Podría haberme negado a leer a Modiano desde el momento en que le dieron el Nobel. Es la tercera vez que me pasa: a uno de mis escritores le colocan esa etiqueta imposible de ignorar y todo el mundo se lanza a comprarlo.
García Márquez, Kenzaburo Oé, y ahora Modiano, el que más desprevenido me ha cogido, hasta el punto de que ni él mismo entiende por qué ese galardón que lo ha llevado al atril de una sala rococó.
¿Qué tendría que hacer a partir de ahora? ¿Esconder la portada de los libros en las cafeterías? ¿Darme un tiempo hasta que la moda pase? Pues no. Más bien hice lo contrario: aprovechar el tirón de traducciones y reediciones y hacerme con todo lo que no tenía.
Pero respetando un poco, el orden -caótico- de lectura desde mi última entrada, tendría que consignar primero Purgatorio, de Tomás Eloy Martínez, en cuyas páginas me topé esta maravillosa declaración que me estremece como lector y como escritor: "Las novelas se escriben para eso: para reparar en el mundo la ausencia perpetua de lo que nunca existió".
Dos novelitas poderosamente cautivadoras encontradas mediante ese azar que no sé por qué seguimos denominando azar: El palacio de los sueños y El monstruo, me han servido para hacer un aperitivo de Ismaíl Kadaré, a quien llevaba rondando hace tiempo.
Y en esto se me cruzó un envío de mi amigo Raúl de la Rosa, que acababa de editar La sombra del samuraí. 47 Ronin, donde vuelve a incidir en su retorno a oriente y a sencillas y profundas enseñanzas tradicionales que viene difundiendo hace años.
Mi obligado respiro de género negro, en esta ocasión muy espartano: Huesos en el jardín, un brevísimo apunte de Mankell que se resiste a despedirse de Wallander, y uno de esos caprichillos que uno se da no se sabe muy bien por qué, uno de esos libritos intrascendentes que algo te impulsa a leer y que incluso acabado sigues sin saber a qué venía tanta insistencia inefable: La miel de los ángeles, de un tal Vanghelis Hadziyannidis.
Y ahora sí, el retorno de Modiano: La hierba de las noches, lo ultimísimo con Patrick en plena forma: sugerente, magistral en la aparente simplicidad de meandros sin término, intenso, con ese dominio total del narrar como si fuera lo más fácil del mundo. Y después, en las semanas que siguieron, un repaso a lo ya leído y nuevas exploraciones de la noche, nuevas caminatas por París, nuevos encuentros y desencuentros con ese aliento de pasado que no puede olvidarse aunque no sea tuyo: Dora Bruder, El Horizonte, El libro de familia, El café de la juventud perdida, Un pedigreé, Accidente nocturno, Más allá del olvido.
Acabado Modiano, era díficil -me ocurre siempre que vuelvo a él- leer literatura. Así que me abandoné a mis lecturas de trabajo. Me hizo regresar, Muerte por agua, otra exploración del pasado familiar que obsesiona hace milenios a Kenzaburo Oé, que no supera a M/T, pero sí a los últimos libros suyos traducidos en España.
Y ahora... ahora... La novela luminosa.
martes, 24 de marzo de 2015
viernes, 15 de agosto de 2014
lunes, 21 de abril de 2014
Los libros de los que no he podido hablar
He interrumpido la lectura de La senda del Chamán, de mi amigo Raúl de la Rosa, para rendir un homenaje a Gabo releyendo 35 años después de la primera vez Cien años de soledad: ¡qué menos!
Volver por aquí, por las escrituras de la noche, me ha hecho recordar que llevaba un tiempo sin dejar constancia de mis lecturas a los conocidos y desconocidos visitantes que según el contador que instalé superan las 7000 visitas: o tengo muchos huéspedes o unos pocos fieles y persistentes.
Antes de toparme con el Chamán, acaba de salir de las manos maestras de Salter y su tremenda capacidad de trasmisión descarnada: Juego y distracción, Años luz y Todo lo que hay -ejercicios de contención donde los haya.
Y antes, Los 47 ronin, también de Raúl de la Rosa, pero atentos, muy alejado de la peli que por estos meses protagoniza Keanu Reeves, porque Raúl no quiere entretenernos, sino más bien lo contrario, lo que lleva muchos años haciendo: explorar los caminos interiores.
Y antes, El mar de las Sirtes: ese Julien Gracq más allá de los premios y más acá de lo posible, de un texto que pueda sostenerse en el tiempo -definitivamente difícil, pero no por complejo, sino por distante.
Y antes, las 1500 páginas de El libro de los susurros. Sí, es cierto que el libro magníficamente editado por Pre-Textos tiene 750 páginas, pero esta herida de Varujan Bosganian se ha convertido en el primer libro que comienzo inmediatamente después de acabar, sin pausa, sin posibilidad de abrir otro, de salir de ese mundo terrible y hermoso que penetra como el aliento de duduk, como el aroma del café molido interminablemente, como la perseverancia épica de Misak Torlakian, como el horror de los círculos del infierno o la ternura del abuelo Garabet.
Y antes, entreveradas con otros libros mayores y menores, una novela negra de tanto en tanto: Misterioso (una decepción) de Arne Dahl; El secreto de Christine y El otro nombre de Laura, las dos primeras esquirlas de Bejamin Black (nada decepcionantes sino todo lo contrario); Una noche no (pretencioso sin más jugo) de Goran Tocilovac; Los años perdido de Sherlock Holmes de un tal Jamyang Norbu (que no, que no hay manera de llegar a la altura de Sir Arthur); La (aburrida) sombra de Poe, de Matthew Pearl; la meticulosa reconstrucción de un caso de Conan Doyle (que no de Holmes) realizada por Julian Barnes en Arthur y George; un soplo de aire fresco de Fred Vargas (a quien seguiré la pista): La tercera virgen; y el regreso al origen: la maravillosa investigación de Daniel Stashower sobre Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera (absolutamente recomendable).
