lunes, 29 de enero de 2018

Santuario Synamodec


Bajas la estrecha escalera retorcida y ahí está: un sótano amplio cuyas formas y dimensión exactas quedan borrosas por la enorme cantidad de objetos desconocidos y misteriosos.

Las paredes están cubiertas por dibujos jeroglíficos y lo que parecen planos de objetos imposibles de identificar. Varias mesas pegadas a las paredes o dividiendo espacios se ofrecen llenas de instrumentos y herramientas cuyo propósito escapa a la comprensión.

Parte del suelo está cubierto por alfombras o esterillas y hay una o dos estanterías repletas de libros cuyos títulos y autores se antojan desconocidos o reservados a un puñado de iniciados.

Otras partes de la pared, la más cercana a las mesas, están cubiertas de paneles de los que cuelgan más herramientas desconocidas de formas caprichosas.

Aquí y allá, puñados de cables de colores vivos rematados por brillantes piezas de metal dorado: algunos parecen trenzas de cabellos, otros, racimos de vegetales, otros, haces de luz que brillan en la semioscuridad del Santuario.

Cuando tu vista -tu cerebro- es capaz de librarse de este inquietante bombardeo visual reparas por fin en ellos.




Artefactos de sólida geometría parecen convivir en caprichosos panales artificiales llenos de agujeros, sombras, piezas de colores vivos, letras que trasmiten claves desconocidas a los guardianes del secreto.

Unas manos agarran una de esas pequeñas serpientes amarillas y clava su aguijón en alguna parte del panal mientras agarran sus piezas trasmitiendo quién sabe qué sabiduría gestual de la que brota un suspiro metalizado que comienza a recorrer el sótano y penetrar en los poros de tu piel.

Las manos acarician más serpientes de color y las introducen en los agujeros por la cabeza y la cola conectando así los mundos interiores del panal que se retuerce abriendo en canal los suspiros, los quejidos, los latidos de un corazón que parecen contener el sótano entero y penetrar todo tu cuerpo, desgajarse, desplegarse entre la vibración de tus huesos, derramar tus lágrimas y hacer que tus manos tiemblen de alegría, de inquietud, de una tristeza suave que a pesar de todo anhelas más allá de este lugar en las entrañas de la tierra.

Solo entonces comprendes a los exploradores de este laberinto de túneles inasibles persiguiendo la energía invisible que los libera del dolor de la oscuridad y el silencio.

http://synamodec.com/

jueves, 2 de noviembre de 2017

El día de Malcolm Lowry



"Dos cordilleras atraviesan la República, casi de norte a sur, formando en medio varios valles y planicies. Ante uno de esos valles, dominado por dos volcanes, se extiende a dos mil metros sobre el nivel del mar la ciudad de Quauhnáuac".


¿Cuántos años hace que me adentré en ese valle?
¿Cuántos años que recorrí esos caminos bajo la lluvia, persiguiendo al cónsul de cantina en cantina para preguntarle por los últimos secretos del mezcal, por los últimos secretos de la escritura, por los últimos secretos -olvidados- del amor desesperado?



2.XI.2017

Sí: dos de noviembre. día de los muertos.

El día de Lowry, el día del volcán, el día del mezcal, el día de la escritura desesperada, de los caminos desconocidos que unen unas cantinas con otras antes del amanecer.

Caminos que Lowry recorre cruzándose con el destino, con las cartas de amor perdidas, con el fantasma de Ivonne que lo mira sin piedad, con las vísceras de un México podrido de magia.

Dos de noviembre. Un día enterrado en palabras que se retuercen entre la desesperación. el día de la escritura, de los fantasmas, de la pócima mágica que recoge a los perdidos y los arroja una y otra vez a las cunetas del camino entre los muertos.

Los muertos son los escritores sin voz.






martes, 11 de julio de 2017

Una casa en la oscuridad

Entre finales de mayo y principios de julio, apaleado por las vicisitudes emocionales y físicas de una nueva mudanza, he podido degustar un puñado de libros breves que me han deparado buenos y mejores ratos ante el café.



Me topé, así a golpe de estantería en el rastrillo de la Asociación de Mujeres de Órgiva con el atractivo ejemplar de Las voces bajas, de Manuel Rivas. Una obra "menor" que recuerda con mucha fuerza la capacidad poética (no tanto en el lenguaje como en la mirada) de El lápiz del Carpintero y la atmósfera de un pasado a la vez virado en sepia y a la vuelta de la esquina que trasmitía Los libros arden mal.

Sí, todo lo lamía y recogía la luz del faro. Las sombras, los sueños, los secretos. Tal vez todavía los guarda. Debajo del faro, en un osario de la luz... La linterna del faro cosía lo de fuera y lo de dentro, la vigilia y el sueño. el mar infinito y las habitaciones angostas.

No recuerdo como llegué al nombre de Daniel Guebel. Pero recuerdo que pensé en la magia interminable de los libros; digo interminable porque por mucho que uno crea conocer la literatura de un país, por mucho que uno haya agotado los clásicos, los antiguos y los modernos o al menos tenga noticia de ellos, siempre puedes encontrarte con otro nombre enteramente nuevo, nuevo para ti, claro, porque Guebel no empezó a escribir ayer sino que goza de una nutrida obra de la que, a pesar de la tentación que ofrecía El Absoluto, me decidí por El caso Voynich, por razones obvias (quiero decir, obvias para quien sabe que el dichoso manuscrito de persigue desde que hace treinta años leí aquel librito de Jacques Bergier que dejaba un poso de misterio en cada breve capítulo sobre libros condenados).

