, más de música de cámara, más de lectura veloz sin caer en lo huero.


Si un libro perdido regresa... no se puede decir que no.
Si un libro decide no llegar a ese destino que se le impuso de modo inoportuno y desaparecer por un tiempo, y finalmente retornar a tus manos cuando menos te lo esperas... no puedes decir que no.
Tienes que dejarlo todo.
Todo.


Sostienes en tus manos esa obra de arte de la edición y ya se te hace la boca agua con lo que viene. El panteón portátil de Impedimenta... El rival de Prometeo... vidas de autómatas ilustres...

Y entre ellos... las máquinas filosóficas, el turco, las máquinas fatales de Hoffmann, Villiers de lÍsle-Adams y Thea von Harbou, y las máquinas postmodernas a la sombra de Philip K. Dick... ¡Ah! ¡Qué disfrute! ¡Qué tremendo disfrute! El papel rugoso, la encuadernación, los tipos de letra, las ilustraciones -empezando por esa portada de inquietante melancolía... y los textos: suculentos, eclécticos, zurumbáticos que diría aquel. En fin, una joya.

Tenía que leer Carpe diem, de Bellow.
Aunque solo fuera para saber de primera mano que a veces las leyendas que acompañan a ciertos títulos no están en absoluto justificadas. Lo acabé por piedad. No diré más.


Y Modiano. Mi dosis de Modiano. La penúltima traducción de Anagrama.
Tres desconocidas.
Tres breves fogonazos de ese cóctel de melancolía que sirve Modiano sin excepción y sin pausa.
"A veces me falla la memoria... esa noche no pude conciliar el sueño... seguramente era por ir siempre por las mismas calles para llegar a ese Barrio Latino que cada vez me parecía más gris..."
Todo el mundo literario de Modiano en unas pocas palabras... siempre las mismas calles, siempre la noche acechando tras la memoria, tras esos pequeños acontecimientos entre la niebla de la postguerra en un París poblado de fantasmas.



lunes, 7 de diciembre de 2015

La emisora Modiano

Sigue, y casi acaba ya, el empeño -feliz empeño- de Anagrama por darnos las palabras de Modiano. Hasta el discurso de recogida del Nobel han editado. No seré yo quien se queje. Espero esos tres libros que faltan, pero espero que tarden en editarlos... o mejor que no tarden, quiero leerlos ya... o no, quizá es mejor que tarden, porque después me quedará únicamente el ritmo de Modiano escribiendo... ¡qué maldición!


Tan buenos chicos es otro retazo de memoria robada y recuperada. Mira que llevo novelas de Patrick, pero en la siguiente me vuelve a coger desprevenido: vuelve a robarme un trozo de pasado para devolvérmelo lentamente en ciento cincuenta páginas tan dolorosas como hipnóticas.

"Hay lugares que imantan las almas que han perdido el rumbo y rocas que la tempestad no inmuta".

Siempre hay una pequeña revelación en cada libro de Modiano.

En Ropero de la infancia, se permite darnos su pequeño truco para componer historias:

"Se trata de tres cuadernos donde había copiado, mirando diarios atrasados, de hace cuarenta años, nombres propios; señas; anuncios por palabras; nombres de caballos de galope plano y de obstáculos y los de sus jockeys y los de sus dueños; anuncios; declaraciones de quiebra, y otras muchas cosas...  Desde las doce de la noche y hasta las seis de la mañana, Mercadié, Simone Delorme o Jacques Lemoine leen extractos de esa gigantesca agenda caducada por los micrófonos de Radio Mundial. Lo hacen durante diez minutos más o menos, al finalizar todos los noticiarios. Las voces de los locutores a esas horas son límpidas y se elevan por encima de un silencio libre de toda interferencia. Entonces entiendo por qué no puedo volver a escribir novelas, por qué he renunciado a la literatura. En adelante, escribir será llenar cuadernos como los tres anteriores, con todos esos detalles heteróclitos y olvidados que un locutor leerá con voz precisa y despertarán un eco en alguien, en París o en el otro extremo del mundo si sintoniza esa emisión remota. Espero a diario la carta de un oyente desconocido que haya respondido a la invitación que Mercadié repite, al micrófono, siempre que lee un fragmento de mis "cuadernos": "Se ruega a toda persona en condiciones de darnos más detalles sobre este asunto que nos escriba".