Y antes o después o al mismo tiempo, cerrando y abriendo las páginas de uno u otro: El momento de la sensación verdadera (una obra menor de Peter Handke); El viajero de Agartha, peculiar contraaventura de Abel Possé (que vino a mis manos y no pude dejar de mirar); la a ratos entretenida, misteriosa y más prometedora que cumplidora Yagudín, de Phillip Segur; el impacto de las historias pequeñas y redondas que luego gusta contar a otros: Novela de ajedrez, de Stephan Zweig; dos navegaciones de Alvaro Mutis: La nieve del almirante y Ilona llega con la lluvia; La leyenda del santo bebedor de un alucinado Joseph Roth; una sobrevalorada penúltima novela de Vila-Matas: Aire de Dylan y la pequeña joya del minimalista Echenoz: 14.
Y vuelta atrás, me refiero a los autores que veneré y que no puedo evitar en los cruces de caminos: Antes del fin (otra vez) de Sabato y la sorprendente Corrección de pruebas en la alta Provenza, de Cortázar encerrado en su legendaria Volkswagen.
Y entretanto, lectura y relectura de Modiano: Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Perro de primavera, Un circo pasa. La dosis necesaria para volver a pisar el territorio vedado de un pasado entre desconocido, inquietante y lleno de la amargura de la pérdida o el extravío.
¿Más? Quizá... algo habré olvidado entre tanta página vibrante.
Pero ahora camino hacia otro lado...
Volver por aquí, por las escrituras de la noche, me ha hecho recordar que llevaba un tiempo sin dejar constancia de mis lecturas a los conocidos y desconocidos visitantes que según el contador que instalé superan las 7000 visitas: o tengo muchos huéspedes o unos pocos fieles y persistentes.
Antes de toparme con el Chamán, acaba de salir de las manos maestras de Salter y su tremenda capacidad de trasmisión descarnada: Juego y distracción, Años luz y Todo lo que hay -ejercicios de contención donde los haya.Y antes, Los 47 ronin, también de Raúl de la Rosa, pero atentos, muy alejado de la peli que por estos meses protagoniza Keanu Reeves, porque Raúl no quiere entretenernos, sino más bien lo contrario, lo que lleva muchos años haciendo: explorar los caminos interiores.
Y antes, El mar de las Sirtes: ese Julien Gracq más allá de los premios y más acá de lo posible, de un texto que pueda sostenerse en el tiempo -definitivamente difícil, pero no por complejo, sino por distante.
Y antes, las 1500 páginas de El libro de los susurros. Sí, es cierto que el libro magníficamente editado por Pre-Textos tiene 750 páginas, pero esta herida de Varujan Bosganian se ha convertido en el primer libro que comienzo inmediatamente después de acabar, sin pausa, sin posibilidad de abrir otro, de salir de ese mundo terrible y hermoso que penetra como el aliento de duduk, como el aroma del café molido interminablemente, como la perseverancia épica de Misak Torlakian, como el horror de los círculos del infierno o la ternura del abuelo Garabet.
Y antes, entreveradas con otros libros mayores y menores, una novela negra de tanto en tanto: Misterioso (una decepción) de Arne Dahl; El secreto de Christine y El otro nombre de Laura, las dos primeras esquirlas de Bejamin Black (nada decepcionantes sino todo lo contrario); Una noche no (pretencioso sin más jugo) de Goran Tocilovac; Los años perdido de Sherlock Holmes de un tal Jamyang Norbu (que no, que no hay manera de llegar a la altura de Sir Arthur); La (aburrida) sombra de Poe, de Matthew Pearl; la meticulosa reconstrucción de un caso de Conan Doyle (que no de Holmes) realizada por Julian Barnes en Arthur y George; un soplo de aire fresco de Fred Vargas (a quien seguiré la pista): La tercera virgen; y el regreso al origen: la maravillosa investigación de Daniel Stashower sobre Edgar Allan Poe y el misterio de la bella cigarrera (absolutamente recomendable).
Y antes o después o al mismo tiempo, cerrando y abriendo las páginas de uno u otro: El momento de la sensación verdadera (una obra menor de Peter Handke); El viajero de Agartha, peculiar contraaventura de Abel Possé (que vino a mis manos y no pude dejar de mirar); la a ratos entretenida, misteriosa y más prometedora que cumplidora Yagudín, de Phillip Segur; el impacto de las historias pequeñas y redondas que luego gusta contar a otros: Novela de ajedrez, de Stephan Zweig; dos navegaciones de Alvaro Mutis: La nieve del almirante y Ilona llega con la lluvia; La leyenda del santo bebedor de un alucinado Joseph Roth; una sobrevalorada penúltima novela de Vila-Matas: Aire de Dylan y la pequeña joya del minimalista Echenoz: 14.
Y vuelta atrás, me refiero a los autores que veneré y que no puedo evitar en los cruces de caminos: Antes del fin (otra vez) de Sabato y la sorprendente Corrección de pruebas en la alta Provenza, de Cortázar encerrado en su legendaria Volkswagen.Y entretanto, lectura y relectura de Modiano: Barrio perdido, Reducción de condena, Flores de ruina, Perro de primavera, Un circo pasa. La dosis necesaria para volver a pisar el territorio vedado de un pasado entre desconocido, inquietante y lleno de la amargura de la pérdida o el extravío.
¿Más? Quizá... algo habré olvidado entre tanta página vibrante.
Pero ahora camino hacia otro lado...
viernes, 18 de abril de 2014
Gabo no más
Acaba de llegarme por las invisibles vías electrónicas la noticia de la muerte de Gabo.
