Sabato nació hace 108 años y aunque su madre nunca supo o quiso precisarle y eso lo atormentaba, fue en la noche mágica de San Juan, una noche de brujas que lo obsesionó siempre.
No sé cuales fueron las lecturas que con pocos años alimentaron mis ansias de escribir, cómo algo dentro de mí dio un paso invisible: de servirse de la lectura para experimentar emociones --esas que no estaban en la vida real-- a utilizarla como material de construcción, de reconstrucción, de recuperación de los sueños, de abandono a las ficciones.
Pero sí sé cuál fue el momento preciso en el que todo eso se transformó en otra cosa: la mera tarea de escribir adquirió otra dimensión, hacia abajo --hacia raíces invisibles-- y hacia arriba -en un viaje trascendente.
Fue mientras leía a Sabato por primera vez.
Eso fue con la edición de Cátedra de El túnel, en 1980.
Pero ese libro no está ahora en mi biblioteca. Sufrió el extraño destino del resto de las novelas de Sabato que leí en esos años --no sé decir si oscuros o luminosos. Dos de ellas desaparecidas --en el caso de El túnel desconozco o he olvidado cómo, Sobre héroes y tumbas prestada y jamás devuelta-- y la tercera, Abaddon el exterminador, acuchillada.
Hace poco recuperé una edición de Cátedra en una librería de viejo de Granada, aquella con la mujer en la ventanita. Y tengo un par de ediciones más --la de Seix Barral en Biblioteca de Bolsillo, una cuarta edición de 1985, y la de Edhasa/Sudamericana, una segunda edición de 1975.
Por supuesto la recuperación de todas las novelas de Sabato, en edición corregida y "definitiva", ilustrada y en pasta dura con sobrecubierta, se la debo a una ocurrencia que Charo tuvo en mi cumpleaños de 1992 (o 1993?), cuando me regaló los tres tomos del Círculo de Lectores editados entre 1990 y 1991 --que prometían un cuarto libro con textos varios, borradores, versiones abandonadas... que nunca se editó.
Hasta ese cuarto libro desconocido sufrió el mismo destino: desaparecer sin llegar a existir.
Así que 23 de junio de 2019. Comienzo la relectura de sus tres novelas por enésima vez.
domingo, 23 de junio de 2019
domingo, 3 de marzo de 2019
Wilhelm Reich, un himno a la libertad
La revista italiana Scienza e Conoscenza incluye en su número 67, de enero de este año, un especial dedicado a Wilhelm Reich en el que, junto con artículos de Roberto Maglione y Antonio Morandi, publican una breve aportación mía aludiendo a mi libro recién publicado por la editorial italiana Macro titulado Wilhelm Reich, il genio dell'energiaorgonica e della liberazione sessuale (traducción italiana del texto publicado en España por Cauac con el título Wilhelm Reich, inspirador de rebeldía. Reproduzco aquí con el permiso de los editores, la versión en castellano del artículo.
Reich llegó a mis manos por primera vez allá por 1977. Se
trataba del libro La función del orgasmo. El descubrimiento del orgón,
publicado en España por la Editorial Paidos en su Biblioteca de Psicología
Profunda. Aquel libro -que aún reposa protegido por un forro de plástico en mi
biblioteca- me fascinó. Entendí muy poco, pero aquella mezcla de reportaje
científico, diario vital y crítica filosófica me dejó atrapado y me impulsó a
seguir leyendo lo que pude encontrar de su autor.
La lectura de su obra me impulsó a recorrer una multitud de
caminos en los campos de la educación, la ecología y la salud, que con los años
determinaron mi actividad como escritor de investigación. Reich me condujo a
Neill y su carismática visión de la educación que me impulsó en su día a
estudiar magisterio y que inspiró la forma en que me he relacionado con mis
hijos. Y no solo eso, le debo a Reich mi aproximación crítica a la realidad, mi
rebeldía y el cuestionamiento sin concesiones de la autoridad.
Y aquí estoy, cuarenta años después, procurando compartir lo
que he aprendido y conseguir que este personaje excepcional logre hechizar a la
mayor cantidad de gente posible. Con ese ánimo me decidí a escribir un libro
que reuniera dos características básicas: que respetara al máximo las ideas y
los descubrimientos de Reich con el rigor que él siempre se exigió en sus
investigaciones, y que fuera accesible para personas sin formación especializada
en las materias que Reich abordó.
UN LIBRO RIGUROSO Y DIDÁCTICO
Con esos objetivos me planteé un libro con tres partes bien
diferenciadas en cuanto a tono, contenido y tratamiento. Una primera parte para
contar la historia de Reich, en un tono novelístico que trasmite todo el
dramatismo de su peripecia vital a partir de las biografías ya publicadas y de
los diarios y la autobiografía del propio Reich.
En la segunda parte hago un recorrido por lo que denomino
doce descubrimientos que hubieran podido cambiar el mundo... y que de hecho
pueden cambiarlo si conseguimos que se abran paso entre la maraña de relaciones
de poder que obstaculizan el acceso a conocimientos vitales. Cada uno de estos
descubrimientos va enlazado con un itinerario de lectura que permite acceder a
la obra clave de Reich y a otros libros suyos o de otros autores que
profundizan en ese tema concreto.
Por último, en la tercera parte explico cual ha sido el
destino del archivo de Wilhelm Reich con todo su legado intelectual, científico
y humano, así como la influencia que ha tenido su obra a nivel internacional en
las disciplinas en las que hizo aportaciones relevantes e incluso
trascendentales: psicoterapia, psicología social, educación, medicina,
microbiología, biología, ecología y muchas más.
ORGÓN: LA ENERGÍA PRIMORDIAL
Desde que comenzó sus estudios de medicina, Reich se sintió
atraído por la sexualidad y el psicoanálisis y desde el principio se esforzó en
plantear los trastornos y el sufrimiento de sus pacientes en términos de
energía, traduciendo a una fórmula de economía energética la salud y la
enfermedad, la capacidad de sentir placer o la incapacidad que se traduce en
angustia debido a las defensas que la persona levantó para protegerse primero
del exterior y después de sí mismo y a las que Reich denominó
"coraza".
Pero Reich consideraba que los problemas no provenían de la
estructura humana sino del entorno social; en otras palabras, lo que había que
"curar" no era a las personas sino a una sociedad autoritaria y
represora que los enfermaba. De ahí que se convirtiera en un pionero de la
psicología social y planteara muy pronto cambios radicales en la forma de
concebir, parir y criar a las criaturas basándose en el respeto de la
autorregulación de sus impulsos y necesidades.
Huyendo de la `persecución del nazismo recorrió varios
países europeos y se estableció un tiempo en Noruega donde llevó a cabo
experimentos con bioelectricidad y cruzó la frontera de la biología
descubriendo los fundamentos de la formación de materia viva, lo que le condujo
a su descubrimiento más importante y clave de su obra posterior: la energía
vital cósmica que denominó orgón.
La energía orgónica era la energía de las antiguas
tradiciones, la líbido que Freud concebía de un modo casi metafórico y la fuerza
de la que venían hablando las corrientes vitalistas desde hacía siglos. Reich
consiguió hacerla visible y describir sus propiedades: libre de masa, presente
en todas partes, en constante movimiento, puede manipularse y controlarse
mediante dispositivos especiales, constituye el medio en el que se producen los
fenómenos electromagnéticos y gravitacionales, forma unidades de funcionamiento
tanto vivas como no vivas y es anterior a la materia que se crea a partir de
ella.
Este descubrimiento lo llevó a reformular toda su teoría
psicoanalítica y psicosocial y avanzar abriendo puertas insospechadas para
mostrarnos las relaciones ocultas entre fenómenos aparentemente inexplicables y
dispersos: las neurosis, el masoquismo, la escisión esquizofrénica, la maldad
humana, la violencia, la indolencia de las masas, su abandono en manos de
líderes autoritarios, la represión de la sexualidad, el maltrato a las
criaturas, la educación coercitiva, el origen de la vida, los interrogantes del
cáncer, los fenómenos atmosféricos, el comportamiento de los tornados o la
formación de las galaxias.
CAMBIAR LA SOCIEDAD
Desgraciadamente, su honestidad provocó su trágico final:
por una parte su coherencia científica y moral que lo impulsó a no detenerse
jamás; por otro, fue víctima de la lógica destructiva que había cartografiado y
que denominó plaga emocional, una biopatía crónica que se implanta en el ser
humano desde que nace y que se manifiesta tanto a nivel individual como social
pudiendo adquirir las proporciones de una pandemia, como es el caso de la
Inquisición en los siglos XV al XVII o el fascismo de los años treinta del
siglo XX.
Y es que todos los descubrimientos de Reich ponen en
cuestión o atacan directamente las bases del sistema, y, más allá, aportan
herramientas para enfrentarnos a él, argumentos para la desobediencia,
conocimientos para la rebeldía.
De hecho, Reich predijo con impasible serenidad lo que iba a
sucederle debido a las reacciones de la plaga contra lo viviente y contra
quienes -como el propio Reich- pusieran en evidencia esas reacciones y sacaran
a la luz los fundamentos de las funciones naturales del vivir. Los continuos y
violentos ataques de la plaga hasta acabar con su vida demostraron
efectivamente el descubrimiento social más dramático de Reich: como individuos
acorazados, aislados de la naturaleza, aterrorizados de sus propios deseos,
atrapados por la ira ante su impotencia, desatan el infierno de la envidia, de
la difamación, de la represión contra la espontaneidad, la honestidad, la
salud, la racionalidad y la verdad conectada con la naturaleza.
Son los mismos que en todas las épocas separan a los bebés
recién nacidos de sus madres, los mismos que castran sus impulsos sexuales y
amorosos, los mismos que destruyen su creatividad, los mismos que reaccionan
con indiferencia al llanto de un bebé... son los que difaman, persiguen, queman
en las hogueras reales o simbólicas a los investigadores honestos y sirven como
brazos ejecutores contra la verdad al servicio de los poderes que llevan
demasiado tiempo controlando el mundo.
CRIANDO A LOS NIÑOS DEL FUTURO
Frente a esos brazos ejecutores que atentan contra la vida,
debemos recuperar nuestra parte animal, la que nos conecta con los ritmos
naturales, con los flujos de energía, la espontaneidad y, en definitiva, con lo
vivo. Reich estableció con precisión el papel de la familia patriarcal
autoritaria que niega o reprime la sexualidad infantil y adolescente
perturbando los flujos energético y provocando disfunciones físicas, mentales o
emocionales; una labor complementada cada vez a más temprana edad por sistemas
educativos basados en la disciplina, el castigo y la autoridad, la
medicalización del embarazo y el parto -arrebatados a la intimidad y la
sexualidad de las mujeres- y una crianza presidida por la separación de la
diada madre-bebé, la imposición de protocolos médicos y el empeño en que los
bebés se acostumbren, se plieguen, se amolden, se sometan de modo que los
adultos acorazados satisfagan sus frustraciones y su miedo a lo vital y
espontáneo y que ha dado como resultado una sociedad enferma e incapacitada
para abandonarse a las emociones, a la libertad y a una sexualidad sana.
Para ello, Reich nos señaló una responsabilidad inexorable:
criar a nuestros hijos en esa "tierra de nadie" entre el presente
acorazado y el futuro regido por las leyes de la naturaleza; una
responsabilidad que recae sobre quienes vivimos en la confusión, rodeados por
la plaga, cuestionados por ese orden social que él combatió hasta su muerte.
La tarea es por tanto proteger a nuestras criaturas de la
plaga emocional, construir un refugio con las herramientas que Reich nos dejó:
contactar con nuestro lado salvaje para que los cachorros humanos se mantengan
a salvo en su ecosistema primario: el cuerpo de la madre conectados primero a
través del cordón umbilical y luego en el exterior por ese otro cordón que es
la leche materna, el contacto piel con piel, la conexión orgonótica, la mirada,
las caricias, el pezón vivo.
Posibilitar la autorregulación no consiste en seguir un
conjunto de normas, una técnica artificiosa ni un proceso intelectual, sino
justo lo contrario: implica buscar las grietas en nuestra propia coraza para
comunicarnos con nuestras crías y entender que deben seguir su propio camino.