Un día de estos escribiré a Modiano para contarle que he sintonizado su emisora.

sábado, 26 de septiembre de 2015

Para que no te pierdas

Un Modiano (aún) más depurado


Sí, lo que parecía imposible.
Una trama de noir en la que una vez más la víctima -otro alter ego de Modiano- se busca a sí misma, no quiere encontrarse, pero no puede evitar continuar buscando, caminando por calles olvidadas, visitando casas que quiso olvidar, reencontrando a esas personas que borró de su pasado y que le devuelven claves ocultas para desentrañar la escritura.


martes, 23 de junio de 2015

Luz y oscuridad

Un trimestre de luz y oscuridad.


La novela luminosa te va tomando casi del mismo modo en que los protagonistas de aquel cuento de Cortázar sentían que una presencia "tomaba" su casa.
Cuando te quieres dar cuenta, las cotidianas frustraciones de Levrero han hecho mella en ti de un modo tan peculiar que casi no admite otro adjetivo que no sea "levreriano".
Un prólogo de 450 páginas para una novela de cien... descoloca, como mínimo.
Y para más inri, Levrero cierra así su Prefacio histórico a este inclasificable libro:

"Yo tenía razón: la tarea era y es imposible. Hay cosas que no se pueden narrar. Todo este libro es el testimonio de un gran fracaso. El sistema de crear un entorno para cada hecho luminoso que quería narrar, me llevó por caminos más bien oscuros y aun tenebrosos. Viví en el proceso innumerables catarsis, recuperé cantidad de fragmentos míos que se me habían enterrado en el inconsciente, pude llorar algo de lo que habría debido llorar mucho tiempo antes, y fue sin duda para mí una experiencia notable. Leer eso sigue siendo para mí removedor y un terapéutico. Pero los hechos luminosos, al ser narrados, dejan de ser luminosos, decepcionan, suenan triviales. No son accesibles a la literatura, o por lo menos a mi literaturas. Creo en definitiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector".


Más luz en Samarcanda. Uno de esos libros que se lee con agrado, que te transporta a esos lugares que ya casi solo habitan en la imaginación.

Y un entrañable pequeño tesoro: La joya de las siete estrellas, un librito oscurecido totalmente por la sombra de Drácula, pero que depara momentos de emoción serie B que me transportan a mis primeras lecturas de Poe.

Confieso que cometí el error de aprovechar un buen precio de segunda mano para hacerme con la primera parte de la Trilogía Southern Reach y averiguar si tanto marketing estaba justificado. Veredicto: no, no está justificado, pero sí, me he quedado con ganas de leer las otras dos.

Hay un momento mágico en cada excursión a librerías de segunda mano, y es ese breve instante en el que divisas, aún sin creértelo del todo, ese título o aquel autor que en esos momentos te está alimentando de espera, te está carcomiendo con sus futuras páginas. En mi caso, era Levrero, y en una librería perdida en la sierra de Madrid, hete que me topo con dos, no uno, sino dos, libros suyos casi inencontrables: Dejen todo en mis manos una pequeña pieza maestra que se lee como novela negra pasada por el cinismo, el humor negro y la capacidad de asombro cotidiano de Levrero, y El discurso vacío (que aún espera turno).


Y de remate, Modiano. Cómo me alegro -¡casi me avergüenzo al decirlo!- de que le dieran el Nobel... esto no para. Y ya acumulo cuatro en cola, dos de ellas leídas o releídas: Domingos de agosto y Una juventud. ¿Qué decir de ellas? Especialmente emotiva la primera, que además se convierte en una lección rotunda de cómo -en qué orden- hay que contar una historia.

martes, 24 de marzo de 2015

Modiano a pesar del Nobel

Podría haberme negado a leer a Modiano desde el momento en que le dieron el Nobel. Es la tercera vez que me pasa: a uno de mis escritores le colocan esa etiqueta imposible de ignorar y todo el mundo se lanza a comprarlo.