Y vuelvo a verlo como lo he visto siempre en mi cabeza: sentado ante esa pequeña mesa con su máquina de escribir y descalzo: una imagen casi espartana del escritor que no necesita absolutamente nada porque le sobra lo más importante: materiales de construcción del otro mundo, el mundo al que se accede al abrir con pasión las páginas de sus libros.
Hace muchos muchos años que abrí por primera vez Cien años de soledad y no lo cerré hasta llegar a la última línea: solo pude saborear el libro unos meses después cuando lo leí por segunda vez a ritmo algo más razonable o años más tarde, cuando volví a leerlo con cierta distancia.
Pero la primera lectura es la que permanece en mi memoria -o no sé muy bien dónde, pero hiriéndome y apoyándome al mismo tiempo. Como un huracán, como una voz que detiene el mundo y decide recomenzarlo de nuevo, como una pala que cava en la tierra para extraer secretos primarios y enterrar las raíces de incontables historias que brotarán sin freno.
Mientras Sabato era el escritor comprometido, el atormentado, el maldito, Gabo era el narrador inagotable, el creador de personajes inefables que se te meten en las fibras; mientras Donoso te dejaba claro su imponente dominio de un relato de largo aliento y múltiples encrucijadas, Gabo te sometía a un maratón de asombros; mientras Cortázar estimulaba la imaginación, denunciaba las injusticias y nos zamarreaba con la urgencia nocturna del jazz, Gabo inventaba el mundo y nos forzaba a aceptar un pacto de rendición incondicional a su capacidad para trastocar las técnicas narrativas en apenas una frase: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo..." ¿Es posible sugerir tanto con tan poco? ¿Es posible agarrar al lector por las entrañas y lanzarlo al futuro antes de comenzar, retorcer la arquitectura de un relato legendario desde el primer párrafo, la voz, los tiempos verbales? ¿Es posible mantener ese reto, esa capacidad de escupir fuego, ese pulso ante lo invisible, página tras página durante cien años?
Pues sí, lo es; lo fue. Y no creo que se repita muchas veces.
Y vuelvo a verlo como lo he visto siempre en mi cabeza: sentado ante esa pequeña mesa con su máquina de escribir y descalzo: una imagen casi espartana del escritor que no necesita absolutamente nada porque le sobra lo más importante: materiales de construcción del otro mundo, el mundo al que se accede al abrir con pasión las páginas de sus libros.
Hace muchos muchos años que abrí por primera vez Cien años de soledad y no lo cerré hasta llegar a la última línea: solo pude saborear el libro unos meses después cuando lo leí por segunda vez a ritmo algo más razonable o años más tarde, cuando volví a leerlo con cierta distancia.
Pero la primera lectura es la que permanece en mi memoria -o no sé muy bien dónde, pero hiriéndome y apoyándome al mismo tiempo. Como un huracán, como una voz que detiene el mundo y decide recomenzarlo de nuevo, como una pala que cava en la tierra para extraer secretos primarios y enterrar las raíces de incontables historias que brotarán sin freno.
Mientras Sabato era el escritor comprometido, el atormentado, el maldito, Gabo era el narrador inagotable, el creador de personajes inefables que se te meten en las fibras; mientras Donoso te dejaba claro su imponente dominio de un relato de largo aliento y múltiples encrucijadas, Gabo te sometía a un maratón de asombros; mientras Cortázar estimulaba la imaginación, denunciaba las injusticias y nos zamarreaba con la urgencia nocturna del jazz, Gabo inventaba el mundo y nos forzaba a aceptar un pacto de rendición incondicional a su capacidad para trastocar las técnicas narrativas en apenas una frase: "Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en la que su padre lo llevó a conocer el hielo..." ¿Es posible sugerir tanto con tan poco? ¿Es posible agarrar al lector por las entrañas y lanzarlo al futuro antes de comenzar, retorcer la arquitectura de un relato legendario desde el primer párrafo, la voz, los tiempos verbales? ¿Es posible mantener ese reto, esa capacidad de escupir fuego, ese pulso ante lo invisible, página tras página durante cien años?
Pues sí, lo es; lo fue. Y no creo que se repita muchas veces.
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domingo, 30 de junio de 2013
Rayuela
Así habían empezado a andar por un París fabuloso,
dejándose llevar por los signos de la noche...
Rayuela cumple 50 años y mi primera inmersión en sus páginas 34 -en la edición de Edhasa/Sudamericana de 1979. El maestro del relato, el creador de absolutas maravillas que me hicieron estremecer con esos 19 añitos tan vulnerables: Autopista del sur, Carta a una señorita en París, Casa tomada, El perseguidor... esa voz que te hipnotizaba desde lugares imposibles, tenía que escribir esto, esta cosa indefinible, inabarcable, que te sacudía a cada instante, que te atrapaba, te envolvía, te subyugaba y te hidromurizaba tambaleando entre los forbides escremeleantes sin aviso ni honduria...
La pregunta -tremenda y desasosegante- es: ¿volver a leer Rayuela?
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo...
... Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carnias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Bebé Rocamadour, bebé bebé. Rocamadour...
... madame Iréne no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo... Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico... pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también tú buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto...
dejándose llevar por los signos de la noche...
Rayuela cumple 50 años y mi primera inmersión en sus páginas 34 -en la edición de Edhasa/Sudamericana de 1979. El maestro del relato, el creador de absolutas maravillas que me hicieron estremecer con esos 19 añitos tan vulnerables: Autopista del sur, Carta a una señorita en París, Casa tomada, El perseguidor... esa voz que te hipnotizaba desde lugares imposibles, tenía que escribir esto, esta cosa indefinible, inabarcable, que te sacudía a cada instante, que te atrapaba, te envolvía, te subyugaba y te hidromurizaba tambaleando entre los forbides escremeleantes sin aviso ni honduria...
La pregunta -tremenda y desasosegante- es: ¿volver a leer Rayuela?
¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.
Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo...
... Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carnias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias.