Supone un doble sufrimiento: el de abrir nuestras heridas, que tanto nos costó
cicatrizar, y el de aprender a soportar la libertad y la capacidad de decidir
su destino de esos hijos que quisiéramos poseer para siempre pero que "son
hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma" -unas palabras que podría
haber escrito Reich, pero que escribió en 1923 el poeta libanés Jalil Yibran.
-------------------------------------------------
*Jesús García Blanca (La Línea, 1960) es educador, escritor
y periodista de investigación, colabora con diversas revistas de salud y
publicaciones de contrainformación. Es autor de El rapto de Higea (Virus,
2010), Il potere occulto dellíndustria della sanitá (Macroedizioni, 2013), La
Sanidad contra la Salud (iEdiciones, 2015), Vacunas: una reflexión crítica (iEdiciones, 2016 y Llibres de
l'Index, 2016) junto al Dr. Enric Costa, y Wilhelm Reich, inspirador de
rebeldía (Cauac, 2017). Contacto: keffet@gmail.com. Blog de referencia: http://saludypoder.blogspot.com
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domingo, 3 de febrero de 2019
La novela de la pérdida
1 de enero, 2019
Vilas me obliga a pensar en mi propia Ordesa -que creo está dispersa en varios libros; algunos ya escritos, otros escribiéndose y otros por escribir.
Todos los escritores tienen su Ordesa: algunos la escriben y otros no; algunos la individualizan en un libro y otros no...
2 de enero
Vilas despierta en mí emociones latentes. Cada vez que habla de sus padres, para mí es como si mis hijos hablaran de mí. En ningún momento me veo en su pellejo hablando de mis padres: no es posible. En ninguna de sus poderosas frases, de sus frases arrasadoras sobre su relación con sus padres puedo identificarme con él. Recibo lo que el entrega...
No es el pasado lo que me remueve Vilas.
Es el futuro.
4 de enero
Yo nunca escribiré un libro como Ordesa.
Nunca escribiré sobre mis padres como lo ha hecho Vilas.
Vilas ha escrito la novela de la pérdida. No solo de sus pérdidas -el padre, la madre, la esposa, los hijos- sino de la pérdida como un pozo que se abre a nuestros pies y nos engulle antes de que podamos reaccionar.
Y nos dejamos tragar -nos dejamos porque es nuestro destino: una pérdida tras otra hasta el momento en que nosotros mismos nos convertimos en la pérdida de alguien.
Hay un cierto parentesco entre Ordesa y Cámara Oscura. En el lenguaje, en la dirección de fotografía -si fuesen filmes- incluso en la música de fondo. La diferencia es que Cámara Oscura está llena de preguntas sin respuesta y Ordesa está llena de respuestas a esas preguntas que nadie se hace.
Nadie excepto los escritores.
6 de enero
Una vez más las reflexiones de Vilas me hieren.
¿Reflexiones? ¿Es esa la palabra? Yo, precisamente, sé muy bien que no, que no es esa la palabra. Lo sé porque esos breves capítulos son muy similares a esas notas que escribo cada día, cada mañana y cada tarde, cada café. Tienen la misma cadencia, el mismo ritmo, muchas veces impuesto pro el tamaño de la hoja.
8 de enero
No sé si Ordesa ha logrado cicatrizar las heridas de Vilas o al menos procurarle un breve bálsamo por esas profundas tajaduras que atraviesan la pared invisible que separa el alma de la escritura.
Espero que sí.
Con la fuerza que me da el haberme hermanado con él durante 387 páginas, el haberme acercado sin pudor durante once días, café tras café, a su sufrimiento sin medida, le deseo esa mínima paz que permite vivir.
Yo nunca escribiré una novela así. Lo sabía mientras avanzaba por sus páginas, lo supe en la primera página ya. Y ahora, tras otras 386 acaso con la certeza de lo que ya supe: yo nunca escribiré un libro como Ordesa. Lo sé yo, lo saben mis padres y lo sabe Vilas.
Hemos compartido once días de sentimientos encontrados, de sentimientos opuestos que conviven oponiéndose pero no en la misma dirección. Por eso Vilas es el narrador de Ordesa y yo no soy el narrador de Cámara Oscura ni de ese otro libro que comienza a vivir a través del Fonoautógrafo.
974310439... "márcalo ahora, márcalo si tienes valor y te contestarán todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada, la ira roja de los peores huracanes celestiales, la ávida y blanca nada convertida en una mano negra".
Hice lo que Vilas ordenaba: marqué el número, el número maldito, el mismo que Vilas quiere llevar tatuado en su brazo, el número que marca una y otra vez esperando encontrar un vivo donde hay un muerto.
Marqué el número: 974310439.
Y efectivamente me contestaron todos los misterios inconmensurables: "el número que ha marcado" susurró una voz lejana sin inflexiones distinguibles, sin pasión pero no del todo indiferente, "no corresponde a ningún cliente" -que educada forma de decir que había encontrado al vivo donde hay un muerto, el vivo que me trasmite todos los misterios: "no corresponde a ningún..."
Vilas me obliga a pensar en mi propia Ordesa -que creo está dispersa en varios libros; algunos ya escritos, otros escribiéndose y otros por escribir.
Todos los escritores tienen su Ordesa: algunos la escriben y otros no; algunos la individualizan en un libro y otros no...
2 de enero
Vilas despierta en mí emociones latentes. Cada vez que habla de sus padres, para mí es como si mis hijos hablaran de mí. En ningún momento me veo en su pellejo hablando de mis padres: no es posible. En ninguna de sus poderosas frases, de sus frases arrasadoras sobre su relación con sus padres puedo identificarme con él. Recibo lo que el entrega...
No es el pasado lo que me remueve Vilas.
Es el futuro.
4 de enero
Yo nunca escribiré un libro como Ordesa.
Nunca escribiré sobre mis padres como lo ha hecho Vilas.
Vilas ha escrito la novela de la pérdida. No solo de sus pérdidas -el padre, la madre, la esposa, los hijos- sino de la pérdida como un pozo que se abre a nuestros pies y nos engulle antes de que podamos reaccionar.
Y nos dejamos tragar -nos dejamos porque es nuestro destino: una pérdida tras otra hasta el momento en que nosotros mismos nos convertimos en la pérdida de alguien.
Hay un cierto parentesco entre Ordesa y Cámara Oscura. En el lenguaje, en la dirección de fotografía -si fuesen filmes- incluso en la música de fondo. La diferencia es que Cámara Oscura está llena de preguntas sin respuesta y Ordesa está llena de respuestas a esas preguntas que nadie se hace.
Nadie excepto los escritores.
6 de enero
Una vez más las reflexiones de Vilas me hieren.
¿Reflexiones? ¿Es esa la palabra? Yo, precisamente, sé muy bien que no, que no es esa la palabra. Lo sé porque esos breves capítulos son muy similares a esas notas que escribo cada día, cada mañana y cada tarde, cada café. Tienen la misma cadencia, el mismo ritmo, muchas veces impuesto pro el tamaño de la hoja.
8 de enero
No sé si Ordesa ha logrado cicatrizar las heridas de Vilas o al menos procurarle un breve bálsamo por esas profundas tajaduras que atraviesan la pared invisible que separa el alma de la escritura.
Espero que sí.
Con la fuerza que me da el haberme hermanado con él durante 387 páginas, el haberme acercado sin pudor durante once días, café tras café, a su sufrimiento sin medida, le deseo esa mínima paz que permite vivir.
Yo nunca escribiré una novela así. Lo sabía mientras avanzaba por sus páginas, lo supe en la primera página ya. Y ahora, tras otras 386 acaso con la certeza de lo que ya supe: yo nunca escribiré un libro como Ordesa. Lo sé yo, lo saben mis padres y lo sabe Vilas.
Hemos compartido once días de sentimientos encontrados, de sentimientos opuestos que conviven oponiéndose pero no en la misma dirección. Por eso Vilas es el narrador de Ordesa y yo no soy el narrador de Cámara Oscura ni de ese otro libro que comienza a vivir a través del Fonoautógrafo.
974310439... "márcalo ahora, márcalo si tienes valor y te contestarán todos los misterios inconmensurables: el tiempo y la nada, la ira roja de los peores huracanes celestiales, la ávida y blanca nada convertida en una mano negra".
Hice lo que Vilas ordenaba: marqué el número, el número maldito, el mismo que Vilas quiere llevar tatuado en su brazo, el número que marca una y otra vez esperando encontrar un vivo donde hay un muerto.
Marqué el número: 974310439.
Y efectivamente me contestaron todos los misterios inconmensurables: "el número que ha marcado" susurró una voz lejana sin inflexiones distinguibles, sin pasión pero no del todo indiferente, "no corresponde a ningún cliente" -que educada forma de decir que había encontrado al vivo donde hay un muerto, el vivo que me trasmite todos los misterios: "no corresponde a ningún..."
sábado, 2 de febrero de 2019
Enterrad mi corazón en Wounded Knee y eso es todo
4-23 de diciembre
Comenzar esta historia épica me ha hecho sentir de nuevo el temblor de los libros excepcionales. ¿Será Alvaro Enrigue uno de esos escritores excepcionales? Está por ver. Aunque todo -las primeras páginas- lo anuncia con fuerza.
Se adivina que Enrigue tiene una deuda emocional con la Apachería, con el territorio y con la historia. No es de extrañar siendo mexicano y consciente de un pasado brutal -épico pero brutal.
Pero no escribe únicamente para saldar esa deuda -eso hubiese producido una novela menor, incluso un pobre alegato. Pero Enrigue no ha escrito una elegía reivindicativa, ni siquiera una reconstrucción histórica -que tan de moda están- con sabor épico.
Enrigue ha escrito una novela.
Compleja desde el punto de vista de la construcción, del montaje, medida al milímetro con cuidadosa paciencia para interrumpir y retornar, para trasladar el punto de vista zamarreando al lector entre peñascos quemados, diálogos lacerantes llenos de un humor que bordea lo siniestro, miradas que narran por sí mismas episodios casi grotescos, personajes construidos con pasión y un sentido particular del ritmo que convierte su novela sobre un mundo arrancado de cuajo a la historia en uno de esos libros que se quedan para siempre tras leer las últimas palabras.
Hay al menos tres miradas a diferentes distancias: la mirada desde lejos en el tiempo y en el espacio -desde Harlem primero y acercándose, pero al fin, la mirada de un mexicano; la mirada compartida en el tiempo pero distanciada desde el bando de los ojos blancos, conquistadores, educados, disciplinados en comparación con los pinches de ese nuevo territorio arrebatado a la Apachería y después arrebatado por los gringos; y la mirada cercana, a lomos de caballo o a pie, arrastrándose por el polvo, entreverada en los ojos aún infantiles de Gerónimo.
Las tres convergen en un punto, brillante bajo el sol, disputado durante décadas, latiendo en un pasado que se quedó a merced de los museos, las tumbas y las reservas: las montañas chiricahuas, un espacio libre y salvaje que se merecía otra historia.
Tres miradas entre el silencio, la crueldad, el calor, los designios de dioses en ambos bandos y la sonoridad polvorienta de lenguas sin posible comunicación.
23-31 de diciembre
Más de cuarenta años después comienzo aquel libro perdido que no llegué a comprar -¿por qué no?
Entretanto sigue ahí el impacto de la magnífica novela de Enrigue y sus magistrales descripciones, su perfecto encaje de piezas, su enorme capacidad para contar las cosas en perfecto desorden creando espectativas y resolviéndolas con fluidez y sin decepcionar nunca, conduciéndote como los apaches por lo más intrincado, por lo mas duro, por lo más bello de aquellos territorios de otro planeta.
Avanzo en la lectura de Enterrad mi corazón en Wounded Knee del mismo modo que los indios retrocedían ante el hombre blanco: a veces con valor, a veces con rebeldía y otras con esa enorme dignidad que finalmente les hizo desaparecer de colinas, montañas y praderas.
528 páginas dolorosas que narran con aparente frialdad que no es si no una contenida pasión, el inexorable exterminio de los habitantes libres de esos territorios sin nombre.
