sábado, 27 de agosto de 2016

Se acumulan los libros

Se me acumulan las lecturas sin venir aquí a dar cuenta.
Nueve libros entre mayo y agosto: solo tres libros por mes... eso ya dice mucho.
No es mi ritmo; no es el ritmo que yo querría.


A mediados de mayo, La invención de Morel me acompañó por la vieja ruta de los tangos en mi viaje a Jerez. No puedo contar aquí lo que significa eso de la ruta de los tangos y mira que lo siento, pero eso quedará entre mis lectores y yo un día de estos, o un año de estos... o quizá nunca.

Lo que sí que puedo decir es que Bioy Casares me dejó frío.
Una novelita "inteligente"; lo pongo entre comillas para suavizar el efecto, para que parezca que no digo lo que digo, porque de hecho no quiero decirlo.
La leí a destiempo; esa es la explicación.
Quizá hace cuarenta años me hubiera fascinado. No, quizá no, seguro que me hubiera fascinado.
Y ahora tendría el recuerdo de la fascinación en vez de la experiencia de una lectura fallida.
En fin.

Pocos días después me tragué de un tirón esa pequeña joya que había comprado en la Fería del Libro de Gadir mientras llevaba a Morel bajo el brazo y paseaba solitario entre montañas de libros apilados con un descuento del cinco por ciento entre los sólidos muros del Baluarte de la Candelaria.

Los de Olañeta, tan dados a lo meticuloso, han reunido en un librito de poco más de cien páginas tamaño cassette de los de antes, dos narraciones gemelas: Bibliomanía, de Gustave Flaubert y La leyenda del librero asesino de Barcelona, de Miquel i Planas. No sé quién copió a quién, da igual: ambas historias son irresistibles para los que leemos libros incluso mientras dormimos y por tanto entendemos perfectamente eso de que se mate por ellos.


Don DeLillo es otra cosa.

¿Puede uno -quiero decir uno que envidia a Kafka, que no puede sacarse del estómago la obsesión por un músico que firma K, que durante años ha elegido esa letra para quedar atrapado en otros mundos- puedo uno dejar de sentirse atraído por un título como Cero K?

Pues eso: el 23 de mayo, plaf. Lo compro y comienza una experiencia de desasosiego que casi echaba de menos, una inquietud en esos pasillos lisos, vacíos, luminosos. DeLillo te obliga a sentir cosas que quieres apartar de tu vida, que sabes que están ahí, pero a las que no quieres prestarle atención, cosas que quieres postergar... la muerte, el olvido, la permanencia, las relaciones con esas pocas personas cercanas que no quieres perder nunca, sabiendo que "nunca" es una palabra excesiva.

No sé muy bien por qué cogí ese libro de Menéndez Salmón, un escritor que no había leído, que no me proponía leer, así, a corto plazo, que no me atraía nada, que no me tocaba ninguna fibra de esas que te tocan cuando miras los estantes de las librerías, en fin, que eso, que no sé por qué lo cogí, quizá porque hacía calor en el mercadillo y aquel libro solo costaba un euro y total.

O quizá por el brutal impacto de la fotografía de portada con ese soldado tapándose la cara para no mirar el destino reflejado en el rostro de cada lector cuando lee un título como La ofensa.

No, de momento no voy a buscar más libros de Menéndez Salmón; y sí, esta breve narración llenó mis espectativas, estaba a la altura de la mirada del fotógrafo, lo cual es mucho decir.

Una prosa llena de sobriedad y contención que llega a tocar fondo por momentos.


Pocos días después repetí la experiencia de comprar libros al peso en La Palabrería, en el mercado de la Plaza de la Corredera de Córdoba. Esta vez la pequeña joya fue La paloma.

No había vuelto a toparme con Süskind desde que -años ha- leí su perfume y me dejé atrapar por esa prosa barroca que se degusta como esos platos que se tarda veinte veces más en cocinarlos que en comerlos. La paloma es otra cosa. Osea, es Süskind, pero en un ritmo diferente, un ritmo más romántico que barroco, más de clave interna, más psicológico que dicen algunos. No por ello menos recomendable. Todo lo contrario: ideal para esos momentos entre libraco y libraco en los que uno busca algo más directo, más de música de cámara, más de lectura veloz sin caer en lo huero.


Si un libro perdido regresa... no se puede decir que no.
Si un libro decide no llegar a ese destino que se le impuso de modo inoportuno y desaparecer por un tiempo, y finalmente retornar a tus manos cuando menos te lo esperas... no puedes decir que no.
Tienes que dejarlo todo.
Todo.


Sostienes en tus manos esa obra de arte de la edición y ya se te hace la boca agua con lo que viene. El panteón portátil de Impedimenta... El rival de Prometeo... vidas de autómatas ilustres...

Y entre ellos... las máquinas filosóficas, el turco, las máquinas fatales de Hoffmann, Villiers de lÍsle-Adams y Thea von Harbou, y las máquinas postmodernas a la sombra de Philip K. Dick... ¡Ah! ¡Qué disfrute! ¡Qué tremendo disfrute! El papel rugoso, la encuadernación, los tipos de letra, las ilustraciones -empezando por esa portada de inquietante melancolía... y los textos: suculentos, eclécticos, zurumbáticos que diría aquel. En fin, una joya.

Tenía que leer Carpe diem, de Bellow.
Aunque solo fuera para saber de primera mano que a veces las leyendas que acompañan a ciertos títulos no están en absoluto justificadas. Lo acabé por piedad. No diré más.


Y Modiano. Mi dosis de Modiano. La penúltima traducción de Anagrama.
Tres desconocidas.
Tres breves fogonazos de ese cóctel de melancolía que sirve Modiano sin excepción y sin pausa.
"A veces me falla la memoria... esa noche no pude conciliar el sueño... seguramente era por ir siempre por las mismas calles para llegar a ese Barrio Latino que cada vez me parecía más gris..."
Todo el mundo literario de Modiano en unas pocas palabras... siempre las mismas calles, siempre la noche acechando tras la memoria, tras esos pequeños acontecimientos entre la niebla de la postguerra en un París poblado de fantasmas.



viernes, 24 de junio de 2016

Sobre héroes y tumbas, tantos años después...