Bebé Rocamadour, bebé bebé. Rocamadour...
... madame Iréne no está contenta de que seas tan lindo, tan alegre, tan llorón y gritón y meón. Ella dice que todo está muy bien y que eres un niño encantador, pero mientras habla esconde las manos en los bolsillos del delantal como hacen algunos animales malignos, Rocamadour, y eso me da miedo... Hay una cosa que se llama tiempo, Rocamadour, es como un bicho que anda y anda. No te puedo explicar porque eres tan chico... pero ellos que todo lo entienden tan bien no te pueden entender a ti y a mí, no entienden que yo no puedo tenerte conmigo, darte de comer y cambiarte los pañales, hacerte dormir o jugar, no entienden y en realidad no les importa, y a mí que tanto me importa solamente sé que tengo que estar sola con Horacio, vivir con Horacio, quién sabe hasta cuándo ayudándolo a buscar lo que él busca y que también tú buscarás, Rocamadour, porque serás un hombre y también buscarás como un gran tonto...
jueves, 21 de marzo de 2013
sábado, 9 de marzo de 2013
En el termitero de Mircea Cartarescu
"Eso ya no era música, o era la música de la que hablaban los pitagóricos. Ningún oído humano podía oírla porque no se basaba ya en sonidos, ni siquiera en materia, sino que penetraba en las pulsaciones cósmicas, trenzándose con ellas y obligándolas a transformarse".A esa altura de Nostalgia, cuando únicamente nos separa una página del instante final al que ansiábamos llegar pero no llegar nunca, hace mucho que hemos comprendido que eso ya no era literatura, sino pulsaciones cósmicas que creaban un canal misterioso con la parte oscura del lector obligándolo a transformarse.
Bajamos al semisótano de la librería Rafael Alberti y allí estaba Mircea, sentado en una silla de tijera junto a Marian Ochoa, su traductora, a quien tanto debemos. Nos íbamos apretando en la penumbra mientras él miraba en silencio a algún lugar recóndito.
Llegaron después Ignacio Vidal-Folch y Enrique Redel, el editor de Impedimenta, con una desbordante sonrisa de satisfacción que parecía decirnos a todos: "sí, he sido yo; yo he tenido el inenarrable privilegio de ofreceros sus libros, y pienso seguir haciéndolo mucho tiempo".
Redel explicó que la presencia allí de Cartarescu era fruto del azar. Quiero creer que pronunció esa palabra entrecomillada, refiriéndose más bien a eso que Leibniz llamaba Armonía Preestablecida aludiendo a una cadena de sucesos unidos por la magia de lo inefable y en la que ahora encajaba esa otra cadena inasible que me había llevado hasta Madrid, a 500 kilómetros de mi casa para una visita inusual a mi amigo Ñ.
Tras las presentaciones y una aproximación sumaria de Vidal-Folch en la que a punto estuvo de arrebatar a muchos presentes el vértigo de El ruletista, él mismo lanzó una primera pregunta. Pero Mircea no respondía a las preguntas directamente sino mediante un quiebro en el que combinaba con astucia el agradecimiento, la anécdota y la confesión de sus profundas turbaciones. Parecía decir sin decirlo: "Estoy aquí por obra y gracia de la literatura, la literatura leída que alimentó esas interminables horas de mi adolescencia, y por la literatura escrita, con la que ahora os alimento a vosotros".
Así que allí estábamos los cuatro: mi amigo Antonio y yo, y mi compañera M buscando atrapar con su cámara las recónditas expresiones y los gestos de profunda meditación de Mircea, quien ahora nos contaba la metáfora genial del termitero para explicar su aproximación a la escritura. Las termitas no planifican el termitero, simplemente lo hacen porque el plan del termitero es la propia termita. Y eso es Mircea; eso es REM en particular: una salvación y una condena al mismo tiempo: La condena de Kafka que nos salva de morir petrificados tras una noche de fantasmas.
Mircea escribe como las termitas, como Kafka, aceptando el dolor de permitir que tu mundo interior salga desgarrándote. Así las vueltas de tuerca que marcan su obra: en El ruletista señaladas gráficamente por las balas, pero presentes igualmente en todos los textos de Nostalgía y quizá llevadas al extremo en El Arquitecto que podría considerarse -y así se lo comenté- una especie de Teoría de la Novela de Cartarescu: los giros geniales en el fluir de su portentosa imaginación que nos arrebata mientras sus pulsaciones cósmicas nos lanzan hasta más allá del umbral de lo real.
Cerramos Nostalgia con una mezcla de agotamiento y plenitud. Con ese temblor con el que leíamos hace treinta años y que pocos hemos vuelto a repetir, sencillamente porque en este océano de millones de libros en el que nos hallamos, resulta poco menos que imposible encontrar un Escritor, así con mayúsculas sabatianas, un Escritor como Mircea.
Fotografías: M.Jiher
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Sabato
lunes, 5 de noviembre de 2012
Erlendur: el detective que surgió del frío
Es difícil seguir la evolución de estos autores que se traducen sin orden, a golpe de criterio publicitario y en ocasiones sin mucho conocimiento por parte de los supuestos especialistas. A modo de ejemplo: acabo de ver en el monográfico que la revista Qué leer dedica a la novela policíaca que La mujer de verde es el "debut" de Indridason en España. Al parecer ya no se recuerda que RBA ya había publicado en 2006 -supongo que con escaso éxito de ventas- Las marismas, con una magnífica fotografía de portada que un buen día me llevó a comprar a aquel desconocido en una librería de saldo.
Quizá me hago un lío yo también, y esta "nueva entrega" del inspector Erlendur Sveinsson no es tan nueva. Sea como sea, se observa un cierto empeño en profundizar, más allá de los pormenores del caso -limpiamente trazados- en los recovecos helados -en más de un sentido- del hermano casi gemelo de Wallander.