Estados Unidos nació, creció y se consolidó entre la sangre de estos seres del viento. No puede extrañar que ahora sean lo que son: opresión, destrucción y muerte -no son más que las señas de identidad de su origen y su expansión, la expansión del progreso que arrasa con la vida y quienes la representan.
Comenzar esta historia épica me ha hecho sentir de nuevo el temblor de los libros excepcionales. ¿Será Alvaro Enrigue uno de esos escritores excepcionales? Está por ver. Aunque todo -las primeras páginas- lo anuncia con fuerza.
Se adivina que Enrigue tiene una deuda emocional con la Apachería, con el territorio y con la historia. No es de extrañar siendo mexicano y consciente de un pasado brutal -épico pero brutal.
Pero no escribe únicamente para saldar esa deuda -eso hubiese producido una novela menor, incluso un pobre alegato. Pero Enrigue no ha escrito una elegía reivindicativa, ni siquiera una reconstrucción histórica -que tan de moda están- con sabor épico.
Enrigue ha escrito una novela.
Compleja desde el punto de vista de la construcción, del montaje, medida al milímetro con cuidadosa paciencia para interrumpir y retornar, para trasladar el punto de vista zamarreando al lector entre peñascos quemados, diálogos lacerantes llenos de un humor que bordea lo siniestro, miradas que narran por sí mismas episodios casi grotescos, personajes construidos con pasión y un sentido particular del ritmo que convierte su novela sobre un mundo arrancado de cuajo a la historia en uno de esos libros que se quedan para siempre tras leer las últimas palabras.
Hay al menos tres miradas a diferentes distancias: la mirada desde lejos en el tiempo y en el espacio -desde Harlem primero y acercándose, pero al fin, la mirada de un mexicano; la mirada compartida en el tiempo pero distanciada desde el bando de los ojos blancos, conquistadores, educados, disciplinados en comparación con los pinches de ese nuevo territorio arrebatado a la Apachería y después arrebatado por los gringos; y la mirada cercana, a lomos de caballo o a pie, arrastrándose por el polvo, entreverada en los ojos aún infantiles de Gerónimo.
Las tres convergen en un punto, brillante bajo el sol, disputado durante décadas, latiendo en un pasado que se quedó a merced de los museos, las tumbas y las reservas: las montañas chiricahuas, un espacio libre y salvaje que se merecía otra historia.
Tres miradas entre el silencio, la crueldad, el calor, los designios de dioses en ambos bandos y la sonoridad polvorienta de lenguas sin posible comunicación.
23-31 de diciembre
Más de cuarenta años después comienzo aquel libro perdido que no llegué a comprar -¿por qué no?
Entretanto sigue ahí el impacto de la magnífica novela de Enrigue y sus magistrales descripciones, su perfecto encaje de piezas, su enorme capacidad para contar las cosas en perfecto desorden creando espectativas y resolviéndolas con fluidez y sin decepcionar nunca, conduciéndote como los apaches por lo más intrincado, por lo mas duro, por lo más bello de aquellos territorios de otro planeta.
Avanzo en la lectura de Enterrad mi corazón en Wounded Knee del mismo modo que los indios retrocedían ante el hombre blanco: a veces con valor, a veces con rebeldía y otras con esa enorme dignidad que finalmente les hizo desaparecer de colinas, montañas y praderas.
528 páginas dolorosas que narran con aparente frialdad que no es si no una contenida pasión, el inexorable exterminio de los habitantes libres de esos territorios sin nombre.
Estados Unidos nació, creció y se consolidó entre la sangre de estos seres del viento. No puede extrañar que ahora sean lo que son: opresión, destrucción y muerte -no son más que las señas de identidad de su origen y su expansión, la expansión del progreso que arrasa con la vida y quienes la representan.
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Álvaro Enrigue,
Dee Brown
Scherzhauserfeld y el desaliento
29 de noviembre
"La verdad no es en absoluto comunicable", escribe Bernhard. Y es verdad. Y por ello incomunicable, y por ello una frase enigmática que -como también diría Bernhard- se transforma en mentira en el mismo momento de escribirla -o quizá en el momento de leerla.
Quien quiere decir la verdad es el que escribe -el que lee no tiene porque tener siquiera intenciones cuando abre el libro y acepta tácitamente las mentiras como verdad.
Quien escribe es pues quien tiene intenciones. Pero escribir es construir verdades y por ello mismo faltar a la verdad -quizá por eso la afirmación de Bernhard.
Escribir es siempre construir ficciones. Toda escritura es ficción independientemente de la intención o la pretensión o el envoltorio con el que se entregue a los lectores -que en el fondo siempre saben que leen ficciones.
La pregunta, sin embargo, es: ¿Son las ficciones más verdaderas que los "hechos"?
La construcción única de las frases de Bernhard.
¿Cómo será leer a Bernhard en alemán? ¿Será la traducción un reflejo fiel de su peculiar escritura? ¿Desconcertará del mismo modo a un lector alemán?
"El sótano". Y después cuando uno abre el libro y pasa las páginas de cortesía... "un alejamiento".
Sugerente.
Conociendo -un poco, apenas nada pero tras la experiencia de Corrección, en fin, se atreve uno a usar el verbo- a Bernhard, ese alejamiento será profundo, será espiritual, tendrá un alcance insospechado, arrastrará turbias emociones, retorcerá a su vez el espíritu del lector...
"Mi existencia, durante toda mi vida, ha molestado siempre. Siempre he molestado y siempre he irritado. Todo lo que escribo, todo lo que hago, es molestia e irritación".
¡Menuda declaración! Menuda confesión -¿un alejamiento?
Bernhard tiene esa condición terrible de la inexorabilidad: dice lo que dice -escribe lo que escribe- y se detiene en el punto justo en el que el lector comienza a interrogarlo. Y no contesta. No confiesa -no cabe el interrogatorio.
Es un loco inasible -es un demente autocalificado. Asume su culpa -que es la falta ante la escritura. Bernhard reconoce su escritura. El alcohol te conduce a caminos despejados entre el bosque y te confunde y te cambia las rutas pre-establecidas.
No hay concesiones. No hay retornos: todo vuelve a suceder sin condiciones. La luz abre puertas y entrega paisajes sin condiciones.
2 de diciembre
Terminado El Sótano, interrumpida por ahora la escritura sobria de Bernhard con breves reflexiones sobre los comienzos, sobre el equilibrio comercio/canto... ¿Cómo acabó donde acabó? Veremos.
El aliento. Un texto que surge de las profundidades del recuerdo de la muerte cerniéndose sobre el narrador y que desde el principio ha perforado mis propios recuerdos para ponerme frente a una visión inquietante, la visión -por ahora fugaz- de un episodio casi olvidado de mi infancia, una visión gris, una visión enigmática, una visión dolorosa -o que yo he sabido en el momento de tenerla que correspondía a un suceso doloroso.
Una vez más, las palabras de Bernhard, las palabras del escritor narrador protagonista de esta biografía amarga, reviven mis propias palabras o imágenes o sonidos.
El sótano, los rituales del pequeño negocio de comestibles con sus cotidianas repeticiones me condujeron al almacén -yo hubiera podido titular así: El almacén, un lugar.
El sótano y las incesantes, mecánicas, intrascendentes operaciones de carga y descarga hubieran desvelado el paralelismo: hacia el lado opuesto.
Leed de vez en cuando a Bernhard...
"La verdad no es en absoluto comunicable", escribe Bernhard. Y es verdad. Y por ello incomunicable, y por ello una frase enigmática que -como también diría Bernhard- se transforma en mentira en el mismo momento de escribirla -o quizá en el momento de leerla.
Quien quiere decir la verdad es el que escribe -el que lee no tiene porque tener siquiera intenciones cuando abre el libro y acepta tácitamente las mentiras como verdad.
Quien escribe es pues quien tiene intenciones. Pero escribir es construir verdades y por ello mismo faltar a la verdad -quizá por eso la afirmación de Bernhard.
Escribir es siempre construir ficciones. Toda escritura es ficción independientemente de la intención o la pretensión o el envoltorio con el que se entregue a los lectores -que en el fondo siempre saben que leen ficciones.
La pregunta, sin embargo, es: ¿Son las ficciones más verdaderas que los "hechos"?La construcción única de las frases de Bernhard.
¿Cómo será leer a Bernhard en alemán? ¿Será la traducción un reflejo fiel de su peculiar escritura? ¿Desconcertará del mismo modo a un lector alemán?
"El sótano". Y después cuando uno abre el libro y pasa las páginas de cortesía... "un alejamiento".
Sugerente.
Conociendo -un poco, apenas nada pero tras la experiencia de Corrección, en fin, se atreve uno a usar el verbo- a Bernhard, ese alejamiento será profundo, será espiritual, tendrá un alcance insospechado, arrastrará turbias emociones, retorcerá a su vez el espíritu del lector...
"Mi existencia, durante toda mi vida, ha molestado siempre. Siempre he molestado y siempre he irritado. Todo lo que escribo, todo lo que hago, es molestia e irritación".
¡Menuda declaración! Menuda confesión -¿un alejamiento?
Bernhard tiene esa condición terrible de la inexorabilidad: dice lo que dice -escribe lo que escribe- y se detiene en el punto justo en el que el lector comienza a interrogarlo. Y no contesta. No confiesa -no cabe el interrogatorio.
Es un loco inasible -es un demente autocalificado. Asume su culpa -que es la falta ante la escritura. Bernhard reconoce su escritura. El alcohol te conduce a caminos despejados entre el bosque y te confunde y te cambia las rutas pre-establecidas.
No hay concesiones. No hay retornos: todo vuelve a suceder sin condiciones. La luz abre puertas y entrega paisajes sin condiciones.
2 de diciembre
Terminado El Sótano, interrumpida por ahora la escritura sobria de Bernhard con breves reflexiones sobre los comienzos, sobre el equilibrio comercio/canto... ¿Cómo acabó donde acabó? Veremos.
El aliento. Un texto que surge de las profundidades del recuerdo de la muerte cerniéndose sobre el narrador y que desde el principio ha perforado mis propios recuerdos para ponerme frente a una visión inquietante, la visión -por ahora fugaz- de un episodio casi olvidado de mi infancia, una visión gris, una visión enigmática, una visión dolorosa -o que yo he sabido en el momento de tenerla que correspondía a un suceso doloroso.
Una vez más, las palabras de Bernhard, las palabras del escritor narrador protagonista de esta biografía amarga, reviven mis propias palabras o imágenes o sonidos.
El sótano, los rituales del pequeño negocio de comestibles con sus cotidianas repeticiones me condujeron al almacén -yo hubiera podido titular así: El almacén, un lugar.
El sótano y las incesantes, mecánicas, intrascendentes operaciones de carga y descarga hubieran desvelado el paralelismo: hacia el lado opuesto.
Leed de vez en cuando a Bernhard...
miércoles, 28 de noviembre de 2018
El ala izquierda de la noche
9 de noviembre, 2018
Comenzar un libro de Cartarescu es cruzar un umbral hacia lo inquietante, hacia lo fabuloso, lo siniestro, lo desaforado; hacia tu propio interior desgarrado.
No tengo ni idea de cómo puede un no escritor leer a Mircea -qué le dice, qué le remueve, qué puede impulsarlo a seguir adelante.
Claro, ahora me doy cuenta de que yo nunca leí sin ser escritor -dejando a un lado los tebeos y aún eso lo dudo. No sé lo que se siente al leer sin escribir o sin pretender escribir o sin haber escrito lo que debías escribir o sin tener planeado escribir.
La intensidad de Cegador es comparable a la de Solenoide. Claro que como leemos en desorden -al menos todos los que hemos tenido la paciencia de esperar la traducción de Impedimenta- la cosa es justo al revés: Solenoide transcurre en la Bucarest alucinada, distorsionada, nocturna y onírica que Mircea creó en Cegador dos décadas antes.
Quizá la única Bucarest que es capaz de mostrar, la única en la que vivió, o en la que sobrevivió durante esa infancia y esa adolescencia tortuosas.
12 de noviembre
Como ya hacía en Solenoide, Mircea te hace creer que estás leyendo un libro sobre su infancia y su adolescencia y sus recuerdos en Bucarest.