Una vez más, la noche de brujas me lleva a Sabato.



sábado, 21 de mayo de 2016

Encuentros secretos con Kobo Abe

"Una mañana de verano, llegó una ambulancia sin que la solicitaran y se llevó a la esposa del hombre".

Así, de este modo que, al menos en la traducción castellana, parece calcado del proceso kafkiano, casi comienza Encuentros secretos, mi segundo viaje al mundo interior de Kobo Abe.

Y, así, impregnado de esa descarnada poesía de la que difícilmente puedan encontrarse ecos literarios aunque sí cinematográficos -como demuestran las imágenes que acompaño- casi acaba mi tercer viaje, El hombre caja:

"En el momento en que te toco la piel con los dedos, el tiempo se congela para que llegue la eternidad. Bajo el dolor acarreado por el viento caluroso, me aplicarán un método de transformación corporal que me dejará marcas imborrables hasta la muerte..."


Tres viajes inquietantes.
Tres exploraciones para avezados lectores.
Tres encuentros con Kobo Abe.
Miradas desde la oscuridad.

Una prosa contenida: las arenas impasibles, los pasillos de un hospital que parece abarcar la realidad entera contenida entre las páginas, el interior tan exiguo como equívoco de una caja de cartón.

Son irrealidades paralelas. Mundos claustrofóbicos, exasperantes.
Casi imposible leerlos a grandes dosis: hay que respirar profundamente entre página y página, incluso releer fragmentos enteros, casi extasiándose en lo que Abe nos sugiere de modo retorcido y brutal.






Imágenes del director japonés Hiroshi Teshigahara

lunes, 18 de abril de 2016

 De vuelta al mundo de Kobo Abe...


Hace unos años que cayó en mis manos (desde lo alto de una estantería de libros en una de mis habituales de segunda mano), esta magnífica edición de La mujer de la arena.

Una experiencia fascinante.
Muy similar al estado de tensión en el que te coloca Kafka.
Sí, claro, temperamentos distintos, culturas distintas, recorridos vitales distintos.
Pero esa sensación de que algo terrible esta ocurriendo mientras el narrador continúa impasible.
Esa contradicción entre lo aparente y el pulso que late por debajo.
Por supuesto que anoté a su autor en mi lista mental de más buscados.
El tiempo pasó y no volví a toparme con él.


Y ahora, de repente, Encuentros secretos.
Ahí estoy...






miércoles, 13 de abril de 2016

La pesquisa de Rayo Verde

A Juan José Saer hay que leerlo despacito.

Con ese regusto que proponen ciertos platos de condimentación sutil.
Y eso que en este caso, me aventuro, no estamos ante una de sus grandes novelas, sino ante un experimento, no sé si divertimento (del autor, no del lector), o ante una de esas fugas de material que sufrimos a veces quienes escribimos durante muchos años... ciertos textos se nos van de las manos y no hay quien los discipline.

No, no es "una novela de género", como dicen...
Es una novela.
Eso sí: laberintos, historias dentro de historias, giros efectistas, personajes duros, sangre, vísceras... pero todo ello arropado por un lenguaje nada habitual en los lares de género.
Lástima que de las dos historias, la que más prometía es la que queda abandonada, así, sin mas.

Habrá que buscar más Saer...



lunes, 11 de abril de 2016

¿Se puede vivir sin leer?


[20 de marzo]

Acabo de ver que mi última visita a este blog fue el 7 de diciembre.
Casi cuatro meses de ausencia pues.
En ese tiempo ha ocurrido algo inaudito en mi vida de lector.
No podía leer.
Lo he dicho del modo más sintético y claro posible.
Pero sí, era eso: no podía leer. Pasaban los días y no lograba empezar un nuevo libro.
No es casualidad que eso ocurriera mientras estaba redactando la novela que me propuse escribir en el cuaderno de piel de cocodrilo y que me ha llevado dos meses -desde el 2 de enero al 9 de marzo- de intensa experiencia de lucha con el cálamo y las hojas.
Antes, nunca había dejado de leer mientras escribía.
Tendré que reflexionar sobre ello.

Entretanto, consigno las lecturas de estos tres meses (con el paréntesis de esos pocos días mencionados en los que tan solo inicié las primeras frases de varios libros o quise reconducir alguno de los que había ido dejando a medias en el camino, todo ello sin éxito):


La lucecita, de Antonio Moresco: un aperitivo de un escritor que promete un mundo literario. Habrá que estar atentos a la traducción de sus monumentales obras. vértigo de paginas!

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, otra de las pequeñas joyas de Zweig que este caso ha sido un puente magnífico para volver a la lectura.

[11 de abril]

Y ya despegando otra vez, arranco con Juan José Saer y su Pesquisa, y ya se me apilan en la mesa dos suculentas propuestas del inquietante Kobo Abe y la ultima traducción anagramesca de Modiano. Veremos...

lunes, 7 de diciembre de 2015

La emisora Modiano

Sigue, y casi acaba ya, el empeño -feliz empeño- de Anagrama por darnos las palabras de Modiano. Hasta el discurso de recogida del Nobel han editado. No seré yo quien se queje. Espero esos tres libros que faltan, pero espero que tarden en editarlos... o mejor que no tarden, quiero leerlos ya... o no, quizá es mejor que tarden, porque después me quedará únicamente el ritmo de Modiano escribiendo... ¡qué maldición!


Tan buenos chicos es otro retazo de memoria robada y recuperada. Mira que llevo novelas de Patrick, pero en la siguiente me vuelve a coger desprevenido: vuelve a robarme un trozo de pasado para devolvérmelo lentamente en ciento cincuenta páginas tan dolorosas como hipnóticas.

"Hay lugares que imantan las almas que han perdido el rumbo y rocas que la tempestad no inmuta".

Siempre hay una pequeña revelación en cada libro de Modiano.