Pero sí, más allá de ese recurso perfectamente resuelto para acercarnos al pasado -osea, al interior de Erlendur- que es su brutal sentimiento de culpa por la trágica y absurda muerte de su hermano, estamos otra vez ante una de esas novelas de género que se agradecen piadosamente.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Sobre los acantilados de Jünger
Yo por ejemplo pienso muy poco en las ideas políticas de Schubert o Brahms cuando escucho su obra de cámara, de modo que esos apellidos se convierten casi en una mera referencia para ubicar sus obras.
¿Por qué los Acantilados se convirtieron ya en su día en una especie de alegoría premonitoria del horror nazi? O, más importante aún, ¿debemos leer los Acantilados a la luz de esa interpretación? ¿Debemos leer cualquier obra a la luz de sus posteriores interpretaciones?
En muchos casos -y este es indudablemente uno de ellos- es casi imposible no hacerlo. El precio es alto: el riesgo de perdernos innumerables matices que no acompañan la interpretación canónica.
¿Entonces? Sí, no cabe duda de que estamos ante una novela notable, intensa, con un lenguaje -según se entrevé en la traducción- elaborado aunque por momentos más afectado de lo necesario y unos personajes atractivos que, no obstante, no acaban de emocionar.
lunes, 6 de agosto de 2012
Kafka: el escritor como animal
Prodigioso.
No se me ocurre otro adjetivo para describir el tour de force que debió suponer para Citati escribir este libro.
Leer a K es una experiencia cuando menos perturbadora. Pero escribir sobre ello supone un reto que pocos han sido capaces de asumir sin dejarse arrastrar por tópicos, academicismos o poses más o menos afectadas.
Citati ha conseguido conectar con lo inasible, con ese empeño invisible que empujaba a K a desafiar las limitaciones humanas para extraer de su interior un caudal oscuro de seres portentosos.
La paradoja kafkiana es que alguien que casi no logró terminar sus obras -desde luego ninguna de sus novelas- ha permanecido como modelo de Escritor, así con mayúsculas. Quizá porque el verdadero Escritor es precisamente el que no se deja esclavizar por la insignificante contingencia de acabar una obra y se abandona completamente a la escritura... como un animal.
Y ahí queda el impresionante capítulo III del libro de Citati en el que se mete en las entrañas de K para explicar a los lectores lo inexplicable, el insondable misterio de quien decide hacer de la escritura el núcleo central de su vida: "Era una especie de alquimia: abolir la vida dentro de sí, y transformarla en esa sustancia pura, translúcida, ausente, vacía, que se llama literatura. De no haberlo hecho, de no haberse quemado y sacrificado al pie de un altar de papel, el dios de la literatura no le habría dejado vivir".
¡Imposible acercarse siquiera a mil kilómetros del lugar al que llegó K! Cavando y cavando, adentrándose en el abismo sin luz, respirando el aire enrarecido de los terrores sin nombre. "La noche por sí sola no le bastaba. Como su inspiración no venía de las alturas sino de los abismos, también él debía descender cada vez más abajo, hacia las profundidades de la tierra; y llegado allí abajo, encerrarse, como el prisionero que el fondo de su alma era".
Imposible leer a K sin que se nos revuelva el estómago. Imposible pasar por alto que un ser humano -eso era por mucho que nos cueste admitirlo- pudo agujerear los muros de eso que llamamos realidad para traernos esas páginas. ¿Cómo lo logró? El propio K lo explicó así en una carta a Felice Bauer:
"Con frecuencia he pensado que la mejor forma de vida para mí consistiría en encerrarme en lo más hondo de un vasto sótano con una lámpara y todo lo necesario para escribir. Me traerían la comida y me la dejarían siempre lejos de donde yo estuviera instalado, detrás de la puerta más exterior del sótano. Ir a buscarla, en bata, a través de todas las bóvedas, sería mi único paseo. Acto seguido regresaría a mi mesa, comería lenta y concienzudamente, y enseguida me pondría de nuevo a escribir. ¡Lo que sería capaz de escribir entonces! ¡De qué profundidades lo sacaría!"
martes, 17 de julio de 2012
Schmidt Nobodaddy
A buen seguro, es uno de esos autores imposibles de conocer para quienes nos aproximamos desde otra lengua, porque su auténtica esencia se esconde en sutilidades intraducibles.
La tarea de leer la Trilogía Nobodaddy -porque es una tarea- se ve afortunadamente suavizada por la inteligencia con la que se ha organizado el material.
Me he detenido entre la segunda y la tercera entrega a causa de un inesperado regalo -el Kafka de Citati- pero mi intuición me ayuda a redondear el comentario: El fauno tiene la capacidad -quién sabe si calculada- de introducirnos en la escritura dificultosa de la trilogía; el brezal es quizá la más barroca de las tres breves novelas; y estoy seguro de que Espejos negros merecerá la espera.
Lo contaré en breve.
domingo, 24 de junio de 2012
Desde el otro lado (II)
No ha sido solamente una vuelta física al encuentro con el libro, sino también, y con un magnetismo arrebatador y escalofriante, una vuelta existencial, una búsqueda interminable por los más abruptos y aterradores túneles de la vida.
Al maestro le debemos en gran parte todos esos demonios, toda es legión de fantasmas que nos ha acompañado todo este tiempo, y que han hecho que nosotros estemos trincados irremisiblemente a la escritura.
Un abrazo.
Antonio.
sábado, 23 de junio de 2012
Con Sabato en la noche de brujas
Leí la gran novela de Sabato, por primera vez, cuando tenía la edad de su protagonista.
Hablo de Sobre héroes y tumbas, y hablo de 17 añitos. El cataclismo emocional que supuso para mí solo podría explicarlo el adolescente que fui entonces, el mismo adolescente que se aferraba a las cosas intangibles, que anhelaba toneladas de calor humano en el desolador vacío de patios de colegios y calles polvorientas.