Magnífica edición de Eterna Cadencia, una editorial que conocí persiguiendo a Kobo Abe, que incluye además preciosas reproducciones de páginas del Voynich con esas imágenes inquietantes, tiernas, inefables, incalificables, pero sobre todo hipnóticas. Tanto como, sobre todo, la segunda mitad del libro, en la que Guebel se deja llevar tras la admirable contención informativa de la primera parte.

Cautiva. Incluso para aquellos que por inexplicables razones no hayan oído hablar hasta ahora del manuscrito Voynich.

Y el Babelia dedicado a la Feria del Libro de Madrid dedicada a Portugal me trajo de la mano a dos autores lusos que no pienso dejar pasar: José Luís Peixoto y Gonçalo Tavares. La suerte quiso que empezara por el primero: personado en la librería Ubu y hecha la correspondiente petición, hete aquí que su administradora me pone en la mano sin dilación una edición de 2008 de El aleph Editores de título irresistible: Una casa en la oscuridad.


Con diferencia, es el mejor libro de los comentados en esta entrada y una de las mejores novelas que leído en mucho tiempo que me ha puesto a la busca y captura del resto de la obra traducida de Peixoto, autor especial en el sentido estricto del término al que, de no estar ya totalmente desgastado por el marketin, no dudaría en calificar de deslumbrante.

Peixoto hace que el mundo comience de nuevo. Y que sea otra cosa, una materia poética de filos cortantes que transporta el dolor y la luz y la oscuridad y una casa donosiana en la que las palabras se escriben por primera vez y atraviesan el alma hasta dejarla exhausta:

Brotó un sonido o algo verdadero. Nacía, crecía, vivía. Algo verdadero e infinitamente bello se agitaba en el aire del salón. Un lamento. Una angustia que se transformaba de repente en una gran alegría. Que caminaba, corría, bailaba. Un sueño bueno que se transformaba en una alegría mansa. Gloria y sorpresa. Un sonido que existía mucho. El aire del salón lleno de un milagro invisible. Un profundo secreto que nos atravesaba. Una emoción que seguía hacia donde no se imagina. La vida condensada y repetida. Un momento al que no teníamos la seguridad de poder sobrevivir. Recuerdos y la explicación sencilla de la vida. El misterio más imposible y la revelación más clara. Colores: blanco, azul, verde, blanco, luz, negro, azul, cielo, blanco, Ningún color. Agua. Silencio que hablaba la lengua de la claridad con una voz de mañanas. Un sonido o algo verdadero. Todo esto y nada de esto era la música.

Los frustrados planes de un viaje a La Toscana encaminaron mis pasos unos días antes a la librería Sostiene Pereira, junto al Arco de Elvira, donde encontré sin problema, como ya sabía de antemano, El juego del revés, de Antonio Tabucchi, un libro de relatos muy bien considerado por la crítica, muy alejado de la más popular novela del toscano de la que tomaba su nombre la librería granaina, pero que me dejó un cierto sabor amargo: no cabe duda que el cuento que da título al libro es lo que se suele decir grande, fundador de estilo, de mirada, de método, y no cabe duda de que en los que siguen hay ingenio, sensibilidad, esa astucia de Tabucchi para sacar el jugo a la realidad y a la otra realidad. Pero no, no es la obra maestra que algunos afirman que es. Me quedo con Pereira, qué quieres que te diga: mucho más simple, mucho menos pretenciosa, pero mucho más entrañable.

Si hay una experiencia triste para un lector es que a una decepción le siga otra, aunque sean medias decepciones, aunque sean cuartos de decepciones: qué importa la matemática. Y la verdad, no me lo esperaba de Bolaño. O sería la mudanza? Los dolores de la partida quizá funcionaron a modo de coraza contra cierto ingenio metaliterario de este librito escrito a la sombra de Poe. Pero insisto: la peripecia no termina de cuajar. Las modestas sorpresas que reserva la trama apenas sorprenden. Bolaño no abandona su lenguaje pero parece que quiere hacer un texto de época, y le sale un mixto que no mueve a la emoción. Y eso que contaba con un decorado de lo más atractivo y que la inmersión en los bajos fondos del mesmerismo prometía desde la contraportada...

En el suelo del mercadillo de Órgiva estaba esperándome Sam Shepard. A pesar del título: Crónicas de Motel, la mirada no narra desde los moteles, sino desde las carreteras y las autopistas: fragmentos de memoria que pone ante nuestros ojos pedazos de esa América enorme, cruzada por caminos interminables, poblada de habitantes taciturnos que parece personajes secundarios de películas que trascurren sobre ruedas de camionetas. Retazos de enorme intensidad contados con ejemplar sobriedad y que, en efecto, parece el gérmen de esa emblemática película protagonizada por Harry Dean Stanton que nos hizo llorar de emoción entre los sones de la canción mixteca.