En Ropero de la infancia, se permite darnos su pequeño truco para componer historias:

"Se trata de tres cuadernos donde había copiado, mirando diarios atrasados, de hace cuarenta años, nombres propios; señas; anuncios por palabras; nombres de caballos de galope plano y de obstáculos y los de sus jockeys y los de sus dueños; anuncios; declaraciones de quiebra, y otras muchas cosas...  Desde las doce de la noche y hasta las seis de la mañana, Mercadié, Simone Delorme o Jacques Lemoine leen extractos de esa gigantesca agenda caducada por los micrófonos de Radio Mundial. Lo hacen durante diez minutos más o menos, al finalizar todos los noticiarios. Las voces de los locutores a esas horas son límpidas y se elevan por encima de un silencio libre de toda interferencia. Entonces entiendo por qué no puedo volver a escribir novelas, por qué he renunciado a la literatura. En adelante, escribir será llenar cuadernos como los tres anteriores, con todos esos detalles heteróclitos y olvidados que un locutor leerá con voz precisa y despertarán un eco en alguien, en París o en el otro extremo del mundo si sintoniza esa emisión remota. Espero a diario la carta de un oyente desconocido que haya respondido a la invitación que Mercadié repite, al micrófono, siempre que lee un fragmento de mis "cuadernos": "Se ruega a toda persona en condiciones de darnos más detalles sobre este asunto que nos escriba".

Un día de estos escribiré a Modiano para contarle que he sintonizado su emisora.

Una introducción a Coetzee

Desde que mi compañero de búsquedas, encuentros, lecturas, escrituras y cervezas me regaló en Madrid el pequeño libro de Coetzee, Esperando a los bárbaros, mantenía una cierta inquietud por clavarle el diente.

El problema de estos libros es que te regalan un escritor, o lo que es lo mismo, te regalan el ansia de comprar otro montón de libros.

"¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los imperios tienen la culpa! Los imperios han creado el tiempo de la historia, Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y del fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia de los imperios solo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastres: saqueo de ciudades, aniquilamientos de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación".

Lo que decía: un escritor.

Impresiona la meticulosa descripción de la crueldad, no como ejercicio de provocación, sino como ingrediente clave para la denuncia que evidentemente pretende. Pero lo más delicioso es asistir a las consecuencias terribles que tiene detentar el sentido común en mitad de la locura.

De momento, dejo aquí a Coetzee. Buscaré, compraré, sus libros me encontrarán muy pronto.



lunes, 2 de noviembre de 2015

El obsceno pájaro 35 años después

El obsceno pájaro de la noche
Una lectura "a cuatro manos" 35 años después...

Ñ y yo somos amigos desde hace la friolera de 45 años y cómplices de perpetrar lecturas conjuntas casi casi desde entonces. Leímos a Donoso al calor del boom bajo los auspicios litúrgicos de nuestro querido profesor Miguel Teruel. Ninguno de los dos consiguió hacerse con la edición de Seix Barral: yo la leí en una horrible edición de bolsillo y Ñ prestada. Treinta y cinco años después, un fogonazo del destino puso en nuestras manos sendos ejemplares de la codiciada edición...

J
23 de septiembre de 2015 17:24
Asunto: Allá voy...

Adjunto:




















Ñ
23 de septiembre de 2015 21:54

Recomencemos  entonces el segundo viaje juntos, 35 años después.

Adjunto:



















J
23 de septiembre de 2015 22:33

Jo... der....


J
25 de septiembre de 2015 20:18
Asunto: El obsceno pájaro de la noche... 35 años después

"Misia Raquel Ruíz lloró muchísimo cuando la Madre Benita la llamó por teléfono para contarle que la Brígida había amanecido muerta".

Un arranque aparentemente insulso que no puede compararse con el de Cien años, Rayuela o Sobre héroes... un principio de los que no se memorizan, de los que no quedan ahí en la colección de esos pequeños prodigios de los maestros... pero ¿quién iba a suponer hace 35 años, cuando sostenía entre mis manos aquel ejemplar cutre -única edición que pude permitirme entonces- lo que vendría tras esas palabras, lo que nos aguardaba tras los muros de la Casa, en los pasillos interminables de la imaginación de Donoso confundida con la nuestra?

Ahora sin embargo, no. O sí. Depende.

Ahora no tengo -no tenemos- por delante esa maravillosa inopia de los miles de renglones por leer, con palabras desconocidas que prometen un mundo...

Ahora sabemos lo que pasa, lo que pasó, lo que está pasando.

Claro que depende de la memoria, y la memoria es traicionera, débil, caprichosa, desordenada, confusa, ilógica, incoherente... como Donoso, como la escritura de Donoso, como las 543 páginas nacidas de la locura, la necesidad, la enfermedad y el dolor de crear... como en los viejos tiempos... boom! Allá vamos...

[Google: Este mensaje es importante por un motivo difícil de explicar.]


Ñ
26 de septiembre de 2015 12:26
Asunto: Re: El obsceno pájaro de la noche... 35 años después

Las dejo venir, llegar hasta a mí, una a una, las quinientas cuarenta
y tres páginas, en una especie de espera catártica; como antes de ingerir una droga,
pendiente del momento en que el mundo empieza a cambiar, a moverse
lentamente a otra dimensión con otros olores, que de alguna manera 
son tus olores, pero no, a recorrer lugares inexplorados donde todo pude acaecer.

Y la gran incógnita como una espada que cuelga sobre cada párrafo: 
¿En que momento comenzará a surtir efecto?

¿Se producirá el sortilegio como antaño, o será un obstáculo la miríada de libros
que nos habitan? 

¿Terminaremos su lectura con los ojos
heridos por la fascinación?

En una ocasión oí a alguien decir: "Nunca vuelvas a Macondo".
Nosotros, como en los viejos tiempos, ya vamos de camino...


J
26 de septiembre de 2015 12:04
Asunto: La portada

Qué importante es la portada de un libro!

La edición, el tacto, el tamaño, la forma, el grosor, el tipo y tamaño de letra, la sangría... pero sobre todo -nunca mejor dicho- la portada.

Todas las sensaciones que provoca la lectura quedan atadas para siempre a esa imagen que contemplas cada vez que lo abres y lo cierras, cada vez que lo coges para sacarlo al café o para pasearlo protegido bajo la lluvia o para sostenerlo entre las manos mientras palpitan en su interior vidas desconocidas.

Así, las hojas secas de Macondo, el rostro eternamente joven de Julio, aquella estatua semienterrada y sobre todo el angel en penumbra...

Pero me resistí siempre a vincular la portada de aquella edición de bolsillo en la que me vi obligado a leer el obsceno pájaro de Donoso con el discurso retorcido del mudito, y conservaba en mi memoria la imagen de la edición de Barral de los setenta, la imagen del libro que debí comprar, la que he recuperado treinta y cinco años después en un rastro perdido en el sur de la península: ahí está de nuevo ese saco rasgado mirándome desde la oscuridad, ese rostro desfigurado, inefable, inquietante, que surge de la noche, de la memoria resbaladiza, de las consejas de viejas, de la voz callada, del silencio de la Casa, del fondo de la cabeza del gigante, de las entrañas de Donoso.