He vuelto en incontables ocasiones a ese mundo inefable que subyace bajo el Buenos Aires de Sabato, ese mundo que presentía bajo mis pies en las calles de cualquier ciudad -porque hasta allí llegarían las últimas conexiones de los túneles poblados por las criaturas de la noche.
Volví una vez más a los abrazos desesperados de Martín y Alejandra cuando tenía la edad con la que Sabato escribió aquellas páginas terribles y maravillosas.
Y ahora, cuando empiezan a adivinarse a pocos metros de mi ventana las fogatas de San Juan, los murmullos de la noche de brujas, he vuelto otra vez a él, al explorador de los abismos, al Queronte del infierno de la escritura, a la voz de los adolescentes perdidos, anhelantes de eternidad, embriagados de esperanza aún en los tiempos más difíciles.
Para vos, maestro, el tango del mirador de Alejandra:
jueves, 21 de junio de 2012
Los electrocutados de Zooey
Dizze y Oidas eran dos planetas. Dos planetas que giraban uno alrededor del otro por un firmamento privado y secreto, como una pareja de vals en la glorieta de un parque abandonado por el futuro. La danza alrededor de un centro que se habían fijado en la infancia, la razón por la que vivían, la esperanza y el refugio que habían antepuesto ante cualquier contratiempo y tormenta.
La escucha de la frase del Sistema Solar era algo más que una investigación científica, era para ellos el sentido mismo de su existencia como planetas, era lo que justificaba que no hubieran tenido descendencia, ni satélites, ni otra vida en el interior de sus atmósferas.
En pocas páginas, el universo.
Los juegos intertextuales de Zooey son apasionantes. Es un pseudónimo salingeriano, es un personaje de sus propios libros, es un ser eléctrico y ecléctico al servicio de sus propósitos de comunicación.
Los electrocutados es un desafío, un enigma que se consume en sí mismo, que nos deja anhelando más, cuando se acaba la última de esas escasas 172 páginas de textos sin género, ni etiqueta, ni posible clasificación. La ficción se convierte en el meollo de microensayos teóricos que desbordan una fría locura sin contención.
Y todo esto sazonado de melancolía.
jueves, 29 de marzo de 2012
Contra el día (primer retorno)
La mitad del Dietario Voluble de Vila Matas me devuelve a Pynchon.
¿Por qué? Imposible no saberlo. Imposible explicarlo.
Así que aquí estoy en la página 519 a punto de terminar la segunda parte y adentrarme en Bilocaciones.
¿Qué me tiene reservado el Espato de Islandía?
¿Cuánto tiempo seré capaz de aguantar esta vez?
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Enrique Vila-Matas,
Thomas Pynchon
martes, 27 de marzo de 2012
Modiano, Echenoz, Michon
¿Qué lector que se precie -quiero decir que se precie de ejercer es grandiosa ocupación- no está en un momento u otro perdido en alguna parte de alguna de esas grandísimas novelas de Pynchon?
Interrumpí Contraluz para caminar por senderos cortos de ida y vuelta. Pero antes de regresar me topé con La Broma Infinita, que a su vez interrumpí para caminar nuevos senderos de los que aún no he regresado del todo -ni a Wallace ni a Pynchon:
La brevísma y concentrada narración -que no novela- de Michon, El orígen del mundo, que parece rozarte la mejilla con un frío cortante; la menos breve pero más accesible -aunque admito que algo decepcionante en su tramo final- Relámpagos; y la enorme -no por el tamaño, claro, Trilogía de la ocupación de Modiano.
Aquí tengo que hacer un punto y aparte.
Modiano es mucho para mí. Es como caminar sin rumbo por una ciudad desconocida y detenerse de tanto en tanto a tomar una copa en un local extraño en el que constantemente nos parece haber bebido toda la vida. Me preguntó qué haré cuando haya leído todas las novelas de Modiano... ¿Empezar de nuevo? ¿Viajar a París? ¿Confiar en que su ritmo de escritura supere a los empeños editoriales de traducción o a mi propia capacidad para conseguir los libros?
Terrible dilema.
Interrumpí Contraluz para caminar por senderos cortos de ida y vuelta. Pero antes de regresar me topé con La Broma Infinita, que a su vez interrumpí para caminar nuevos senderos de los que aún no he regresado del todo -ni a Wallace ni a Pynchon:
La brevísma y concentrada narración -que no novela- de Michon, El orígen del mundo, que parece rozarte la mejilla con un frío cortante; la menos breve pero más accesible -aunque admito que algo decepcionante en su tramo final- Relámpagos; y la enorme -no por el tamaño, claro, Trilogía de la ocupación de Modiano.
Aquí tengo que hacer un punto y aparte.
Modiano es mucho para mí. Es como caminar sin rumbo por una ciudad desconocida y detenerse de tanto en tanto a tomar una copa en un local extraño en el que constantemente nos parece haber bebido toda la vida. Me preguntó qué haré cuando haya leído todas las novelas de Modiano... ¿Empezar de nuevo? ¿Viajar a París? ¿Confiar en que su ritmo de escritura supere a los empeños editoriales de traducción o a mi propia capacidad para conseguir los libros?
Terrible dilema.
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Jean Echenoz,
Patrick Modiano,
Pierre Michon
miércoles, 28 de diciembre de 2011
sábado, 26 de noviembre de 2011
El faro de la última decepción
Irresistible. El trasunto de esta novela que podemos resumir en una palabra: Poe -irresistible, ya digo.
Al principio me pareció simplemente correcta. Hay un momento -aunque quizá haya que aguantar demasiadas páginas- en que comienza a ser prometedora, sugerente. Pero el último tramo es lastimosamente decepcionante.