La gente de aquí / se ha convertido / en la gente / que finge ser. Casi sin pretenderlo, Shepard nos sirve una cena cruda, imagino que sonriendo mientras pulsa teclas en una máquina de escribir portátil que lo acompaña en su Austin Healey mientras corre entre el polvo hacia Napa o Homestead Valley recordando la colección de vinilos de su padre y el día que su madre volvió a abrir los ojos al mundo tras aquella terrible operación en el interior de su cabeza.

Qué más da si Juan Rulfo está en García Márquez o García Márquez está en Juan Rulfo. La pregunta que yo me hice leyendo hace pocos días Pedro Páramo (sí, hace pocos días, qué pasa!) fue la siguiente: qué hubiera pasado si no hubiésemos tenido (Antonio y yo quiere decir el plural) la impagable suerte de tener entre nuestros profesores de magisterio a Miguel Teruel? Qué hubiera pasado si por lo tanto no hubiésemos conocido los tesoros que nos plantó así, encima de la mesa de aquel cuarto abarrotado de libros? Leonard Cohen, Mike Oldfield... pero sobre todo, el Boom: José Donoso, Carlos Fuentes, García Márquez...? Qué hubiera pasado si, muchos años después, nos hubiésemos topado con uno de estos monstruos en una librería cualquiera y hubiésemos comprado, pongamos, el coronel no tiene quien le escriba en una edición de kiosko de pasta dura por tres euros?

Pues eso. Eso es lo que me ha pasado con Rulfo.


Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. Era lunes y el valle de Comala seguía anegándose en lluvia.



lunes, 10 de julio de 2017

Olmo On The Road


Leí On The Road hace muchos años.

Fue en esa época que muchos atravesamos saliendo de la adolescencia en la que nos parece que podemos repetir los sueños de otros: ponernos en el camino con una mochila y olvidarnos del tiempo y casi del espacio.

Mis breves experiencias en la carretera no son dignas de mención; apenas un pálido reflejo de aquellos sueños ajenos y propios que me transportaban a los límites del mundo. Pero ahora, con el paso de los años, me sirven para algo muy importante: comprender desde dentro, aunque sea mediante un fino hilo que mantiene una conexión débil, casi milagrosa, pero firme, indestructible, lo que hay detrás o debajo de este breve e intenso relato.



Primavera, 2015

Un viaje interior abierto al mundo: Utrecht, Breda, Gantes, Brujas, Calais, Dover, Londres, Dunquerque, París, Lyon, Barcelona, Madrid...

Diez semanas, dos mil ochocientos cincuenta kilómetros, una mochila. Las manos vacías y el corazón lleno. Un viaje en soledad no significa estar solo; significa que no dependes de nadie, ni siquiera de ti mismo.

Te dejas llevar por carreteras remotas, calles desconocidas, estaciones solitarias, trenes atestados...

Una experiencia en el límite llena de encuentros inesperados... sin condiciones, sin exigir nada a un destino invisible, sin esperar otra cosa que el reflejo de tus pasos en la canción anónima de los días inciertos.




Otoño-Invierno, 2016

Y luego está la música, claro.

La conexión, como decía Fellini hablando de Nino Rota, con ese mundo invisible y misterioso.

Cantos de libertad, celebración de la vida, la magia del camino evocada en unos acordes que vibran con esa luminosidad que emite la guitarra acústica cuando se la roza con respeto y mimo, con perseverancia y ardor.

La voz que llega desde montañas distantes, fiordos encendidos, vientos de furia y complicidad, calles que son fiesta, historias inasibles, encuentros insospechados, palabras, abrazos, pasos perdidos y encontrados, cerveza tostada, música espontánea, esperanzas, rostros fugaces, amores perdidos... 




Verano, 2017

Un alto para grabar.

Apenas unos días entre cables, micros, cerveza, tabaco y lo que la imaginación es capaz de arrancar a unos modestos medios de grabación casera.

Un proyecto interrumpido. Unas pocas canciones regrabadas, dobladas, mezcladas. Los bocetos comienzan a transformarse: apenas apuntan los colores, tímidamente asoman detalles aquí y allá: unos coros, una guitarra cuyo sonido viaja a través de los cables, como sea que viaje el sonido, y entra en el ordenador y es triturado por programas que lo transforman en nuevas emociones.

¿Para cuándo las últimas pinceladas? 



No I don´t have any home:
my home is anywhere...

...slaves of capitalists
... and your ignorance make me sad...

Because life without freedom 
is not life for me...

... I am free
I am free...



miércoles, 31 de mayo de 2017

El maldito entre los malditos

Ahondo con mi mirada en las aguas que siguen corriendo por el lecho profundo de los genios malditos.

Así termina el capitulo final de Cantos de Otoño, la lúgubre novela de Ruy Cámara sobre Isidore Ducasse. Un capitulo magistral, un cierre perfecto, complejo en la forma, en ese juego infernal de miradas, de perspectivas, en esa Voz que narra y se narra a sí misma, en la Mirada que salta aquí y allá para mostrar y para hacernos conscientes de que muestra.

Y lleno de melancolía y oscuridad en el fondo, en los últimos latidos de una historia amarga, intensa, maligna. La historia de quien concibió Los cantos de Maldoror que arrancan con esta advertencia:


Quiera el cielo que el lector animoso y momentáneamente tan feroz como lo que lee, encuentre sin desorientarse su camino abrupto y salvaje a través de las ciénagas desoladas de estas páginas sombrías y rebosantes de veneno; pues, a no ser que aplique a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual equivalente por lo menos a su desconfianza, las emanaciones mortíferas de este libro impregnarán su alma, igual que el agua impregna el azúcar. No es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán; solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo. Por lo tanto, alma tímida, antes de penetrar más en semejantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante. Escucha bien lo que te digo: dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante.