Y caes en la trampa: abandonas toda defensa, te lanzas sin precaución sobre lo que crees -o haces como que crees a estas alturas- una inocente historia compuesta de recuerdos, de "hechos reales".
Y unas líneas más allá, el horror.
El oscuro ser sufriente que se esconde tras la sonrisa un poco forzada de Mircea surge de entre las tinieblas que él mismo compone y te desgarra de arriba abajo, de dentro afuera, durante cientos de páginas.
"Sarcopto".
¿Qué significa? Es una de esas palabras de Mircea. Una de esas extrañas palabras que conecta con el mundo de los insectos -¿por qué? No lo sé. Suena a caparazón crujiente, a existencia remota y frágil, a presencia inquietante un poco más allá de lo perceptible, como si evocara un mundo, no un submundo que reposa lejos de la percepción, esperando su momento para dejarse ver, para que la especie humana se haga consciente de su existencia discreta e inquietante.
18 de noviembre
He retomado Cegador.
Tras el paréntesis alocado de San Francisco, Bucarest parece aún más oscura, más siniestra, más dolorida por los bombardeos, más ensangrentada... Y también, más llena de literaturas, más empapada por la escritura de este ser sufriente que en nada se parece a Kerouac.
Otra vez el mundo subterráneo. El universo sabatiano que se esconde en las entrañas de Cartarescu, de Budapest, y con el que conecto de modo tan directo, tan simple, tan absurdamente cotidiano, como si esas cavernas, esos pasadizos, esos túneles, fueran alimento habitual de los tres -y de quién sabe cuántos más...
¿Por qué hipnotiza de ese modo la memoria de la infancia? Buscamos en el pasado, en un pasado remoto que a pesar de ello ha dejado una huella invisible pero sangrante, una huella que sjupura, que pica, que contrae, que trastorna los sentidos y provoca un temblor que te recorre la piel sin palabras.
20 de noviembre
Mircea ingresa en los mundos de HP.
No sé exactamente cómo lo ha hecho: cómo ha pasado de Bucarest a Nueva Orleans y sin apenas cambiar el tono, la construcción de las frases, la poética oscura de un texto que se convulsiona para estrujarte el alma, ha conseguido mutarse -como un insecto que penetrara por la nariz de un durmiente- en el pellejo de Lovecraft.
Y ahí estamos: el horror...
21 de noviembre
Para hablar de la escritura de Cartarescu hay que recuperar el impacto original de tantas palabras desgastadas por el uso comercial, palabras a las que se ha vaciado de significado. Cegador es de esos pocos libros -¡afortunadamente!- que lees con un enorme esfuerzo emocional, que lees en pequeñas dosis, con frecuentes interrupciones, a veces de pequeños párrafos al final de los que tienes que pararte, cerrar el libro, mirar el horizonte -es mucho mejor leerlo en espacios abiertos, lejos de los insectos- y preguntarte sin palabras: ¿qué he leído?
22 de noviembre
Cartarescu apabulla.
Te arrincona contra una pared fría hecha de escombros de tu pasado y te envuelve en una sopa de símbolos, en un vómito de recuerdos retorcidos, en una capa flexible y resistente de líquido amniótico fabricado en su cerebro que empapa el tuyo, que se cuela entre sinapsis y retuerce tus conexiones y las membranas y los líquidos desconocidos y el discurso sin signos de puntuación que penetra sin pausa.
Cosas como Cegador y Solenoide no se planifican.
23 de noviembre
Cuando lees a Cartarescu pierdes la noción de realidad. No sabes si estás asistiendo a una cruda, imposible, siniestra clase de anatomía impartida desde el interior de los personajes descuartizados, desollados, desmembrados... o si es tu incapacidad para conectar con una sensibilidad tan extrema lo que se traduce en una fantasía interminable, inabarcable.
Cómo es posible dejarse llevar, abandonarse -me refiero a la escritura, a Mircea y sus manos sobre el cuaderno- de ese modo tan... busco adjetivos en vano: luz cegadora, cegador, el ala izqwuierda, el hemisferio izquierdo del cerebro, de la existencia...
24 de noviembre
La mariposa es un híbrido de repugnancia y delicadeza, de belleza cuasi transparente y esa polvorienta desazón de anillos de gusano que se retuerce crujiendo y trasmitiendo una sórdida sensación de roce, de luz borrosa, de rastro pegajoso y vibrátil.
La mariposa es un ser de luz y al mismo tiempo un rastro oscuro de la noche.
Pocas cosas definen mejor la escritura de Cartarescu que esa portada con la mariposa inmóvil como capturada en el tiempo, como si quisiera confundir al lector mientras acerca las manos al libro para buscar la última página leída.
27 de noviembre
A pocas páginas del final de la primera parte de Cegador, siento aún esa explosión de literatura. Las huellas, los cardenales, las moraduras, la inflamación, incluso las heridas de ese brotar sin contención entre el delirio y la lucha por compartir memorias alucinadas, fragmentos de una infancia absolutamente improbable y terrible, indudablemente distorsionada por la imposibilidad de digerir experiencias, de comprender el mundo -¿qué mundo? ¿Qué es el mundo? ¿De qué mundo hablamos, escribimos, escapamos, escribiendo o elevando una plegaria en forma de novela?
28 de noviembre
Página 402. El último aliento es una teoría del Todo, una alegoría de la Creación, una elegía de un mundo que nos pertenece porque le pertenecemos, una épica de lo retorcido que hay bajo nuestra piel: órganos, células, moléculas, lepidópteros, redes que son telas de araña, líquidos que son principio y fin, un cóctel de líquido seminal y cerebro licuado, una baba de caracol que es hemisferio izquierdo de un cerebro que se retuerce y se exprime.
Comenzar un libro de Cartarescu es cruzar un umbral hacia lo inquietante, hacia lo fabuloso, lo siniestro, lo desaforado; hacia tu propio interior desgarrado.
No tengo ni idea de cómo puede un no escritor leer a Mircea -qué le dice, qué le remueve, qué puede impulsarlo a seguir adelante.
Claro, ahora me doy cuenta de que yo nunca leí sin ser escritor -dejando a un lado los tebeos y aún eso lo dudo. No sé lo que se siente al leer sin escribir o sin pretender escribir o sin haber escrito lo que debías escribir o sin tener planeado escribir.
La intensidad de Cegador es comparable a la de Solenoide. Claro que como leemos en desorden -al menos todos los que hemos tenido la paciencia de esperar la traducción de Impedimenta- la cosa es justo al revés: Solenoide transcurre en la Bucarest alucinada, distorsionada, nocturna y onírica que Mircea creó en Cegador dos décadas antes.
Quizá la única Bucarest que es capaz de mostrar, la única en la que vivió, o en la que sobrevivió durante esa infancia y esa adolescencia tortuosas.
12 de noviembre
Como ya hacía en Solenoide, Mircea te hace creer que estás leyendo un libro sobre su infancia y su adolescencia y sus recuerdos en Bucarest.
Y caes en la trampa: abandonas toda defensa, te lanzas sin precaución sobre lo que crees -o haces como que crees a estas alturas- una inocente historia compuesta de recuerdos, de "hechos reales".
Y unas líneas más allá, el horror.
El oscuro ser sufriente que se esconde tras la sonrisa un poco forzada de Mircea surge de entre las tinieblas que él mismo compone y te desgarra de arriba abajo, de dentro afuera, durante cientos de páginas.
"Sarcopto".
¿Qué significa? Es una de esas palabras de Mircea. Una de esas extrañas palabras que conecta con el mundo de los insectos -¿por qué? No lo sé. Suena a caparazón crujiente, a existencia remota y frágil, a presencia inquietante un poco más allá de lo perceptible, como si evocara un mundo, no un submundo que reposa lejos de la percepción, esperando su momento para dejarse ver, para que la especie humana se haga consciente de su existencia discreta e inquietante.
18 de noviembre
He retomado Cegador.
Tras el paréntesis alocado de San Francisco, Bucarest parece aún más oscura, más siniestra, más dolorida por los bombardeos, más ensangrentada... Y también, más llena de literaturas, más empapada por la escritura de este ser sufriente que en nada se parece a Kerouac.
Otra vez el mundo subterráneo. El universo sabatiano que se esconde en las entrañas de Cartarescu, de Budapest, y con el que conecto de modo tan directo, tan simple, tan absurdamente cotidiano, como si esas cavernas, esos pasadizos, esos túneles, fueran alimento habitual de los tres -y de quién sabe cuántos más...
¿Por qué hipnotiza de ese modo la memoria de la infancia? Buscamos en el pasado, en un pasado remoto que a pesar de ello ha dejado una huella invisible pero sangrante, una huella que sjupura, que pica, que contrae, que trastorna los sentidos y provoca un temblor que te recorre la piel sin palabras.
20 de noviembre
Mircea ingresa en los mundos de HP.
No sé exactamente cómo lo ha hecho: cómo ha pasado de Bucarest a Nueva Orleans y sin apenas cambiar el tono, la construcción de las frases, la poética oscura de un texto que se convulsiona para estrujarte el alma, ha conseguido mutarse -como un insecto que penetrara por la nariz de un durmiente- en el pellejo de Lovecraft.
Y ahí estamos: el horror...
21 de noviembre
Para hablar de la escritura de Cartarescu hay que recuperar el impacto original de tantas palabras desgastadas por el uso comercial, palabras a las que se ha vaciado de significado. Cegador es de esos pocos libros -¡afortunadamente!- que lees con un enorme esfuerzo emocional, que lees en pequeñas dosis, con frecuentes interrupciones, a veces de pequeños párrafos al final de los que tienes que pararte, cerrar el libro, mirar el horizonte -es mucho mejor leerlo en espacios abiertos, lejos de los insectos- y preguntarte sin palabras: ¿qué he leído?
22 de noviembre
Cartarescu apabulla.
Te arrincona contra una pared fría hecha de escombros de tu pasado y te envuelve en una sopa de símbolos, en un vómito de recuerdos retorcidos, en una capa flexible y resistente de líquido amniótico fabricado en su cerebro que empapa el tuyo, que se cuela entre sinapsis y retuerce tus conexiones y las membranas y los líquidos desconocidos y el discurso sin signos de puntuación que penetra sin pausa.
Cosas como Cegador y Solenoide no se planifican.
23 de noviembre
Cuando lees a Cartarescu pierdes la noción de realidad. No sabes si estás asistiendo a una cruda, imposible, siniestra clase de anatomía impartida desde el interior de los personajes descuartizados, desollados, desmembrados... o si es tu incapacidad para conectar con una sensibilidad tan extrema lo que se traduce en una fantasía interminable, inabarcable.
Cómo es posible dejarse llevar, abandonarse -me refiero a la escritura, a Mircea y sus manos sobre el cuaderno- de ese modo tan... busco adjetivos en vano: luz cegadora, cegador, el ala izqwuierda, el hemisferio izquierdo del cerebro, de la existencia...
24 de noviembre
La mariposa es un híbrido de repugnancia y delicadeza, de belleza cuasi transparente y esa polvorienta desazón de anillos de gusano que se retuerce crujiendo y trasmitiendo una sórdida sensación de roce, de luz borrosa, de rastro pegajoso y vibrátil.
La mariposa es un ser de luz y al mismo tiempo un rastro oscuro de la noche.
Pocas cosas definen mejor la escritura de Cartarescu que esa portada con la mariposa inmóvil como capturada en el tiempo, como si quisiera confundir al lector mientras acerca las manos al libro para buscar la última página leída.
27 de noviembre
A pocas páginas del final de la primera parte de Cegador, siento aún esa explosión de literatura. Las huellas, los cardenales, las moraduras, la inflamación, incluso las heridas de ese brotar sin contención entre el delirio y la lucha por compartir memorias alucinadas, fragmentos de una infancia absolutamente improbable y terrible, indudablemente distorsionada por la imposibilidad de digerir experiencias, de comprender el mundo -¿qué mundo? ¿Qué es el mundo? ¿De qué mundo hablamos, escribimos, escapamos, escribiendo o elevando una plegaria en forma de novela?