Al final, lo mejor del libro es un título que no hay que agradecer a su autor, sino al traductor, ya que el original se ciñe al título de Verne, El faro del fin del mundo. Sinceramente, creo que la cosa daba para más, para mucho más. Pero el texto se limita a dar vueltas alrededor de cuatro tópicos aderezándolos con ciertos personajes del genial autor de Ligeia para atrapar al lector el tiempo justo de encajarle un culebrón que nada tiene en común con el mundo, ni la poética, ni la sintáxis, ni nada que suene a Edgar Allan Poe.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Bergounioux: el paisaje y la memoria
Si se quiere pasar un rato perdido en el tiempo; si se quiere abrir un pequeño libro junto a un café y dejarse llevar por una peculiar puntuación que nos recuerda constantemente que leemos; si se busca un breve lapso de paz en el que recobrar la distancia de tiempos teñidos de azul; si se quiere volver una y otra vez, siguiendo sinuosos meandros de adjetivos enternecedores y fecundos; si se quiere leer y que la lectura no nos deje indiferentes... no sería mala idea poner un poco de azul en el paisaje.
Un libro escribe Bergounioux afecta en mayor o menor grado a lo que pensamos y, por lo tanto, a lo que somos. Cambia, en cierta medida, el mundo que consiste, en parte, en la idea que tenemos de él, ya lo adorne y agrande, ya consuma su ruina... No conozco libro, cuando ha importado, que no haya hecho temblar el suelo de la existencia...
Una voz intensa, reconcentrada y escueta. La calma que precede a la tempestad... en estos momentos en los que estoy a punto de dar el salto hasta la broma infinita...
sábado, 5 de noviembre de 2011
Génesis
Peculiar novela, Génesis.
A quienes tuvimos nuestra particular etapa poblada de libros de ciencia-ficción de Bruguera nos recuerda los viejos tiempos en los que nos pirrábamos por aquellos argumentos ingeniosos, aquellas pequeñas joyas de la anticipación entreveradas de misterios más o menos trascendentes.
Génesis te atrapa desde el principio, te envuelve en un cruce entre novela y teatro, diálogo científico e interrogatorio de serie negra. Sin ser una obra maestra y asomando la nariz fuera de los estrictos límites del género, es una narración breve, robusta y con recursos suficientes para ser recordada.
lunes, 12 de septiembre de 2011
La estirpe de Caín

Desplegar una vez más la vieja edición de Anaya de edad indeterminada, con sus páginas amarillentas despidiendo ese brumoso olor a papel largamente almacenado en los estantes y su tipografía caótica, fue toda una experiencia de hondas repercusiones emotivas.
¿Por qué he vuelto a Demian 34 años después?
¿Y qué más da? Lo que importa es que esas páginas continúan atesorando igual que hace cien años unas pocas revelaciones que nos sirven en el camino de aprendizaje de la vida:
"Eramos hombres que habíamos despertado o despertábamos y nuestra aspiración era llegar a una vigilia aún más perfecta, mientras que la aspiración y la felicidad de los demás estribaba en ligar cada vez más estrechamente sus opiniones, sus ideales y sus deberes, su vida y su fortuna, a los del rebaño... para nosotros, la humanidad era un lejano futuro hacia el que todos caminábamos, sin que nadie conociera su imagen ni constaran escritas sus leyes en parte alguna".
lunes, 5 de septiembre de 2011
Erlendur Sveinsson: el hermano menor de Wallander
Descubrí a Arnaldur Indridason en una librería de restos: Las Marismas me pareció una novela entretenida con dosis adecuadas de elegancia, misterio y la parsimonia nórdica que tanto me hipnotizo en la serie Wallander.
Después he ido leyendo todo lo que RBA está traduciendo del autor islandés. Y he seguido pasando buenos ratos con historias que enganchan, mantienen razonablemente el interés y finalmente se despiden de ti con la sensación de haberte defraudado.
Y eso es El hombre del lago. Ni más ni menos.
martes, 23 de agosto de 2011
Despertad, oh jóvenes de la globalización!
Un grito.
Eso es este libro.
No tiene sentido preguntarse si es una novela o no.
Kenzaburo nos grita desde su posición de intimidad nimbada de honestidad hasta el desgarro.
Poner al descubierto las heridas no es fácil, pero poner al descubierto lo que queda de uno después de que un apocalipsis nuclear haya arrasado tu piel, tus disfraces y el muro que una nación ha construido para encerrar la vergüenza, es puro heroísmo sólo accesible a unos pocos.
Entre ellos, K.
domingo, 1 de mayo de 2011
Sabato ha muerto
De alguna forma era algo que esperaba y temía.
Sabato lleva años desafiando su pesimismo, su tentación autodestructiva, su lado nocturno; todo eso que se ha confundido con debilidad.
Parecía que su vida se acabaría al perder a Matilde, pero es evidente que su espíritu atormentado había encontrado otras razones para resistir.
Y entre ellas quizá ocupaba un lugar fundamental la obligación autoimpuesta de trasladar un mensaje de esperanza a pesar de todo: inmensa paradoja que siempre había dominado su vida y su obra, la de infundir esperanza siendo él mismo un alma a la deriva.

Debo a Sabato la fuerza necesaria para escribir.
Y ahora me enfrento al desafío de estar a la altura de esa responsabilidad.
Hasta siempre, maestro.
viernes, 29 de abril de 2011
Bernhard y el desconcierto
No es fácil leerlo.Pero eso ya lo saben. Lo saben quienes lo han leído y lo saben muchos que aún no lo han hecho.
Hace mucho que lo tengo en mi lista. Esa lista interminable de libros que esperan pacientemente su turno de lectura.
Y de repente le tocó a Corrección.
Y aquí estoy: atrapado en este libro escrito en dos párrafos y que trata sobre la disección de la realidad, asi Bernhard.
¿Qué voy a leer después de este tour de force? ¿Cómo voy a echar el freno para no estrellarme contra el muro infranqueable de lo inasible que vigila más allá del texto compacto de estos dos casi interminables párrafos?