García Márquez, Kenzaburo Oé, y ahora Modiano, el que más desprevenido me ha cogido, hasta el punto de que ni él mismo entiende por qué ese galardón que lo ha llevado al atril de una sala rococó.

¿Qué tendría que hacer a partir de ahora? ¿Esconder la portada de los libros en las cafeterías? ¿Darme un tiempo hasta que la moda pase? Pues no. Más bien hice lo contrario: aprovechar el tirón de traducciones y reediciones y hacerme con todo lo que no tenía.

Pero respetando un poco, el orden -caótico- de lectura desde mi última entrada, tendría que consignar primero Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez, en cuyas páginas me topé esta maravillosa declaración que me estremece como lector y como escritor: "Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió".

Dos novelitas poderosamente cautivadoras encontradas mediante ese azar que no sé por qué seguimos denominando azar: El palacio de los sueños El monstruo, me han servido para hacer un aperitivo de Ismaíl Kadaré, a quien llevaba rondando hace tiempo.

Y en esto se me cruzó un envío de mi amigo Raúl de la Rosa, que acababa de editar La sombra del samuraí. 47 Ronin, donde vuelve a incidir en su retorno a oriente y a sencillas y profundas enseñanzas tradicionales que viene difundiendo hace años.

Mi obligado respiro de género negro, en esta ocasión muy espartano: Huesos en el jardín, un brevísimo apunte de Mankell que se resiste a despedirse de Wallander, y uno de esos caprichillos que uno se da no se sabe muy bien por qué, uno de esos libritos intrascendentes que algo te impulsa a leer y que incluso acabado sigues sin saber a qué venía tanta insistencia inefable: La miel de los ángeles, de un tal Vanghelis Hadziyannidis.


Y ahora sí, el retorno de ModianoLa hierba de las noches, lo ultimísimo con Patrick en plena forma: sugerente, magistral en la aparente simplicidad de meandros sin término, intenso, con ese dominio total del narrar como si fuera lo más fácil del mundo. Y después, en las semanas que siguieron, un repaso a lo ya leído y nuevas exploraciones de la noche, nuevas caminatas por París, nuevos encuentros y desencuentros con ese aliento de pasado que no puede olvidarse aunque no sea tuyo: Dora Bruder, El Horizonte, El libro de familia, El café de la juventud perdida, Un pedigreé, Accidente nocturno, Más allá del olvido.


Acabado Modiano, era díficil -me ocurre siempre que vuelvo a él- leer literatura. Así que me abandoné a mis lecturas de trabajo. Me hizo regresar, Muerte por agua, otra exploración del pasado familiar que obsesiona hace milenios a Kenzaburo Oé, que no supera a M/T, pero sí a los últimos libros suyos traducidos en España.

Y ahora... ahora... La novela luminosa.

lunes, 21 de abril de 2014

Los libros de los que no he podido hablar

He interrumpido la lectura de La senda del Chamán, de mi amigo Raúl de la Rosa, para rendir un homenaje a Gabo releyendo 35 años después de la primera vez Cien años de soledad: ¡qué menos!

Volver por aquí, por las escrituras de la noche, me ha hecho recordar que llevaba un tiempo sin dejar constancia de mis lecturas a los conocidos y desconocidos visitantes que según el contador que instalé superan las 7000 visitas: o tengo muchos huéspedes o unos pocos fieles y persistentes.

Antes de toparme con el Chamán, acaba de salir de las manos maestras de Salter y su tremenda capacidad de trasmisión descarnada: Juego y distracción, Años luz y Todo lo que hay -ejercicios de contención donde los haya.

Y antes, Los 47 ronin, también de Raúl de la Rosa, pero atentos, muy alejado de la peli que por estos meses protagoniza Keanu Reeves, porque Raúl no quiere entretenernos, sino más bien lo contrario, lo que lleva muchos años haciendo: explorar los caminos interiores.

Y antes, El mar de las Sirtes: ese Julien Gracq más allá de los premios y más acá de lo posible, de un texto que pueda sostenerse en el tiempo -definitivamente difícil, pero no por complejo, sino por distante.