El rostro sin forma ni identidad del monstruo cosido que susurra la novela.



Ñ
El 26 de septiembre de 2015 13:10
Asunto: Re: La Portada

Yo lo leí de prestado en esta edición que hoy al fin se encuentra en nuestro haber. 
Una edición a la que ambos hemos tenido acceso, media vida después
y con muy poca diferencia de tiempo entre ambas adquisiciones.. 

Las portadas de Barral desprendían, como las de Hipnosis en los discos,
un irresistible halo de misterio, que te obligaba de alguna manera
a sujetar el libro entre tus manos y clavar en él la mirada 
succionados por una fuerza inexplicable. Algo indefinible como de otro mundo,
como del otro lado del agujero negro,
o peor aún de lo que uno se imagina que pudiera tener lugar
de ese otro lado del agujero negro.

Y la portada del este pájaro obsceno en mitad de la noche, siempre fue
para mi una de las más sugerentes. 

Si te la imaginas filmada por David Linch en un zoom muy lento
con música de Badalamentí, puede ser terrorífica.

Ese saco rasgado, esos agujeros que se te clavan como una espada.
Agujeros por los que puede aparecer la ignominia, nuestros peores miedos.

Nueve orificios cosidos, los ojos cosidos, el sexo cosido, el culo cosido,
la boca, las narices, los oídos, todo cosido...

Le echo un vistazo a mi ejemplar, lo tomo entre mis dedos,
lo manoseo, jugueteo con sus páginas...
y tengo la impresión de que por fin está en casa.


Ñ
27 de septiembre de 2015 20:52

Ayer leí que Donoso había sufrido mucho
a causa de su homosexualidad, no resuelta.

En una carta a una antigua novia suya, reconocía
la envidia que sentía, cuando observaba la complicidad amorosa 
entre una pareja de amigos suyos, ambos hombres.

También era consciente de que exhibir su homosexualidad
ante los demás,lo hubiera destruido, ya que no la tenía asumida.

El vivir con esta contradicción constante, convirtió su vida
en una especie de descenso al maelstrom, marcada por el alcoholismo,
la paranoia, los fármacos antidepresivos y por la carga de culpabilidad pertinente
como consecuencia del suicidio de su mujer.

Ser conocedor de todo esto, 
(así como de otros escritores como García Márquez, Cortázar o Vargas Llosa,
conocía detalles de sus vidas, de sus personalidades, la figura de Donoso siempre
estuvo fuera de foco, ni siquiera sabía que había muerto en 1996).

Ser conocedor de todo esto,tinta de una mayor carga de verdad,
lo que en principio pudo ser simplemente
ficción obsesiva y hace que de alguna manera haga mío
el dolor que traspasa El obsceno pájaro de la noche.

J
28 de septiembre de 2015 21:22

Sí, es cierto que nunca supimos mucho de Donoso.

Las vidas un poco excesivas de Gabo y Cortázar, tan míticos ellos, tan rebeldes, oscurecieron a quien por mucho tiempo fue para mí el autor de Casa de Campo.

Del resto, solo llegué a leer El lugar sin límites, y después, claro, El obsceno pájaro de la noche.
Pero Donoso siguió siendo apenas un barbas con gafotas que había escrito no una sino dos novelas cumbre.

Y al principio fluctuaba entre las dos para decidir cuál podría ser su novela, su Cien años, su Rayuela, su Sobre héroes, su Terra nostra... y cual recomendar, y cual colocar en ese estante imaginario con las obras esenciales, y cual releer... y no releí ninguna de las dos... hasta ahora.

Es un fenómeno extraño este de la relectura.

Creo que tiene que ver con los tiempos: escuchamos un tema o un disco una y otra vez, y lo sentimos tan cercano, tan inmediato...

Pero si queremos releer un libro al cabo de un tiempo, todo cambia: cambiamos nosotros y cambia el libro.

Es la diferencia entre ver crecer día a día a nuestro hijo y ver al hijo de un amigo al que reencontramos unos años después: esta ahí, es él, se llama igual, es su cara... pero algo ha cambiado, o mucho, o casi todo; ha dejado de ser un niño y ahora es un tiarrón.

Quizá por eso nos resistimos a releer, porque sabemos que no vamos a leer el mismo libro, porque sabemos que no somos el mismo que lo leyó.

Y es que no releemos libros mediocres, divertidos, de consumo rápido... si vamos a sacrificar el tiempo de un libro, si vamos a perder para siempre un libro por la cola de lectura, tiene que ser para releer algo grande, y cuanto más grande, más jodida la decisión.

¿Qué libro podría soportar el desafío de llenarte más de una vez?

Y aquí estamos, metidos en este berenjenal 35 años después... ¡35 años después!

¿Pasará la prueba? 

Porque si la pasa, igual hasta nos animamos... no sé... ¿con Terra Nostra?


Ñ
30 de septiembre de 2015 20:13

No recordaba algo que ahora que releo y después
de mucha páginas escarbadas a lo largo de los años,
me doy cuenta que es único, no lo he visto en ningún
otro autor:

Es un juego que hace el amigo Pepe entre los narradores. 

Es acojonante, en una sola página y hablando del
mismo tema, puede pasar del punto de vista de un narrador a
otro sin aviso previo. Así por ejemplo puede estar hablando el Mudito,
tres lineas más abajo es la Damiana quien continua en primera persona
hablando sobre la misma la idea, dos líneas más y es Iris Mateluna
quien toma la linea de pensamiento, 
y en un momento dado hasta una cabeza de cartonpiedra
entra en este juego delirante y expresa con pesar como la están pateando,
quejándose del dolor que siente en las orejas debido a los golpes.

Todo esto lo hace magistralmente con la mayor naturalidad.
Hay que reconocer que es arriesgado y que en algún momento te
preguntas quien coño está hablando ahora.

Pero en honor a la verdad acabas cogiéndole en tranquillo y el gustillo.

By the way Terra Nostra son palabras mayores,es cosa para exploradores del
abismo, veamos como resulta este primer remonte.