Yo, naturalmente, desoí su recomendación, y ello a pesar de que casi me considero un alma tímida.
Cada cual que decida si la tiene o no presente.
No diré más.

domingo, 7 de mayo de 2017

Noche y día para el Conde de Lautremont

Llegaron los Cantos de Lautremont.

Una cubierta rojo sangre con una representación calidoscópica de una gárgola demoníaca. Se trata de la mítica traducción de Aldo Pellegrini publicada por primera vez en Buenos Aires en 1964. La edición que tengo en mis manos es de la Editorial Argonauta, cuarta de 1986.


Un libro peculiar, con enormes números de página y un dragón en el lomo como insignia editorial. Pero lo más extraño es que el copyright original de Pellegrini es de 1964 y sin embargo el de la traducción pertenece a la Editorial Argonauta Buenos Aires / Barcelona, 1978, que es el año de la segunda edición del libro y primera en Barcelona.

Hay libros que te mueven a buscar respuestas sin siquiera empezar a leerlos, desde los créditos de edición. Será un complemento perfecto para los Cantos de Otoño, de Ruy Cámara, también sombríos, tan retorcidos en su lucidez para trasladarnos a los años y lugares de este escritor sin igual.


Fuimos es demasiada gente

Tras una breve estancia en el México barroco de Fuimos es mucha gente, de María Luisa Mendoza, cuyo abigarrado lenguaje casi anula la fuerza de las historias que quiere contar, inicio los Cantos de Maldoror durante mis tiempos de lectura diurna, reservando los Cantos de Otoño -la sombría biografía de Isidore Ducasse- para la noche.


domingo, 30 de abril de 2017

Los años del conocimiento

11 de agosto de 1917. Kafka se despierta a las cuatro de la mañana vomitando sangre.

Le quedan siete años de vida en los que no terminará nada de lo iniciado ni escribirá ninguna novela completa... El Castillo quedará abandonada como las otras dos: no interrumpidas, sino abandonadas.

Kafka asume la tuberculosis como castigo y la utiliza como excusa para encerrarse en la soledad que siempre anhelaba, y para agitar su entorno quizá con maliciosa satisfacción.

La tuberculosis lo transforma en un monstruo que debe ser aislado, encerrado con su inmundicia, incomunicado mientras se encuentra con sus propios horrores; es su condena, su sentencia -grabada en su cuerpo por una máquina invisible- y durante siete años, su proceso destructivo, acorralador, sofocante, liberador, invisible y fatal.

Siete años: escritura K sin retorno.



Último sufrimiento: último capítulo.

Leo con un nudo en la garganta los últimos días de Kafka; leo despacio, retrasando el momento, deteniéndome cada pocas páginas.

Por un momento imagino que Kafka se recupera mínimamente, que esto le da fuerzas para tomar alguna decisión clave aunque modesta, para empezar a creer que no morirá, que eso impulsa una mejoría sustancial y que en pocas semanas -ya en plena primavera- está trabajando en el huerto. Y ya puestos, imagino que encuentra una pequeña casita en el campo, en algún lugar entre Praga y Zürau, en la que -atendido por Dora- comienza a escribir de nuevo: quizá retoma sus manuscritos abandonados y culmina El Castillo, El Proceso, incluso El Desaparecido; organiza sus textos dispersos, corrige, pone a punto y añade nuevos textos surgidos de esta nueva vida, de esta nueva oportunidad para él y para nosotros, esos lectores que ya no quedaremos confusos, sumidos en el desaliento, suspendidos al borde del abismo debatiéndonos entre el dolor de la pérdida y la estupefacción de sus palabras perdidas, esos lectores que quizá muchos años después de otra muerte de Kafka -esta sí, apacible y dulce- leeremos cientos de páginas estremecedoras que no habían terminado ni en el fuego, ni en los oscuros archivos de la Gestapo, ni en ese vacío ocupado por unos años de que debieron ser vividos, sino que se habrán redimido brotando desde cuadernos garabateados por unas manos que seguirán escribiendo hasta la vejez.

Terrible.

Asistir a la muerte de Kafka después de tanto tiempo juntos ha sido terrible. Una tormenta de ideas sin orden me viene encima y prefiero no expresarlas ahora. Respiro por un tiempo.

domingo, 19 de febrero de 2017

Los años de las decisiones

Escribió Kafka a Brod en una carta fechada el 5 de julio de 1922 que el escribir es el "salario por servicios diabólicos". Una idea inequívocamente sabatiana: se escribe en la oscuridad, por la oscuridad, de la oscuridad.

Hundirse en los infiernos durante las horas nocturnas "cuando el miedo no me deja dormir".

Ambos -Kafka y Sabato- sabían que la noche no es un tiempo ni un lugar para escribir. Lo que sucede es en realidad que el escribir lleva la noche consigo -de ahí la necesidad de soledad y la dificultad para cualquier persona que se acerque para soportar los tormentos de la oscuridad.