28 de noviembre
Página 402. El último aliento es una teoría del Todo, una alegoría de la Creación, una elegía de un mundo que nos pertenece porque le pertenecemos, una épica de lo retorcido que hay bajo nuestra piel: órganos, células, moléculas, lepidópteros, redes que son telas de araña, líquidos que son principio y fin, un cóctel de líquido seminal y cerebro licuado, una baba de caracol que es hemisferio izquierdo de un cerebro que se retuerce y se exprime.
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Sabato
sábado, 17 de noviembre de 2018
El libro de las lágrimas de Kerouac
Una recomendación en facebook, o más que eso: el recuerdo de una lectura de juventud que marca una vida, me ha traído a Kerouac.
He interrumpido la intensa Cegador I para viajar a los subterráneos, al San Francisco -real o imaginado- de los cincuenta, a la alegre y calurosa California, a los pasos desconocidos de Kerouac y Olmo al ritmo del Bop frío.
Y sí. Es él, el de siempre, el de hace años, el mismo que se asomaba desafiante desde el rollo de On the Road y el mismo que acompañaba a Neal -que para mí será siempre Nick Nolte en aquella peli de John Byrum con música de Jack Nietzsche que vimos juntos en un cine de verano de Granada hace mil años.
Extraña sensación leer a Kerouac mientras describe las montañas y el desierto más allá de San Francisco con el recuerdo aún vibrante, intenso de mi conversación con Olmo esta madrugada -justo unas horas después de que comenzara a leer las páginas de Los subterráneos- mientras él camina esos mismos paisajes o los recorre en un viejo carro que muy pronto morirá en un arcén bajo el sol.
Los subterráneos es una explosión de texto.
Es efectivamente como los excesos de Charlie Parker, como su extraña impaciencia ante el mundo, su búsqueda sin medida -que Cortázar narraría con meticulosa melancolía.
Los personajes -los alter ego de Kerouac y su pandilla- son fragmentos de existencia al servicio de un fulgurante zoom de emociones desbocadas, de vivencias al margen, o mejor, por debajo de la vida ordenada del American Way of Life -de ahí el título.
Blake, Baudelaire, la noche, el jazz.
Son las referencias que Kerouac quiere grabar en la mente del lector y las repite una y otra vez. Porque quiere teñir de negro su "libro de lágrimas" o porque quiere desdramatizar y convertir la historia en juego literario...
Pero luego están esas larguísimas frases -como las que escupe el saco de Parker o el piano de Monk- llenas de sufrimiento, de rastros fugaces, de unas vidas lanzadas a un futuro irremediablemente corto, inmediato, frustrante, teñido de alcohol y maría.
"Y yo me vuelvo a casa habiendo perdido su amor.
Y escribo este libro".
He interrumpido la intensa Cegador I para viajar a los subterráneos, al San Francisco -real o imaginado- de los cincuenta, a la alegre y calurosa California, a los pasos desconocidos de Kerouac y Olmo al ritmo del Bop frío.
Y sí. Es él, el de siempre, el de hace años, el mismo que se asomaba desafiante desde el rollo de On the Road y el mismo que acompañaba a Neal -que para mí será siempre Nick Nolte en aquella peli de John Byrum con música de Jack Nietzsche que vimos juntos en un cine de verano de Granada hace mil años.
Extraña sensación leer a Kerouac mientras describe las montañas y el desierto más allá de San Francisco con el recuerdo aún vibrante, intenso de mi conversación con Olmo esta madrugada -justo unas horas después de que comenzara a leer las páginas de Los subterráneos- mientras él camina esos mismos paisajes o los recorre en un viejo carro que muy pronto morirá en un arcén bajo el sol.Los subterráneos es una explosión de texto.
Es efectivamente como los excesos de Charlie Parker, como su extraña impaciencia ante el mundo, su búsqueda sin medida -que Cortázar narraría con meticulosa melancolía.
Los personajes -los alter ego de Kerouac y su pandilla- son fragmentos de existencia al servicio de un fulgurante zoom de emociones desbocadas, de vivencias al margen, o mejor, por debajo de la vida ordenada del American Way of Life -de ahí el título.
Blake, Baudelaire, la noche, el jazz.
Son las referencias que Kerouac quiere grabar en la mente del lector y las repite una y otra vez. Porque quiere teñir de negro su "libro de lágrimas" o porque quiere desdramatizar y convertir la historia en juego literario...
Pero luego están esas larguísimas frases -como las que escupe el saco de Parker o el piano de Monk- llenas de sufrimiento, de rastros fugaces, de unas vidas lanzadas a un futuro irremediablemente corto, inmediato, frustrante, teñido de alcohol y maría.
"Y yo me vuelvo a casa habiendo perdido su amor.
Y escribo este libro".
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sábado, 10 de noviembre de 2018
Los hombres K de La Nave
Ahora sí, cuento lo que venido llamando el viaje al futuro pasado o al pasado futuro...
Cómo llegaron a mis manos, a mis ojos, los libros que me transformaron -o dicho desde el otro lado, los libros que me ayudaron a encontrarme a mí mismo?
Poe, Lovecraft... el Boom... K... lo difícil es llenar los puntos suspensivos...
De tanto en tanto me hago consciente de ese cúmulo de imágenes y sonidos, de ese archivo emocional que he ido depositando en lugar desconocido pero siempre a mano, siempre disponible -incluso de forma automática o inconsciente: los libros que leí, las películas que vi, la música que escuché.
Todo esta ahí, incluso lo que no puedo recordar inmediatamente porque supondría un peso excesivo para mi pobre cerebro pero que está almacenado, clasificado, organizado... de alguna forma misteriosa.
El viaje no lo empecé yo, sino una desconocida que no he vuelto a ver.
Pequeña, de unos cincuenta años, alemana a juzgar por el acento con el que pronunció unas pocas palabras en el momento de depositar, como una ofrenda, el ejemplar de Steppenwolfe en mi mesa, en la solitaria terraza de la cafetería frente a las palmeras.
Se dio la vuelta y desapareció bruscamente mientras yo examinaba la edición de bolsillo en alemán del emblemático libro de Herman Hesse.
Así fue como comenzó.
Por la tarde comencé la relectura de Hesse: la trilogía de la rebeldía -Bajo las ruedas, Demian y El lobo estepario- y Siddharta, el contrapunto. Recuperé algún ejemplar perdido y compré una edición de 1978 -la que debí comprar en su día- de El juego de los abalorios: qué ocurrió? qué libros se cruzaron zancadilleando esa última lectura de Hesse que debía hacer y que ahora queda a la espera indefinida?
Obedecí sin rechistar los caminos invisibles, la armonía del espíritu y regresé 41 años después al Zaratustra de Nietzsche. Entretanto expurgué la biblioteca en busca de aquellos libros. Los que penetraron en mí hace cuarenta años, los fechados en 1976 y 1977, los anteriores a mi salida del instituto, los más olvidados y más profundamente enterrados en mi memoria, en el olvido, en lo informe y oscuro y sin palabras.
Busco esas palabras.
Caminé a un lado y a otro del piso recorriendo los estantes y cogiendo de tanto en tanto un libro para abrirlo y comprobar la fecha: 76, 77, 78. En algunos no hay fechas pero el recuerdo es muy potente y el color amarillento de las hojas así lo confirma. Son libros de entonces. Son esos libros -destrozados, deshechos, forrados de plástico, reparados con cinta adhesiva o deformes ya por los trasiegos de mudanzas y relecturas. Son esos.
Los aparto con gestos de respeto, con cuidado en atención a sus padecimientos, y los apilo en cierto lugar de mi mesa, a la espera.
No tengo forma segura de saber en qué fecha exacta leí cada libro, ni el orden de lectura ni mucho menos por qué ese y no otro. Ahora tampoco tengo claro porque leo cada uno de esos libros perdidos, qué me conduce de uno a otro.
Solo sé que hay secretos en ellos.
La nave. La puerta a la ciencia ficción. La escritura -"Yo, Shim, hijo de Kanti y Torna, hombre de letras de la nave...". La identidad, la libertad, la realidad fabricada por el Poder. La rebelión.
Como en todos los libros que releo voy encontrando una extraña mezcla entre lo recordado y lo que aparece como novedoso. A su vez, cada uno de estos elementos es heterogéneo, su composición es desconocida o al menos no puedo fijarla con precisión.
Quizá esta búsqueda es la de Shim, que lee el Libro y no reconoce como propias sus palabras -a mí en cambio me ocurre casi lo contrario: leo esas palabras ajenas y se me presentan como propias, como si fueran parte de mí... o yo fuera parte de ellas, el resultado de ese círculo de dolor que producen las letras, la atracción de la escritura, el desafío de su prohibición -una ley no escrita que Kafka evocaba diciendo: "Dios no quiere que escriba".
Somos los rebeldes, los hombres de letras autonombrados que escriben sin permiso, los hombres K de La Nave.
2001 había marcado un antes y un después... de qué? Del asombro. Hasta entonces no sabía lo que era. Lo supe cuando en aquella pantalla -de las de antes: gigantesca- del cine Imperial apareció lentamente la burbuja luminosa conteniendo el feto cósmico que despertó mis sentidos con una orden que no admitía paliativos: busca; viaja al exterior y al interior, recorre caminos trazados y no trazados, habla, escucha, escribe...
Paralizados en los asientos entre los últimos acordes de Strauss, una pausa eterna y el comienzo de nuevo del Zaratustra sin que pudiésemos estirar las piernas y salir: otra vez el amanecer del hombre, otra vez el vértigo cósmico.
Mientras llega el siguiente libro perdido, el enésimo libro recuperado, voy picoteando relatos leídos o no en las viejas antologías de Bruguera, con esas horribles portadas, el papel amarillento lleno de manchas, el precio en pesetas -80 en la sección 21- publicadas en los setenta en España a partir de la revista Fantasy and Science Fiction, la leyenda estadounidense. Son relatos sombríos, por momentos ocurrentes, escritos con eficacia y sin alardes literarios. Lo justo para que tres chicos de 17 años quedásemos absolutamente hipnotizados.
Ha sido una experiencia extraña, intensa, emotiva, equívoca, casi al borde del llanto cuando ha pronunciado sus primeras palabras después de años muerto y abandonado en torno a Júpiter, en el interior vacío de la Descubrimiento.
Jamás hubiera pensado que este viaje de retorno al pasado iba a proporcionarme una emoción tan intensa que solo puedo comparar con otra más remota...
Mi lectura de El Guerrero del Antifaz se detuvo en el último tebeo encuadernado por mi padre, el número 73, con el Guerrero rodeado de enemigos... El tiempo pasó y un día, en una de mis habituales visitas a la librería San Pedro para descubrir libros de artes marciales, descubrí que los tebeos del Guerrero habían comenzado a reeditarse, aunque hacía algún tiempo puesto que el ejemplar que tenían expuesto se distanciaba con generosidad del legendario número 75 en el que yo me había quedado.
Comencé a comprar los tebeos y a leerlos en 1973. Para entonces había pasado tiempo desde que deje al Guerrero atrapado al final del tomo dos de mi padre. Pero cuánto tiempo? Y cuánto tiempo más hasta que comencé mis visitas a la casa de Mota, el amigo de mi padre que tenía toda la colección reeditada para leer en el sofá de su salón el puñado de tebeos que conectaba aquel final cortado en seco con las nuevas aventuras? Cuántos días estuve visitando aquella casa y leyendo en la soledad de un salón impersonal tebeo tras tebeo?Y aquí lo dejo. Porque no se deben trasgredir las fronteras entre lectura y escritura. Y he descubierto que hay una historia escondida en este viaje, una historia que debo escribir.
------------------------------------------
Una lista de los libros leídos durante el viaje al futuro pasado o al pasado futuro:
Bajo las ruedas, Demian, El lobo estepario, Siddharta, Así hablaba Zaratustra, Apología de Sócrates, Juan Salvador Gaviota, Ilusiones, Menon, Fedon, Fedro, El banquete, Gorgias, La nave, Nuestros antepasados extraterrestres, Poemas de Miguel Hernández, Ciencia Ficción: Primera selección, El hombre en el laberinto, Farenheit 451, Relatos de Asimov, Un mundo feliz, Yo, robot, Sueñan los robots con ovejas eléctricas?, 2001 un odisea espacial, Solaris, Crónicas marcianas, El triángulo de las Bermudas, Selección Asimov, 2010 odisea dos, 2065 odisea tres, 3001 odisea final, Memorias encontradas en una bañera, En la tierra sombría, Neuromante, Los amantes.