¿Seremos capaces de levantarnos de las vías del tren con los ojos
del Alfredo al final de Novecento?

J
1 de octubre, 2015 20:10

Yo recordaba vagamente que había unos cambios de narrador...
Pero no hasta qué punto hace aquí Donoso esto que efectivamente es único: yo tampoco lo he visto nunca ni tengo noticia de que se haya hecho.

La sensación es desconcertante y poderosa a un tiempo, es admirable y desasosegante, pero siempre controlada; es una sensación tan fluctuante y veloz como cuando mueves el haz de una linterna, como si las conciencias de los narradores se mezclaran y todo el torrente de pensamiento se dislocara, se retorciera alrededor tuyo atrapándote y haciéndote sentir que lo que tardas minutos o un buen rato en leer hubiera durado apenas un instante, un instante lleno de voces, de imágenes.

Una vez más, la oscuridad de la portada, los agujeros deformes, el pozo negro que se adivina detrás de ese saco cosido como los nichos raptados.

Una herramienta única que procura emociones únicas.
  

Ñ
3 de octubre de 2015 11:05

Estoy leyendo en el sillón con fondo de cielo encapotado música y de George Winston, y aparece Nicolás: "¿Que es eso?" Pregunta refiriéndose a la portada del Obsceno pàjaro, adivinando algo inquietante, fijándose en "los" agujeros.

"Un sacó" le respondo. 

"¿Y que hay dentro del sacó?" me dice.

¿No es una pregunta maravillosa?


10 de octubre de 2015 19:38



Ñ
12 de octubre de 2015 21:52

El capítulo 25 podría ser el paradigma de lo que podríamos denominar 
Narración polidiscursiva antagónica (Nuevo palabro para esta técnica narrativa
revolucionaria que Donoso emplea en El obsceno pájaro).

Un juego de llamadas telefónicas en él que los personajes suplantan
a otros personajes, mientras el narrador juega a su vez a los Flippers
golpeando con la bola las diferentes voces narrativas, tocando simultaneamente
y como de costumbre las distintas personas del verbo.

Sencillamente magistral.


Ñ
16 de octubre de 2015 17:37

Ciertos ritos no cambian.

Adjunto:


















J
17 de octubre de 2015 21:13
Asunto: El 13

"Las viejas como la Peta Ponce tienen el poder de plegar y confundir el tiempo, lo multiplican y lo dividen, los acontecimientos se retractan en sus manos verrugosas como en el prisma más brillante, cortan el suceder consecutivo en trozos que disponen en forma paralela, curvan esos trozos y los enroscan organizando estructuras que les sirven para que se cumplan sus designios".

Donoso nos descubre su herramienta de trabajo en mitad de este capítulo brutal, estremecedor, increíble desde el punto de vista técnico, y abrasador en el contenido, en el desarrollo de la historia retorcida y confundida... un reto imposible que supera de modo genial y perturbador.
229 páginas casi sin respirar -no digo sin parar.

Ha sido tremendo reencontrar el pasado que nos abrumó pensando que muy posiblemente iba a decepcionarme, y topar con este tour de force implacable al que te somete D y que debe surgir de los muchos años que necesitó para encajar las piezas de esta construcción inabarcable.

¡Qué peazo novela!

Después de tantos años conserva, ¡sí! la impresión de obra jodidamente difícil: la sordidez, el misterio, el aire de pesadilla... la capacidad de este hombre para el asombro en el narrar, en el concebir relatos truculentos pero al mismo tiempo llenos de ternura, impregnando lo monstruoso, lo oscuro, lo nocturno, el revés de los sueños y las grandes mansiones: luz pálida de retorcidos destinos...


Ñ
20 de octubre de 2015 21:50

Hace exactamente veintisiete días que comenzamos juntos este segundo vuelo,
Un descenso a tumba abierta con una pregunta temerosa en nuestros labios:
¿Resistiría este nuevo embate  tantos años después?

Acabo de cerrar el libro después de atacar la página 543 con esa tristeza que da
la seguridad de que pasará mucho tiempo hasta volver a tropezar con una novela
de esta envergadura. Una obra maestra de la literatura de obligada lectura en cualquier facultad.

Sin desbrozar el final ni mucho menos (aunque no se si lo recuerdas, yo no lo recordaba),
he de decir que en los últimos estadios de la novela, Donoso desarrolla a su antojo
un hiperbólico microcosmos de realismo tenebromágico, para embestir con posterioridad
con una situación festiva, esperpéntica, como tocada por el ingenio sarcástico de Azcona y
la mirada despiadada y socarrona de Berlanga en cualquiera de sus obras al alimón.

La parte final con los zapallos (calabazas en cristiano) es un ejemplo de ésto ultimo.

La literatura y el cine una vez más estrechamente unidos en mi cabeza.

Las últimas siete páginas dan su razón de ser a la portada del libro: Oscuras, inquietantes,
desalmadas, inocentes, escabrosas, físicamente incomodas, desasosegantes y terribles.

La esencia del imbunche.

J
2 de noviembre de 2015 18:52
Asunto: Extinción final


"Todo ha sido urdido cuidadosamente", piensa el Mudito, ese ser al que han extirpado el ochenta por ciento, y entonces la novela arde entre tus manos mientras describe el horror: no puedes dejar de leer esas palabras terribles mientras al mismo tiempo te preguntas cómo ha sido, cómo lo ha hecho, cómo ha conseguido retorcer en pocas páginas todo el mundo exterior, exprimirlo y gotear sangre y desesperación: "te quieren conservar vivo aquí sin dejarte salir nunca más para robarte tus órganos, ya ves, te sacan el ochenta por ciento"... te remueves en la silla, respiras hondo, te sientes el Mudito, ese veinte por ciento que sobrevive al terror, "y luego mi piel, me desollarán para cubrir con mi piel el cuerpo de Melisa..." y después 140 páginas mientras el tren corre hacia el norte, la aniquilación de la casa, el retorno de ciertos secretos que no acaban de revelarse, los muros sellados, la conciencia fluctuante de un narrador sin igual en la historia de la literatura: "comienzan a envolverme, fajándome con vendas hechas con tiras de trapo. Los pies amarrados. Luego me amarran las piernas para que no pueda moverme... me fajan el sexo amarrándomelo a un muslo para anularlo. Luego me meten en una especie de saco con los brazos fajados a las costillas"... saco... la palabra estremece tras tantos días contemplando esa portada siniestra... Inés, la niña beata, la otra Inés, Inés-Peta, Peta-Inés, la perra amarilla, la bruja perseguida, ejecutada, las viejas, los recuerdos y la leyenda, el pasado y el presente confundidos, retorcidos, Boy, el monstruo que convierte a todos en monstruos para vivir una normalidad impostada, los cuerpos de Jerónimo y Humberto confundidos en la noche, confundidos en un quirófano olvidado bajo los guantes del doctor Azula, un cirujadno del horror que atraviesa sinestramente las páginas de la novela dejando un rastro sórdido de confusión: las palabras se confunden, los cuerpos se confunden, los sexos de Jerónimo y Humberto se confunden y procrean el terror innombrable lleno de rescoldos de leyendas... yo somos el lector de estas páginas desgarradoras que tú hemos escrito hace 35 años otra vez...