Dice Llovet, el coordinador de la gran edición de las obras de Kafka, que nadie debería escribir a estas alturas, que el siglo XXI debería dedicarse a leer lo ya escrito, que nadie tiene tiempo en una vida de leer lo que se ha escrito desde Homero y que por tanto escribir, osea añadir más, es poco menos que inútil, que ya está escrito todo, ya se ha reflexionado sobre todo; todos los grandes hechos han tenido su literatura y quien escribe es que está loco de remate.

En fin, el trabajo de Llovet como editor me parece admirable, lo que ha hecho con la obra de Kafka es magnífico, difícil de superar... pero sobre literatura, sobre escritura de ficción, no tiene ni idea.

Acabado Los años de las decisiones. Kafka acaba de regresar de un lugar a 80 kilómetros del frente en el que poco después se desataría uno de los peores infiernos de la Gran Guerra.

Ha compartido días en un tren con militares, gente que emprende la aventura de visitar a sus esposos o hijos porque tienen la suerte de estar destinados en retaguardia, como el marido de su hermana Elli, y recoge en su diario escenas estremecedoras con esa capacidad suya para ver signos por encima de las imágenes, gestos que la gente hace sin conocer plenamente su significado, como el de es viejo que acaricia la barbilla a su mujer anciana "con melancólico ademán".

sábado, 7 de enero de 2017

Los primeros años de K

23 de diciembre

Fin de Los primeros años.

Kafka tiene 28 años; ha vivido pues casi las tres cuartas partes de su vida, y aún no ha comenzado a escribir propiamente.

Ha recorrido, eso sí, un camino vital hacia adentro: el camino a la escuela arrastrado por su criada, el camino hacia múltiples relaciones sociales que no han conseguido atraparlo, los caminos de la amistad con Brod, en especial por Italia y Francia, pero sobre todo, el camino -que supone una elección radical: la de abandonar otros posibles senderos- hacia los fantasmas que bullen en su interior.

Por qué ese camino desemboca en la escritura?

Y no solo en la escritura -ahí está la de Brod novela tras novela- sino en una escritura radical, casi brutal, rompedora -pero no en el sentido estilístico o de modas artísticas- sino en el mismo sentido en el que el propio Kafka decía que un libro debía ser como un hacha, debía cortarte, destrozarte, en definitiva emocionarte, sacarte del mundo "real" para raptarte en el de la literatura.

lunes, 2 de enero de 2017

Me pierdo otra vez en la escritura K

 
 
 

De K a K

Los últimos libros antes de K comienzan también, de algún modo, por K.

Hacía tiempo que cogía polvo en mi biblioteca, hasta que algo me llevó a cogerlo, sacudirle el polvo y abrirlo. Y sí, debo reconocer que Kafka en la orilla es una estupenda novela, aceptando las claves del mundo narrativo de Murakami, claro, pero estupenda a pesar de todo: se avanza por ella como por un mar espeso, braceando suavemente, lentamente, pero disfrutando de cada nuevo paso, de cada giro de la historia, incluso de los mas anunciados y de los menos justificados, que los hay.

Bufalino en cambio, me decepcionó. Es uno de esos textos recargados, pretenciosos y prescindibles que solo se acaban gracias a su brevedad, un puntito de ingenio y cierto toque añejo que, en fin, te ayuda a cerrarlo con ganas de abrir otro.
 
Y ese otro fue La soledad de los números primos, una adquisición de última hora en el mercadillo de Ex que resultó más entretenido e incluso emotivo de lo que pensaba. Recomendable para los que degustaron Los amantes del círculo polar.

Después, mi viaje a Donosti me procuró dos lecturas de autobús nocturno a cual más gustosa: El quimérico inquilino, una historia de equívocos muy bien hilada y mejor condimentada, y una obra maestra del género negro: La rubia de ojos azules, una historia del mister Hide de Banville resucitando a Chandler, un retorcimiento que a pesar de lo truculento consigue su propósito con maestría y ahí estamos, de vuelta en los cincuenta disfrutando de un Marlowe en plena forma cínica, con trama para pasar páginas a toda velocidad.
 
El libro de Coetze lo compré en Donosti. Ya tenía ganas de algo más, después de que Antonio me regalara Esperando a los bárbaros. Esto es otra cosa, muy otra cosa, pero igualmente compacta, con ese aire de obra menor que uno escribe entre novelón y novelón, sin perder la compostura y sin permitir que tus lectores te abandonen: una reflexión profunda sobre la dignidad.

El folletín o folletón de Gombrowicz no era lo que necesitaba en aquel momento, pero a pesar de ello le metí mano con resultados desiguales: en algunos capítulos ganaba él y en otros me imponía yo; al final no reniego de la lectura pero tampoco lo recomiendo así, con fervor desmesurado.
 
Y lo mismo cabe decir de El contrabajo. Suskind es un autor como muy europeo, muy depurado, muy intimista y con ideas y cosas que decir. Pero aquí, le pudo la sobriedad; lo siento. Gusta, se lee con fruición, uno piensa, joder que bien escribe sobre música, sobre músicos, sobre instrumentos... pero no, no es El perfume ni mucho menos; se parece más a La Paloma, formalmente hablando, aunque no llega tan hondo, no cava tan hondo, no te arrastra tan hondo.