Y otra de los libros mirados, leídos a trozos, repasados, revisados, revisitados...
Las moradas filosofales, El misterio de las catedrales, Estamos solos en el cosmos?, El retorno de los brujos, Tao Te King, Acali, Ecce Homo, El triangulo mortal de las Bermudas, De veras los OVNIs nos vigilan?, Cuentos completos de Oscar Wilde, El día en que murió Guernica, Aforismos sobre el Yoga, Los mejores cuentos de ciencia ficción, Música pop y juventud, Ciencia ficción;: selección 21, Expedición a La Tierra, Viajeros del tiempo, Historias de misterio e imaginación, Poeta en Nueva York.
Y cada noche, acompañado de la música de Pink Floyd, de Alan Parsons Project, de The Moody Blues, de Genesis...
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jueves, 8 de noviembre de 2018
Auster en la oscuridad
Mientras me preparo para contar mi viaje de meses al pasado futuro o al futuro pasado...
6 de noviembre
Ha sido un acierto volver a la literatura con Auster, un escritor para escritores.
No sé si Un hombre en la oscuridad es una copia de sí mismo o su mejor novela -los dos extremos que he revisado en las reseñas de internet. Pero me está sirviendo para recuperar -suavemente- el pulso de la escritura y recordar las viejas emociones de El libro de las ilusiones cuando acababa de llegar a Ex y M. me regaló -como le dije- no un libro, sino un escritor.
Y aquí está de nuevo su magia y la magia del cine.
Abandonarse a la lectura. Auster es ideal para ese propósito. Sus novelas son historias que se abandonan a la escritura. Estoy seguro de que no planifica, de que un buen día escribe una frase especial, una frase de esas que inician una historia... "Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana". Una frase como esta.
Y a partir de ahí -hecho ya lo más importante- Auster se abandona y los lectores nos abandonamos.
9 de noviembre
Pasa siempre con Auster: cuando descubre su juego sientes que ya lo sabías pero igualmente te sorprendes, te admiras, te gusta. Es un maestro de los giros, no solo de los giros argumentales, sino de los retorcimientos de la estructura, de los planos, de las perspectivas, de la comunicación entre mundos.
Un maestro desdibujando los límites entre planos de realidad y planos narrativos. La peripecia puede cambiar y gustar más o menos al lector, pero todo el juego narrativo siempre da resultado: emociona, sobre todo a escritores.
Y esta vez incluso formula su teoría:
"No hay una sola realidad, cabo. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo".
6 de noviembre
Ha sido un acierto volver a la literatura con Auster, un escritor para escritores.
No sé si Un hombre en la oscuridad es una copia de sí mismo o su mejor novela -los dos extremos que he revisado en las reseñas de internet. Pero me está sirviendo para recuperar -suavemente- el pulso de la escritura y recordar las viejas emociones de El libro de las ilusiones cuando acababa de llegar a Ex y M. me regaló -como le dije- no un libro, sino un escritor.
Y aquí está de nuevo su magia y la magia del cine.
Abandonarse a la lectura. Auster es ideal para ese propósito. Sus novelas son historias que se abandonan a la escritura. Estoy seguro de que no planifica, de que un buen día escribe una frase especial, una frase de esas que inician una historia... "Estoy solo en la oscuridad, dándole vueltas al mundo en la cabeza mientras paso otra noche de insomnio, otra noche en blanco en la gran desolación americana". Una frase como esta.
Y a partir de ahí -hecho ya lo más importante- Auster se abandona y los lectores nos abandonamos.
9 de noviembre
Pasa siempre con Auster: cuando descubre su juego sientes que ya lo sabías pero igualmente te sorprendes, te admiras, te gusta. Es un maestro de los giros, no solo de los giros argumentales, sino de los retorcimientos de la estructura, de los planos, de las perspectivas, de la comunicación entre mundos.
Un maestro desdibujando los límites entre planos de realidad y planos narrativos. La peripecia puede cambiar y gustar más o menos al lector, pero todo el juego narrativo siempre da resultado: emociona, sobre todo a escritores.
Y esta vez incluso formula su teoría:
"No hay una sola realidad, cabo. Existen múltiples realidades. No hay un único mundo. Sino muchos mundos, y todos discurren en paralelo, mundos y antimundos, mundos y sombras de mundos, y cada uno de ellos lo sueña, lo imagina o lo escribe alguien en otro mundo. Cada mundo es la creación mental de un individuo".
lunes, 5 de noviembre de 2018
PH: 40/70 años
5 de noviembre, 2018.
PH cumple 70 años.
Yo lo escuché por primera vez un día impreciso de 1977.
Durante una de mis habituales expediciones en busca de libros y música, encontré, en una estantería de Almacenes Mérida, en Algeciras, un disco cuya portada me atrajo con enorme fuerza: un hombre apoyado en el lado izquierdo del alfeizar de una ventana frente a una guitarra tipo Gibson negra con un fondo de paisaje borroso interrumpido por una pegatina circular: "lead vocal Van der Graaf Generator".
Ese mismo día había comprado unos auriculares, de modo que cuando volví a casa decidí probarlos con aquel disco y sin advertirlo puse la cara B. Aquel error hizo que las primeras palabras que escuché en la voz de PH, sentado en el suelo del salón de mi casa de la Calle Alemania donde tenía mi equipo de música, fueron "The stars in the heaven still shine", así, sin ningún instrumento, pronunciadas por esa voz que rasgó todas las capas de mi piel, que se abrió paso a través de la carne, del cerebro, del oído y del corazón, y ahí se quedó para siempre.
Esa voz que me acompañará, que me ha acompañado durante 40 años, susurrando y gritando, alentándome en mis tristezas, descubriendo mis desesperaciones, acompañándome hasta el fondo del abismo.
Demasiadas canciones para elegir una. Demasiadas palabras para recoger aquí algo que que trasmita la fuerza arrolladora de su personalidad. Demasiados momentos compartidos para contarlos, para aproximarnos a su significado. Simplemente no podría entender una parte importante de mi vida sin PH, sin K, sin esa capacidad creadora que tanto me ha dado, sin esos dedos temblando entre las teclas del piano o aferrando y destripando una guitarra, sin esa voz imposible de describir con palabras, esa voz que vibra con las frecuencias secretas y profundas que nos conectan con las emociones, con los miedos, con las inquietudes, con los interrogantes... con la vida.
He dicho que no puedo elegir una canción. Sí que puedo, para siempre... Refugees.
PH cumple 70 años.
Yo lo escuché por primera vez un día impreciso de 1977.
Durante una de mis habituales expediciones en busca de libros y música, encontré, en una estantería de Almacenes Mérida, en Algeciras, un disco cuya portada me atrajo con enorme fuerza: un hombre apoyado en el lado izquierdo del alfeizar de una ventana frente a una guitarra tipo Gibson negra con un fondo de paisaje borroso interrumpido por una pegatina circular: "lead vocal Van der Graaf Generator".
Ese mismo día había comprado unos auriculares, de modo que cuando volví a casa decidí probarlos con aquel disco y sin advertirlo puse la cara B. Aquel error hizo que las primeras palabras que escuché en la voz de PH, sentado en el suelo del salón de mi casa de la Calle Alemania donde tenía mi equipo de música, fueron "The stars in the heaven still shine", así, sin ningún instrumento, pronunciadas por esa voz que rasgó todas las capas de mi piel, que se abrió paso a través de la carne, del cerebro, del oído y del corazón, y ahí se quedó para siempre.
Esa voz que me acompañará, que me ha acompañado durante 40 años, susurrando y gritando, alentándome en mis tristezas, descubriendo mis desesperaciones, acompañándome hasta el fondo del abismo.
Demasiadas canciones para elegir una. Demasiadas palabras para recoger aquí algo que que trasmita la fuerza arrolladora de su personalidad. Demasiados momentos compartidos para contarlos, para aproximarnos a su significado. Simplemente no podría entender una parte importante de mi vida sin PH, sin K, sin esa capacidad creadora que tanto me ha dado, sin esos dedos temblando entre las teclas del piano o aferrando y destripando una guitarra, sin esa voz imposible de describir con palabras, esa voz que vibra con las frecuencias secretas y profundas que nos conectan con las emociones, con los miedos, con las inquietudes, con los interrogantes... con la vida.
He dicho que no puedo elegir una canción. Sí que puedo, para siempre... Refugees.
domingo, 4 de noviembre de 2018
Un paréntesis de viaje
Llevo desde julio inmerso en un viaje al pasado del que daré cuenta cuando esté de regreso.
Pero, entretanto, un viaje en el presente para presentar mi libro Wilhelm Reich, inspirador de rebeldía, me ha llevado a dos autores peculiares.
Uno de ellos es Nicos Cavadías, al que no conocía en absoluto hasta que en el mercadillo de Nerja me topé con este librito de Editorial Funambulista que me entró por los ojos (nunca mejor dicho, porque llevo días con unas gafas de repuesto y me cuesta un trabajo enorme leer).
Li es una pequeña historia, sin grandes pretensiones, que refleja la realidad en los sampanes del puerto de Hong Kong.
Poesía y hiperrealismo en pequeñas dosis.
Una lectura dulce para viajar a trescientos kilómetros por hora en las vías del AVE.
El otro autor es Erri de Luca, uno de esos escritores que están en mi lista y van subiendo y bajando peldaños sin llegar nunca al nivel en el que compro uno de sus libros y lo leo.
Hasta ahora.
Y a partir de ahora, más.
Esta breve novela con el sugerente título Los peces no cierra los ojos te engancha desde la magnífica fotografía de portada y te la lees de un tirón, especialmente si durante horas no puedes moverte de un asiento y el paisaje pasa a toda velocidad oscureciéndose poco a poco hasta desaparecer.
Es la historia de un primera amor casi infantil, de una venganza casi adulta, de una relación que queda olvidada en el tiempo de la preadolescencia pero confiriendo significado a las vidas de esos dos entrañables personajes: el narrador y la chica.
Cierro el paréntesis del viaje al presente para dejar la promesa abierta del viaje al pasado.
Viaje al futuro pasado o al pasado futuro... sea lo que sea, está a punto de acabar.
Pero, entretanto, un viaje en el presente para presentar mi libro Wilhelm Reich, inspirador de rebeldía, me ha llevado a dos autores peculiares.
Uno de ellos es Nicos Cavadías, al que no conocía en absoluto hasta que en el mercadillo de Nerja me topé con este librito de Editorial Funambulista que me entró por los ojos (nunca mejor dicho, porque llevo días con unas gafas de repuesto y me cuesta un trabajo enorme leer).Li es una pequeña historia, sin grandes pretensiones, que refleja la realidad en los sampanes del puerto de Hong Kong.
Poesía y hiperrealismo en pequeñas dosis.
Una lectura dulce para viajar a trescientos kilómetros por hora en las vías del AVE.
El otro autor es Erri de Luca, uno de esos escritores que están en mi lista y van subiendo y bajando peldaños sin llegar nunca al nivel en el que compro uno de sus libros y lo leo.
Hasta ahora.
Y a partir de ahora, más.
Esta breve novela con el sugerente título Los peces no cierra los ojos te engancha desde la magnífica fotografía de portada y te la lees de un tirón, especialmente si durante horas no puedes moverte de un asiento y el paisaje pasa a toda velocidad oscureciéndose poco a poco hasta desaparecer.
Es la historia de un primera amor casi infantil, de una venganza casi adulta, de una relación que queda olvidada en el tiempo de la preadolescencia pero confiriendo significado a las vidas de esos dos entrañables personajes: el narrador y la chica.
Cierro el paréntesis del viaje al presente para dejar la promesa abierta del viaje al pasado.
Viaje al futuro pasado o al pasado futuro... sea lo que sea, está a punto de acabar.
viernes, 2 de noviembre de 2018
Día de los Muertos 2018
2 de Noviembre,.2018
Sí: dos de noviembre. día de los muertos una vez más.