sábado, 26 de septiembre de 2015

Para que no te pierdas

Un Modiano (aún) más depurado


Sí, lo que parecía imposible.
Una trama de noir en la que una vez más la víctima -otro alter ego de Modiano- se busca a sí misma, no quiere encontrarse, pero no puede evitar continuar buscando, caminando por calles olvidadas, visitando casas que quiso olvidar, reencontrando a esas personas que borró de su pasado y que le devuelven claves ocultas para desentrañar la escritura.


martes, 23 de junio de 2015

Luz y oscuridad

Un trimestre de luz y oscuridad.


La novela luminosa te va tomando casi del mismo modo en que los protagonistas de aquel cuento de Cortázar sentían que una presencia "tomaba" su casa.
Cuando te quieres dar cuenta, las cotidianas frustraciones de Levrero han hecho mella en ti de un modo tan peculiar que casi no admite otro adjetivo que no sea "levreriano".
Un prólogo de 450 páginas para una novela de cien... descoloca, como mínimo.
Y para más inri, Levrero cierra así su Prefacio histórico a este inclasificable libro:

"Yo tenía razón: la tarea era y es imposible. Hay cosas que no se pueden narrar. Todo este libro es el testimonio de un gran fracaso. El sistema de crear un entorno para cada hecho luminoso que quería narrar, me llevó por caminos más bien oscuros y aun tenebrosos. Viví en el proceso innumerables catarsis, recuperé cantidad de fragmentos míos que se me habían enterrado en el inconsciente, pude llorar algo de lo que habría debido llorar mucho tiempo antes, y fue sin duda para mí una experiencia notable. Leer eso sigue siendo para mí removedor y un terapéutico. Pero los hechos luminosos, al ser narrados, dejan de ser luminosos, decepcionan, suenan triviales. No son accesibles a la literatura, o por lo menos a mi literaturas. Creo en definitiva, que la única luz que se encontrará en estas páginas será la que les preste el lector".


Más luz en Samarcanda. Uno de esos libros que se lee con agrado, que te transporta a esos lugares que ya casi solo habitan en la imaginación.

Y un entrañable pequeño tesoro: La joya de las siete estrellas, un librito oscurecido totalmente por la sombra de Drácula, pero que depara momentos de emoción serie B que me transportan a mis primeras lecturas de Poe.

Confieso que cometí el error de aprovechar un buen precio de segunda mano para hacerme con la primera parte de la Trilogía Southern Reach y averiguar si tanto marketing estaba justificado. Veredicto: no, no está justificado, pero sí, me he quedado con ganas de leer las otras dos.

Hay un momento mágico en cada excursión a librerías de segunda mano, y es ese breve instante en el que divisas, aún sin creértelo del todo, ese título o aquel autor que en esos momentos te está alimentando de espera, te está carcomiendo con sus futuras páginas. En mi caso, era Levrero, y en una librería perdida en la sierra de Madrid, hete que me topo con dos, no uno, sino dos, libros suyos casi inencontrables: Dejen todo en mis manos una pequeña pieza maestra que se lee como novela negra pasada por el cinismo, el humor negro y la capacidad de asombro cotidiano de Levrero, y El discurso vacío (que aún espera turno).


Y de remate, Modiano. Cómo me alegro -¡casi me avergüenzo al decirlo!- de que le dieran el Nobel... esto no para. Y ya acumulo cuatro en cola, dos de ellas leídas o releídas: Domingos de agosto y Una juventud. ¿Qué decir de ellas? Especialmente emotiva la primera, que además se convierte en una lección rotunda de cómo -en qué orden- hay que contar una historia.

martes, 24 de marzo de 2015

Modiano a pesar del Nobel

Podría haberme negado a leer a Modiano desde el momento en que le dieron el Nobel. Es la tercera vez que me pasa: a uno de mis escritores le colocan esa etiqueta imposible de ignorar y todo el mundo se lanza a comprarlo.



García Márquez, Kenzaburo Oé, y ahora Modiano, el que más desprevenido me ha cogido, hasta el punto de que ni él mismo entiende por qué ese galardón que lo ha llevado al atril de una sala rococó.

¿Qué tendría que hacer a partir de ahora? ¿Esconder la portada de los libros en las cafeterías? ¿Darme un tiempo hasta que la moda pase? Pues no. Más bien hice lo contrario: aprovechar el tirón de traducciones y reediciones y hacerme con todo lo que no tenía.

Pero respetando un poco, el orden -caótico- de lectura desde mi última entrada, tendría que consignar primero Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez, en cuyas páginas me topé esta maravillosa declaración que me estremece como lector y como escritor: "Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió".

Dos novelitas poderosamente cautivadoras encontradas mediante ese azar que no sé por qué seguimos denominando azar: El palacio de los sueños El monstruo, me han servido para hacer un aperitivo de Ismaíl Kadaré, a quien llevaba rondando hace tiempo.

Y en esto se me cruzó un envío de mi amigo Raúl de la Rosa, que acababa de editar La sombra del samuraí. 47 Ronin, donde vuelve a incidir en su retorno a oriente y a sencillas y profundas enseñanzas tradicionales que viene difundiendo hace años.