Lo desorden sin embargo es harina de otro costal. Es un peazo libro. Una tras otra, las historias te golpean con fuerza, especialmente la de Antonio Soler, La mano del mundo, que -sin que sirva de precedente- en este caso supera al maestro Vila-Matas metiéndonos por vericuetos emocionales totalmente empapados en creatividad, mundos ocultos, realidades nuevas y mirada retorcida.

Elegí El caso Kurilov para empezar a leer a Némirovsky y quizá elegí mal. Es una buena historia, casi rozando el estilo de un Zweig decadente pero con un punto más negro de amargura vital. Veremos.

Y el auténtico Zweig para terminar. No podía dejar de comprar, ni ya puestos, dejar de leer un librito más sobre libros. Mendel, otro ser llevado a la perdición por los libros, otra historia agridulce del maestro en cuatro hojas y media.

Y de aquí a la relectura de El Proceso y el retorno a los mundos de K, como se verá...

sábado, 27 de agosto de 2016

Se acumulan los libros

Se me acumulan las lecturas sin venir aquí a dar cuenta.
Nueve libros entre mayo y agosto: solo tres libros por mes... eso ya dice mucho.
No es mi ritmo; no es el ritmo que yo querría.


A mediados de mayo, La invención de Morel me acompañó por la vieja ruta de los tangos en mi viaje a Jerez. No puedo contar aquí lo que significa eso de la ruta de los tangos y mira que lo siento, pero eso quedará entre mis lectores y yo un día de estos, o un año de estos... o quizá nunca.

Lo que sí que puedo decir es que Bioy Casares me dejó frío.
Una novelita "inteligente"; lo pongo entre comillas para suavizar el efecto, para que parezca que no digo lo que digo, porque de hecho no quiero decirlo.
La leí a destiempo; esa es la explicación.
Quizá hace cuarenta años me hubiera fascinado. No, quizá no, seguro que me hubiera fascinado.
Y ahora tendría el recuerdo de la fascinación en vez de la experiencia de una lectura fallida.
En fin.

Pocos días después me tragué de un tirón esa pequeña joya que había comprado en la Fería del Libro de Gadir mientras llevaba a Morel bajo el brazo y paseaba solitario entre montañas de libros apilados con un descuento del cinco por ciento entre los sólidos muros del Baluarte de la Candelaria.

Los de Olañeta, tan dados a lo meticuloso, han reunido en un librito de poco más de cien páginas tamaño cassette de los de antes, dos narraciones gemelas: Bibliomanía, de Gustave Flaubert y La leyenda del librero asesino de Barcelona, de Miquel i Planas. No sé quién copió a quién, da igual: ambas historias son irresistibles para los que leemos libros incluso mientras dormimos y por tanto entendemos perfectamente eso de que se mate por ellos.


Don DeLillo es otra cosa.

¿Puede uno -quiero decir uno que envidia a Kafka, que no puede sacarse del estómago la obsesión por un músico que firma K, que durante años ha elegido esa letra para quedar atrapado en otros mundos- puedo uno dejar de sentirse atraído por un título como Cero K?

Pues eso: el 23 de mayo, plaf. Lo compro y comienza una experiencia de desasosiego que casi echaba de menos, una inquietud en esos pasillos lisos, vacíos, luminosos. DeLillo te obliga a sentir cosas que quieres apartar de tu vida, que sabes que están ahí, pero a las que no quieres prestarle atención, cosas que quieres postergar... la muerte, el olvido, la permanencia, las relaciones con esas pocas personas cercanas que no quieres perder nunca, sabiendo que "nunca" es una palabra excesiva.

No sé muy bien por qué cogí ese libro de Menéndez Salmón, un escritor que no había leído, que no me proponía leer, así, a corto plazo, que no me atraía nada, que no me tocaba ninguna fibra de esas que te tocan cuando miras los estantes de las librerías, en fin, que eso, que no sé por qué lo cogí, quizá porque hacía calor en el mercadillo y aquel libro solo costaba un euro y total.

O quizá por el brutal impacto de la fotografía de portada con ese soldado tapándose la cara para no mirar el destino reflejado en el rostro de cada lector cuando lee un título como La ofensa.

No, de momento no voy a buscar más libros de Menéndez Salmón; y sí, esta breve narración llenó mis espectativas, estaba a la altura de la mirada del fotógrafo, lo cual es mucho decir.

Una prosa llena de sobriedad y contención que llega a tocar fondo por momentos.


Pocos días después repetí la experiencia de comprar libros al peso en La Palabrería, en el mercado de la Plaza de la Corredera de Córdoba. Esta vez la pequeña joya fue La paloma.

No había vuelto a toparme con Süskind desde que -años ha- leí su perfume y me dejé atrapar por esa prosa barroca que se degusta como esos platos que se tarda veinte veces más en cocinarlos que en comerlos. La paloma es otra cosa. Osea, es Süskind, pero en un ritmo diferente, un ritmo más romántico que barroco, más de clave interna, más psicológico que dicen algunos. No por ello menos recomendable. Todo lo contrario: ideal para esos momentos entre libraco y libraco en los que uno busca algo más directo, más de música de cámara, más de lectura veloz sin caer en lo huero.


Si un libro perdido regresa... no se puede decir que no.
Si un libro decide no llegar a ese destino que se le impuso de modo inoportuno y desaparecer por un tiempo, y finalmente retornar a tus manos cuando menos te lo esperas... no puedes decir que no.
Tienes que dejarlo todo.
Todo.