El día de Lowry, el día del volcán, el día del mezcal, el día de la escritura desesperada, de los caminos desconocidos que unen unas cantinas con otras antes del amanecer.
Caminos que Lowry recorre cruzándose con el destino, con las cartas de amor perdidas, con el fantasma de Ivonne que lo mira sin piedad, con las vísceras de un México podrido de magia.
Dos de noviembre. Un día enterrado en palabras que se retuercen entre la desesperación. el día de la escritura, de los fantasmas, de la pócima mágica que recoge a los perdidos y los arroja una y otra vez a las cunetas del camino entre los muertos.
Los muertos son los escritores sin voz.
Sí: dos de noviembre. día de los muertos una vez más.
El día de Lowry, el día del volcán, el día del mezcal, el día de la escritura desesperada, de los caminos desconocidos que unen unas cantinas con otras antes del amanecer.
Caminos que Lowry recorre cruzándose con el destino, con las cartas de amor perdidas, con el fantasma de Ivonne que lo mira sin piedad, con las vísceras de un México podrido de magia.
Dos de noviembre. Un día enterrado en palabras que se retuercen entre la desesperación. el día de la escritura, de los fantasmas, de la pócima mágica que recoge a los perdidos y los arroja una y otra vez a las cunetas del camino entre los muertos.
Los muertos son los escritores sin voz.
Bajo el volcán: relectura sincronizada
A raíz de mi
última publicación en este blog recordando el día de Lowry, Antonio, mi
compañero de navegaciones librescas y amigo desde que pueda recordar, me
propuso otra lectura sincronizada, en la senda de nuestra experiencia con El
obsceno pájaro de la noche.
Ni que decir tiene que acepté frotándome las manos. Pero esta vez añadí un pequeño detalle adicional: llevar a cabo la relectura en una edición que tuviera algo de especial. De modo que, tras la correspondiente búsqueda en el océano virtual me hice con dos ejemplares editados en México y comenzamos la nueva experiencia conjunta de lectura trufada de mensajes que transcribo a continuación respetando fechas y pormenores.
Ni que decir tiene que acepté frotándome las manos. Pero esta vez añadí un pequeño detalle adicional: llevar a cabo la relectura en una edición que tuviera algo de especial. De modo que, tras la correspondiente búsqueda en el océano virtual me hice con dos ejemplares editados en México y comenzamos la nueva experiencia conjunta de lectura trufada de mensajes que transcribo a continuación respetando fechas y pormenores.
Para compartir nuestra andadura bajo el volcán entra aquí.
martes, 31 de julio de 2018
Los tres escritores
Entre finales de mayo y primeros de junio...Días sin escritura. Dias sin bálsamo en las cicatrices. Días sin palabras, sin voz, sin vómito de sentidos, sin cruce de caminos que desborden el horizonte.
Entretanto, dos lecturas perfectamente olvidables -¿o seré yo?
La máquina voladora, de Javier Tomeo es entretenida, tiene cierto sabor a rebeldía, incluso no está exenta de inteligencia y de algún giro más o menos inesperado -si uno se abandona- que confieren algo más de profundidad a una historia que, siendo sinceros, está cantada desde el principio. Lo mejor sin duda es la portada, más sugerente que el breve contenido. Aunque no tanto como el rastro de anteriores propietarios con sus correspondientes dedicatorias e incluso una carta abierta y cuidadosamente plegada y guardada en su sobre rasgado con remitente de Granada y destinatario de Barcelona.
Por otro lado, Nadie nos mira, ha resultado ser una decepción
7 de junioHe sentido que debía comenzar a leer los poemas de Pessoa, mientras espero la llegada de esa novela de Saramago en la que da una vuelta de tuerca a los juegos metaliterarios del poeta y escritor múltiple. Así que me he zambullido en los Noventa poemas últimos que preparó el poeta Angel Crespo para Hiperión y los voy degustando en portugués mirando de reojo la traducción castellana que quiere conservar medida y rima y a veces me hiere falta de la melancolía del original.
9 de junio
Llegó. Me lo entregó ella -privilegios de trabajar en la oficina de correos. Un ejemplar amarillento, incluso por esa fotografía de principios del XX de Pessoa que se acerca la mano al cigarrillo mientras camina por una de las calles rectas del Chiado, con su abrigo y su pajarita, con esa mano izquierda en posición tan extraña, casi de desfile marcial.
No pude resistirme a elegir esta vieja edición de Biblioteca Breve que, según consta es de 1990, la tercera desde 1985, antes de que las furias se desataran -la segunda es por supuesto de 1987, el año clave.
Lisboa, 1930. Reis, Pessoa, Saramago. El texto promete. Quiero degustarlo. Un tipo pecular Pessoa. El ejemplar de Biblioteca Breve parece intocado; lleno de imperfecciones pero sin abrir. Y el estilo exigente -aún no pulido como en el Ensayo sobre la ceguera o Todos los nombres- de Saramago parece venir a propósito para esta arriesgada y escabrosa aventura con este trío peculiar: el escritor vivo, el muerto y el no muerto. Lisboa, la República Nuova, 1930. Veremos.
10 de junio
Visita al cementerio. Reis se vuelve atrás y renuncia a buscar la tumba de Pessoa. Son los menesteres de la lógica del relato -que en algún momento tendrá que resolver Saramago, porque hasta dónde yo sé -y aunque no lo supiera lo tendría adivinado- Reis tiene que encontrarse con Pessoa, los dos yoes tienen que reunirse más allá del tiempo y el espacio, en la realidad viva de la novela, en las calles quizá paralizadas en la memoria de los tres escritores, o quizá evocada con la mente del lector. El encuentro llegará; no lo dudo.
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José Saramago,
Ricardo Reis
lunes, 18 de junio de 2018
La quintaesencia de Mogador
11 de mayo
Ha llegado el Quinteto de Mogador. Preciosa edición con ilustraciones sugerentes y títulos prometedores: Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, La mano del fuego y Nueve veces el asombro.
Sé que se convertirá en una intensa experiencia de lectura que no acabará en el propio Quinteto y que las ramificaciones de este viaje a Marruecos se extenderán durante mucho tiempo y se estrecharán -ya han comenzado a hacerlo- con mi propia escritura de El Segundo Río.
Escuchando a Alberto Ruy Sánchez he detectado preocupaciones comunes -la búsqueda de una voz, la importancia de la escritura interna, la obsesión por detalles aparentemente pequeños que confieren a los textos su propia personalidad, la extensión o dispersión de la escritura durante años, el hallazgo de un tiempo y un lugar para la escritura que es al mismo tiempo real y ficticio, que se alimenta de emociones reales y juega con la literatura y con el arte... el resto lo averiguaré cuando comience a leer.
16/24 de mayo
Mogador es la mismo tiempo un canto a los sentidos, a las emociones, a la búsqueda del placer... y una exploración narrativa llena de claves autobiográficas, de marcas en el camino de un nómada, de recuerdos llenos de sentimientos de un viajero que recorre los desiertos consciente de que son una metáfora del mundo interior. Y así, va llenando las arenas y el sol con los cinco elementos presentes en todas las culturas: aire, agua, tierra, fuego y espíritu, que el prefiere llamar asombro.
Mogador llena de luz los momentos en los que nos detenemos a recordar y buscamos desesperadamente un sentido a los días de una vida aparentemente vacía, o quizá llena de palabras incomprensibles. Pero Mogador también llena de palabras lo inexpresable, o lo que creemos a primera vista inexpresable, porque su significado se pierde por los caminos azarosos de sonambulos que no saben -que no sabemos- de dónde vienen, a dónde van ni qué les trasmite un mundo nocnturno hecho de peregrinaciones inciertas y voces sin rostro.
Mogador es un libro de libros, un agujero por el que escapan las palabras escritas buscando su lugar más allá de lo evidente.
Mogador es el ritual de un culto a la piel, a los cuerpos bajo la piel, a lo insondable tras la mirada por la que escapan los misterios del deseo. Es un libro de buscadores, de amantes, de seres perdidos en un mundo que no soporta la tiranía de lo cotidiano, de vidas desperdiciadas en la contención. Un libro de noches sin dormir y comunión de cuerpos que se abandonan al ritual del amor como forma extrema, absoluta de entrega sin condiciones.
Ha llegado el Quinteto de Mogador. Preciosa edición con ilustraciones sugerentes y títulos prometedores: Los nombres del aire, En los labios del agua, Los jardines secretos de Mogador, La mano del fuego y Nueve veces el asombro.
Sé que se convertirá en una intensa experiencia de lectura que no acabará en el propio Quinteto y que las ramificaciones de este viaje a Marruecos se extenderán durante mucho tiempo y se estrecharán -ya han comenzado a hacerlo- con mi propia escritura de El Segundo Río.
Escuchando a Alberto Ruy Sánchez he detectado preocupaciones comunes -la búsqueda de una voz, la importancia de la escritura interna, la obsesión por detalles aparentemente pequeños que confieren a los textos su propia personalidad, la extensión o dispersión de la escritura durante años, el hallazgo de un tiempo y un lugar para la escritura que es al mismo tiempo real y ficticio, que se alimenta de emociones reales y juega con la literatura y con el arte... el resto lo averiguaré cuando comience a leer.
16/24 de mayo
Mogador es la mismo tiempo un canto a los sentidos, a las emociones, a la búsqueda del placer... y una exploración narrativa llena de claves autobiográficas, de marcas en el camino de un nómada, de recuerdos llenos de sentimientos de un viajero que recorre los desiertos consciente de que son una metáfora del mundo interior. Y así, va llenando las arenas y el sol con los cinco elementos presentes en todas las culturas: aire, agua, tierra, fuego y espíritu, que el prefiere llamar asombro.
Mogador llena de luz los momentos en los que nos detenemos a recordar y buscamos desesperadamente un sentido a los días de una vida aparentemente vacía, o quizá llena de palabras incomprensibles. Pero Mogador también llena de palabras lo inexpresable, o lo que creemos a primera vista inexpresable, porque su significado se pierde por los caminos azarosos de sonambulos que no saben -que no sabemos- de dónde vienen, a dónde van ni qué les trasmite un mundo nocnturno hecho de peregrinaciones inciertas y voces sin rostro.
Mogador es un libro de libros, un agujero por el que escapan las palabras escritas buscando su lugar más allá de lo evidente.
Mogador es el ritual de un culto a la piel, a los cuerpos bajo la piel, a lo insondable tras la mirada por la que escapan los misterios del deseo. Es un libro de buscadores, de amantes, de seres perdidos en un mundo que no soporta la tiranía de lo cotidiano, de vidas desperdiciadas en la contención. Un libro de noches sin dormir y comunión de cuerpos que se abandonan al ritual del amor como forma extrema, absoluta de entrega sin condiciones.
sábado, 16 de junio de 2018
De Brujas a Mogador
El mes de abril ha resultado ser caótico.
Me pasé los primeros quince días pensando que viajábamos a Portugal y buscando lecturas que acompañaran la decisión y el viaje como suelo hacer. Pero, repentinamente, otro viaje se cruzó retorciendo las compras, las lecturas y las expectativas.
Así que después de Matadero Cinco di un salto de continente para leer Amras, después hice tiempo hasta el despegue del avión leyendo un memorable cuento de Salinger, y ya en los Países Bajos me sumergí en Brujas, la ciudad y la muerta y retorné leyendo en el avión El origen. Ya en tierra comencé -y digo comencé- Nosotros dos, no pude resistirme a Tren nocturno a Lisboa y, una vez decidido nuestro próximo destino: Marruecos, me metí de lleno en el mundo de Mogador.
14 de abril
He saltado de Kurt Vonnegut a Thomas Bernhard, un autor a la altura de esa intensidad europea que el autor de Matadero Cinco no muestra ni por asomo.
He elegido Amras; quizá por lo que el propio Bernhard cuenta : una historia que surge en medio de la impotencia tras Helada. Es un buen momento para leer a Bernhard (y eso que ningún momento parecería en principio bueno para leer a Bernhard). Lo he descubierto al comenzar Amras y sentir que la lectura fluía de un modo especial -quizá esa deba ser mi relación con él -quizá esa viene siendo de hecho mi relación con él: la de esperar esos momentos de hambre de intensidad en los que la única peripecia ansiada es la del espíritu -Bernhard es un escritor del espíritu, un narrador de almas...