Mi obligado respiro de género negro, en esta ocasión muy espartano: Huesos en el jardín, un brevísimo apunte de Mankell que se resiste a despedirse de Wallander, y uno de esos caprichillos que uno se da no se sabe muy bien por qué, uno de esos libritos intrascendentes que algo te impulsa a leer y que incluso acabado sigues sin saber a qué venía tanta insistencia inefable: La miel de los ángeles, de un tal Vanghelis Hadziyannidis.


Y ahora sí, el retorno de ModianoLa hierba de las noches, lo ultimísimo con Patrick en plena forma: sugerente, magistral en la aparente simplicidad de meandros sin término, intenso, con ese dominio total del narrar como si fuera lo más fácil del mundo. Y después, en las semanas que siguieron, un repaso a lo ya leído y nuevas exploraciones de la noche, nuevas caminatas por París, nuevos encuentros y desencuentros con ese aliento de pasado que no puede olvidarse aunque no sea tuyo: Dora Bruder, El Horizonte, El libro de familia, El café de la juventud perdida, Un pedigreé, Accidente nocturno, Más allá del olvido.


Acabado Modiano, era díficil -me ocurre siempre que vuelvo a él- leer literatura. Así que me abandoné a mis lecturas de trabajo. Me hizo regresar, Muerte por agua, otra exploración del pasado familiar que obsesiona hace milenios a Kenzaburo Oé, que no supera a M/T, pero sí a los últimos libros suyos traducidos en España.

Y ahora... ahora... La novela luminosa.

lunes, 21 de abril de 2014

Los libros de los que no he podido hablar

He interrumpido la lectura de La senda del Chamán, de mi amigo Raúl de la Rosa, para rendir un homenaje a Gabo releyendo 35 años después de la primera vez Cien años de soledad: ¡qué menos!

Volver por aquí, por las escrituras de la noche, me ha hecho recordar que llevaba un tiempo sin dejar constancia de mis lecturas a los conocidos y desconocidos visitantes que según el contador que instalé superan las 7000 visitas: o tengo muchos huéspedes o unos pocos fieles y persistentes.

Antes de toparme con el Chamán, acaba de salir de las manos maestras de Salter y su tremenda capacidad de trasmisión descarnada: Juego y distracción, Años luz y Todo lo que hay -ejercicios de contención donde los haya.

Y antes, Los 47 ronin, también de Raúl de la Rosa, pero atentos, muy alejado de la peli que por estos meses protagoniza Keanu Reeves, porque Raúl no quiere entretenernos, sino más bien lo contrario, lo que lleva muchos años haciendo: explorar los caminos interiores.

Y antes, El mar de las Sirtes: ese Julien Gracq más allá de los premios y más acá de lo posible, de un texto que pueda sostenerse en el tiempo -definitivamente difícil, pero no por complejo, sino por distante.

Y antes, las 1500 páginas de El libro de los susurros. Sí, es cierto que el libro magníficamente editado por Pre-Textos tiene 750 páginas, pero esta herida de Varujan Bosganian se ha convertido en el primer libro que comienzo inmediatamente después de acabar, sin pausa, sin posibilidad de abrir otro, de salir de ese mundo terrible y hermoso que penetra como el aliento de duduk, como el aroma del café molido interminablemente, como la perseverancia épica de Misak Torlakian, como el horror de los círculos del infierno o la ternura del abuelo Garabet.

Y antes, entreveradas con otros libros mayores y menores, una novela negra de tanto en tanto: Misterioso (una decepción) de Arne Dahl; El secreto de Christine y El otro nombre de Laura, las dos primeras esquirlas de Bejamin Black (nada decepcionantes sino todo lo contrario); Una noche no (pretencioso sin más jugo) de Goran Tocilovac; Los años perdido de Sherlock Holmes de un tal Jamyang Norbu (que no, que no hay manera de llegar a la altura de Sir Arthur); La (aburrida) sombra de Poe, de Matthew Pearl; la meticulosa reconstrucción de un caso de Conan Doyle (que no de Holmes) realizada por Julian Barnes en Arthur y George; un soplo de aire fresco de Fred Vargas (a quien seguiré la pista): La tercera virgen; y el regreso al origen: la maravillosa investigación de Daniel Stashower sobre Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera (absolutamente recomendable).

Y antes o después o al mismo tiempo, cerrando y abriendo las páginas de uno u otro: El momento de la sensación verdadera (una obra menor de Peter Handke); El viajero de Agartha, peculiar contraaventura de Abel Possé (que vino a mis manos y no pude dejar de mirar); la a ratos entretenida, misteriosa y más prometedora que cumplidora Yagudín, de Phillip Segur; el impacto de las historias pequeñas y redondas que luego gusta contar a otros: Novela de ajedrez, de Stephan Zweig; dos navegaciones de Alvaro Mutis: La nieve del almirante y Ilona llega con la lluvia; La leyenda del santo bebedor de un alucinado Joseph Roth; una sobrevalorada penúltima novela de Vila-Matas: Aire de Dylan y la pequeña joya del minimalista Echenoz: 14.

Y vuelta atrás, me refiero a los autores que veneré y que no puedo evitar en los cruces de caminos: Antes del fin (otra vez) de Sabato y la sorprendente Corrección de pruebas en la alta Provenza, de Cortázar encerrado en su legendaria Volkswagen.

Y entretanto, lectura y relectura de Modiano: Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Perro de primavera, Un circo pasa. La dosis necesaria para volver a pisar el territorio vedado de un pasado entre desconocido, inquietante y lleno de la amargura de la pérdida o el extravío.

¿Más? Quizá... algo habré olvidado entre tanta página vibrante.
Pero ahora camino hacia otro lado...


viernes, 18 de abril de 2014

Gabo no más

Acaba de llegarme por las invisibles vías electrónicas la noticia de la muerte de Gabo.


Y vuelvo a verlo como lo he visto siempre en mi cabeza: sentado ante esa pequeña mesa con su máquina de escribir y descalzo: una imagen casi espartana del escritor que no necesita absolutamente nada porque le sobra lo más importante: materiales de construcción del otro mundo, el mundo al que se accede al abrir con pasión las páginas de sus libros.

Hace muchos muchos años que abrí por primera vez Cien años de soledad y no lo cerré hasta llegar a la última línea: solo pude saborear el libro unos meses después cuando lo leí por segunda vez a ritmo algo más razonable o años más tarde, cuando volví a leerlo con cierta distancia.