De momento no veo más allá del bosque de Kobernauss, así Bernhard.
viernes, 22 de abril de 2011
Soucy, Escritor con mayúsculas
Para los que creían que ya no hay Escritores con mayúsculas.Un remanso de grandeza entre la pretenciosidad, la mediocridad y la sequía dominantes.
Soucy concentra de tal manera la sugerencia, la primera mirada sobre las cosas y la desnudez de los sentimientos que consigue lo que muy pocos: que el lector salga transformado del viaje.
Hamam, el baño turco

¿Podemos sentir nostalgia de un mundo en el que no hemos vivido?
¿Podemos recuperar recuerdos que nunca nos pertenecieron?
¿Podemos intuir que se desbocarán nuestras pasiones entre azulejos multicolores y la luz mágica que se filtra desde pequeñas cúpulas de piedra milenaria?
¿Podemos abandonarnos a la memoria de una vida que no vivimos pero que sentimos como nuestra?
Estas y otras infinitas preguntas son las que Ozpetek nos lanza desde la ternura de su mirada, desde la música de timbales que resuena entre los viejos muros del hamam, desde la transfirguración de unos seres que acaban reconociéndose en el lenguaje de otro mundo, en sus sueños, en sus colores, en sus pequeñas casas y en las cúpulas majestuosas entre la bruma del atardecer azul... aunque la vida se escape derramándose como la sangre.
lunes, 11 de abril de 2011
Vila-Matas piensa en su arte
Escribir.Escribir y leer.
Escribir, leer y escribir.
Escribir sobre la escritura y escribir sobre las lecturas y leer sobre escritura y escribir sobre lecturas que tratan sobre la escritura.
Escribir sobre escritores que leen sobre escritores.
Escribir sobre lectores que escriben sobre lectores.
Escribir.
Escribir y escribir y no dormir y leer y escribir.
Transformarse en escritor que se transforma en escritor que escribe sobre escritores que se transforman en lectores que se transforman en libros que se transforman...
En dos palabras: Vila-Matas.
sábado, 9 de abril de 2011


Prodigioso ejercicio de minimalismo abrasivo.
Bodor posee una escritura tan rotunda y lacerante como la misma sonoridad de su apellido.
Acantilado ha traducido tres breves obras maestras de la concisión hiriente, especialmente La sección, una ráfaga brutal que te derriba despiezado apenas has comenzado a poner los ojos sobre las páginas.
Bodor ha creado un mundo propio, desolado aunque paradójicamente lleno de un frágil aliento poético.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Meroe: el Nilo interior
Acabado el viaje narrativo de Rolin, queda la sensación de haber leído una de esas novelas-río de tropecientas páginas; hay que volver a mirar la última para constatar que sólo han sido 216. Y es que, ante todo, Meroe es una agotadora incursión en el Nilo interior -no el interior geográfico, sino el interior del corazón o del espíritu o de ese lugar al que se refiere el propio Rolin, cuando escribe: "opino que los libros viven dentro de nosotros varias existencias, y una de ellas es una prolongada ceremonia mágica".
Y eso es Meroe, una prolongada ceremonia mágica que por momentos recuerda la grandiosa escritura ralentizada de El cuarteto de Alejandría, de Durrell o la narración sin límites de El cielo protector, de Bowles.
martes, 15 de marzo de 2011
Quignard: la Odisea del lector desaparecido
Sí: Quignard es excesivo. Es barroco. Su prosa resulta afectada, a veces parece una pose innecesaria; a veces labrada por la ingenuidad del sabio.
En este caso, a pesar de todo eso -o además de todo eso- nos regala algunas de las más penetrantes reflexiones jamás escritas sobre la lectura:
El libro es la ausencia del mundo. A la ausencia del mundo que es el libro se suma esa ausencia del mundo que es la soledad. El lector está dos veces sólo.
Quien lee a libro abierto, lee a mundo cerrado.
Una vez en la gruta el ojo único del lector lo más cerca posible del volumen, el ojo único se aniquila. El nombre del lector es Nadie.
El oscuro viaje de Sadeq Hedayat
A fuerza de mirar, se me han desgastado los ojos contra la superficie de los objetos, esa delgada y dura corteza que esconde el alma.Lo dicho: mi intuición suele llevarme al lugar adecuado. En este caso, ha conseguido resarcirme completamente. Hace dos años que decidí leer La lechuza ciega. Y hace unos días encontré el momento perfecto.
Quien quiera explorar los vericuetos del alma humana sometida a tormento, quien quiera acercarse a la percepción de los seres excepcionales capaces de ver a través de la piel, quien quiera acompañar en su viaje interior a uno de esos pocos escritores que se alimentan de la oscuridad y la trascienden, que se arrojen a las páginas de Sadeq Hedayat.
jueves, 10 de marzo de 2011
Ilustrado: premio al aburrimiento
Mira que suelo tener lo que se dice un don especial para no equivocarme con estas cosas.
Desde siempre he comprado música y libros con una intuición especial que me ha conducido a lugares de enorme interés con los ojos vendados.
Pero con este, me falló la intuición. ¿O no?
¿Es Ilustrado la obra maestra que pretende Tusquets? ¿Es una "lectura deslumbrante"? ¿Es una "aventura soberbia"? Para nada. Es un libro correcto que retoma ciertas estrategias narrativas ya en desuso y que aburre mortalmente, salvo que tengas un interés desmedido en las islas filipinas.
Lo confieso. No he pasado de la página cien. No he podido. Me he pasado casi 99 páginas diciéndome "dale una oportunidad". Pero no. Tengo demasiados libros esperando.
Estupenda portada. Magnífica campaña publicitaria. Conseguirán vender muchos ejemplares. La pregunta es cuántos de esos ejemplares se leerán más allá de la página cien.
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