La escritura de Bernhard abre heridas que podrían parecer cicatrizadas. Esa forma de repetir adjetivos, nombres, frases; extrañas aliteraciones nada musicales que rompen constantemente un ritmo ya en sí mismo sincopado. ¿Cómo será leer a Bernhard en su idioma original? Porque Bernhard se propone mucho más que una mera cuestión de estilo -lo suyo no es una voluntad de destacar, de apartarse formalmente del resto de prosistas europeos; lo suyo es dolorosamente vital, lo que significa que no busca, si no que deja brotar, deja explotar, deja que los escombros se amontonen a su alrededor hasta transformar el paisaje por completo.
Amras es un discurso obsesivo sobre la enfermedad y el suicidio; sobre la muerte. Es una voz que se queja, un lamento con pinceladas románticas y lúgubres. Bernhard deja una extraña sensación de melancolía, como si hubieras estado mirando las aguas pobladas de insectos de un río oscuro.
17 de abril
¿Cómo sería un mundo sin literatura? ¿Cómo sería mi día a día sin poder leer novelas, relatos, o para ser más exactos y dramáticos: ¿cómo sería mi vida cotidiana sin poder volver a leer, es decir, sin poder leer sabiendo lo que era leer?
Pocas veces me sucede, pero de repente me he visto sin provisiones y he acudido con desespero a la biblioteca a por lo primero que pudiera caer en mis manos o mis ojos: he releído Un día perfecto para el pez plátano y he ganado el tiempo suficiente para lanzarme al siguiente libro... ¡angustiosa experiencia que espero no se repita!
18/24 de abril
La lectura de Brujas la muerta se confunde con Brujas la conservada en formol para los turistas. Un librito fascinante de leve sabor amargo que se lee como el flujo del agua en los canales de Brujas, de Utrech, de Gent...
24 de abril
El origen está resultando mucho más suave que Corrección -y eso que es una diatriba brutal contra casi todo -pero suave a pesar de todo en su discurrir lingüístico, en su narrar casi con amabilidad ese tropel de emociones atrapadas entre lo que significaron cuando sucedieron y lo que significan ahora, en el presente de la escritura, del recuerdo, de la recuperación de imágenes perdidas y reencontradas gracias a la escritura.
30 de abril
Lo siento. la escritura aparentemente cortazariana de Nestor Sánchez me ha cansado en setenta páginas. Y no porque no cuente nada -que también- sino porque resulta árida, insustancial, sin riesgo ni pasión, sin esa condición que apuntaba Salter: querer saber qué pasa en la siguiente página, en la siguiente frase. Cabe la posibilidad de siempre: que lo haya leído con treinta años de retraso -cómo hubiera recibido yo ahora, si lo escuchara por primera vez, el Revolver de The Beatles? Nunca lo sabré.
2 de mayo
Había comprado el libro pensando en ese viaje a Lisboa que finalmente no hicimos. Se suponía que esta novela de título tan sugerente quedaría a la espera, en esa zona de mi mesa destinada a los libros que esperan sin tiempo definido; en este caso, hasta unos futuros planes de viaje a Portugal.
Pero no ha sido así. El fracaso con Sánchez me impulsaba a buscar algo seguro, pero sobre todo, ese título era irresistible y hace que sea casi imposible dejar un libro abandonado con esas palabras y esa portada: Tren nocturno a Lisboa.
Para mí significa exactamente: viaje al mundo de la escritura en Lisboa -retomar la historia sin tiempo de Lisboa, volver a Lisboa en ese espacio nocturno y en movimiento que representa el tren, metáfora de escritura, símbolo de búsqueda, resonancias de pura nostalgia más allá del tiempo.
3 de mayo
Avanzo lentamente pero sin detenerme por las páginas que conducen el tren nocturno a Lisboa y siento la misma identificación con su protagonista que él con el autor que ha venido buscar: 57 años y un misterio que resolver en la ciudad blanca.
8 de mayo
Hemos tomado la decisión de viajar a Marruecos, lo que me ha llevado a descubrir a un autor que no conocía en absoluto: Alberto Ruy Sánchez, nacido en México pero con una fuerte conexión con Marruecos que lo impulsó a escribir durante décadas el quinteto de Mogador...
Me pasé los primeros quince días pensando que viajábamos a Portugal y buscando lecturas que acompañaran la decisión y el viaje como suelo hacer. Pero, repentinamente, otro viaje se cruzó retorciendo las compras, las lecturas y las expectativas.
Así que después de Matadero Cinco di un salto de continente para leer Amras, después hice tiempo hasta el despegue del avión leyendo un memorable cuento de Salinger, y ya en los Países Bajos me sumergí en Brujas, la ciudad y la muerta y retorné leyendo en el avión El origen. Ya en tierra comencé -y digo comencé- Nosotros dos, no pude resistirme a Tren nocturno a Lisboa y, una vez decidido nuestro próximo destino: Marruecos, me metí de lleno en el mundo de Mogador.
14 de abril
He saltado de Kurt Vonnegut a Thomas Bernhard, un autor a la altura de esa intensidad europea que el autor de Matadero Cinco no muestra ni por asomo.
He elegido Amras; quizá por lo que el propio Bernhard cuenta : una historia que surge en medio de la impotencia tras Helada. Es un buen momento para leer a Bernhard (y eso que ningún momento parecería en principio bueno para leer a Bernhard). Lo he descubierto al comenzar Amras y sentir que la lectura fluía de un modo especial -quizá esa deba ser mi relación con él -quizá esa viene siendo de hecho mi relación con él: la de esperar esos momentos de hambre de intensidad en los que la única peripecia ansiada es la del espíritu -Bernhard es un escritor del espíritu, un narrador de almas...
La escritura de Bernhard abre heridas que podrían parecer cicatrizadas. Esa forma de repetir adjetivos, nombres, frases; extrañas aliteraciones nada musicales que rompen constantemente un ritmo ya en sí mismo sincopado. ¿Cómo será leer a Bernhard en su idioma original? Porque Bernhard se propone mucho más que una mera cuestión de estilo -lo suyo no es una voluntad de destacar, de apartarse formalmente del resto de prosistas europeos; lo suyo es dolorosamente vital, lo que significa que no busca, si no que deja brotar, deja explotar, deja que los escombros se amontonen a su alrededor hasta transformar el paisaje por completo.
Amras es un discurso obsesivo sobre la enfermedad y el suicidio; sobre la muerte. Es una voz que se queja, un lamento con pinceladas románticas y lúgubres. Bernhard deja una extraña sensación de melancolía, como si hubieras estado mirando las aguas pobladas de insectos de un río oscuro.
17 de abril
¿Cómo sería un mundo sin literatura? ¿Cómo sería mi día a día sin poder leer novelas, relatos, o para ser más exactos y dramáticos: ¿cómo sería mi vida cotidiana sin poder volver a leer, es decir, sin poder leer sabiendo lo que era leer?Pocas veces me sucede, pero de repente me he visto sin provisiones y he acudido con desespero a la biblioteca a por lo primero que pudiera caer en mis manos o mis ojos: he releído Un día perfecto para el pez plátano y he ganado el tiempo suficiente para lanzarme al siguiente libro... ¡angustiosa experiencia que espero no se repita!
18/24 de abril
La lectura de Brujas la muerta se confunde con Brujas la conservada en formol para los turistas. Un librito fascinante de leve sabor amargo que se lee como el flujo del agua en los canales de Brujas, de Utrech, de Gent...
24 de abril
El origen está resultando mucho más suave que Corrección -y eso que es una diatriba brutal contra casi todo -pero suave a pesar de todo en su discurrir lingüístico, en su narrar casi con amabilidad ese tropel de emociones atrapadas entre lo que significaron cuando sucedieron y lo que significan ahora, en el presente de la escritura, del recuerdo, de la recuperación de imágenes perdidas y reencontradas gracias a la escritura.
30 de abril
Lo siento. la escritura aparentemente cortazariana de Nestor Sánchez me ha cansado en setenta páginas. Y no porque no cuente nada -que también- sino porque resulta árida, insustancial, sin riesgo ni pasión, sin esa condición que apuntaba Salter: querer saber qué pasa en la siguiente página, en la siguiente frase. Cabe la posibilidad de siempre: que lo haya leído con treinta años de retraso -cómo hubiera recibido yo ahora, si lo escuchara por primera vez, el Revolver de The Beatles? Nunca lo sabré.
2 de mayo
Había comprado el libro pensando en ese viaje a Lisboa que finalmente no hicimos. Se suponía que esta novela de título tan sugerente quedaría a la espera, en esa zona de mi mesa destinada a los libros que esperan sin tiempo definido; en este caso, hasta unos futuros planes de viaje a Portugal.
Pero no ha sido así. El fracaso con Sánchez me impulsaba a buscar algo seguro, pero sobre todo, ese título era irresistible y hace que sea casi imposible dejar un libro abandonado con esas palabras y esa portada: Tren nocturno a Lisboa.
Para mí significa exactamente: viaje al mundo de la escritura en Lisboa -retomar la historia sin tiempo de Lisboa, volver a Lisboa en ese espacio nocturno y en movimiento que representa el tren, metáfora de escritura, símbolo de búsqueda, resonancias de pura nostalgia más allá del tiempo.
3 de mayo
Avanzo lentamente pero sin detenerme por las páginas que conducen el tren nocturno a Lisboa y siento la misma identificación con su protagonista que él con el autor que ha venido buscar: 57 años y un misterio que resolver en la ciudad blanca.
8 de mayo
Hemos tomado la decisión de viajar a Marruecos, lo que me ha llevado a descubrir a un autor que no conocía en absoluto: Alberto Ruy Sánchez, nacido en México pero con una fuerte conexión con Marruecos que lo impulsó a escribir durante décadas el quinteto de Mogador...
jueves, 14 de junio de 2018
De Buenos Aires a Brujas
6 de abril
He conseguido un tránsito sin roturas.
Desde luego que la escritura de Tomás Eloy Martínez no tiene nada que ver con la de Levrero -en cuyos libros he estado inmerso durante semanas- pero quizá por eso todo ha fluido con armonía; por eso y porque sigo en el hemisferio sur y porque Gardel continúa revoloteando mientras leo y me siento acompañado por la brutal melancolía de los tantos que tanto han significado en mis momentos más oscuros.
Y luego están esos nombres que de tanto en tanto despiertan mis fantasmas sabatianos por entre el laberinto de Borges en el que se empeña Eloy.
Respiro de nuevo aquella atmósfera mágica que trasmitían los cuentos de Borges leídos uno tras otro sin cesar en los libros de Alianza Editorial que tomaba prestados, uno tras otro, sábado tras sábado, en las librerías de los pueblos cercanos... y que olvidé devolver, que tengo pendiente de devolver... si recuerdo cuál es de quién, claro.
Relectura de El Aleph: constatación de que la magia es del pasado, de los 17 años, de otro mundo que ahora solo existe como una referencia lejana, como recuerdos fragmentarios de palabras perdidas.
11 de abrilHe comenzado o recomenzado la lectura tantos años pospuesta de Matadero Cinco, un salto verdaderamente peligroso tras la delicia melancólica de Eloy cuyo protagonista no es tanto ese cantor prodigioso que resucita los incomprensibles tangos antiguos sino la ciudad de Buenos Aires y sobre todo El Aleph.
12 de abril
La lluvia de ayer es solo un recuerdo.
Hoy vuelve a ser primavera. Brujas la muerta: un título romántico, gótico y tétrico, apropiado para una ciudad que me produce sentimientos de oscuridad en la distancia, solo por su nombre -que significa puentes- solo por esas fotografías de edificios que parecen conservados en formol, intactos, como respondiendo por un pasado arrebatado y expuestos a los viajeros sin permiso.
La forma y el tono del libro de George Rodenbach augura una lectura filosófica llena de pesimismo, simbolismo y sentimientos de pérdida. Eso por no hablar de la preciosa edición que ha parido la editorial hasta ahora desconocida para mí Vaso Roto.
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