Sostienes en tus manos esa obra de arte de la edición y ya se te hace la boca agua con lo que viene. El panteón portátil de Impedimenta... El rival de Prometeo... vidas de autómatas ilustres...

Y entre ellos... las máquinas filosóficas, el turco, las máquinas fatales de Hoffmann, Villiers de lÍsle-Adams y Thea von Harbou, y las máquinas postmodernas a la sombra de Philip K. Dick... ¡Ah! ¡Qué disfrute! ¡Qué tremendo disfrute! El papel rugoso, la encuadernación, los tipos de letra, las ilustraciones -empezando por esa portada de inquietante melancolía... y los textos: suculentos, eclécticos, zurumbáticos que diría aquel. En fin, una joya.

Tenía que leer Carpe diem, de Bellow.
Aunque solo fuera para saber de primera mano que a veces las leyendas que acompañan a ciertos títulos no están en absoluto justificadas. Lo acabé por piedad. No diré más.


Y Modiano. Mi dosis de Modiano. La penúltima traducción de Anagrama.
Tres desconocidas.
Tres breves fogonazos de ese cóctel de melancolía que sirve Modiano sin excepción y sin pausa.
"A veces me falla la memoria... esa noche no pude conciliar el sueño... seguramente era por ir siempre por las mismas calles para llegar a ese Barrio Latino que cada vez me parecía más gris..."
Todo el mundo literario de Modiano en unas pocas palabras... siempre las mismas calles, siempre la noche acechando tras la memoria, tras esos pequeños acontecimientos entre la niebla de la postguerra en un París poblado de fantasmas.



viernes, 24 de junio de 2016

Sobre héroes y tumbas, tantos años después...


Una vez más, la noche de brujas me lleva a Sabato.



sábado, 21 de mayo de 2016

Encuentros secretos con Kobo Abe

"Una mañana de verano, llegó una ambulancia sin que la solicitaran y se llevó a la esposa del hombre".

Así, de este modo que, al menos en la traducción castellana, parece calcado del proceso kafkiano, casi comienza Encuentros secretos, mi segundo viaje al mundo interior de Kobo Abe.

Y, así, impregnado de esa descarnada poesía de la que difícilmente puedan encontrarse ecos literarios aunque sí cinematográficos -como demuestran las imágenes que acompaño- casi acaba mi tercer viaje, El hombre caja:

"En el momento en que te toco la piel con los dedos, el tiempo se congela para que llegue la eternidad. Bajo el dolor acarreado por el viento caluroso, me aplicarán un método de transformación corporal que me dejará marcas imborrables hasta la muerte..."


Tres viajes inquietantes.
Tres exploraciones para avezados lectores.
Tres encuentros con Kobo Abe.
Miradas desde la oscuridad.

Una prosa contenida: las arenas impasibles, los pasillos de un hospital que parece abarcar la realidad entera contenida entre las páginas, el interior tan exiguo como equívoco de una caja de cartón.

Son irrealidades paralelas. Mundos claustrofóbicos, exasperantes.
Casi imposible leerlos a grandes dosis: hay que respirar profundamente entre página y página, incluso releer fragmentos enteros, casi extasiándose en lo que Abe nos sugiere de modo retorcido y brutal.






Imágenes del director japonés Hiroshi Teshigahara

lunes, 18 de abril de 2016

 De vuelta al mundo de Kobo Abe...


Hace unos años que cayó en mis manos (desde lo alto de una estantería de libros en una de mis habituales de segunda mano), esta magnífica edición de La mujer de la arena.

Una experiencia fascinante.
Muy similar al estado de tensión en el que te coloca Kafka.
Sí, claro, temperamentos distintos, culturas distintas, recorridos vitales distintos.
Pero esa sensación de que algo terrible esta ocurriendo mientras el narrador continúa impasible.
Esa contradicción entre lo aparente y el pulso que late por debajo.
Por supuesto que anoté a su autor en mi lista mental de más buscados.
El tiempo pasó y no volví a toparme con él.


Y ahora, de repente, Encuentros secretos.
Ahí estoy...






miércoles, 13 de abril de 2016

La pesquisa de Rayo Verde

A Juan José Saer hay que leerlo despacito.

Con ese regusto que proponen ciertos platos de condimentación sutil.
Y eso que en este caso, me aventuro, no estamos ante una de sus grandes novelas, sino ante un experimento, no sé si divertimento (del autor, no del lector), o ante una de esas fugas de material que sufrimos a veces quienes escribimos durante muchos años... ciertos textos se nos van de las manos y no hay quien los discipline.

No, no es "una novela de género", como dicen...
Es una novela.
Eso sí: laberintos, historias dentro de historias, giros efectistas, personajes duros, sangre, vísceras... pero todo ello arropado por un lenguaje nada habitual en los lares de género.
Lástima que de las dos historias, la que más prometía es la que queda abandonada, así, sin mas.

Habrá que buscar más Saer...



lunes, 11 de abril de 2016

¿Se puede vivir sin leer?