Pero la primera lectura es la que permanece en mi memoria -o no sé muy bien dónde, pero hiriéndome y apoyándome al mismo tiempo. Como un huracán, como una voz que detiene el mundo y decide recomenzarlo de nuevo, como una pala que cava en la tierra para extraer secretos primarios y enterrar las raíces de incontables historias que brotarán sin freno.

Mientras Sabato era el escritor comprometido, el atormentado, el maldito, Gabo era el narrador inagotable, el creador de personajes inefables que se te meten en las fibras; mientras Donoso te dejaba claro su imponente dominio de un relato de largo aliento y múltiples encrucijadas, Gabo te sometía a un maratón de asombros; mientras Cortázar estimulaba la imaginación, denunciaba las injusticias y nos zamarreaba con la urgencia nocturna del jazz, Gabo inventaba el mundo y nos forzaba a aceptar un pacto de rendición incondicional a su capacidad para trastocar las técnicas narrativas en apenas una frase: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo..." ¿Es posible sugerir tanto con tan poco? ¿Es posible agarrar al lector por las entrañas y lanzarlo al futuro antes de comenzar, retorcer la arquitectura de un relato legendario desde el primer párrafo, la voz, los tiempos verbales? ¿Es posible mantener ese reto, esa capacidad de escupir fuego, ese pulso ante lo invisible, página tras página durante cien años?

Pues sí, lo es; lo fue. Y no creo que se repita muchas veces.







domingo, 30 de junio de 2013

Rayuela

Así habían empezado a andar por un París fabuloso, 
dejándose llevar por los signos de la noche...

Rayuela cumple 50 años y mi primera inmersión en sus páginas 34 -en la edición de Edhasa/Sudamericana de 1979. El maestro del relato, el creador de absolutas maravillas que me hicieron estremecer con esos 19 añitos tan vulnerables: Autopista del sur, Carta a una señorita en París, Casa tomada, El perseguidor... esa voz que te hipnotizaba desde lugares imposibles, tenía que escribir esto, esta cosa indefinible, inabarcable, que te sacudía a cada instante, que te atrapaba, te envolvía, te subyugaba y te hidromurizaba tambaleando entre los forbides escremeleantes sin aviso ni honduria...

La pregunta -tremenda y desasosegante- es: ¿volver a leer Rayuela?


¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.


Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo...

... Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carnias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.


Bebé Rocamadour, bebé bebé. Rocamadour...
... madame Iréne no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo... Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico... pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también tú buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto... 


jueves, 21 de marzo de 2013

REM


Fotografía: M.Jiher

sábado, 9 de marzo de 2013

En el termitero de Mircea Cartarescu


"Eso ya no era música, o era la música de la que hablaban los pitagóricos. Ningún oído humano podía oírla porque no se basaba ya en sonidos, ni siquiera en materia, sino que penetraba en las pulsaciones cósmicas, trenzándose con ellas y obligándolas a transformarse".
A esa altura de Nostalgia, cuando únicamente nos separa una página del instante final al que ansiábamos llegar pero no llegar nunca, hace mucho que hemos comprendido que eso ya no era literatura, sino  pulsaciones cósmicas que creaban un canal misterioso con la parte oscura del lector obligándolo a transformarse.




Bajamos al semisótano de la librería Rafael Alberti y allí estaba Mircea, sentado en una silla de tijera junto a Marian Ochoa, su traductora, a quien tanto debemos. Nos íbamos apretando en la penumbra mientras él miraba en silencio a algún lugar recóndito.

Llegaron después Ignacio Vidal-Folch y Enrique Redel, el editor de Impedimenta, con una desbordante sonrisa de satisfacción que parecía decirnos a todos: "sí, he sido yo; yo he tenido el inenarrable privilegio de ofreceros sus libros, y pienso seguir haciéndolo mucho tiempo".

Redel explicó que la presencia allí de Cartarescu era fruto del azar. Quiero creer que pronunció esa palabra entrecomillada, refiriéndose más bien a eso que Leibniz llamaba Armonía Preestablecida aludiendo a una cadena de sucesos unidos por la magia de lo inefable y en la que ahora encajaba esa otra cadena inasible que me había llevado hasta Madrid, a 500 kilómetros de mi casa para una visita inusual a mi amigo Ñ.





Tras las presentaciones y una aproximación sumaria de Vidal-Folch en la que a punto estuvo de arrebatar a muchos presentes el vértigo de El ruletista, él mismo lanzó una primera pregunta. Pero Mircea no respondía a las preguntas directamente sino mediante un quiebro en el que combinaba con astucia el agradecimiento, la anécdota y la confesión de sus profundas turbaciones. Parecía decir sin decirlo: "Estoy aquí por obra y gracia de la literatura, la literatura leída que alimentó esas interminables horas de mi adolescencia, y por la literatura escrita, con la que ahora os alimento a vosotros".

Así que allí estábamos los cuatro: mi amigo Antonio y yo, y mi compañera M buscando atrapar con su cámara las recónditas expresiones y los gestos de profunda meditación de Mircea, quien ahora nos contaba la metáfora genial del termitero para explicar su aproximación a la escritura. Las termitas no planifican el termitero, simplemente lo hacen porque el plan del termitero es la propia termita. Y eso es Mircea; eso es REM en particular: una salvación y una condena al mismo tiempo: La condena de Kafka que nos salva de morir petrificados tras una noche de fantasmas.

Mircea escribe como las termitas, como Kafka, aceptando el dolor de permitir que tu mundo interior salga desgarrándote. Así las vueltas de tuerca que marcan su obra: en El ruletista señaladas gráficamente por las balas, pero presentes igualmente en todos los textos de Nostalgía y quizá llevadas al extremo en El Arquitecto que podría considerarse -y así se lo comenté- una especie de Teoría de la Novela de Cartarescu: los giros geniales en el fluir de su portentosa imaginación que nos arrebata mientras sus pulsaciones cósmicas nos lanzan hasta más allá del umbral de lo real.

Cerramos Nostalgia con una mezcla de agotamiento y plenitud. Con ese temblor con el que leíamos hace treinta años y que pocos hemos vuelto a repetir, sencillamente porque en este océano de millones de libros en el que nos hallamos, resulta poco menos que imposible encontrar un Escritor, así con mayúsculas sabatianas, un Escritor como Mircea.



Fotografías: M.Jiher