Y antes, las 1500 páginas de El libro de los susurros. Sí, es cierto que el libro magníficamente editado por Pre-Textos tiene 750 páginas, pero esta herida de Varujan Bosganian se ha convertido en el primer libro que comienzo inmediatamente después de acabar, sin pausa, sin posibilidad de abrir otro, de salir de ese mundo terrible y hermoso que penetra como el aliento de duduk, como el aroma del café molido interminablemente, como la perseverancia épica de Misak Torlakian, como el horror de los círculos del infierno o la ternura del abuelo Garabet.

Y antes, entreveradas con otros libros mayores y menores, una novela negra de tanto en tanto: Misterioso (una decepción) de Arne Dahl; El secreto de Christine y El otro nombre de Laura, las dos primeras esquirlas de Bejamin Black (nada decepcionantes sino todo lo contrario); Una noche no (pretencioso sin más jugo) de Goran Tocilovac; Los años perdido de Sherlock Holmes de un tal Jamyang Norbu (que no, que no hay manera de llegar a la altura de Sir Arthur); La (aburrida) sombra de Poe, de Matthew Pearl; la meticulosa reconstrucción de un caso de Conan Doyle (que no de Holmes) realizada por Julian Barnes en Arthur y George; un soplo de aire fresco de Fred Vargas (a quien seguiré la pista): La tercera virgen; y el regreso al origen: la maravillosa investigación de Daniel Stashower sobre Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera (absolutamente recomendable).

Y antes o después o al mismo tiempo, cerrando y abriendo las páginas de uno u otro: El momento de la sensación verdadera (una obra menor de Peter Handke); El viajero de Agartha, peculiar contraaventura de Abel Possé (que vino a mis manos y no pude dejar de mirar); la a ratos entretenida, misteriosa y más prometedora que cumplidora Yagudín, de Phillip Segur; el impacto de las historias pequeñas y redondas que luego gusta contar a otros: Novela de ajedrez, de Stephan Zweig; dos navegaciones de Alvaro Mutis: La nieve del almirante y Ilona llega con la lluvia; La leyenda del santo bebedor de un alucinado Joseph Roth; una sobrevalorada penúltima novela de Vila-Matas: Aire de Dylan y la pequeña joya del minimalista Echenoz: 14.

Y vuelta atrás, me refiero a los autores que veneré y que no puedo evitar en los cruces de caminos: Antes del fin (otra vez) de Sabato y la sorprendente Corrección de pruebas en la alta Provenza, de Cortázar encerrado en su legendaria Volkswagen.

Y entretanto, lectura y relectura de Modiano: Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Perro de primavera, Un circo pasa. La dosis necesaria para volver a pisar el territorio vedado de un pasado entre desconocido, inquietante y lleno de la amargura de la pérdida o el extravío.

¿Más? Quizá... algo habré olvidado entre tanta página vibrante.
Pero ahora camino hacia otro lado...


martes, 27 de marzo de 2012

Modiano, Echenoz, Michon

¿Qué lector que se precie -quiero decir que se precie de ejercer es grandiosa ocupación- no está en un momento u otro perdido en alguna parte de alguna de esas grandísimas novelas de Pynchon?



Interrumpí Contraluz para caminar por senderos cortos de ida y vuelta. Pero antes de regresar me topé con La Broma Infinita, que a su vez interrumpí para caminar nuevos senderos de los que aún no he regresado del todo -ni a Wallace ni a Pynchon:



La brevísma y concentrada narración -que no novela- de Michon, El orígen del mundo, que parece rozarte la mejilla con un frío cortante; la menos breve pero más accesible -aunque admito que algo decepcionante en su tramo final- Relámpagos; y la enorme -no por el tamaño, claro, Trilogía de la ocupación de Modiano.


Aquí tengo que hacer un punto y aparte.

Modiano es mucho para mí. Es como caminar sin rumbo por una ciudad desconocida y detenerse de tanto en tanto a tomar una copa en un local extraño en el que constantemente nos parece haber bebido toda la vida. Me preguntó qué haré cuando haya leído todas las novelas de Modiano... ¿Empezar de nuevo? ¿Viajar a París? ¿Confiar en que su ritmo de escritura supere a los empeños editoriales de traducción o a mi propia capacidad para conseguir los libros?

Terrible dilema.