[20 de marzo]

Acabo de ver que mi última visita a este blog fue el 7 de diciembre.
Casi cuatro meses de ausencia pues.
En ese tiempo ha ocurrido algo inaudito en mi vida de lector.
No podía leer.
Lo he dicho del modo más sintético y claro posible.
Pero sí, era eso: no podía leer. Pasaban los días y no lograba empezar un nuevo libro.
No es casualidad que eso ocurriera mientras estaba redactando la novela que me propuse escribir en el cuaderno de piel de cocodrilo y que me ha llevado dos meses -desde el 2 de enero al 9 de marzo- de intensa experiencia de lucha con el cálamo y las hojas.
Antes, nunca había dejado de leer mientras escribía.
Tendré que reflexionar sobre ello.

Entretanto, consigno las lecturas de estos tres meses (con el paréntesis de esos pocos días mencionados en los que tan solo inicié las primeras frases de varios libros o quise reconducir alguno de los que había ido dejando a medias en el camino, todo ello sin éxito):


La lucecita, de Antonio Moresco: un aperitivo de un escritor que promete un mundo literario. Habrá que estar atentos a la traducción de sus monumentales obras. vértigo de paginas!

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, otra de las pequeñas joyas de Zweig que este caso ha sido un puente magnífico para volver a la lectura.

[11 de abril]

Y ya despegando otra vez, arranco con Juan José Saer y su Pesquisa, y ya se me apilan en la mesa dos suculentas propuestas del inquietante Kobo Abe y la ultima traducción anagramesca de Modiano. Veremos...

lunes, 7 de diciembre de 2015

La emisora Modiano

Sigue, y casi acaba ya, el empeño -feliz empeño- de Anagrama por darnos las palabras de Modiano. Hasta el discurso de recogida del Nobel han editado. No seré yo quien se queje. Espero esos tres libros que faltan, pero espero que tarden en editarlos... o mejor que no tarden, quiero leerlos ya... o no, quizá es mejor que tarden, porque después me quedará únicamente el ritmo de Modiano escribiendo... ¡qué maldición!


Tan buenos chicos es otro retazo de memoria robada y recuperada. Mira que llevo novelas de Patrick, pero en la siguiente me vuelve a coger desprevenido: vuelve a robarme un trozo de pasado para devolvérmelo lentamente en ciento cincuenta páginas tan dolorosas como hipnóticas.

"Hay lugares que imantan las almas que han perdido el rumbo y rocas que la tempestad no inmuta".

Siempre hay una pequeña revelación en cada libro de Modiano.

En Ropero de la infancia, se permite darnos su pequeño truco para componer historias:

"Se trata de tres cuadernos donde había copiado, mirando diarios atrasados, de hace cuarenta años, nombres propios; señas; anuncios por palabras; nombres de caballos de galope plano y de obstáculos y los de sus jockeys y los de sus dueños; anuncios; declaraciones de quiebra, y otras muchas cosas...  Desde las doce de la noche y hasta las seis de la mañana, Mercadié, Simone Delorme o Jacques Lemoine leen extractos de esa gigantesca agenda caducada por los micrófonos de Radio Mundial. Lo hacen durante diez minutos más o menos, al finalizar todos los noticiarios. Las voces de los locutores a esas horas son límpidas y se elevan por encima de un silencio libre de toda interferencia. Entonces entiendo por qué no puedo volver a escribir novelas, por qué he renunciado a la literatura. En adelante, escribir será llenar cuadernos como los tres anteriores, con todos esos detalles heteróclitos y olvidados que un locutor leerá con voz precisa y despertarán un eco en alguien, en París o en el otro extremo del mundo si sintoniza esa emisión remota. Espero a diario la carta de un oyente desconocido que haya respondido a la invitación que Mercadié repite, al micrófono, siempre que lee un fragmento de mis "cuadernos": "Se ruega a toda persona en condiciones de darnos más detalles sobre este asunto que nos escriba".

Un día de estos escribiré a Modiano para contarle que he sintonizado su emisora.

Una introducción a Coetzee

Desde que mi compañero de búsquedas, encuentros, lecturas, escrituras y cervezas me regaló en Madrid el pequeño libro de Coetzee, Esperando a los bárbaros, mantenía una cierta inquietud por clavarle el diente.

El problema de estos libros es que te regalan un escritor, o lo que es lo mismo, te regalan el ansia de comprar otro montón de libros.

"¿Por qué no podemos vivir en el tiempo como el pez en el agua, como el pájaro en el aire, como los niños? ¡Los imperios tienen la culpa! Los imperios han creado el tiempo de la historia, Los imperios no han ubicado su existencia en el tiempo circular, recurrente y uniforme de las estaciones, sino en el tiempo desigual de la grandeza y la decadencia, del principio y del fin, de la catástrofe. Los imperios se condenan a vivir en la historia y a conspirar contra la historia. La inteligencia de los imperios solo tiene una idea fija: cómo no acabar, cómo no sucumbir, cómo prolongar su era. De día persiguen a sus enemigos. Son taimados e implacables, envían a sus sabuesos por doquier. De noche se alimentan de imágenes de desastres: saqueo de ciudades, aniquilamientos de poblaciones, pirámides de huesos, hectáreas de desolación".

Lo que decía: un escritor.

Impresiona la meticulosa descripción de la crueldad, no como ejercicio de provocación, sino como ingrediente clave para la denuncia que evidentemente pretende. Pero lo más delicioso es asistir a las consecuencias terribles que tiene detentar el sentido común en mitad de la locura.

De momento, dejo aquí a Coetzee. Buscaré, compraré, sus libros me encontrarán muy pronto.